La Realidad Concreta a la Luz de la Doctrina Ortodoxa

La Realidad

Concreta

a la Luz de la Doctrina Ortodoxa


ContenidoLa Familia. La Eutanasia. El avance de las ciencias. La cuestión del evolucionismo o transformismo. La creación de un ser humano in vitro. El control de la natalidad. La cosmogonía bíblica. Las filosofías modernas y la Iglesia Ortodoxa. El arte Bizantino. Los libros en la Iglesia Ortodoxa. Croquis de los diversos ritos de la Iglesia Cristiana. El oficio Divino Bizantino. Conclusión.


La Familia

La iglesia ortodoxa ve en la familia la célula vital de la sociedad, en la que hay derechos que no pueden ser conculcados por ninguna autoridad estatal. El origen de la familia nace en Dios, el cual ha determinado que sea el lugar más apto para el nacimiento, formación y educación de los hijos. La Iglesia, como sociedad creada por Dios tiene el derecho inalienable de velar por la familia, en aquello que hace a su unidad, espiritualidad y derechos, así como en la educación cristiana de los niños. La Iglesia desde la cuna hasta la muerte vela por la eterna salvación del hombre, posee un alma inmortal y está destinada a la vida eterna. La familia no se debe al estado, sino que el estado se debe a la familia, siendo su finalidad el bien de la familia y de cada individuo. El Estado recibe autoridad de las familias que lo constituyen. La familia debe al Estado amor, respeto, y cumplimiento de las leyes, cooperación… Jamás el estado puede impedir o poner trabas a la libre educación de los hijos que los padres quieran dar a los mismos. Esos hijos y su educación pertenecen a los padres, quienes en su momento los encomendaran a aquella institución que crean más conveniente.

La Eutanasia

La iglesia ortodoxa nunca y en ningún caso admite la Eutanasia o muerte piadosa, por dos motivos fundamentales: 1) El único dueño de la vida es Dios, el hombre es solo su administrador; sólo Dios puede quitarla. Sería contra Dios el acortar la vida o terminarla por medio de uno mismo, o por otro; 2) se atenta directamente contra el 6° mandamiento de la Ley de Dios, que prohibe matar. Además podemos decir que se daría lugar psicológicamente a muchas muertes al permitirse la eutanasia, principalmente en estados anímicos deprimentes o casos de neurosis. Con respecto a los seres “anormales” que nacen, no es lícito matarlos, pues la experiencia nos enseña que también pueden cumplir un papel muy importante en la sociedad, y por otra parte tienen el mismo derecho a la vida como cualquier ser normal. Existe una providencia divina, que ha trazado un plan sobre cada ser humano, y que lo cumplirá en el estado en que ha nacido. Si se anula a los seres nacidos anormales o defectuosos, lo mismo se tendría que hacer con los que han perdido algún miembro de su cuerpo, y esto nadie lo admite.

No hay inconveniente en que se apliquen analgésicos o calmantes a un enfermo que sufre mucho, mientras no se acorte su vida o le haga perder el conocimiento, o le disminuya sus facultades mentales.

El avance

de las ciencias

No está en contra ni de Dios ni de la doctrina de la Iglesia, por el contrario es una manifestación de la gloria de Dios, que creó la inteligencia humana y le dio ese maravilloso poder de siempre avanzar y descubrir nuevas cosas. Todo nuevo descubrimiento nos prueba más la existencia de Dios y de su verdad, pues a medida que avanza la ciencia, descubre que todo está sujeto a leyes exactísimas, por más complicado que sea el mecanismo, tanto en lo grande, como en lo infinitamente pequeño… y ello esta pidiendo una Inteligencia Infinita: Dios.

La Cuestión del

Evolucionismo o Transformismo

No se pueden admitir sus teorías en cuanto al alma humana, pues ésta es inmediatamente creada por Dios. En cuanto a sí el cuerpo humano pudo provenir de un animal perfeccionado, hasta el presente no tenemos ninguna prueba concreta, sino meras hipótesis, y seguimos creyendo lo que a este respecto nos dice la Biblia, que el hombre fue creado directamente por Dios.

La Creación

de un Ser

Humano in Vitro

La iglesia cristiana Ortodoxa no puede admitir el proceso de unir dos gametos en laboratorio hasta tener un ser humano, por la sencilla razón de que Dios y la naturaleza ya han determinado el lugar más propicio para el desarrollo de un ser humano recién concebido, que requiere todo el cariño y el calor de los padres y no las frías paredes de un laboratorio.

