La Providencia Divina sobre el hombre

La Providencia Divina

sobre el hombre

Por el Staretz (Anciano) Paisios

(Eznepidis, Monte Athos, 1924-1998)

 

La vida de Santo Paisios

Después del servicio militar, el futuro Anciano Paisios, se fue al Monte Santo, ya que había decidido llevar ahí una vida monástica. En 1950, de nuevo llegó al Monte Athos. La primera noche fue recibido con hospitalidad en la celda del monasterio de san Juan el Teólogo, que se encuentra al lado de Karea. Luego se dirigió al hermitario de San Pantaleón, en la celda de la Introducción, donde se encontraba un virtuoso confesor el Padre Cirilo, asceta, originario de Arginio.

A Paisios le gustaba estudiar la vida de los Santos, el Patericon (un libro con dichos y hechos de santos padres) y a Abba Isaac, del cual nunca se separaba, y durante el sueño lo tenía bajo la almohada. Cuando él terminaba su debida obediencia, no iba a descansar a la celda, sino que ayudaba a los otros hermanos a terminar sus trabajos, ya que no se sentía capaz de descansar mientras los demás hermanos hacían los “trabajos de educación” hasta muy tarde. Trataba siempre de ayudar a los débiles y enfermos. Amaba a todos los padres, no haciendo diferencia, obedecía a todos humildemente, y se consideraba inferior a todos.

Paisios no le daba valor a su pensamiento, sino que humildemente, renunciando totalmente a su propia voluntad preguntaba todo a su confesor, orando a Dios para que lo ilumine al mismo, para poder enseñar según la voluntad Divina.

Siempre tenia gran amor a la verdad, o sea, pensaba siempre en todas las beneficencias Divinas, otorgadas a él y al mundo entero. En su interior permanentemente vivía en amor a Dios, originado en el agradecimiento por todas Sus beneficencias, y poseía, sin esfuerzo alguno, una constante oración. Se puso como única meta en el corazón — corresponder, aunque en medida ínfima, a las beneficencias Divinas.

Paisios consideraba — a la Gracia Divina como la única causa de todo lo bueno, y de todo lo malo (por profunda humildad) se ponía como causa a si mismo.

Por ejemplo, si veía un hermano caído en un pecado, o no arrepentido, o con falta de fe, decía en su pensamiento: “La culpa de esto es mía, porque si yo hiciera todo lo que ordena Cristo, Dios escucharía mis oraciones, y mi hermano no se encontraría en este estado, donde permanece a causa de mi crueldad.” Así pensaba él siempre y tomaba como propios los problemas de los hermanos, y continuamente rezaba a Dios para que ayudara a todo el mundo sufriente (según su opinión) a causa de su negligencia y pereza espiritual. Y Dios, que prometió escuchar a los humildes, siempre escuchaba las oraciones de Averkio, que salían de la “chimenea” de su corazón ferviente con su piedad y humildad.

Le gustaba mucho a Paisios visitar a los bienaventurados maestros espirituales y padres, portadores del Espíritu, para recibir su bendición y escuchar consejos espirituales. Todo lo que oía de estas “hermosas flores” de la Madre de Dios, su alma pura e infantil recibía sin vacilación ni duda alguna. Creía en ellas con sencillez de corazón y nunca sometía los consejos a su propio juicio, para confirmar y luego aceptar, sino que los recibía con plena fe, sabiendo que verificar lo espiritual, es tratar de tomar el aire con las manos.

En la edad juvenil visitó a muchos padres, y como una abeja recogió el néctar espiritual para luego producir miel espiritual, que alimentaría a muchos necesitados en sanar. En 1954 él tuvo que ir al santo convento “Filofeo” y someterse al Starez Simeón. En el año 1956, el Padre (en griego se le dice papa al padre) Simeón lo tonsuró con la pequeña “sjima” monacal.

Allá siguió con el mismo modo de vivir del monasterio “Esfigmeno,” o sea, ejercía el amor al prójimo y ayudaba a los hermanos con todas sus fuerzas. Es característico el siguiente hecho: uno de los hermanos cayó en un gran pecado y tenía vergüenza de confesarse. En consecuencia se encerró en si mismo y, desesperado, tenia la idea del suicidio. El Starez Paisios, que estaba al tanto, hizo lo siguiente: una vez, estando a solas, comenzó a contarle que él tenía diversos pecados y entre estos nombró el pecado del hermano caído. Por desgracia, este hermano no tenia pensamientos buenos, y al escuchar esto, no supo ayudarse a si mismo y dirigir su alma a la confesión, — comenzó a correr la voz entre los monasterios sobre Paisios, que él no merecía respeto y amor y tenia muchos pecados, y contaba palabra por palabra lo que le había dicho el Starez. Naturalmente, el Starez no se justificó por ello. Pero, los padres comprendieron en esto un acto de plenitud de amor y ellos mismos lo justificaron y lo elogiaron..

Diariamente él se preocupaba por purificar su alma. No pedía nada a Dios, ya que entendía bien, que el Señor, a través del santo bautismo ya le había otorgado la gracia del Espíritu Divino, que lo representa todo. Por eso no tenia envidia de los dones de otros padres, sabiendo que desde el santo bautismo los tenía en su alma. No se ponía orgulloso por el hecho de estar seguro, que los tenía, y reconocía ¡que eran los dones de la gracia Divina! Se preocupaba solamente como por medio del amor y la humildad hacer activa en si mismo esta gracia del Espíritu Santo, y por ello trataba de purificar su alma.

