Nuestro Señor Jesucristo Salvador del mundo

Nuestro Señor Jesucristo

Salvador del mundo

Obispo Alexander (Mileant)

Traducido por Nelson Obando / Natalia Ostroumoff

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Contenido:

 

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“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

El Hijo de Dios Encarnado, consubstancial Nuestro Señor Jesucristo es el Salvador de la humanidad. Por voluntad de Dios Padre y por compasión hacia nosotros, pecadores, Vino al mundo y se hizo hombre. Enseño a la gente con Su palabra y con Su ejemplo como hay que creer y vivir para ser justos y dignos de ser llamados hijos de Dios, y partícipes de Su gracia y de Su vida inmortal. Para limpiar nuestros pecados y vencer la muerte Él murió en la cruz y resucitó al tercer día. Ahora como Dios hombre él permanece en el cielo con el Dios Padre. Jesucristo es la cabeza del Reino de Dios fundado por Él mismo; llamado Iglesia en el cual los creyentes se salvan dirigidos y fortalecidos por el Espíritu Santo. Antes del fin del mundo Jesucristo vendrá otra vez a la tierra para juzgar a los vivos y a los muertos. Después de esto empezará Su Reino de gloria, el paraíso, en el cual los que se han salvado se regocijarán eternamente. Así fue predicho, y nosotros creemos que así será.

La esperanza en la

venida del Mesías

El acontecimiento más grande en la vida de la humanidad fue la venida a la tierra del Hijo de Dios. Dios preparó a la gente, sobre todo al pueblo judío, durante muchos siglos para este acontecimiento. Dios hizo que hubiera profetas entre los integrantes del pueblo judío que predecían la venida del Mesías y con eso sentaban las bases de la fe. Además de eso, durante muchas generaciones y empezando con Noé y siguiendo luego con Abraham, David y otros hombres justos Dios purificaba ese recipiente físico del cual debería tomar cuerpo el Mesías. Así al final, nació la Virgen María que fue digna de ser la Madre de Jesucristo.

Al mismo tiempo, Dios y los sucesos políticos del mundo antiguo, hicieron que la venida del Mesías tuviera éxito y que su Reino de gracia se expandiera ampliamente entre la gente. Así, cuando llegaba el tiempo de la venida del Mesías muchos pueblos paganos pasaron a formar parte de un solo estado: el imperio romano. Esta circunstancia hizo posible para los seguidores de Cristo, movilizarse sin obstáculos por todos los países del extenso imperio romano. La lengua griega se extendía ampliamente y se reconocía comúnmente entre los pueblos ubicados a grandes distancias y eso permitía a las comunidades cristianas mantenerse en contacto. Los evangelios y las epístolas de los apóstoles se redactaron en griego. Como resultado del acercamiento de las culturas de distintos pueblos y también como resultado de la difusión de la ciencia y la filosofía las creencias en dioses paganos decayeron fuertemente. La gente estaba sedienta de respuestas satisfactorias a sus inquietudes religiosas. Los líderes y pensadores del mundo pagano entendieron que la sociedad estaba llegando a un callejón sin salida y empezaron a expresar la esperanza de que llegaría el transformador y salvador de la humanidad.

La vida terrenal de Nuestro

Señor Jesucristo

Para el nacimiento del Mesías, Dios escogió a la pura Virgen María, descendiente del Rey David. María era huérfana y velaba por ella su pariente lejano, el anciano José, que vivía en Nazaret, uno de los pueblos pequeños del norte de la Tierra Santa. Se le presentó a la Virgen María el Arcángel San Gabriel y le comunicó que ella fue escogida por Dios para ser la madre del Hijo de Dios. Cuando la Virgen María aceptó humildemente el Espíritu Santo descendió sobre ella y ella concibió al Hijo de Dios. El posterior nacimiento de Jesucristo tuvo lugar en el pequeño pueblo judío de Belén, en el cual antes había nacido el rey David, antepasado de Cristo, (los historiadores relacionan el momento del nacimiento de Jesucristo a los años 749-754 después de la fundación de Roma). El cálculo aceptado de los años “después del nacimiento de Cristo” empieza en el año 754 después de la fundación de Roma.

La vida, los milagros y las pláticas de nuestro Señor Jesucristo se describen en cuatro libros denominados Los Evangelios. Los primeros tres Evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas describen los hechos de la vida de Cristo que sucedieron principalmente en Galilea en el norte de la Tierra Santa. Por su parte Juan complementa la narración describiendo los sucesos y pláticas de Cristo que tuvieron lugar principalmente en Jerusalén.

Hasta los 30 años de edad Jesucristo vivió junto con su madre, la Virgen María, en Nazaret, en la casa de José. Cuando Jesús cumplió 12 años, Él, junto con sus padres se dirigió a Jerusalén para celebrar la Pascua y estuvo en el templo tres días, conversando con los escribas. No se conoce nada sobre otros detalles de la vida del Salvador en Nazaret, excepto que ayudaba a José trabajando como carpintero. Como hombre Jesucristo creció y se desarrolló de una manera natural, como todas las personas. Al cumplir los 30 años Jesucristo fue bautizado por el Profeta Juan el Bautista en el río Jordán. Antes de empezar su obra misionera fue al desierto y ayunó durante 40 días durante los cuales fue tentado por Satanás. Su obra misionera Jesús la empezó en Galilea eligiendo a los Doce Apóstoles. La transformación del agua en vino durante las bodas de Caná fortaleció la fe los discípulos en Jesucristo. Después de esto y de pasar algún tiempo en Capernaum, Jesús se dirigió a Jerusalén para celebrar la Pascua. Aquí por primera vez se despertó la enemistad de los ancianos judíos, en especial de los fariseos contra Jesús, en especial cuando expulsó a los mercaderes del templo. Después de la Pascua Jesús llamó a sus apóstoles, les dio las exhortaciones necesarias y los envío a predicar el acercamiento del Reino de Dios. Jesús también recorría la Tierra Santa, predicando, reuniendo seguidores y extendiendo la doctrina del Reino de Dios.

Jesucristo mostró su misión divina con una cantidad de milagros y profecías. La naturaleza insensible le obedecía incondicionalmente. Así, por ejemplo, oyendo su voz la tormenta cesaba; El caminaba sobre el agua como si fuera tierra firme; multiplicó cinco panes y unos cuantos peces y dio de comer a una multitud de varios miles. En otra ocasión convirtió el agua en vino. Resucitó muertos; echó fuera demonios; sanó una innumerable cantidad de enfermos. Jesucristo nunca hacía nada de esto buscando hacerse un hombre famoso. Jesucristo nunca recurrió a su fuerza Todopoderosa para sus necesidades. Todos sus milagros estuvieron llenos de profunda compasión hacia la gente. El mayor milagro del Salvador fue su propia resurrección de entre los muertos. Con su resurrección Él venció al poder de la muerte sobre las personas y sentó las bases para nuestra resurrección de entre los muertos, que tendrá lugar cuando llegue el fin del mundo.

Los Evangelistas registraron muchas predicciones hechas por Jesucristo. Algunas se cumplieron aún en tiempos de los apóstoles y de sus sucesores. Entre ellas: la predicción acerca de la negación por parte de Pedro; de la traición de Judas Iscariote; de la crucifixión y resurrección de Cristo; la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles; los milagros que iban a realizar los apóstoles; las persecuciones por causa de la fe; la destrucción de Jerusalén y otras. Algunas profecías de Cristo que se refieren a los últimos tiempos, empiezan a cumplirse, por ejemplo: la divulgación del Evangelio en todo el mundo; la corrupción de la gente y el enfriamiento de la fe; las espantosas guerras, terremotos, etc. Por último algunas profecías como por ejemplo la resurrección de todos entre los muertos; la segunda venida de Cristo; el fin del mundo y el día del juicio final todavía están por cumplirse.

Con su poder sobre la naturaleza y su previsión del futuro, el Señor Jesucristo atestiguó la legitimidad de sus enseñanzas y también que El verdaderamente es el Hijo de Dios Consubstancial.