El Control

de la Natalidad

Ante el problema de la superpoblación humana y las teorías que proclaman la disminución de la natalidad para solucionar este problema, la Iglesia Cristiana sólo admite la limitación que ha puesto la misma naturaleza, o con otro nombre, el método Ogino-Knaus, que no atenta contra la naturaleza. Sólo en casos muy excepcionales y graves, teniendo en cuenta los problemas económicos, sociales, circunstancias adversas, problemas de vivienda, alimentación, salariales, etc., la Iglesia podrá tolerar la limitación de los nacimientos, y esto sólo como un mal menor. Queda al criterio y prudencia de cada sacerdote determinar cada caso.

La Cosmogonía Bíblica

La creación del mundo ha sido, tal como lo afirma la Sda. Escritura, obra de Dios. La S. Biblia no es un tratado científico, sino solamente intenta enseñarnos la revelación de Dios para la salvación de los hombres. Desde este punto de vista de fe y moral es preciso evaluar lo que nos dice la Biblia, y sobre todo cuando nos habla de la creación del mundo. Esta obra puede haberse llevado a cabo durante milenios o millones de años, sin que afecte para nada a lo que nos enseña la Biblia sobre los 7 días de la creación del mundo. Estos días genesiacos pueden significar más, que días de 24 horas según nuestra manera de dividir el día, eras o etapas de muchos años o siglos. Puede Dios también haber creado una nebulosa y desde aquí haber partido el proceso de la formación del mundo por sucesivas etapas hasta llegar a lo que vemos hoy día.

Pero en todo esto debemos admitir la existencia de un ser superior que dirigió todo ese movimiento, dándole leyes inmutables a la materia y seres vivos. Todas las teorías, tanto antiguas como modernas sobre la formación del mundo, desde las de Copérnico, Laplace y Kant, son meras hipótesis y que no nos dicen gran cosa sobre el origen del mismo. Por el contrario son más las dificultades y dudas que se crean que soluciones y claridad que dan. La única solución de este problema cosmogónico hasta el día de hoy es la que nos proporciona la Santa Biblia, y que a través de los siglos no ha podido ser rebatida ni encontrarse ninguna falla. En general podemos decir, que todos los datos que nos da la S. Biblia, han sido ampliamente confirmados por la arqueología, geografía, etnografía e historia.

Las Filosofías

Modernas y la Iglesia Ortodoxa

Desde sus orígenes en el siglo XIV, la filosofía moderna lleva en sí el germen de la incredulidad, del racionalismo, del materialismo, utilitarismo, etc.; en donde se prescinde cada vez más de la religión, de Dios, del dogma cristiano, del alma humana,… Todos sus autores, Descartes, Bacon, Hobbes, Kant, Fichte, Hegel, Leibniz, Croce, los Enciclopedistas, Malebranche, Darwin, Marx, Engels, Spencer, Freud, Comte, Bentham, Stuart Mill, Nietzche, Bergson, Paul Sartre, Camus, Kierkegaard, Kafka, Mann, sólo por citar algunos nombres, llevan en sus obras el racionalismo, naturalismo, materialismo, o el pesimismo, nihilismo y existencialismo. La Iglesia no puede admitir estas ideologías, pues siempre se oponen a lo que ella ha predicado desde N. S. Jesucristo, su Maestro. El valor de lo espiritual sobre la materia, la existencia de un alma espiritual e inmortal en el hombre, la existencia de una vida futura, Dios y la creación de todas las cosas por El, la sujeción de nuestra razón y nuestras acciones a una regla inmutable y eterna: la Verdad Eterna. No olvidemos nunca esto que nos dijo un día Cristo: “Uno es vuestro Maestro, Cristo.”