Así purificaba su alma, en primer término, de todo vestigio de pensamiento malicioso y trataba de tener solo buenos pensamientos. . Cualquiera podía notar con agrado, cómo, sin esfuerzo y por la Gracia, que “no piensa lo malo” — fluían de su alma (hasta en circunstancias adversas) pensamientos benignos, y con esto cubría los errores y pecados de otros, tal como se ve en el siguiente ejemplo:

La Providencia Divina hizo, que el Starez conociera a las hermanas del sagrado isijastirio de s. Juan el Teólogo en Suroti (Suroti — un lugar pintoresco a unos 20 km. de Saloniki, Macedonia). En este periodo (de la enfermedad del Starez en 1966) el sacerdote del templo de santa Sofía en Saloniki, p. Policarpo Madzaroglu, supo de la enfermedad del Starez.

Al Starez lo internaron en el hospital para operarlo, y el p. Policarpo pidió a las hermanas espirituales, que se encontraban bajo su dirección y se preparaban para ser monjas, para ayudar al Starez en todo lo que necesite durante su permanencia en el hospital. Hacía falta donar mucha sangre, y las hermanas dieron la cantidad necesaria, porque los parientes del Starez no estaban cerca ( por su voluntad).

Al convento “Stavronikita” el Starez llegó en el 1968. Allí ayudó mucho, tanto en su renovación, como en la fundación espiritual de la hermandad.

En la celda de la Santa Cruz, no lejana de “Stavronikita,” era confesor el padre-Tikhon (nacido en Rusia en el año 1884). Tenía muchos dones espirituales y cumplía grandes hazañas monásticas. El padre Paisios venia a menudo para pedirle consejos al p. Tikhon, y ayudaba en la Divina Liturgia como salmista. Muchas veces el servicio se interrumpía porque el p. Tikhon entraba en trance de contemplación espiritual, que podía durar hasta media hora. Veía como él confesaba (pedía, solicitaba, reconocía) a Querubines y Serafines, que glorificaban a Dios. En este tiempo el p. Tikhon tonsuró al Starez en la gran sjima angelical. 10 días antes de morir, el p. Tikhon pidió al Starez, que viniera a ayudarlo en sus últimas horas. El Starez atendió al moribundo con gran auto sacrificio, ofreciendo toda la ayuda que necesitaba. El p. Tikhon decía: “Tu Paisios y yo tenemos el precioso amor. Mi dulce Paisios, hijo mío, vamos a tener el amor por los siglos de los siglos.”

El Starez se cansaba mucho. Continuas visitas de peregrinos, la carga de congojas y problemas de mucha gente, que él hacia suyas, el pesado cansancio por preocuparse por ellos, lo agotaban. Además él dejaba muy poco tiempo para su descanso nocturno, ya que oraba también de noche.

El Starez aprendió a hacer unas pequeñas imágenes metálicas, que el mismo cortaba. Estos iconos (Crucifijos, la Virgen, san Arsenio de Capadocia) las distribuía como “bendición” entre los peregrinos. Este trabajo le agregaba mas cansancio, sobre todo durante la preparación, cuando hacia falta hacer fuerte presión Con eso, el paulatinamente se enfermó seriamente de una hernia inguinal. También en esta dolencia el Starez demostraba una gran paciencia. Se negaba a operarse, tratando sin resultado, de tapar él mismo la brecha de la pared abdominal. Le dolía estar sentado y mas todavía el estar parado. Recuerdo, que en este estado de salud, él, durante sus visitas al isijastrio de san Juan, estaba obligado a estar parado durante muchas horas, mientras daba bendiciones a la gente. Se ponía pálido y sudaba de dolor, pero nunca se sentaba mientras pasaba la fila casi infinita de fieles.

Cuando yo estaba en el monasterio, cumpliendo labores de paramédico, una vez le dije al Starez: Geronta (así los fieles griegos se dirigian al Starez), le traje vitaminas y hierro, que le van a ayudar a levantar un poco el nivel de la hemoglobina.

Pero él contestó: Creo, que el hierro es inútil para mi. El p. Teoclito que está construyendo un monasterio, está juntando todo el hierro; déjaselo para él. Prefiero el acero para mí! — y trajo un vaso de agua, puso una tableta efervescente de vitaminas y sonriendo me dijo: — todo se pasará cuando esté debajo de la tierra! — acercando el vaso a mi a la manera de brindis, agregó: ¡vamos, padre, por un buen reposo!

Viéndolo en tal estado, me arrodillé delante de él y le rogué ir a Salónica para que los médicos le hicieran los estudios necesarios El. Starez me levantó y dijo:

Escúchame, padre mío, este estado ayuda mucho a la vida espiritual, por eso no es conveniente evitarlo Estas son las causas por las cuales yo no quiero salir para hacer los análisis:

  1. Cristo ve mi estado, y como El es el mejor médico, debemos confiar en El absolutamente. Si esto fuera para nuestro bien, El actuaría y nos sanaría.
  2. Como pienso que en el intestino se formó un tumor, mejor seria no tocarlo para no empeorar más el estado.
  3. Ahora todo el mundo sufre de tres cosas: cáncer, enfermedades síquicas y divorcios. Cada semana recibo muchas cartas donde me escriben sobre estos problemas. Desórdenes síquicos serios no tengo, — decía él sonriendo, — tampoco tengo algo que ver con divorcios y distribución de bienes, entonces… por lo menos tengo cáncer, para que el mundo se consuele. Esta mal, cuando todo el mundo sufre, y hay alguien, que no tiene nada. En cambio ahora, gracias a Dios, todo esta bien;
  4. ¡Dios se conmueve!, cuando alguien tiene cáncer o grandes problemas, y a pesar de ello no se preocupa por si mismo, sino que ruega a Dios por los otros. Así, en todo caso, el hombre tiene la oportunidad de decir a Cristo: “He aquí, yo no me intereso por mi mismo y no pido nada, pero Te ruego ayudes a los otros.” Y Dios ayuda. Por eso, padre mío, no te preocupes mucho por mi.