La obra misionera de nuestro Señor Jesucristo se prolongó por más de tres años. Los sumos sacerdotes, los escribas y fariseos no aceptaron sus enseñanzas y sintiendo envidia por sus milagros y su éxito, buscaban la ocasión para matarlo. Al final, ese momento se presentó. Después de la resurrección de Lázaro que llevaba muerto cuatro días, el Salvador Jesucristo rodeado por el pueblo y solemnemente como Hijo de David y Rey de Israel, realizó la entrada triunfal a Jerusalén. El pueblo le rendía honores de rey. Jesucristo se dirigió directamente al templo, pero como vio que los sumos sacerdotes convirtieron la casa de oración en cueva de ladrones, echó de ahí a todos los que vendían y compraban y a los cambistas. Eso enfureció a los fariseos y sumos sacerdotes, y ellos se reunieron y resolvieron matarlo. Entre tanto Jesucristo enseñaba todos los días en el templo. El miércoles, uno de sus doce apóstoles, Judas Iscariote, les propuso a los miembros del concilio, traicionar secretamente a su maestro, por treinta monedas de plata. Los sumos sacerdotes alegremente estuvieron de acuerdo.

El jueves, Jesucristo, queriendo celebrar la Pascua, junto con sus discípulos, se dirigió de Betania a Jerusalén, donde sus discípulos Pedro y Juan prepararon para El un gran aposento. Cuando Jesucristo llegó allí esa noche les dio a sus discípulos el más grande ejemplo de humildad, lavándoles los pies. Esto lo hacían generalmente entre los judíos los sirvientes. Luego sentándose junto con ellos celebró la Pascua del Antiguo Testamento. Después de la cena Él instituyó la Pascua del Nuevo Testamento: el sacramento de la Eucaristía. Tomado el pan, lo bendijo, lo partió y lo entregó a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed, este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros.” Después, tomando la copa, y habiendo dado gracias, les entrego y dijo: “Tomad todos de ella porque esto es mi sangre del Nuevo Testamento que se derrama por muchos para la remisión de los pecados”. Después de esto Jesucristo conversó por última vez con sus discípulos acerca del Reino de Dios. Posteriormente se dirigió al Huerto de Getsemaní, en compañía de tres discípulos: Pedro, Jacobo y Juan , se aparto de ellos y se internó en el huerto para orar. Estaba de rodillas y oró a su Padre intensamente y su sudor era como gotas de sangre. Jesús oraba diciendo: “Padre, si lo deseas, aparta de mí esta copa de sufrimientos, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya.”

En ese momento irrumpió al huerto un grupo de sirvientes armados de los sumo sacerdotes guiados por Judas Iscariote quien entregó a su maestro con un beso. Mientras el sumo sacerdote Caifas reunía a los miembros del concilio, los soldados llevaron a Jesús al patio de Ananí. De allí lo llevaron ante Caifas y bien tarde en la noche se llevó a cabo un juicio. Aunque fueron llamados muchos a dar falso testimonio contra Él, ninguno pudo demostrar que Él había cometido algún delito por el cual podría ser condenado a muerte. Sin embargo, la sentencia de muerte llegó, solamente después de que Jesucristo reconoció ser Hijo de Dios y Mesías. Por esto a Cristo lo culparon de blasfemia, por lo cual debía ser condenado a muerte.

El viernes por la mañana, el sumo sacerdote se dirigió junto con otros miembros del concilio ante el procurador romano Poncio Pilato, para ratificar el veredicto. Pero Pilato al principio no estaba de acuerdo, ya que no lo encontraba culpable ni merecedor de una sentencia de muerte. Entonces los judíos amenazaron a Pilato que reportarían este hecho a Roma, al César. Pilato entonces ratificó la sentencia de muerte. Jesucristo fue entregado a los soldados romanos. Cerca del mediodía, junto con dos malhechores, Jesús fue llevado al Gólgota, un pequeño monte del lado oeste del muro de Jerusalén, y allí fue crucificado. Él aceptó sumisamente esa muerte. Era mediodía. De repente el sol se oscureció y las tinieblas cubrieron la tierra por espacio de 3 horas. Después de esto, Jesucristo en voz alta se dirigió al Padre, diciendo: Dios mío, Dios mío porque me has abandonado. Luego, viendo que todo se cumplió según las profecías del Antiguo Testamento, Él exclamó “Consumado es! Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu!” Y habiendo inclinado Su cabeza, entrego el espíritu. Después de esto, ocurrieron señales terribles: el velo del templo se rasgo en dos de arriba abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Al ver esto, incluso un pagano, un centurión dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.” Nadie dudaba sobre la muerte de Jesucristo.. Dos miembros del concilio, José de Arimatea y Nicodemo, que eran secretamente discípulos de Jesucristo, recibieron autorización de parte de Pilato para bajar su cuerpo de la cruz y lo pusieron en el sepulcro de José de Arimatea, en un huerto, cerca del Gólgota. Los miembros del concilio se encargaron de que el cuerpo de Jesucristo no fuera robado por sus discípulos y para ello sellaron la entrada y pusieron guardias. Todo fue hecho de una manera presurosa, ya que la fiesta de la Pascua empezaba en la noche de ese ida.

El domingo al tercer ida después de su muerte en la cruz, Jesucristo resucitó de entre los muertos y salió del sepulcro. Después de esto un ángel venido del cielo quitó la roca de la entrada del sepulcro. Los primeros testigos de este suceso fueron los soldados que hacían guardia en el sepulcro de Cristo. Aunque los soldados no vieron a Jesucristo resucitado de entre los muerto, sin embargo, ellos fueron testigos presenciales del hecho de que cuando el ángel quitó la piedra el sepulcro ya estaba vacío. Habiéndose asustado del ángel, los soldados huyeron. María Magdalena y otras mujeres que habían salido hacia la tumba de Jesucristo aún antes del amanecer para ungir el cuerpo de su Señor y Maestro con perfumes y hierbas aromáticas encontraron el sepulcro vacío y tuvieron el honor de ver a Cristo resucitado y oír de El saludo: “Álégrense.” Además de aparecerse ante María Magdalena, Jesucristo se le apareció a muchos de sus discípulos en diferentes momentos. Entre ellos, algunos incluso tuvieron el honor de palpar su cuerpo y convencerse de que no era un fantasma. Durante cuarenta días Jesucristo conversó varias veces con sus discípulos, dándoles las ultimas exhortaciones.

Al cuadragésimo día Jesucristo en presencia de sus discípulos ascendió al cielo desde el Monte de los Olivos. Nosotros creemos que Jesucristo está sentado a la diestra de Dios Padre, es decir que tiene un mismo poder con el Padre. Y vendrá por segunda vez a la tierra antes del fin del mundo y para juzgar a los vivos y a los muertos, después de lo cual empezará su reinado glorioso y eterno en el cual los justos van a resplandecer como el sol.

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Comentario

Acerca de la apariencia física de nuestro Señor Jesucristo

Los santos apóstoles que escribieron sobre la vida y enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo no mencionan nada acerca de su apariencia física. Lo más importante para ellos era registrar su apariencia espiritual y su doctrina.

En la iglesia del oriente existe la leyenda acerca de la Imagen Sagrada del Salvador (no hecha a mano), que dice que el rey Avgar de Edesa mandó a un pintor que intentó varias veces dibujar el rostro del Salvador sin éxito. Entonces Cristo llamó al pintor y colocó el lienzo contra su cara y quedó impreso el rostro de Jesús en ese lienzo. Cuando el rey Avgar recibió esa imagen del pintor se curó de lepra. Desde entonces esta imagen milagrosa del Salvador es muy bien conocida en la iglesia del oriente y de ella se hicieron íconoscopias. Acerca de la Imagen Sagrada no hecha a mano del Salvador han escrito: el historiador antiguo de Armenia, Moisés Jorenski; el historiador griego Evargi y San Juan de Damasco.

En la iglesia occidental existe la leyenda de la Imagen Sagrada de Santa Verónica, que entregó un manto para que Jesús, quien iba camino al Gólgota, se secara el rostro. En ese manto quedó la impresión de su rostro, que luego llegaría a occidente.