El Arte Bizantino

Para dar una idea sobre lo que es el arte bizantino y de su contenido e interpretación, nada mejor que seguir lo que a este respecto nos dice el prof. Nicolás Sernov: “Alabar y bendecir al Creador es el objeto sublime de la Iglesia a los ojos del Oriente cristiano. No sólo el aspecto espiritual del hombre, sino también su armazón físico se halla complicado en este acto de adoración, pues toda la creación participa en la eterna liturgia. Este sentimiento de carácter corporativo y cósmico del cristianismo se expresa en el lugar de honor asignado al arte en Oriente. Para los ortodoxos las pinturas sacras revelan la última finalidad de la creación: ser templo del Espíritu Santo; y manifiestan la realidad de ese proceso de transfiguración del cosmos que empezó el día de Pentecostés y que gradualmente se extiende a todos los aspectos de la vida terrenal. En casa, o de viaje, en las horas de peligro o en los momentos felices, un ortodoxo desea ver iconos, contemplar a través de estas ventanas el mundo que hay más allá del tiempo y el espacio, asegurarse de que su peregrinación terrenal es únicamente el principio de otra vida diferente y más completa. Los iconos son oraciones contenidas en madera pintada, se hallan santificados por la bendición de la Iglesia y ayudan a su vez, a los fieles en su aspiración al reino celestial realizando la presencia divina. Así, los iconos difieren de las pinturas religiosas mediante el tratamiento simbólico de sus temas, mediante su técnica especial de dibujo y colorido, y sobre todo, mediante el cambio de su sustancia por el amor y el poder transformador de quienes los hicieron y de quienes los veneran.

El tema de los Iconos y Frescos. Los iconos y los frescos se pueden dividir, según su tema, en tres grupos:

Retratos del Logos Encarnado, de su Madre y de los Santos.

Representaciones pictóricas de las festividades y episodios cristianos procedentes de las vidas de los santos.

Ilustraciones simbólicas de la doctrina cristiana y de los conceptos teológicos.

Los iconos de retratos son los más populares y difundidos. Al que los contempla recuerdan la persona representada, pero de un modo singular, pues contienen una llamada y un mensaje. Los precursores de estos iconos bizantinos son los retratos funerarios egipcios. Los primeros iconos y mosaicos cristianos siguieron la misma convención que la de los egipcios. Los santos a quienes representaban miraban también directamente a los ojos de sus contempladores y deseaban continuar operando en las vidas de sus hermanos cristianos. Como ejemplo de una ininterrumpida tradición, se puede mencionar aquí el icono ruso de Santa Paraseva, pintado en Novgorod en el siglo XV. Casi mil seiscientos años lo separan de un retrato egipcio.

Los iconos recuerdan forzosamente a los ortodoxos la realidad del reino de Dios. Representan a santos victoriosos cuyos rostros y cuerpos cambiados revelan el aspecto de la personalidad humana capaz de compartir la vida divina. Contemplando tales cuadros, el cristiano experimenta una alta compenetración con los santos; le ayuda su ejemplo y le fortalece su resolución de avanzar por su camino. El lenguaje de los iconos (de retratos) siempre se halla restringido adrede, aunque también es elocuente y convencedor. Los que pueden deducir su simbolismo reciben ayuda e inspiración y un entendimiento más profundo de la compleja naturaleza del hombre. A veces, los iconos parecen estirados e impersonales a los ojos occidentales, los cuerpos de los santos parecen extenuados y ascéticos, acentuando con exceso la superioridad de lo espiritual sobre la naturaleza física. Sin embargo, no todos los iconos son adustos. Algunos expresan ternura, compasión y amor, virtudes que el hombre comparte con el creador.

Los cristianos orientales no desprecian lo divino, creen que necesitan purificación y regeneración, y los iconos son una confirmación de esta creencia. Esta victoria sobre la carne se expresa por medio de los ojos que reflejan la dicha eterna experimentada por los que han conseguido la armonía con su Creador. La influencia religiosa y redentora de estas imágenes de Cristo y de los santos alcanza su climax en el marco de las decoraciones interiores de las iglesias ortodoxas. El acento místico y teológico también se halla presente en los iconos que ilustran las escenas bíblicas o las vidas de los santos. Estos pasajes pictóricos de los Evangelios acentúan la actitud hacia el Nuevo Testamento que tan poderosamente se expresa en el culto ortodoxo, o sea, que la vida del Señor Encarnado rompe la barrera del tiempo y tiene lugar en el presente eterno. Los himnos y oraciones de la Iglesia ortodoxa conmemoran la natividad, el bautismo, la transfiguración, muerte y resurrección de Cristo suelen empezar con las palabras: “Hoy ha nacido Cristo,” o bien, “Hoy ha resucitado de entre los muertos.” Este presente no hace que la historia sea menos importante: por el contrario, la Iglesia ortodoxa puede utilizar la palabra “hoy” con tanta confianza, porque cree que todos los grandes y decisivos acontecimientos del Evangelio son hechos históricos, y que hubo un día en que cada acontecimiento tuvo lugar, pero su significación es tal, que todavía operan sus efectos.