En este mismo periodo de la Gran Cuaresma del 1993, teniendo frecuentes hemorragias, su hemoglobina estaba muy baja y se desmayaba con frecuencia… A menudo perdía el conocimiento en cualquier lugar donde estuviera parado. Pero no se desanimaba. A la enfermedad le contraponía mucha paciencia, resistencia y valentía. En la mitad del mes de abril lo operaron para reconstruir el recto. Después de unos días la tomografía demostró que las metástasis se extendieron al hígado y a los pulmones.

El 11 de julio, el día de santa Eufimia, el Starez comulgó por última vez, de rodillas al lado de la cama. Las últimas 24 horas estuvo muy tranquilo, aunque sufría mucho, pero con resignación aguantaba todo. El martes, 12 de julio entregó su alma beata, humildemente, con tranquilidad al Señor, a Quien amaba y servia desde su juventud.

El Starez fue sepultado en el monasterio de San Juan El Teólogo en Suroti de Solun. Algunos se preguntaron porque el Starez se quedó a morir allí, y no fue sepultado en el Monte Santo.

La Providencia Divina

Todo en el mundo está sujeto por la Providencia de Dios. Dios cuida, no sólo de lo grande y lo inmenso, sino que también de lo pequeño y aparentemente insignificante; no solamente de los cielos y de la tierra, de los ángeles y los hombres, sino también de las pequeñas criaturas, aves, hierbas, flores y árboles. Todas las Sagradas Escrituras están colmadas de la idea de la vigilante acción de la Providencia de Dios.

Para quienes llevan una vida despreocupada y licenciosa, les parece que todo sigue su curso. Ellos consideran que todos los acontecimientos no son más que resultados de una coincidencia casual. A este hombre, poco serio, le parece que Dios, si en realidad existe, se halla muy lejos, en el cielo, y no se interesa por nuestro mundo, ya que éste es demasiado pequeño e insignificante para El. Quienes piensan de ese modo pertenecen a los llamados deístas. La enseñanza deísta sobre Dios adquirió amplia difusión en Occidente durante los últimos siglos, cuando la gente comenzó a perder el contacto con Dios a través de la Iglesia, los Sacramentos y la oración. Esa gente por lo general es, al mismo tiempo, supersticiosa. Concede gran importancia a la influencia de las estrellas en la vida humana, así como a cosas evidentemente estúpidas, por ejemplo; a que no se les cruce un gato en el camino, a que no se les derrame sal en la mesa, a no saludarse a través del umbral, a no dormir con los pies hacia la puerta, etc. Para algunos supersticiosos el número de esos indicios es enorme, pero en vano se complican la vida.

Mejor dejen de prestar atención a tan estúpidos indicios supersticiosos, pues todo el mundo, en general, y la vida de cada persona, en particular, están amparados por Dios.

Nosotros oramos: “Padre nuestro, que estás en los cielos,” sin embargo, sabemos que Dios está en todas partes, pues El es puro Espíritu, es omnipresente. Por eso David, el cantor de los salmos, exclama: “¿Dónde podría alejarme de tu espíritu? ¿Adónde huir de tu faz? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si bajare al “seol,” allí estás presente. Si tomara las alas de la aurora y quisiera habitar al extremo del mar, también allí me tomaría tu mano y me tendría tu diestra. Si dijere; “Ciertamente las tinieblas me envuelven y sea la noche luz en torno mío,” tampoco las tinieblas son oscuras para ti, y la noche luciría como el día, pues las tinieblas son como la luz (para ti) (Salmo 139).

Algunos admiten que el mundo, tomado en su totalidad, no está dirigido por la casualidad, sino es gobernado por Dios. No obstante, piensan que Dios no se preocupa por cada humano en particular, pues este es demasiado pequeño e insignificante, y Dios no puede preocuparse por tan enorme cantidad de seres, imposibles de contar. Mas esas conjeturas son erróneas y hasta pecaminosas. Si Dios, expresándonos en términos humanos, dignó con la existencia a seres tan insignificantes como los microbios, y a cada uno de ellos le concedió determinada composición, forma y estructura, ¿por qué esos seres han de ser indignos de la preocupación Divina en lo sucesivo? Dios se preocupó por su existencia, y ahora sigue preocupándose por su vida. Suele decirse que los seres vivos se han reproducido en exceso. Pero, ¿qué derecho tenemos de revestir a Dios con nuestras limitaciones? Pues El es infinito en sus perfecciones. Y si El, además de nuestro mundo, hubiera creado miles de millones de mundos semejantes con cantidades incalculables de seres humanos, animales, insectos y bacterias, y entonces no se habría fatigado en absoluto, al preocuparse por la vida de todos ellos por separado. Seguramente habrá quien pueda decir que todos esos seres son demasiado pequeños e insignificantes. Pero el concepto del tamaño nosotros lo creamos, partiendo de la comparación con nosotros mismos. Lo que es enorme para nosotros, en comparación con la grandeza Divina es insignificante, y lo que a nosotros se nos antoja pequeño resulta ser importante ante la caridad y el amor de Dios. A todo eso se dedica el Señor, a todo le concede vida, a todo lo dirige hacia los fines concretos de la verdad y el bien.