En la Iglesia Ortodoxa se acepta representar al Salvador en íconos y frescos. Estas imágenes no buscan transmitir con exactitud su apariencia sino que son más bien recordatorios, símbolos, que elevan nuestro pensamiento hacia aquel, que esta ahí representado. viendo la representación del Salvador recordamos su vida y su amor, su compasión, sus milagros y su doctrina; recordamos que El como es omnipresente, está con nosotros, ve nuestras dificultades y nos brinda ayuda. eso nos motiva a dirigirle una oración a Jesús: “Hijo de Dios, ten piedad de nosotros. “

El rostro de Jesucristo y todo su cuerpo, quedó también impreso en el llamado “Sudario de Turín,” que es una larga sábana en la cual según la tradición fue envuelto el cuerpo del Salvador cuando fue bajado de la Cruz. La imagen en el sudario se pudo ver hace relativamente poco con la ayuda de fotografías, filtros especiales y computadoras. La imagen del rostro del Salvador que aparece en el Sudario de Turín, tiene un asombroso parecido con algunos íconos bizantinos (coinciden a veces entre 45 y 60 puntos, cosa que en opinión de los especialistas, no puede ser casualidad). Al estudiar el Sudario de Turín, los especialistas llegaron a la conclusión de que está reflejado un hombre de aproximadamente 30 años, de 1,81 metros de altura, significativamente más alto que sus contemporáneos, esbelto y de contextura fuerte.

La Doctrina de Nuestro

Señor Jesucristo

Acerca de su doctrina Jesucristo dijo así: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Y todo aquel que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18:37). Por eso, nosotros, debemos recibir con reverencia cada palabra de Cristo como absoluta e indiscutible verdad, y sobre basar sobre ella nuestra vida y nuestra concepción del mundo.

Jesucristo enseñó sobre sí mismo como el Salvador de la humanidad “El Hijo del hombre ha venido para salvar lo que se había perdido… vino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt.18:11 y 20:28). El Hijo de Dios, hizo suya la misión de salvar a la gente, haciendo la voluntad de su Padre que amó de tal manera al mundo, que “ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en El cree, no se pierda, y tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Jesucristo enseñó que El es de la misma naturaleza con el Dios Padre. “Yo y el Padre, Somos uno” (Juan 10:30). Jesucristo también enseñó que al mismo tiempo descendió del cielo y a la vez está en el cielo. Simultáneamente permanece en la tierra como hombre y permanece en el cielo como Hijo de Dios siendo Dios hombre (Jn. 3:13). “Por eso todos deben honrar al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió” (Jn. 5:23). Jesucristo profesó la verdad de su naturaleza divina incluso antes de sus sufrimientos en la Cruz, y por esta razón fue condenado a muerte por el concilio. Los miembros del concilio le comunicaron a Pilato: “Nesotros tenemos una ley y según nuestra ley debe morir porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Jn. 19:7.).

Habiendo dado la espalda a Dios, la gente se confundió en sus ideas religiosas acerca del Creador, su naturaleza inmortal, el sentido de la vida, lo que está bien, lo que está mal. El Señor Jesucristo revela al hombre las bases de la fe y la vida, Jesucristo marca el rumbo de sus pensamientos y aspiraciones. Mencionando las exhortaciones del Salvador, los Apóstoles escriben que: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en las sinagogas, y predicando el evangelio del Reino” (Mt. 9:35). A menudo el Señor empezaba sus enseñanzas con las palabras: “el Reino de Dios se parece a… ” De esto se debe concluir que, según Jesucristo la gente está llamada a recibir salvación no individualmente, sino en conjunto, como una familia espiritual a través de todos los medios de gracia; que Él proveyó a la Iglesia. Estos medios se pueden definir con dos palabras: Gracia y Verdad. (La gracia, es una fuerza invisible dada por el Espíritu Santo, que ilumina la inteligencia del hombre, dirige su voluntad a hacer el bien, fortalece sus fuerzas del alma, le trae paz interior y alegría pura y santifica todo su ser).

Hablando de la salvación, Jesucristo, enseñó acerca de las condiciones necesarias para que el hombre entre en su Reino de gracia. Nos enseño cómo debe vivir y a qué debe aspirar el cristiano y cómo es la naturaleza y organización de su Reino. Ahora vamos a analizar los distintos aspectos de la doctrina del Salvador.

a) ¿Cómo entrar al Reino de Dios?

El primer paso en el camino de la salvación es la fe en Jesucristo, como enviado de Dios, Salvador del mundo, y reconocer que “El es el camino, la verdad y la vida que nadie puede llegar al Padre si no es a través de Él” (Jn. 14:6). A la pregunta de los judíos ¿qué hay que hacer para agradar a Dios? Jesús contestó: “La obra de Dios es ésta: creer en aquél que Dios ha enviado” (Jn. 6:29). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que se rehusa a creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios estará sobre él” (Juan 3:36). La fe en Jesús consiste no sólo en reconocerlo a El como Hijo de Dios, sino hacerlo humildemente, como lo haría un niño, es decir, de una manera simple, confiando y con todo el corazón aceptar sus enseñanzas sin interpretaciones propias ni enmiendas. El Señor espera de nosotros una fe así de sincera, cuando dice: “De cierto os digo, que si no volvéis y os hacéis como niños no entrareis en el Reino de los cielos” (Mateo 18:3). Esta fe de corazón en el Salvador esclarece la mente del hombre, ilumina todo el camino de su vida con la promesa del Salvador: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).

El Señor cuando atraía a la gente a su Reino hacia un llamado a llevar un modo de vida piadoso, cuando dijo: “Arrepentios porque el Reino de los Cielos se ha acercado” (Mt. 4:17). Arrepentirsesignifica censurar todo acto propio de pecado, cambiar la manera de pensar y tomar la firme decisión, con la ayuda de Dios, de empezar un nuevo modo de vida basado en el amor a Dios y al prójimo.

Sin embargo, para empezar una vida piadosa, no es suficiente sólo desearlo sino que es indispensable, además la ayuda de Dios, que Dios brinda al creyente en el bautismo de gracia. En el bautismo al hombre se le perdonan todos los pecados, él nace para un modo de vida espiritual, y se convierte en ciudadano del Reino de Dios. El Señor dijo lo siguiente acerca del bautismo: “El que no renaciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne y lo que nace del Espíritu es espíritu” (Jn. 3:5-6). Cuando mandaba a los Apóstoles a evangelizar por todo el mundo, Jesucristo los exhortó: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os He mandado” (Mt. 28:18). Además: El que creyere y fuere bautizado, será salvo, mas el que no creyere será condenado (Marc. 16:10). Las palabras “Todas las cosas que os He mandado,” subrayan la pureza de la doctrina del Salvador, en la cual todo es importante e indispensable para la salvación.

b) Acerca de la vida cristiana

En los nueve preceptos de las Bienaventuranzas, (Mt. Cap. 5) Jesucristo definió el camino para la renovación espiritual. Este camino está compuesto de: humildad, arrepentimiento, mansedumbre, aspiración a una vida de bien, en las acciones de caridad, limpieza de corazón, hacer la paz y confesar los pecados. Con las palabras: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Jesucristo llama al ser humano a la humildad, al reconocimiento de sus pecados y de su debilidad espiritual. La humildad es el principio o fundamento para la corrección del ser humano. De la humildad proviene el arrepentimiento: pena por sus deficiencias, pero: Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Recibirán perdón y pacificación de la conciencia. Una vez obtenida la paz del alma, el hombre mismo se hace apacible, manso. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra heredada, recibirán lo que a ellos les quita gente saqueadora y agresiva. Después de estar limpio por el arrepentimiento, el hombre empieza a extrañar las buenas obras y la rectitud. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de verdadporque ellos serán saciados.” Es decir, con la ayuda de Dios, conseguirán la verdad. Una vez que él mismo ha sentido la gran misericordia de Dios, el hombre empieza a sentir compasión hacia otras personas. Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzaran misericordia. El misericordioso se desprende de su apego pecaminoso a las cosas materiales y la luz de Dios penetra en él como en agua limpia de un manso lago. Bienaventurados los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Esta luz da al hombre la sabiduría necesaria para dirigir espiritualmente a otras personas para que estén en paz con ellos mismos, con el prójimo y con Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados Hijos de Dios’,. El mundo pecador no puede soportar la auténtica rectitud y se levanta con odio contra los que la ostentan. Pero no hay que afligirse. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la verdad porque de ellos es el Reino de los cielos.”