El otro aspecto del culto ortodoxo, la visión de la historia a la luz de sus implicaciones teológicas y místicas, también halla plena expresión en los iconos. Sus maestros no se satisfacen nunca con una mera descripción del hecho, sino que añaden comentarios teológicos. El icono de la Natividad (Novgorod, siglo XIV) ilustra todos estos puntos. El icono se compone de varias escenas relacionadas con la imaginación de los himnos navideños. Su simbolismo es del Creador del universo que entra en la historia como niño recién nacido y la pequeña figura indefensa en los pañales blancos representa la completa sumisión de Cristo a las condiciones físicas que rigen la raza humana. Sin embargo, continúa siendo Señor de la creación, recibiendo homenaje en la hora solemne de su aparición en la tierra. Los ángeles cantan alabanzas al niño Redentor; los magos y los pastores le llevan regalos; el cielo le saluda con la estrella; la tierra le proporciona cobijo; los animales le contemplan con mudo asombro; y los humanos le ofrecemos a uno de nosotros; la Virgen María, el sagrado vínculo personal entre el Creador y la creación. Las escenas inferiores subrayan el escándalo de la Encarnación y la incredulidad con que los hombres se enfrentan a su Salvador.

El lenguaje del simbolismo, tan profusamente utilizado en los iconos que conmemoran las festividades de la Iglesia, alcanza su forma más elaborada en los iconos doctrinales. Uno de sus ejemplos más hermosos es el de la Santísima Trinidad, de Rublev, pintado cerca del año 1411. Su tema es la visita de tres extraños a Abraham, en el curso de la cual anunciaron a él y a Sara el nacimiento de su hijo. La peculiaridad del lenguaje animó a los comentaristas bíblicos a ver en este episodio la primera revelación de la naturaleza trinitaria del Creador, y los tres mensajeros se convirtieron en el símbolo visible del Dios Trino y Uno. Rublev siguió esta antigua tradición ; su icono es su supremo ejemplo de perfecta mezcla de teología y arte, pues se omiten los detalles innecesarios y las ideas teológicas se emplean de manera sumamente natural en la estructura del cuadro. Produce una impresión de profunda armonía y paz. Rublev no sólo era artista creador; era también pensador y teólogo. Expresaba su creencia en el Dios trinitario, la fuente de toda vida, con símbolos adecuados que hábilmente incorporaba a su escena. La Santa Trinidad de Rublev es tan melodiosa y tan rítmica, que se puede comparar a una sinfonía. Los iconos están inspirados por la visión de un universo transfigurado y redimido, el corazón interior de la ortodoxia oriental. Su objeto no es ni abrigar ni dar satisfacción estética, sino proclamar la realidad de la reconciliación entre la creación, el Creador Trino y Uno, y fortalecer así a los veneradores con su resolución de trabajar y pedir por la realización del Reino Divino. Por lo tanto, es preciso conocer también la teología ortodoxa para comprender debidamente el arte cristiano oriental.

Evolución del arte bizantino. El arte cristiano del Oriente tuvo orígenes separados en un número de grandes ciudades. Alejandría, Antioquía, Efeso, tuvieron cada una su propia tradición, influida por el arte pagano local. Gradualmente, sin embargo, Constantinopla se convirtió en el principal foco de actividad artística y la mayoría de los ejemplos que aún subsisten del arte cristiano oriental primitivo pertenecen a la escuela constantinopolitana, en el sentido de que sus creadores vivieron o se adiestraron en la capital del Imperio. La tradición constantinopolitana tres veces alcanzó un alto grado de desarrollo, y hasta el final ostentó vitalidad, soberbia, pericia artística y auténtica inspiración. El primer florecimiento comenzó en el siglo IV y duró hasta el siglo VII y se centró en el reinado de Justiniano (527-65), cuando se edificó el mayor monumento de la arquitectura bizantina, Santa Sofía de Constantinopla. El primer período del arte bizantino terminó abruptamente por causa del movimiento iconoclasta (725-843). Por orden de los emperadores iconoclastas, se destruyeron sistemáticamente las pinturas sacras por toda la mitad oriental del imperio.