El Salvador dijo: “Ni uno de los pajaritos cae en tierra sin la voluntad de vuestro Padre” (Mateo 10:29), y con mayor razón en nuestra vida nada podrá suceder sin la voluntad del Señor. Todo lo bueno y misericordioso es enviado por el Todopoderoso, pues El es la fuente eterna de todos los bienes. Mientras que todo lo malo no es enviado directamente por Dios, ya que El no tiene ni indicios de mal. Sin embargo de ves en cuando, el Señor permite al mal perjudicarnos por nuestro bien y nuestra salvación. En este caso las diversas contrariedades causan el mismo efecto que los fármacos amargos y desagradables, pero reconfortantes. Casi todos los medicamentos y tratamientos médicos son para nosotros desagradables, sin embargo seguimos recurriendo a ellos, pues no dudamos de su necesidad y eficiencia.

Todos los hombrees deben saber firmemente, que sólo Dios es la fuente de felicidad, de paz y el gozo. El Señor creó los placeres y las alegrías del mundo visible para complacer nuestra naturaleza corporal. Pero el hombre, disfrutando de todo con moderación y poseyendo un alma sensata, no debe olvidar a Dios. Pues el alma no puede estar satisfecha con nada terrenal y objetivo. En la mayoría de los casos nosotros saciamos nuestros apetitos corporales con avidez, olvidándonos por completo del alma y de sus necesidades espirituales. Por eso el Señor, Quien no quisiera vernos degradar de nuestra vocación a ser hijos de Dios al grado de animales irracionales, nos somete a las más distintas pruebas. Así pues, nosotros, tras haber sido castigados en nuestro afán irracional, de a poco vamos comprendiendo lo vano de nuestras acciones y volvemos al amparo de Dios.

Todos hemos de saber claramente, que Dios es infinitamente misericordioso y El sólo desea nuestra dicha y nuestra salvación, por eso debemos aceptar con gratitud las tristezas que El nos envía. Los niños no dejan de amar a sus padres cuando éstos les castigan con razón, pues son conscientes de que lo hacen por su bien. El Señor, como dice la Sagrada Escritura, a quien ama, a éste castiga.

Si el Señor piensa constantemente en nosotros, es decir, se preocupa por nuestra vida y nuestra salvación, es nuestro deber aprender también a seguir las acciones de la Providencia Divina en nuestra vida. A veces advertimos que algo sucede en contra de nuestros deseos. En esos casos solemos indignarnos, irritarnos e incluso culpamos al destino, y sólo después, pasados muchos años, alcanzamos a comprender que aquel desarrollo de los sucesos nos favoreció más, pues de lo contrario hubiera sido considerablemente peor para nosotros. Como cristianos que somos no debemos alegrarnos en exceso por los éxitos conseguidos, sino agradecerle a Dios las tribulaciones, ya que éstas nos purifican de las pasiones, mientras que los éxitos terrenales nos hacen olvidar a Dios y de la meta de nuestra vida terrenal.

Más abajo ofrecemos ejemplos del Anciano (Staretz) Paisios sobre la Providencia divina. Estos ejemplos del santo monje son especialmente valiosos porque proceden de su experiencia personal. Las citamos aquí como una serie de preguntas y respuestas.

Obispo Alejandro (Mileant)

 

Staretz Paisios Sobre la Providencia Divina

(En forma de preguntas y respuestas)

Busquen ante todo el Reino Divino (Mat. 6:33).

Geronta (staretz-confesor), abba Macario dice, que Dios nos dará bienes celestiales [199], y creemos en esto. ¿Se debe también creer que Él nos dará bienes terrenales, que no son tan esenciales?

— ¿Qué bienes terrenales?

— Aquello que necesitamos.

— Esto lo haz dicho correctamente. Dios ama a Su creación, Su imagen y se preocupa de aquello que le es necesario.

— ¿Hay que creer en esto y no preocuparse?

— Si el hombre no cree en esto y solo trata de lograr a estos bienes, él va a sufrir. Pero el hombre que vive espiritualmente no se alterará hasta en el caso que Dios no le dé lo terrenal y material. Si buscamos ante todo al Reino Divino, si esta búsqueda del Reino es nuestra única preocupación, nos será dado también lo restante. ¿Puede Dios dejar a Su criatura a la buena del destino? Si los israelíes dejaban para otro día el maná que Dios les daba en el desierto, el maná se pudría [200]. Dios lo hacía así para que ellos confiaran en la Providencia Divina.

Hasta las palabras “busquen ante todo el Reino Divino” no hemos comprendido todavía. O creemos [y confiamos, nos entregamos a Dios] o no creemos [y por esto debemos preocuparnos nosotros mismos de lo necesario]. Cuando me fui a Sinaí, no tenía nada conmigo. Sin embargo, no pensé que me pasará en el desierto entre gente desconocida, qué voy a comer y cómo viviré. La celda de Santa Epistimia, donde tenía que habitar, estaba abandonada hace tiempo y dejada por los hombres. No pedí nada al monasterio no queriendo ser una carga. Una vez me trajeron pan del monasterio, lo devolví a ellos. Para qué tenía que preocuparme, si Cristo dijo: “Busquen ante todo el Reino Divino” [201]. Había muy poca agua. No conocía artesanía de ninguna clase. Así que, pregunta ahora, cómo yo vivía y ganaba mi pan. El único instrumento que yo poseía eran las tijeras. Las separé en dos partes, afilé en una piedra, tomé una planchita de madera y comencé a tallar íconos. Trabajaba y repetía la oración de Jesús. Rápidamente aprendí el trabajo de talla, tallaba todo el tiempo un mismo dibujo y el trabajo de los cinco días terminaba a las once horas. No solo no sufría escasez, sino hasta ayudaba a los beduinos. Durante cierto período me ocupaba de esta artesanía muchas horas por día y luego llegué a un estado, cuando no quería más ocuparme de artesanía, pero al mismo tiempo veía qué necesidades sufrían los beduinos. Para ellos era una gran bendición recibir de regalo un gorrito o un par de sandalias. Y apareció el pensamiento: “¿Vine aquí para ayudar a los beduinos o para orar por todo el mundo?” Por eso resolví limitar la artesanía, para distraerme menos y orar más. ¿Pienses que esperaba que alguien me ayude? ¿De dónde? Los beduinos mismos no tenían para comer. El monasterio estaba lejos y de otro lado comenzaban lugares deshabitados. Y he aquí, en el mismo día cuando limité el trabajo para dedicar más tiempo a la oración, vino un hombre. Yo estaba cerca de mi celda, él me vio y dijo: “Toma estos cien monedas de oro, vas a ayudar a los beduinos y seguirás tu regla de oración.” No pude contenerme, lo dejé un cuarto de hora sólo y entré en mi celda. La Providencia y amor Divino me llevaron a tal estado que no pude contener las lágrimas. ¿Ves, cómo organiza todo Dios, cuando en el hombre hay una buena disposición? Porque ¿cuánto podía yo dar a estos infelices? Daba a uno, en seguida venía otro: “¡El padre no me dio!” — y luego un tercero: “¡El padre no me dio!”