Más adelante en el sermón de la montaña (Mt. Cap. 5 y 7) el Señor enseña no vengarse, a superar el sentimiento de rencor, a ser castos, a ser fieles a su palabra, a perdonar a los enemigos, a aspirar una auténtica rectitud, que hay en el corazón del hombre; explica como dar limosna, como orar y ayunar para que estas obras sean del agrado de Dios. Más adelante nos llama a no acaparar y a tener esperanza en Dios, nos enseña a no juzgar al prójimo y ser constantes en las buenas obras.

El Señor enseña a no atarse a los bienes materiales y terrenales porque: “¿De qué le sirve a uno si ha ganado el mundo entero, pero se ha destruido a sí mismo (perdió su propia alma)? ¿Qué podría dar para rescatarse a sí mismo?” (Marc. 8:36-37). Porque el hombre que busca enriquecerse está lejos de Dios, “Porque donde esta vuestro tesoro, ahí estará también vuestro corazón” (Luc. 12:34). Lo mejor para el hombre es encontrarse en contacto personal y estar en gracia de Dios, por eso Cristo llama: “Buscad el Reino de Dios y todas esas cosas os serán añadidas” (Mt. 6:33). Cuando habló del valor espiritual del Reino de Dios, Jesucristo en una de sus parábolas dijo que “El Reino de los Cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, y que habiendo hallado una perla preciosa fue y vendió todo lo que tenía y la compró”(Mt. 13:45 46).

La salvación del alma debe ser el primordial anhelo del hombre. El camino de la renovación espiritual suele ser difícil por eso: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos son los que entran por ella porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida y pocos son los que la hallan” (Mt. 7:13-14). El cristiano deber soportar las penas ineludibles sin murmurar, ya que son su cruz de todos los días. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt. 16:24). En resumen: “El Reino de Dios sufre violencia y los que usan la fuerza pretenden acabar con él” (Mt. 11:12) Para comprender todo esto mejor es indispensable pedir ayuda a Dios: “Velad y orad para que no entréis en tentación, el espíritu está dispuesto a la verdad pero la carne es débil” (Marc. 14:38). “Con vuestra paciencia ganareis vuestras almas” (Luc. 21:19).

El Hijo de Dios al venir al mundo por su infinito amor hacia nosotros les enseñó a sus discípulos a tener al amor como el fundamento de la vida cuando dijo:

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Este es el primer mandamiento, que es el más importante y el segundo, que es parecido a éste dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” “Estos dos mandamientos son la base de toda la ley y de las enseñanzas de los profetas” (Mateo 22:37-39). Mi mandamiento es éste: “Que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn. 15:12).

El amor al prójimo se descubre a través de las obras de misericordia.

Hablando desde la cruz y del dolor y del camino estrecho, Cristo nos anima con la promesa de su ayuda: “Venid a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas y yo les haré descansar. Acepten el yugo que les impongo y aprendan de mí que soy paciente y de corazón humilde, así encontrarán descanso. Porque el yugo que les impongo y la carga que les doy para llevar son ligeros” (Mt. 11:28-30). Tanto los preceptos de las bienaventuranzas como toda la doctrina del Salvador están llenas de fe en la victoria del bien y tienen espíritu de alegría. “Alégrense, estén contentos porque van a recibir un gran premio en el cielo” (Mt. 5:12). “Por mi parte yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20); y promete que todo el que crea en El no se perderá, sino que tendrá la vida eterna (Jn. 3:15).

c) Acerca de la naturaleza del Reino de Dios

Jesucristo usaba ejemplos de la vida diaria, parábolas., para explicar su doctrina acerca del Reino de Dios. En una de esas parábolas se hizo una comparación del Reino de los cielos con un corral de ovejas donde viven seguras las ovejas obedientes cuidadas y guiadas por el buen Pastor que es Cristo.

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… tengo también otras ovejas, que no son de este corral, también a ellas debo traerlas. Ellas me obedecerán y habrá un solo rebaño y un solo pastor… yo les doy (a mis ovejas) la vida eterna, jamás perecerán ni nadie me las quitará… El Padre me ama porque yo doy mi vida para volverla a recibir. Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo derecho de darla y de volver a recibirla” (Jn. Cap. 10).

En esta comparación del Reino de Dios con un rebaño de ovejas se enfatiza la unidad de la iglesia: Muchas ovejas permanecen en un rebaño protegido, tienen fe y una forma de vida. Todas tienen un solo Pastor – Cristo. Jesucristo oró ante su Padre por la unidad de los creyentes antes de los sufrimientos en la cruz cuando dijo: “Te pido que estén completamente unidos, que sean una sola cosa en unión con nosotros, oh Padre, así como tu estas en mi y yo en ti que estén completamente unidos, para que el mundo crea que tu me enviaste” (Jn. 17:21). El principio de unión en el Reino de Dios es el amor del pastor a sus ovejas y el amor de las ovejas hacia el pastor. El amor a Cristo se expresa en la obediencia a Él, en la aspiración de vivir según su voluntad. “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos “(Jn. 14:15). El amor mutuo de los creyentes es una señal importante de su Reino: “Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta que son Discípulos míos”(Jn. 13:35).

La gracia y la verdad son dos tesoros que Dios dio a la iglesia en calidad de las más importantes virtudes que constituyen su propia esencia. Véase Juan 1:17. El Señor prometió a sus Apóstoles que el Espíritu Santo guardará en la iglesia su legítima e inmaculada doctrina hasta el fin del mundo. “Yo pediré al Padre que les mande a otro defensor, el Espíritu Santo de la verdad, que permanecerá para siempre con ustedes. Los que son de este mundo no lo pueden recibir porque no lo ven, ni lo conocen ; pero ustedes lo conocen porque Él está con ustedes y permanecerá siempre con ustedes” (Jn. 14:16-17). “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él les guiará hacia toda verdad” (Jn. 16:13). De la misma manera nosotros creemos que los dones de la gracia del Espíritu Santo van a estar activos en la iglesia dando nueva vida a sus hijos y saciando su sed espiritual, “El que beba del agua que yo le daré, nunca volverá a tener sed. Porque el agua que Yo le daré, brotará en El como manantial de vida eterna” (Jn. 4:14).

Así como a los reinos terrenales les son indispensables las leyes, gobernantes y distintas instituciones sin las cuales ningún estado puede existir, asimismo nuestro Señor Jesucristo provee a la iglesia de todo lo necesario para la salvación de sus creyentes: la doctrina del Evangelio, los misterios de la gracia y líderes espirituales, los pastores de la iglesia. Así dijo el Señor a sus discípulos al respecto: “Como el Padre me envío a mí, Yo los envío a ustedes.” Y sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn. 20:21-22). El Señor depositó en los pastores de la iglesia la obligación de instruir a los creyentes, limpiar sus conciencias, dar nueva vida a sus almas. Los pastores deben seguir al Pastor Supremo, en su amor por las ovejas. Las ovejas deberán respetar a sus pastores, seguir sus exhortaciones pues Cristo dijo: “El que los escucha a ustedes, me escucha a mí, y el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí.” (Luc. 10:16).