El Islam, en su avance, hizo lo mismo en las tierras que conquistaba. El daño ocasionado al arte cristiano fue irreparable. El fin de ese movimiento en 843 inició el segundo período de la expansión artística bizantina, que coincidió con la ascendencia de la dinastía macedónica (867- 1056) y cubrió la segunda parte del siglo X, el X y el XI. El renacimiento artístico y religioso de esa época fue vigoroso e inspirado por un deseo de reparar la devastación de los iconoclastas. Los artistas intentaron la restauración pero gradualmente se separaron de las ideas de la época anterior. La nueva etapa se caracterizaba por una creciente introducción de movimiento en la composición de las escenas. El estilo seguía siendo monumental, pero ya no se mantenía la excesiva rigidez ni esa solemnidad impropia de la tierra. En este periodo de gloria bizantina, su influencia artística se extendió fuera de las fronteras del Imperio. Los mosaicos de Santa Sofía en Kiev, los frescos de Santa Sofía en Ocrida, y más tarde los mosaicos en Sicilia: Cefalu, la Capella Palatina y Monte Reale-, fueron todos creados por artistas adiestrados en Constantinopla.

Esta época brillante de la historia política terminó trágicamente en el siglo XII, que vio un rápido declive del Imperio. Pero este colapso no fue seguido de una degeneración artística. Por el contrario, fue acompañado de una creadora reorientación de su arte, y algunas de las más grandes realizaciones de la escuela constantinopolitana datan del siglo 12. Cristo, su Madre y los santos perdieron su lejanía, y también perdieron algo de su majestad anterior. Se hicieron más humanos, más amantes cariñosos, más comprensivos. Estas mayores y más cálidas emociones y muestras de ternura, así como de afligida compasión, se revelan en el icono de Nuestra Señora de Vladimir, pintado en Constantinopla y llevado a Rusia (cerca de 1150), que es una de las obras maestras de la escuela que floreció en la capital del imperio. El saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204 detuvo temporalmente el desarrollo del arte bizantino y su último gran período coincidió con la agonía del Imperio en los siglos XIV y XV. Esta última etapa del arte bizantino precedió y se anticipó a muchas de las realizaciones del Renacimiento italiano del siglo XV. El sufrimiento experimentado por los cristianos ortodoxos, el sentido de una próxima catástrofe final, hacían que el arte de esta época vibrase en toda la gama de sentimientos humanos. La alegría, el pesar, la esperanza y el temor se reflejaban en los murales de las ultimas Iglesias edificadas en Bizancio. Sin embargo no era un arte pesimista y derrotista, pues el fondo en que se proyectaban estas intensas emociones seguía siendo el mismo que en la época de la gloria bizantina: la fe en la Encarnación y la confianza en la última victoria del bien sobre el mal.

Después de la caída de Constantinopla en 1453 los artistas griegos continuaron trabajando bajo el yugo turco. Las escuelas macedónicas y cretenses subsistieron hasta el siglo XVII, pero se detuvo el impulso creador. No surgían maestros destacados, aunque un numero de ellos conservaba la pericia de la establecida tradición.

Sobre las escuelas de los pintores de iconos rusos, solo se dirá lo siguiente. Era corriente distinguir cinco principales escuelas de pintura rusa: La escuela de Kiev o rusobizantina de los siglos XI y XII, la escuela de Novgorod (siglos XII-XIV), la antigua escuela de Moscú (siglo XV), la escuela de Stroganov (siglo XVI) y la reciente escuela de Moscú del siglo XVII. Los iconos rusos no se desviaban del original bizantino, pero introducían su propia interpretación del arte sacro. Sus especiales facetas se hallan hábilmente descriptas por Otto Demus: “En las pinturas de iconos rusos, el dogma bizantino se convierte en oraciones y la representación se convierte en leyenda. Historias claramente relatadas sin moral romántica, ascetismo sin martirio, santos sin demonios, luz sin sombra, visión sin ocultación mística; estas son las nuevas facetas que surgen en formas cada vez más claras.” En el pasado, el arte bizantino parecería falto de vida, mientras la ilimitada libertad del artista era considerada como condición indispensable de la verdadera inspiración; mas es posible ser creador y libre dentro de una tradición que afirma haber visto la verdadera luz, y que ofrece una firme guía a sus artistas con respecto a la última finalidad de la vida. Esta meta, tal cual es aceptada por el Oriente cristiano, cae fuera de los confines de la experiencia terrenal, siendo el objeto final la comunión con el Dios Trino y Uno, que es superior a todos los conceptos que el hombre tiene de la verdad, de la belleza y de lo bueno.