— Geronta, ¿por qué nosotros, muchas veces, sintiendo toda fuerza Divina, no vemos Su Providencia sobre nosotros?

— Esta es la trampa diabólica. El diablo tira cenizas a los ojos del hombre para que no vea la providencia Divina. Ya que si el hombre ve la providencia Divina, su corazón de granito se ablandará, se hará sensible y se exteriorizará en la glorificación. Y esto no es deseable para el diablo.

El hombre a menudo intenta organizar todo sin Dios.

— Un hombre se ocupó de la cría de peces y todos los días decía — “¡Gloria a Ti, Dios!” — porque veía constantemente la providencia Divina. Él contaba que un pececito desde el momento de su eclosión del huevo, cuando es tan pequeño como la cabeza de un alfiler, tiene una pequeña bolsita con líquido con el cual se alimenta hasta que crezca y pueda alimentarse independientemente con los pequeños insectos acuáticos y algas. ¡O sea, recibe de Dios una “ración especial!” Si Dios provee hasta a los peces, ¡cuan más Él provee al hombre! Pero a menudo el hombre organiza todo y decide sin Dios. “Yo tendré — dice — dos hijos [y basta]” No cuenta con Dios. Por eso se producen tantos desastres y perecen tantos niños. En mayoría de las familias nacen dos hijos. Pero uno de ellos perece en un accidente automovilístico, otro se enferma y muere — y los padres quedan sin hijos.

Cuando para los padres — co-creadores de Dios, se hace difícil asegurar a sus hijos a pesar de los esfuerzos aplicados, entonces deben elevando los brazos al cielo, humildemente buscar la ayuda del Gran Creador. Entonces, se alegran tanto Dios, que ayuda, y él que recibe Su ayuda. Estando en el monasterio Stomión, conocía a un padre de muchos hijos. Él era un guarda del campo en la aldea Epira y su familia vivía en Koniza — a pie se caminaba cuatro horas y media. Él tenía nueve hijos. El camino a su aldea pasaba por el monasterio. Viniendo a trabajar y yendo a casa, el guarda entraba en el monasterio. Cuando volvía me pedía permiso de prender a las lámparas votivas. A pesar de que, al prenderlas, derramaba el aceite al piso, le permitía hacerlo. Yo prefería secar luego el piso que ofenderlo. Cada vez, saliendo del monasterio y caminando unos trescientos metros él tiraba de su fusil. No encontrando explicación a esto decidí observarlo la próxima vez desde el momento de su entrada en el templo y hasta que salga al camino a Koniza. Así supe que él primero prendía las lámparas del templo, luego salía en nartex [202] y prendía la lámpara votiva ante el icono de la Madre de Dios sobre la entrada. Luego tomaba con el dedo el aceite de la lámpara, se arrodillaba, extendía sus manos hacia el cielo y decía “Madre de Dios, tengo nueve hijos. ¡Manda les un poco de carne!” Habiendo dicho esto, él untaba con el aceite que tenía en el dedo la mira de su fusil y se iba. A trescientos metros del monasterio al lado de una mora lo esperaba una cabra silvestre. Él tiraba, la mataba, la llevaba a una cueva que estaba algo mas lejos, allí la faenaba y llevaba la carne a sus hijos. Y eso pasaba cada vez que él volvía a casa. Yo me sentía extasiado ante la fe del guarda de campo y la providencia de la Madre de Dios. Después de veinticinco años, él vino al Monte Santo y me encontró. Durante la conversación pregunté: “¿Cómo están tus hijos? ¿Dónde están?” En respuesta él indicó con la mano el norte y dijo: “Unos en Alemania” — luego extendió su mano al sur y agregó: “En cambio otros en Australia y gracias a Dios saludables.” Este hombre conservaba la pureza de las ideologías ateas a su fe y a sí mismo y por eso Dios no lo dejó.

Las bendiciones de la milagrosa Divina providencia.

— A veces, Geronta, tengo algún deseo y Dios lo cumple sin mi pedido a Él. ¿Cómo se hace esto?