El hombre no llega a ser piadoso instantáneamente. En la parábola acerca de la mala hierba entre el trigo Cristo explicó que al igual que en el campo sembrado la mala hierba crece junto al trigo. Asimismo entre los hijos justos de la iglesia se encuentran miembros indignos. Unas personas pecan por ignorancia, falta de experiencia y debilidad de sus fuerzas espirituales pero se arrepienten de sus pecados y tratan de corregirse; otros se estancan en el pecado durante mucho tiempo, desdeñando la gran tolerancia de Dios. El mayor sembrador de tentaciones y de todo mal entre la gente es el diablo. Hablando de la mala hierba en su Reino el Señor llama a todos a luchar contra las tentaciones y orar: “Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación sino líbranos del mal.” Conociendo la debilidad espiritual y la inconstancia de los creyentes el Señor otorgó a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados: “A quien ustedes perdonen los pecados les quedarán perdonados, y a los que no se los perdonen, les quedaran sin perdonar” (Jn. 20:23). El perdón de los pecados, supone que el pecador se arrepiente sinceramente de su mala acción y quiere corregirse. Pero el mal en el Reino de Dios no va a ser soportado eternamente. “Les aseguro que todos los que pecan son esclavos del pecado. Un esclavo no pertenece para siempre a la familia, pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. Así que si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres” (Jn. 8:34-36). Cristo indica que la gente que persiste en sus pecados o que no se somete a la doctrina de la iglesia no estará junto al pueblo de gracia: “Si no hace caso a la Iglesia, entonces habrás de considerarlo como un pagano o un publicano” (Mt. 18:17).

En el Reino de Dios, se lleva a cabo la unión real de los creyentes con Dios y entre sí. El principio de la unión en la iglesia es la naturaleza de Cristo, quien es Dios hombre con la cual los creyentes se encuentran en el sacramento de la Santa Eucaristía. En la Eucaristía la vida divina del Dios hombre sacramentalmente desciende a los creyentes, como ha sido dicho: “El que me ama, mi palabra guardará, y mi Padre lo amará y vendremos a el y haremos morada con él” (Juan 14:23). Así el Reino de Dios entra en el hombre. Jesucristo subraya la necesidad de la Eucaristía con las siguientes palabras: “Les aseguro que si ustedes no comen del cuerpo del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día” (Juan 6:53-54). Sin unión con Cristo el hombre es como una rama quebrada, se desvanece espiritualmente y no es capaz de hacer buenas obras. “Una rama no puede dar uvas por sí misma, si no está unida a la vida, de igual manera, ustedes no pueden dar fruto si no permanecen unidos a mí. Yo soy la vida y ustedes son las ramas. El que permanece unido a Mí y Yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15:4-5). Habiéndoles enseñado a sus Discípulos la necesidad de tener unión con El Jesucristo, la noche en la que fue entregado que fuera la víspera de sus sufrimientos en la Cruz, instituyó el Sacramento de la Santa Eucaristía ordenándoles a ellos al final: “Hagan esto en memoria mía” (Lucas 22-19).

Jesucristo contraponía Su Reino de Gracia al mundo que se revuelca en la perversidad cuando les dijo a sus Discípulos: “Yo los escogí a ustedes de entre los que son del mundo”(Jn. 15:19), 0 sea, los aparto del mundo; “Y Mi Reino no es de este mundo”(Jn. 18:36). “El príncipe de este mundo es el diablo,” un lobo que mata a los hombres y es el padre de la mentira. Pero los hijos del Reino no deben temer al maligno y sus hijos. “Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera… háganle frente al reto porque yo vencí al mundo” (Jn. 16:33). El Reino de Cristo va a perdurar hasta el fin del mundo y todos los esfuerzos del diablo y sus sirvientes de destruir el Reino de Cristo se romperán como olas en la roca. “Voy a construir mi iglesia, ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla” (Mt. 16:18). Estas palabras hablan no sólo acerca de la existencia física de la iglesia hasta el fin de los tiempos, sino también acerca de que la iglesia va a conservar su integridad espiritual, llena de gracia y verdad.

Jesucristo nos enseñó a nosotros con Su palabra y con Su ejemplo. Él, es para nosotros el más perfecto ejemplo de rectitud. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envío a Mí y hacer Su obra,” dijo Cristo. Y cada acción, palabra y pensamiento estaban llenos de deseos de hacer la voluntad de Su Padre. Conociendo más profundamente la vida del Salvador descripta en los Evangelios, vemos en Sus acciones el más alto ejemplo de virtud. Entre tanto debemos entender que nosotros podemos seguir a Cristo sólo en aquello que está a nuestro alcance. Como mortales que somos, no nos atrevemos a reproducir sus acciones individuales, como por ejemplo: Sus obras de omnipotencia y omnisapiencia, que nos son imposibles de reproducir, pero podemos y debemos seguir el espíritu general de Sus virtudes. Precisamente en Cristo el hombre encuentra la imagen viva del ideal, hacia el cual Él llamó a toda la gente cuando dijo: “Sean ustedes perfectos como su Padre que está en el cielo es perfecto” (Mateo 5:48). Y un poco después explicaba: “Si ustedes Me conocen a Mí, también conocerán a Mi Padre” (Juan 14:7).

Conclusión

Y así, toda la vida y doctrina del Salvador estaban dirigidas a proponer nuevos principios espirituales en la vida humana: una fe pura, un amor vivo hacia Dios y hacia el prójimo, aspiración de perfeccionamiento y santidad. Sobre estos principios debemos construir nuestras creencias religiosas y nuestra vida.

La historia de la cristiandad muestra que no todas las personas, ni todos los pueblos fueron capaces de levantarse hasta los más altos principios espirituales del Evangelio. La consolidación de la cristiandad en el mundo iba a veces por un camino espinoso. En ocasiones la gente recibía el Evangelio de una manera superficial, sin aspiraciones de corregir su corazón, a veces el Evangelio era simplemente rechazado e incluso sufría persecuciones. A pesar de eso todos los altos principios humanos de libertad, igualdad y fraternidad, con los que se distinguen los estados democráticos modernos, fueron adoptados del Evangelio. Todos los intentos de sustituir los principios del Evangelio por otros llevan a veces a consecuencias catastróficas. Para convencerse de esto, es suficiente ver las consecuencias modernas del materialismo y del ateísmo. Así, pues, nosotros que somos cristianos contemporáneos que tenemos ante nuestros ojos esta rica experiencia histórica, debemos entender claramente que sólo en la doctrina del Salvador podemos hallar una guía fiel para la solución de nuestros problemas sociales y familiares.

Edificando nuestra vida en los preceptos de Cristo, nosotros nos consolamos con la convicción de que el Reino de Dios sin duda triunfará y llegará la paz prometida a la tierra renovada, junto con la justicia, la alegría y la vida eterna. Oremos a Dios para que nos haga más dignos de heredar su Reino.

Adjunto

La Divinidad de Cristo

La fe en la Divinidad de Jesucristo es el fundamento de todas nuestras convicciones religiosas. Esta fe nos dar fuerzas espirituales y nos guía en nuestras tareas y aspiraciones. Sin esta fe la cristiandad pierde su sentido y su fuerza inspiradora, y se convierte en una colección de mitos antiguos y promesas no realizadas.

Pero aún con toda su excepcional importancia la verdad de la Divinidad de Cristo, no es una cosa obvia. Incluso, parecería haber contradicciones en algunos lugares del Evangelio sobre este tema. Por eso la gente que contradice la Divinidad de Cristo no encuentra dificultad en buscar aquellos textos de la Biblia que parecieran confirmar su opinión de que Jesucristo fue o simplemente hombre o quizás un ángel encarnado y por eso no puede ser llamado Dios en el sentido propio do esta palabra. Aún más los adversarios de la fe en la Divinidad de Cristo afirman que Jesús mismo nunca se llamó a sí mismo Dios y de ahí erróneamente concluyen que este título le fue dado posteriormente. Las opiniones contradictorias relativas a la naturaleza de Cristo empezaron a aparecer todavía en los primeros días de la cristiandad.

Especialmente en el siglo cuarto hubo fuertes discusiones y agitación ante la herejía de Arián que enseñaba que Jesucristo es Hijo de Dios sólo de nombre, pero por naturaleza es un ángel hecho por Dios. La herejía de Arían fue analizada con mucho cuidado por el Primer Concilio Ecuménico que se llevó a cabo en la ciudad de Nicea en el año 325. Los Padres de la Iglesia rechazaron la herejía de Arían y redactaron el Credo o Símbolo de la Fe que se usa in la Iglesia incluso hoy en día, en el cual expusieron exactamente la verdadera doctrina de Jesucristo.