Esta idea inspiradora de temor hace que el arte cristiano oriental sea progresivo y dinámico, pues la visión es infinita y las más grandes realizaciones no son nada comparadas con la gloria del Reino Divino; sin embargo, incluso las obras menores pueden participar de la dignidad y autoridad de la verdad revelada si reciben su inspiración de la misma fuente de ortodoxia cristiana.” Nos hemos permitido esta cita tan larga, tanto por lo completo de su exposición en tan breves líneas, como por dar un panorama amplio y profundo sobre aquello que constituye la esencia y la grandeza de los iconos. Muchas personas, se lamentan de no entender el significado de los iconos, o de que no les gusta, y ello se debe a la sencilla razón de no comprender todo su profundo contenido dogmático, espiritual y litúrgico, que encierra cada uno de ellos y que se expresan en símbolos. Con esta cita de Sernov creemos que hemos solucionado este problema y a la vez hacer que se amen los iconos como algo auténticamente ortodoxo, como algo que ha conservado la fe ortodoxa a través de siglos junto con la Santa Liturgia. Ambos compendian admirablemente nuestra santa fe.

Sobre las distintas cuestiones sobre Economía, Política, Derecho, Sociología, Medicina, cuestiones laborales y educacionales, todo ello debe ser visto, como ya antes lo hicimos notar y examinado a la luz de las páginas evangélicas, de los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia. En ellas encontraremos siempre lo que piensa nuestra Santa Iglesia sobre cada materia. Tomemos por ejemplo el comunismo, su doctrina, sus proclamas, sus hechos… y comparémosle con lo que dice el Evangelio, o los mandamientos, y tendremos la solución a cada uno de sus planteos. La visión ética y social de los cristianos orientales es resultado de su experiencia eucarística. El servicio de comunión ortodoxo acentúa el carácter corporativo de esta comida sagrada. Su ritual subraya la reconciliación, el perdón mutuo, el reconocimiento de que todos somos responsables unos de otros. Este constante recordatorio de que un cristiano es un hombre que vive en paz y unidad con su prójimo crea solidaridad moral entre los ortodoxos y contribuye a abierta hospitalidad e inclinación a compartir los recursos materiales con los menesterosos, que son algunas de las características de los cristianos orientales. La caridad privada no excluye, sin embargo, otras expresiones mejor organizadas de preocupaciones sociales, y los hospitales, orfanatos, hogares para los pobres y los ancianos, han sido siempre generosamente dotados por los ortodoxos. A veces, estas instituciones se adhieren a comunidades religiosas; a veces, son independientes. Los ortodoxos reconocen que su conducta personal y social debe ser inspirada por la creencia en la Encarnación, que revela a los hombres la bondad de Dios y la capacidad de la materia para ser vehículo del poder divino. La profunda apreciación de la belleza y gloria de la creación conduce a la insistencia de que el culto cristiano debe incluir lo mejor que pueden producir los artistas.

Los Libros

en la Iglesia Ortodoxa

Para los distintos oficios religiosos que se celebran en las Iglesias, existen varios libros que contienen a los mismos según los diversos ciclos litúrgicos: Anual, semanal, y de los ocho tonos, y según las fiestas: Misterios de Cristo, la Virgen María y los Santos. Además de la Sda. Escritura, de la cual se toman la mayoría de los textos tenemos los siguientes libros:

· El Evangeliario: contiene el conjunto de los extractos evangélicos destinados a ser leídos en la Santa Liturgia o en el Oficio Divino.

· El Epistolario: comprende los cantos antes y después de la Epístola, la serie de textos sagrados de las Epístolas y Actos de los Apóstoles, así como el canto de la comunión.

· El Típicon: contiene las reglas y normas de la oración litúrgica.

· Octóijos: agrupa las oraciones litúrgicas ya de los domingos solos (Pequeño Octóijos), ya de los domingos y otros días de la semana (Gran Octóijos o Paraklitiki), dispuestos en un ciclo de 8 semanas correspondientes a los 8 tonos o modos de la música eclesiástica bizantina.

· El Triodion: comprende los oficios litúrgicos del periodo cuadragesimal y de las tres semanas que le preceden.

· El Pentecostarion: comprende los oficios litúrgicos de la “cincuentena” (Pentecostés) que va de Pascua a Pentecostés y, más precisamente, hasta el domingo de todos los santos.