— Dios se ocupa de nosotros. Él ve nuestras necesidades, nuestros deseos y cuando algo sirve para nuestro bien, Él nos lo da. Si el hombre necesita ayuda en algo, Cristo y Santísima Madre de Dios le ayudan. Cuando a staretz FIlaret [203] preguntaban: ¿En qué ayudarte, Geronta? ¿Qué necesitas? — él contestaba: “Lo que necesito me enviará la Madre de Dios.” Y así ocurría. Cuando nos confiamos a nosotros mismos al Señor, Él, nuestro Dios Bueno, nos sigue, se ocupa de nosotros. Como un bondadoso Administrador Él da a cada uno de nosotros lo que él necesita. Él entra hasta en las particularidades de nuestras necesidades materiales. Y para que entendamos Su preocupación, Su providencia, Él nos da exactamente cuanto nos es necesario. No esperes, sin embargo, que Dios al principio te dé algo, no, antes entrega con confianza a ti mismo a Dios. Ya que si tú constantemente pides algo a Dios mientras tú mismo con confianza no entregas a Él, de esto se ve que tienes tu casa propia y eres ajeno a las eternas moradas celestiales. Aquella gente que todo lo entregan a Dios y se entregan completamente a Él, está cubierta con la gran cúpula Divina y protegida por Su Divina providencia. La confianza en Dios es una interminable misteriosa oración que en el momento necesario atrae sin ruido las fuerzas Divinas al lugar donde son necesarias. Y entonces Sus amados y honrados hijos infinitamente y con gran agradecimiento glorifican a Él

Cuando el sacerdote Tikhon habitó en kaliva de la Venerada Cruz, en ella no había templo que él necesitaba. Hasta no había dinero para la construcción — nada además de una enorme fe en Dios. Una vez, después de la oración, él fue a Karies con la fe que Dios le ayudará con el dinero imprescindible para la construcción del templo. En el camino a Karies lo llamó el prior de la Ermita de Elías. Cuando p. Tikhon se acercó, él de dijo: “Un buen cristiano de América envió estos dólares, para que los dé a algún asceta que no tiene templo. Tú justo no tienes templo, toma este dinero y construí lo.” P. Tikhon lloró de enternecimiento y agradecimiento a Dios, Conocedor del corazón, que se ocupó del templo antes que p. Tikhon pidió a Él por eso — de manera que cuando él rogópor eso, el dinero ya estaba listo.

Si el hombre confía en Dios, Dios no lo deja. Y en realidad, si mañana a las 10 hs necesitarás algo, entonces (si lo que necesitas no sobrepasa los límites de lo razonable y es imprescindible) a las diez menos cuarto o a las nueve y media Dios tendrá listo esto para dártelo. P. ej. mañana a las nueve necesitas una taza. Nueve menos cinco ella estará en tus manos. Tú necesitas quinientas dracmas. En la hora cuando tú las necesitas aparecen justo quinientas dracmas, no quinientas diez ni cuatrocientas noventa. Note, que p. ej. necesito algo mañana, Dios se ocupó de esto ya hoy. O sea, antes que yo pensé en esto ya lo pensó Dios. Él se ocupó de lo necesario de antemano y lo da en la hora cuando esto es necesario. Lo entendí viendo cuanto tiempo se necesita para que una cosa llegue a mí de algún lado justo a la hora cuando me es necesaria. Por consiguiente Dios se preocupó de esto antes.

Cuando nosotros por amor y honor alegramos a Dios con nuestra vida, Él otorga especiales bendiciones a Sus buenos hijos en la hora cuando les son necesarios. Luego toda la vida pasa en las bendiciones de la providencia Divina. Puedo durante horas mencionarles los ejemplos de la milagrosa providencia Divina.

Cuando estuve en la guerra y participaba en combates, tenía el Evangelio, lo di a alguien. Luego decía: “O, si tendría el Evangelio, como me ayudaría.” Para la Navidad a nuestra parte del ejército, que se encontraba en las montañas, mandaron doscientos paquetes de Mesolonga [204]. ¡De estos doscientos paquetes el Evangelio se encontraba solo en el paquete que me correspondió! Era un Evangelio de vieja edición con el mapa de la Palestina. En el paquete estaba también una nota: “Si necesitas otros libros, escribí y te los mandaremos.” Otra vez cuando yo estaba ya en el monasterio de Stomión, necesité una lámpara votiva para el templo. Una mañana al amanecer bajé a Koniza. Pasando frente a una casa escuché como una joven dice a su padre: “¡Papá, viene el monje!” Él salió a mi encuentro y dijo: “Padre, hice la promesa de donar una lámpara votiva para la Madre de Dios. Toma este dinero y cómprala tú mismo.” Y me dio quinientas dracmas — exactamente cuanto costaba la lámpara votiva en el año 1958.

También ahora, cuando surge alguna necesidad para mí, Dios enseguida la cubre. P. ej. si quiero serruchar la leña y no puedo, la leña rápidamente viene sola. Antes de venir a vosotros, recibí un envío en que había cincuenta mil dracmas — justo tanto que era necesario. Otro ejemplo: di a alguien como bendición el icono de Virgen María “Es Digno.” ¡Al día siguiente me traen la de Iver!Este verano [205], hasta que llovió, no tenía nada de agua. Ahora llovió un poco y durante el día junto [como máximo] un frasco y medio de agua. En la cisterna había agua del año pasado pero descompuesta. Pero ¡cómo todo lo organiza Dios! Tengo un barril con agua, Cada día viene tanta gente, — toman, se lavan, vienen transpirados, pero ¡el nivel de agua baja solo 3, 4 dedos! Un barril para ciento cincuenta-doscientos hombres — ¡y no se vacía! Con esto algunos no cierran a veces la camilla, otros la abren demasiado, y el agua sale, pero ¡no termina!

La entrega de sí mismo a la providencia Divina.