En nuestros tiempos la secta los Testigos de Jehová hizo revivir la herejía de Arían, que había sido destruida, y en una nueva versión a su manera, enseña que Jesucristo es el Arcángel San Miguel encarnado. La peligrosidad de la secta de los Testigos de Jehová consiste en que contando con recursos materiales ilimitados, la secta inunda al mundo de literatura y misioneros. En Rusia la secta está llevando a cabo un trabajo misionero especialmente agresivo, pescando en sus perniciosas redes a miles de personas confiadas.

Los rusos ortodoxos se encuentran están en gran peligro con los misioneros de las sectas, porque en su mayoría conocen muy poco las Sagrados Escrituras y no saben como deben defender su fe. Por otro lado, los ministros de las sectas se aprenden los textos que necesitan y saben con mucha habilidad cómo bombardear a su interlocutor con versículos convenientes pare ellos.

Aún cuando las Sagradas Escrituras llaman a Jesucristo, Hijo de Dios, la gente que cuestiona su naturaleza divina dice que las Sagradas Escrituras llaman hijos de Dios a otras personas, por ejemplo los ángeles y las personas. Para aclarar este punto hay que tener en cuenta lo siguiente: cuando las Sagradas Escrituras mencionan a personas o ángeles nunca se refieren a ellos usando el número singular, y nunca llaman a determinado hombre o determinado ángel como Hijo de Dios, sino que siempre se usa el plural en sentido colectivo hijos de Dios. El lector siempre tiene claro que aquí se habla acerca de hijos de Dios, no por naturaleza, sino por misericordia de Dios quien los ha recibido, ellos son hijos de Dios no por naturaleza sino adopción. (Aquí la comprensión literal de la palabra “hijos” lleva a una conclusión absurda de que alguna gente, por ejemplo los teomaquistas, que luchan contra Dios, a los que las Sagradas Escrituras llama “hijos de diablo,” tienen otro origen distinto al que tienen los creyentes).

Las Sagradas Escrituras utilizan solamente con respecto a Jesucristo el singular cuando lo llaman Hijo de Dios, y además solamente hacia El exclusivamente, las Sagradas Escrituras añaden asimismo palabras que precisan aún más, por ejemplo: Consubstancial, Único, bien amado, Hijo de Dios vivo, legitimo Hijo o propio. Esto muestra que a diferencia de nosotros, Jesucristo es el Hijo de Dios en esencia, Él es Hijo en el sentido propio de esta palabra. Por esto los mormones cometen un error imperdonable cuando dicen que Jesús tenia otros hermanos dioses, como por ejemplo Lucifer (Satanás) y diferentes espíritus. Las Sagradas Escrituras rigurosamente diferencian al hijo de los hijos: el Hijo de Dios es nacido, los hijos de Dios son creados.

Dios Padre anticipó el inicio mismo de la evangelización de Jesucristo con un testimonio acerca de su Hijo cuando dijo: “Este es mi Hijo, el Amado, éste es mi Elegido” (Mt. 3:17). Más tarde en un cerro muy alto, durante la Transfiguración de Jesús, el Padre repitió estas mismas palabras y añadió: “Escúchenlo a Él” (Mt. 17:5). Esto es una indicación de que la gente debe recibir todo lo dicho por el Señor Jesucristo como perfecta e indiscutible verdad. ¿Pero qué se les puede objetar a los que niegan la Divinidad de Cristo, cuando el mismo Jesucristo dijo: “Mi Padre mayor es que yo… De aquel día y de la hora nadie sabe, ni aún los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre… No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre… Mi alma está triste, hasta la muerte… No se haga mi voluntad, sino la Tuya” y frases así, en las cuales el se pone en segundo lugar y como siervo en la relación con Dios? (Jn. 14:28, Marc. 13:32, Luc. 22:42, Mt. 24:39, Jn. 5:19). Además de esto, ¿si Jesucristo tenía conciencia de que Él era Dios, entonces por que El no lo decía clara y abiertamente? Con esto disiparía cualquier duda acerca de su naturaleza.

El propósito de este artículo es ayudar a las personas ortodoxas a encontrar una orientación en los temas enunciados anteriormente y darles el material necesario para la defensa de su fe en la Divinidad de Cristo.

Para entender por qué el Señor Jesucristo no proclamó a todos los pueblos acerca de su Divinidad, trataremos mentalmente trasladarnos a aquella época y aquellas condiciones, en las cuales Él evangelizaba. Imaginemos como serían recibidas las palabras de un hombre que ande por la ciudad anunciando “Yo soy Dios.” Sin duda que las multitudes se reirían de él como persona enferma mentalmente y los adherentes a la fe judía presurosamente lo culparían de blasfemia y exigirían su muerte. Tal vez solamente los paganos, que tenían muchos dioses, pudieron haber tomado esta declaración más seriamente que los judíos, entendiendo esta declaración desde luego, desde la perspectiva de sus supersticiones. (Dicho sea de paso, recordemos la reacción que los paganos tuvieron ante los milagros del Apóstol Pablo, y de qué manera querían nombrarlo a él uno de sus dioses y querían ofrecer sacrificios. Hech. 14:11). En nuestro tiempo si un predicador se proclama a sí mismo dios, simplemente la gente le daría la espalda con desprecio.

En cualquier caso, una declaración directa del Salvador acerca de su Propia Divinidad no traería los resultados que se debían alcanzar. En realidad, el Hijo de Dios vino a nuestro mundo no para asombrar a sus contemporáneos con su poderío sin limite, ni para subyugarlos como esclavos a su poder divino, sino a convencerlos de que deben darle la espalda al pecado y empezar a creer en forma correcta y a vivir piadosamente. La gente se ha embrutecido espiritualmente y se ha endurecido moralmente, ya que llegó a ser incapaz de entender la verdad de la Divinidad de Cristo. Recordemos del Evangelio cuan difícil era para Cristo predicar entre los judíos, cuántas burlas tuvo que soportar de parte de escribas malintencionados que distorsionadamente interpretaban Sus palabras y alejaban de la fe al pueblo humilde.

Por eso la misión primordial de nuestro Señor Jesucristo fue convencer a la gente que debía arrepentirse buscar a Dios y rechazar sus prejuicios religiosos. Jesús quería poner en esta gente la semilla de una fe verdadera. Habiendo logrado esto, había que inspirarla hacia un nuevo modo de vida piadoso, enseñar a perdonar, amarse unos a los otros y compadecerse entre sí. Un cambio espiritual tan profundo en la sociedad no se podía alcanzar ni con amenazas ni con milagros. En realidad, cuando nuestro Señor Jesucristo revelaba su naturaleza divina con algún milagro, esto despertaba entre la multitud judía sueños enfermizos de un reinado glorioso, poderoso y mesiánico en la tierra, donde ellos iban a reinar sobre otros pueblos. Por esta razón nuestro Señor Jesucristo se vio en la necesidad de prohibir la divulgación de los milagros hechos por Él.

Para renovar moralmente a la gente y hacerla sensible hacia la fe verdadera, Jesucristo escogió el camino de la buena e inspiradora palabra y el ejemplo personal. Por compasión hacia los desahuciados Él decidió compartir con ellos su pobreza, sus pesares y sus penas. Para curar sus llagas morales, El tomo como suyos los pecados de la gente y los lavó en la Cruz con Su Purísima Sangre. En general toda la causa de la salvación de la humanidad pecadora, empezando desde el momento de la Encarnación del Salvador y terminado con sus sufrimientos en la Cruz, fue para El un tema de humillación voluntaria extrema. Según palabras del Apóstol Pablo: “Cristo Jesús, aunque era de naturaleza divina, no insistió en ser igual a Dios sino que hizo a un lado lo que era propio, y tomando naturaleza de siervo nació como hombre y al presentarse como hombre, se humillo a sí mismo y por obediencia fue a la muerte, a la vergonzosa muerte en la Cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres” (Filip. 2:6-9).