· Mineon: contiene las partes propias de las fiestas fijas del año litúrgico.

· Sinaxarion o Menologion: contiene en resumen la vida de los santos celebrados en los diferentes días del año.

· Horologion: comprende el ordinario de las diferentes Horas del Oficio Divino.

· Salterio: contiene los Salmos repartidos en 20 Catismas. Cada Catisma se subdivide en tres estancias o antífonas.

· Theotocarion: Colección de cantos en honor de la Madre de Dios repartidos en 8 grupos según los 8 tonos.

· Arjeráticon, Hirmologion, Hagiasmatarion.

· Liturgicón o Hieráticon: contiene la parte del sacerdote y del Diácono en las 3 liturgias de San Juan Crisóstomo, San Basilio y Presantificados.

· Eucologion: corresponde al Ritual Latino, conteniendo principalmente la manera de celebrar la Liturgia y de administrar los sacramentos y sacramentales.

Croquis de los diversos

Ritos de la Iglesia Cristiana

Sobre los ritos que acompañaban a la celebración de la Divina Liturgia y la administración de los Sacramentos en la primitiva Iglesia, muy poca cosa sabemos acerca de los mismos. Desde Jerusalén habrían ido evolucionando poco a poco, siendo muy parecidos en un principio al culto judío. La fe cristiana nace en Jerusalén, pasa a Antioquía y de aquí se expande a otras partes del imperio romano. La primera obra que nos habla de la celebración de la Eucaristía es la Didajé.

De un modo esquemático podemos establecer la evolución de los ritos de la Iglesia cristiana:

Siglos I y II: Liturgia primitiva de la Iglesia de Jerusalén y Antioquía.

Siglo III: Liturgias de Antioquía, Alejandría, Roma, Neocesárea, Cesárea de Capadocia, Asia Menor.

Siglo IV: Ritos Antioqueño-Jerosolimitano, Alejandrino, Romano, Bizantino y Armenio.

Siglos V, VI, VII: Encontramos 4 Ritos principales: Bizantino, Romano, Alejandrino, y Antioqueño o Siriano.

Y tres derivados: Armenio, Caldeo, Maronita. Estos últimos, que tienen actual vigencia, tuvieron derivaciones que se pueden resumir en los siguientes:

· Rito Jer+osolimitano-Antioqueño: Nacen en Antioquía y Jerusalén. Siglos I y II. Liturgia de Santiago Apóstol. Comprende: 1) Grupo Siro-Occidental: a) Siro-antioqueño; b) Siro-malankárico; c) Siro-maronita; d) Siro-Jacobita. 2) Siro-Oriental: a) Siro-caldaico; b) Siro-malabárico.

· Rito Alejandrino: Nace en Alejandría. Siglos I y II. Liturgias de San Marcos y San Cirilo. Comprende: a) Rito Cóptico; b) Rito Etiópico.

· Rito Bizantino: Nace de Capadocia, Tracia y Antioquía. Siglo IV. Liturgias de San Basilio, San Juan Crisóstomo y de San Gregorio. Comprende: a) Rito Griego-bizantino; b) Rito melquito-bizantino; c) Rito eslavo-bizantino: 1) Rito ruso antiguo; 2) Rito ruso antiguo reformado (Nikón); 3) Rito ruteno; 4) Rito bulgárico; d) Rito ibero-bizantino (Georgiano); e) Rito rumano-bizantino; f) Rito italo-bizantino; g) romano-bizantino.

· Rito Armenio: Nace de Antioquía, Capadocia y Armenia. Siglo IV. Liturgia de San Gregorio Iluminador (Liturgia de San Juan Crisóstomo con elementos de la Liturgia de Santiago Apóstol).

Fundamentalmente existen cuatro ritos, de los cuales se derivan todos los demás: 1) Jerosolimitano-antioqueño; 2) Alejandrino; 3) Romano; 4) Bizantino.