El hombre que sigue las bondades Divinas, aprende a depender de la providencia Divina. Y luego se siente como un niño en la cuna, que si lo deja un momento la madre, comienza a llorar y no se calla hasta que ella de nuevo viene corriendo a él. ¡Es una gran cosa — entregarse a Dios! Cuando yo recién llegué al monasterio Stomión, no tenía donde vivir. Todo el convento estaba lleno de basura de construcción. Al lado del cerco encontré un lugar, lo cubrí un poco arriba y pasaba las noches sentado allí, ya que no cabría acostado. Una vez vino a mí un conocido ieromonje (monje-sacerdote) y preguntó: “Escúchame, ¿cómo vives aquí? — ¿Y qué — pregunté yo como respuesta — la gente laica tenía más que nosotros? Cuando Kanaris pidió el préstamo, le dijeron: “No tienes Patria” y él respondió: “A la Patria la conquistaremos.” Si tal fe había en un hombre laico, ¿podemos nosotros no tener confianza en Dios? Si la Madre de Dios me trajo aquí, ¿puede ser que cuando llegará el tiempo Ella no se preocupe de Su convento? Y realmente, poco a poco, ¡cómo organizó todo la Santísima Madre de Dios! Recuerdo cuando los albañiles cubrían de cemento los techos de las celdas quemadas, el cemento se terminaba. Faltaba todavía un tercio de techo. Vienen a mí los albañiles y dicen: “El cemento se termina. Es preciso poner más arena y menos cemento para terminar todo.” “No, — les dije — no diluyan, sigan como comenzaron.” Traer el cemento era imposible, ya que todas las mulas estaban en el campo. Los albañiles deberían caminar dos horas hasta Koniza y luego dos horas más hasta el campo donde pastaban las mulas. Cuanto tiempo perderían… Luego esta gente tenía sus ocupaciones y no podía venir otro día. Veo que cubrieron dos tercios del techo. Entré en la capilla y dije: “Señora mía ¿qué hacer? Te pido ¡ayúdanos!” Luego salí de la capilla.

— ¿Y qué pasó luego, Geronta?

— ¡Terminaron todo el techo y todavía quedó cemento!

— ¿Los albañiles lo comprendieron?

— ¡Cómo no! ¡Cuan grande a veces es la ayuda de Dios y de la Santísima Madre de Dios!

Dios todo lo usa para el bien.

— Geronta, a veces comenzamos algo y aparece una serie de obstáculos. ¿Cómo entender si son de Dios?

— Veamos, si no hay nuestra culpa en esto. Si tenemos la culpa, entonces el obstáculo de Dios sirve para nuestro bien. Por eso no hay que preocuparse si la cosa no está hecha o se alarga su terminación. Una vez presionado por algún asunto apurado bajaba yo del monasterio Stomión a Koniza. En una parte difícil del camino (llamé a este lugar Gólgota) encontré a un conocido del monasterio, Tío Anastasio con tres mulas cargadas. Sobre la subida abrupta las sillas de carga se ladearon, uno de los animales estaba sobre el borde de precipicio — listo para caer. “¡Dios te envió, padre!” — se alegró el tío Anastasio. Le ayudé arreglar las sillas de carga de las mulas y luego las guiamos hasta el camino. Allí lo dejé y continué mi camino. Caminé un gran pedazo del camino cuando el sendero se topó con una avalancha. Recién se produjo esta avalancha de unos trescientos metros de largo que obliteró al sendero. Árboles, piedras — todo se fue abajo al río. Si no me hubiera quedado con las mulas, estaría justo en el lugar cuando se produjo la avalancha. “Tío Anastasio, — dije yo — tú me salvaste, Dios te envió.”

Cristo de lo alto ve cómo actúa cada uno de nosotros, sabe cuándo y cómo actuará Él para nuestro bien., Él sabe cómo y a dónde llevarnos, solo es necesario que nosotros pidamos a Él ayuda, abramos ante Él nuestros deseos y permitamos a Él Mismo organizar todo. Cuando estuve en el monasterio Filofeo de Athos, tenía ganas de irme al desierto. Pensaba retirarme a una isla desierta y ya hablé con un botero para que venga y me lleve, pero al final él no apareció. Así organizó Dios, ya que yo era poco experimentado y en la isla desierta podía ser vulnerado y sería victima de los demonios. Entonces no teniendo éxito con la isla, tuve deseo de irme a Katunaki. Me parecía propicio el desierto de Katunaki, oraba que pueda encontrarme allí y me preparaba para eso. Quería vivir y cumplir la hazaña al lado de staretz Pedro — hombre de alta vida espiritual. Pero pasó un acontecimiento que me obligó a ir no a Katunaki, sino a Koniza. Una vez a la tarde, después del servicio de la tarde me retiré a mi celda y oraba hasta muy tarde. Cerca de once horas me recosté para descansar. A la una y media de la noche me despertó el sonido de la campana del monasterio que llamaba a los hermanos al templo para el servicio de medianoche. Traté de levantarme y no pude. Comprendí que pasaba algo especial. Hasta el mediodía quedé clavado al lecho. Podía orar, pensar, pero no podía moverme. Encontrándome en este estado, yo como en TV vi por un lado Katunaki y por otro el monasterio de Stomión en Koniza. Con fuerte deseo dirigí mis ojos a Katunaki y entonces una cierta voz me dijo: “Iras no a Katunaki sino al monasterio Stomión.” Era la voz de Santísima Madre de Dios. “Madre de Dios, — dije yo — Te pedí desierto y en cambio ¿Tú me envías al mundo?” Y de nuevo escuché la misma voz, que me decía severamente: “Irás y encontrarás un tal hombre. Él te ayudará mucho.” Me liberé enseguida de estos lazos invisibles y mi corazón se llenó de la Gracia Divina. Luego fui a mi confesor y le conté lo que pasó. “Esta es la voluntad de Dios — me dijo el confesor. — Sin embargo, no digas a nadie sobre esto. Diles que por estado de salud (yo tenía entonces hemorragias) debes retirarte de Athos y ándate.”