El profeta Isaías describe así la hazaña de auto humillación voluntaria del Mesías (Is. 53:2-9):

“¿QUIÉN podrá creer la noticia que recibimos? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por la cárcel y por juicio fue quitado; y su generación ¿quién la contará? Porque cortado fue de la tierra de los vivientes; por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; porque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.”

Con estas ultimas palabras el profeta hace un llamado a la conciencia de aquellos que van a rechazar a su Salvador, y les dice a ellos: “Ustedes con desprecio le dan la espalda al humillado y sufrido Jesús, pero recuerden que por culpa de ustedes pecadores, Él sufre amargamente. Fijen su mirada en la belleza espiritual de Él y entonces puede ser, que Ustedes podrán entender que El vino a Ustedes de un mundo celestial.

Pero humillándose voluntariamente por nuestra salvación, Nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, gradualmente abría el misterio de Su unidad con Dios Padre a aquellos que fueron capaces de elevarse sobre las ideas ordinarias de la multitud. Así, por ejemplo, Él decía a los judíos: “Yo y el Padre uno somos,” “El que me ve a mí, ha visto al Padre”… El Padre permanece en mí y yo en el Padre.” “Todo lo mío es Tuyo (del Padre) y lo Tuyo es mío.” “Nosotros (Padre e Hijo) vendremos y moraremos con él” (Jn. 10:30, 14:10-23, 17:10). Estas y otras expresiones similares sin duda demuestran su naturaleza divina.

Además de eso, nuestro Señor Jesucristo, gradualmente descubría sus virtudes, que podía poseer solamente Dios. Así, por ejemplo, El se llamaba a sí mismo Creador, cuando dijo: “Mi Padre siempre ha trabajado y Yo también trabajo” (Jn. 5:17). Es de destacar que los judíos al escuchar estas palabras, las entendían perfectamente bien y querían apedrear a Jesús por blasfemia “Por que El no sólo quebrantó el día de reposo, el sábado, sino que llamó su Padre Dios, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn. 5:17-18). Al no desmentir su manera de entender, el Señor con esto confirmaba que ellos le habían entendido bien.

En otras pláticas Nuestro Señor Jesucristo se llamó a sí mismo Eterno. Por ejemplo cuando los judíos le preguntaron: “¿Quién eres Tú?” y Jesús contesto: “Yo soy el que desde el principio os he dicho” (Jn. 8:25) y un poco después agregó: “Les aseguro que Yo existo desde antes que existiera Abraham” (Jn. 8:56). Aquí, conviene prestar atención al hecho de que Jesús no dijo “Yo estuve” como era gramaticalmente correcto según el contexto de la oración, sino que usó el tiempo presente: “Yo existo,” o más exactamente “Yo soy.” El profundo sentido de esta palabra se explica en la lengua hebrea original. Cuando Moisés preguntó a Dios cual era su nombre, cuando estaba frente a la zarza que no se consumía, Dios le contesto: “Yo soy el que soy, y dirás a los israelitas “Yo soy” me ha enviado” (Exodo 3:14). 0 sea el mismo nombre “Yo soy” muestra la virtud que caracteriza a Dios: Él es aquel que siempre existe. El es eterno. Al nombrarse “yo soy” Jesucristo usó el nombre con el cual los hebreos llaman a Dios. Recordemos, entre tanto que ese nombre Jehová los judíos lo respetaban tanto, que lo usaban sólo en ocasiones especialmente importantes y solemnes y en el lenguaje común usaban los nombres, Señor, Creador, Altísimo, Bendito, etc.

Después de su resurrección de entre los muertos Jesucristo confirmó su eternidad cuando dijo: “Yo soy el alfa y el omega, el principio y el fin, dice el Señor, el que es, y que era, y que ha de venir, el Todopoderoso” (Apoc. 1:8). En otros casos, Jesucristo se llamó a sí mismo omnisapiente, cuando dijo. “Así como mi Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre” (Jn. 10:15). Ciertamente la naturaleza divina no es comprensible para criaturas con limitaciones. Solamente Dios puede a la perfección conocer su naturaleza. Nuestro Señor Jesucristo también se llamaba a sí mismo omnipresente, cuando dijo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, es decir el Hijo del hombre, que está en el cielo” (Jn. 3:13). “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt. l8:20). Aquí Cristo otra vez uso la palabra “YO S0Y,” mostrando que El no sólo estuvo y estará en el cielo, sino que permanece siempre allá.

Así pues como Jesucristo comparte todas sus virtudes divinas con el Padre: creación, eternidad, omnisapiencia, omnipresencia, etc., entonces El debe reconocerse igual al Padre en honor, por eso: “Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, tampoco honra al Padre que lo ha enviado” (Jn. 5:23). A una persona no persuadida de antemano todo lo que se ha dicho aquí le debe inspirar una verdad irrefutable precisamente, de que Jesucristo es Dios verdadero es igual al Padre por naturaleza.

Aun y cuando Jesucristo, evadía directamente llamarse a sí mismo Dios, para no despertar en la multitud tensiones innecesarias sin embargo él aprobaba a aquellos que eran capaces de elevarse hasta esta verdad. Así, por ejemplo, cuando Pedro en presencia de otros Apóstoles dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” El Señor aceptó su confesión de fe, y añadió que Pedro llegó a ese convencimiento, no sólo por observación independiente, sino gracias a una iluminación superior especial: “Bienaventurado eres Simón,, hijo de Jonás, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt. 16:16). De la misma manera, cuando el Apóstol Tomás, quien dudaba que Jesús hubiera resucitado, habiendo visto al Salvador frente a sí, exclamó: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20:28), Cristo no rechazó este nombramiento, sino solamente lo reprochó un poco por su incredulidad y dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste. Bienaventurados los que no vieron y creyeron” (Jn. 20:29).

Recordemos que la condenación a morir en la cruz para Cristo fue provocada por el reconocimiento oficial de Su Divinidad. Cuando el sumo sacerdote Caifás bajo juramente le preguntó a Cristo: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?” Jesús le dijo. “Tú lo has dicho” usando la forma establecida para la respuesta afirmativa (Mt. 26:63, Luc. 22:70, Jn. 19:7).

Ahora conviene aclarar otro punto muy importante relacionado con esto; ¿de donde Caifas, muchos judíos e incluso los demonios (¡!) tomaron la idea de que el Mesías va a ser Hijo de Dios? Aquí la respuesta es una: de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento. Precisamente las Escrituras prepararon el terreno para esta fe. Efectivamente, el Rey David, que vivió mil años antes de que naciera Cristo, llama al Mesías Dios (véase Salmos 2, 44(45) y 110) en tres Salmos. Aún más claro nos revela esta verdad el profeta Isaias, quien vivió 700 años antes del nacimiento de Cristo. Prediciendo el misterio milagro de la Encarnación del Hijo de Dios, Isaias escribió: “La Virgen está encinta y va a tener un Hijo al que pondrán por nombre Emanuel (Is. 7:14). Emanuel significa: “Dios está con nosotros” Y un poco más adelante el Profeta revela con mayor determinación las virtudes del Hijo que habrá de nacer: “Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre eterno, Príncipe de Paz” (Is. 9:6).

No se puede nombrar de esta manera más que a Dios. E1 profeta Miqueas también escribió acerca de la eternidad del Infante que habría de nacer (Miq. 5:2). El profeta Jeremías, que vivió aproximadamente 200 años después de Isaías, llamó al Mesías “Señor” (Jerem. 23:5 y 33:16) entendiendo por Señor a aquel Señor, que lo envío a é1, y la obra misionera, y el discípulo de Jeremías, el profeta Baruj, escribió las siguientes palabras extraordinarias acerca del Mesías: “Este es nuestro Dios, y nadie se le compara a Él. El encontró todas las formas de sabiduría y la dio a su siervo Jacob, y a su amado Israel. Después de esto él se presentó en la tierra y estuvo entre la gente” (Baruj 3:36-38) es decir Dios mismo vendrá a la Tierra y va a vivir entre la gente.