El Oficio Divino Bizantino

En el rito bizantino se encuentra el mismo número de horas canónicas que en el rito latino. El Oficio consiste principalmente de composiciones litúrgicas del género de himnos, de tal forma no existe casi ninguna oración que no pueda ser cantada sobre alguno de los ocho tonos de la música bizantina. Además, fuera de estos himnos o prosas, se lee cada semana el salterio todo entero dividido en 20 partes llamadas “Cathismata,” que comprende siete u ocho salmos cada uno. Hay para cada día un doble oficio para recitar, al menos para Maitines y Laudes, el oficio de la feria y el oficio de los santos, que se mezclan el uno con el otro. El oficio ferial comprende tres partes, aquella de Cuaresma, aquella del tiempo Pascual y aquella del tiempo que sigue a Pentecostés. El oficio de los santos es propio para cada día. Cuando se canta la Liturgia, se debe también cantar los Laudes. El Oficio Divino comprende las siguientes horas: Vísperas, Pequeñas Completas, Grandes Completas, Mesoniticón Maitines (Orthros), Laudes (Eni), Prima, Tercia, Sexta y Nona. Todas estas horas canónicas se suceden a lo largo de todo el día, para de esta manera alabar y bendecir a Dios en todo instante.

Conclusión

La iglesia ortodoxa posee la verdad de Cristo, tal cual El la enseñó, sin añadiduras de ninguna clase; ella posee la enseñanza cristiana en su más auténtica pureza. Ella vive en Cristo y Cristo en ella. Sus hijos son los auténticos y verdaderos seguidores de Cristo.

Nada tienen que temer, por el contrario, deben levantar la cabeza bien alto y decir sin avergonzarse: soy ortodoxo, porque poseo la verdad, esa verdad que toda la humanidad busca afanosamente, y que la Iglesia Ortodoxa posee y derrama a manos llenas en cuantos creen en ella y siguen sus enseñanzas. Bienaventurados y felices quienes pertenecen a la Iglesia Ortodoxa, ella es fuente de paz, de amor, de felicidad y de esperanza. En ella se cumple el mandato supremo de Cristo: “Amaos los unos a los otros. En esto os conocerán que sois mis discípulos.” El amor, la caridad, es el distintivo de la Iglesia de Cristo, y la Iglesia Ortodoxa puede decir que en ella existe la caridad. Cristo es el camino, la verdad y la vida. ¿Dónde está Cristo? El Cristo auténtico sólo se halla en la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa.

Como seguidora de Cristo la Iglesia Ortodoxa y los ortodoxos desean ardientemente la unión entre todos los cristianos, porque ese es el deseo supremo de Cristo, y el testamento que dejó a todos sus hijos antes de dejarnos en este mundo: “Padre Santo, a los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para que sean una cosa, como también nosotros” (Jn. 17:11). “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27).

Los Ritos litúrgicos de Bizancio, la riqueza insondable del arte religioso, la autoridad espiritual de los monjes, el empleo en la liturgia de una lengua comprensible al conjunto de los fieles, un clero que puede casarse, y por tanto, más psicológicamente próximo a sus ovejas, una concepción de la Iglesia que admite una amplia responsabilidad del conjunto del pueblo cristiano en la vida eclesial, todos estos elementos — a los cuales Bizancio ha dado la forma que nosotros le conocemos hoy día — han permitido a la Iglesia Ortodoxa de preservar a través de los siglos una vida eclesial extraordinariamente orgánica, y conservar intacto todo su acervo dogmático, moral, y litúrgico, y aún su misma existencia.

La Iglesia Ortodoxa es nuestra maestra, ella nos indica el camino seguro hacia la verdad, la paz y felicidad. Le indica al hombre su fin en esta tierra: Conocer, Amar y Servir a Dios, y alabarle eternamente. Cristo nos quiere y nos ama: después de nuestra muerte nos espera a cada uno para darnos el cielo, nuestra patria, en donde viviremos eternamente felices a su lado, en dicha perfecta y felicidad completa, si hemos tenido: fe, esperanza, caridad.

La Iglesia nos enseña tres cosas para ser felices en esta vida y en la otra: Obedecer la Ley de Dios; Creer en Cristo; Vivir siempre de conformidad con su Doctrina real.

No olvidemos que Jesús nos dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6). “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque esté muerto vivirá” (Jn. 11:25). “Uno es vuestro Maestro: Cristo (Mat. 23:8). “Los cielos y la tierra pasaran, pero mis palabras no pasarán” (Lc. 21:33).

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Folleto Misionero S02d

Reimprimido del lo publicado por la

Juventud Ortodoxa de Buenos Aires, Argentina, 1976

2049 Argyle Ave. Los Angeles, California 90068
Editor: Bishop Alexander (Mileant).

(la_realidad.doc, 02-10-2000).