Es por eso que los más sensibles entre los judíos teniendo indicaciones tan definidas en las Sagradas Escrituras, pudieron reconocer en Cristo al verdadero Hijo de Dios. (véase el artículo “El Antiguo Testamento acerca del Mesías” sobre este tema). Digno de destacar es el hecho de que todavía antes del nacimiento de Cristo la mujer piadosa Elizabeth recibió a la Virgen María que esperaba al Niño Dios con el solemne saludo: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el Fruto de tu Vientre: ¿Por qué se me concede esto a mí, que la Madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1:42-43) Está claro que la mujer piadosa Elizabeth no podría tener otro Señor que no fuera aquél al que ella servía desde la infancia. Como explica el apóstol Lucas, Elizabeth no dijo esto ella misma, sino por inspiración del Espíritu Santo.

Habiendo asimilado firmemente la fe en la Divinidad de Cristo, los apóstoles sembraron esa fe en Él entre todos los pueblos. El evangelista Juan empieza su Evangelio, revelando la naturaleza divina de Jesucristo:

“En el principio era e Verbo,

y el Verbo estaba ante Dios,

y el Verbo era Dios

Todas las cosas por E1 fueron hechas

y sin E1 nada de lo que ha sido hecho, fue hecho…

Y aquel Verbo fue hecho carne,

habito entre nosotros

y vimos su gloria,

gloria como del unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad…

A Dios nadie le vio jamás;

el unigénito Hijo, que esta en el seno del Padre,

E1 le ha dado a conocer” (Jn. 1:1-18).

El nombramiento del Hijo de Dios como Verbo o Palabra más que otros títulos revelan el Misterio de la relación recíproca entre la primera y la segunda Persona de la Santísima Trinidad: Dios Padre y Dios Hijo. Efectivamente, la idea y la palabra se diferencian entre sí en que la idea permanece en la inteligencia y la Palabra es la expresión de la idea. Sin embargo ambos son inseparables. No puede haber idea sin palabra, ni palabra sin idea. La idea es como la palabra oculta internamente. y la palabra es la expresión de la idea. La idea personificada en la palabra da a los oyentes el contenido de la idea. En este sentido la idea, siendo un principio independiente es como el padre de la palabra y la palabra es como el hijo de la idea. Antes que la idea, la palabra es imposible, y la palabra no proviene de alguna parte de afuera, sino solamente de la idea y con la idea se queda inseparable. De la misma manera el Padre, la más abarcadora y suprema Idea produjo de sus entrañas al Hijo-Verbo su primer Intérprete y Mensajero (según San Dionisio de Alejandría).

Los Apóstoles hablan con toda claridad acerca de la Divinidad de Cristo: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al Dios verdadero. Vivimos unidos al que es verdadero, es decir a su Hijo Jesucristo. Él es el Dios verdadero y la vida eterna” (Jn. 5:20). “De los israelitas según la carne vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas” (Rom. 9:5). “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:130. “Si los judíos hubieran conocido la sabiduría de Dios, nunca habrían crucificado el Señor de gloria” (l Cor.2:8). “Porque en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad; Dios fue manifestado en carne” (l Tim. 3:16). Acerca de que el Hijo de Dios no es una criatura sino Creador acerca de que es incomparablemente superior, que todas las cosas creadas por Él, el apóstol Pablo lo demuestra en detalle en los capítulos uno y dos de su Epístola a los Hebreos. Los ángeles son solamente espíritus auxiliares.

Es indispensable recordar que el nombramiento de Nuestro Señor Jesucristo como Dios-Theos – por sí mismo habla de la plenitud de su Divinidad: “Dios,” desde el punto de vista lógico y filosófico no puede ser de segundo orden,” “de categoría inferior,” Dios limitado.

Las virtudes de la naturaleza divina no deben ser sometidas a condicionamientos y disminuciones. Si es “Dios,” entonces lo es completamente y no parcialmente.

Solamente gracias a la Unidad de Personas en Dios se pueden reunir en una oración los nombres del Hijo y del Espíritu Santo a la par del nombre del Padre, por ejemplo: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19). “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Cor. 13:14). “Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno” (1 Jn. 5:17). Aquí el apóstol Juan subraya que estos tres son uno: un solo ser.

COMENTARIO: Es necesario diferenciar los conceptos “persona.” y “esencia.” El concepto “persona” significa individuo, “yo,” consciencia. Las células viejas de nuestro organismo mueren, son sustituidas por otras nuevas, pero la conciencia de todo en nuestra vida relaciona con nuestro “yo.” El concepto “esencia” habla de la naturaleza, natura. En Dios una esencia y tres personas. Por eso, por ejemplo, El Dios Padre y El Dios Hijo pueden conversar uno con otro, tomar una decisión conjunta, uno habla y el otro contesta. Cada Persona de la Trinidad tiene Sus virtudes individuales, por las cuales cada Persona se diferencia de otra Persona. Pero todas las Personas de la Trinidad tienen naturaleza divina.

El Hijo tiene las mismas virtudes divinas que el Padre y el Espirito Santo. La doctrina de la Trinidad entreabre a la gente la vida interna y de misterio en Dios, aunque en realidad es algo que no está al alcance de nuestro entendimiento, pero al mismo tiempo es indispensable para la verdadera fe en Cristo.

Jesucristo es una sola Persona, la Persona de Hijo de Dios. Pero tiene dos naturalezas: la naturaleza divina y la naturaleza humana. Por su esencia Divina Él es igual al Padre: eterno, todo poderoso, omnipresente, etc. Según la naturaleza humana adquirida por Él, en todo se nos parece a nosotros: Él creció, se desarrollo, sufrió, se alegraba, dudaba en algunas decisiones, etc., La naturaleza humana de Cristo incluía alma y cuerpo. La diferencia consistió en que Su naturaleza humana estaba completamente libre de la corrupción del pecado. Por el hecho de que un mismo Cristo a un mismo tiempo era Dios y a un mismo tiempo hombre, las Sagradas Escrituras hablan de El como acerca de Dios y de hombre. Incluso, más aún, a veces a Cristo siendo Dios se le atribuyen virtudes humanas (1 Cor.2:8), y a veces a El como humano se le atribuyen virtudes divinas. Aquí no hay contradicción porque estamos hablando de una misma persona.

Siguiendo con atención la clara doctrina de las Sagradas Escrituras acerca de la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, los Padres del Primer Concilio Ecuménico, para terminar con distintas interpretaciones de las palabras “Hijo de Dios” y disminución de Su Dignidad Divina, resolvieron que los cristianos creemos:

“En un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios nacido del Padre, antes de todos los siglos: Luz de Luz; verdadero Dios de Dios verdadero, engendrado, no hechoconsubstancial al Padre, por quien fueron hechas todas las cosas.”

Los arianos, rechazaban sobre todo con mucho vigor la palabra “consubstancial,” porque su significado no se puede interpretar en otro sentido distinto al ortodoxo, esto es que Jesucristo se reconoce Dios verdadero, en todo igual a Dios Padre. Por esa razón los Padres del Concilio insistieron para que esta palabra estuviera en el Credo o Símbolo de fe.

Resumiendo lo dicho anteriormente hay que decir que la fe en la Divinidad de Cristo no se puede sembrar en los corazones de la gente con versículos ni con fórmulas. Aquí hace falta fe personal, esfuerzo de voluntad personal. Como fue hace dos mil años, así sigue y seguirá hasta el fin del mundo: para muchos Jesús seguirá siendo “piedra de tropiezo y roca de hacer caer… para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (1 Pedro 2:7-8; Luc. 2:35). Fue la voluntad de Dios que a través de la relación con Cristo, se descubra la voluntad de cada persona. Y lo que “Fuera escondido a los entendidos, fuera revelado a los niños.”

El objetivo de este artículo no es probar que Jesús es Dios. Esto no se puede probar, como muchas otras verdades. El objeto es ayudar al cristiano a entender su propia fe y contar con argumentos para defender sus creencias.

Entonces, ¿Jesucristo es Dios o Hombre? Él es Dios-Hombre. Nuestra fe tiene que fortalecerse sobre esta creencia.

Obispo Alexander (Mileant)

Folleto Misionero No. S10

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Redactor: Obispo Alexander (Mileant)

(Jesus_s.doc, 4.24.99)