Yo quería una cosa, pero Dios tenía Su plan. Pensé entonces que la voluntad de Dios era que yo hiciera renacer el convento en Koniza. Así yo cumplía la promesa que di a la Madre de Dios cuando estuve en la guerra. “Madre de Dios, — pedí yo a Ella entonces — ayúdame hacerme monje y trabajaré tres años y ordenaré Tu convento quemado.” Pero, como se aclaró luego, la causa principal que la Santísima Madre de Dios me mandara allí era la necesidad de ayudar a ochenta familias, que se fueron al protestantismo, volver a la Ortodoxia.

Dios a menudo permite que pase algo para el bien de mucha gente. Él nunca hace un sólo bien, sino tres-cuatro juntos. Y no permite nunca que pase algo malo, si de esto no salga mucho bien. Todos los errores y peligros Él usa para provecho nuestro. El bien y el mal están mezclados entre sí. Sería mejor si ellos estarían separados, pero los intereses personales humanos los intermezclan entre ellos. Sin embargo, Dios extrae provecho hasta de este embrollo. Por eso se debe creer que Dios permite que pase sólo aquello de lo cual puede resultar lo bueno, ya que Él ama a Su creación. P. ej. Él puede permitir alguna pequeña tentación para protegernos de una tentación más grande. Una vez un laico estaba en la fiesta parroquial en alguno de los monasterios del Monte Santo. Allí él tomó y quedó borracho. En el camino de vuelta del monasterio él cayó sobre el camino. Nevó y la nieve lo cubrió, pero de la respiración alcohólica en la nieve sobre él se hizo un agujero. Pasaba unhombre. Viendo un agujero en la nieve él dijo con sorpresa: “¿Qué es esto aquí, una surgente?” — y golpeó al agujero con el palo. “¡Oh!” — gritó el ebrio. Así Dios no lo dejó perecer.

Las bondades Divinas hacen una brecha en el corazón.

— Geronta, ¿qué quiere Dios de nosotros?

— Dios quiere nuestra espontaneidad, nuestra buena disposición, manifestada aunque sea poco, pero con hazaña de amor y honor. También Él quiere que reconozcamos nuestra pecaminosidad. Todo lo restante da Él. En la vida espiritual no se exigen los bíceps. Vamos a cumplir humildemente la hazaña, pedir la misericordia Divina y agradecer por todo a Él. Sobre el hombre que sin cualquier plan propio se entrega en las manos de Dios, se cumple el plan Divino. Cuanto el hombre se agarra de su propio “yo,” tanto él queda atrás. Él no avanza espiritualmente, ya que obstaculiza la bondad Divina. Para avanzar se exige una gran confianza a Dios.

En todo instante Dios con Su amor acaricia los corazones de toda la gente, pero no sentimos esto, ya que nuestros corazones están cubiertos de sarro. Al limpiar su corazón el hombre se enternece, se derrite, enloquece viendo las gracias y la bondad de Dios que ama en forma igual a todos los hombres. Por aquellos que sufren, a tal hombre le duele, por aquellos que llevan la vida espiritual — él experimenta alegría. Si un alma honesta piensa sólo sobre las bondades Divinas, ellos pueden elevarla a las alturas, ¡y qué decir, si ella piensa sobre la multitud de sus pecados y sobre gran bondad Divina! Si los ojos del alma del hombre se limpiaron, él viendo la preocupación Divina [por él y otro] siente y vive a toda providencia divina con su corazón sensible y desnudado, él se derrite del agradecimiento, él enloquece (en buen sentido de esta palabra). Porque los dones Divinos, cuando el hombre los percibe, hacen una brecha en el corazón, lo rompen. Y luego, cuando la mano Divina acaricia este honrado corazón y toca la brecha, el hombre se eleva internamente y su agradecimiento a Dios se hace grande. Aquellos que cumplen la hazaña sintiendo tanto su propia pecaminosidad y bondades Divinas y confían a sí mismos a Su gran bondad, elevan a sus almas al paraíso con más esperanza y menor esfuerzo corporal.

El agradecimiento a Dios por lo poco y lo mucho.

—”Yo creo que Dios me ayudará” — dicen algunos, pero con esto tratan de juntar dinero para no pasar ninguna necesidad. Gente así se ríe de Dios, ya que confían no a Él sino al dinero. Si ellos no dejarán de amar al dinero y poner en éste su esperanza, no podrán poner su esperanza en Dios. No digo que la gente no debe tener algunos ahorros para el caso de necesidad, no. Pero no se debe poner su esperanza en el dinero, no se debe entregar su corazón al dinero, porque actuando así, la gente olvida a Dios. El hombre que no confiando a Dios construye sus planes, y luego dice que así quiere Dios, “bendice” a su obra de manera diabólica y continuamente sufre. No logramos la conciencia cuan fuerte y bueno es Dios. No lo dejamos ser el amo, no dejamos a Él dirigirnos y por eso sufrimos.

Sobre el Sinaí en la celda de Santa Epistimia, donde yo vivía, había muy poca agua. En una cueva aproximadamente unos veinte metros de la celda, de una grieta en la roca goteaba agua. Hice una pequeña cisterna y juntaba unos tres litros de agua en 24 hs. Al llegar por el agua ponía una lata metálica y mientras se llenaba, leía el acafistos (akathistos) de la Santísima Madre de Dios. Mojaba un poco la cabeza, solo la frente, esto me ayudaba, así me aconsejó un médico, juntaba un poco de agua para tomar y en una latita llenaba un poco de agüita para ratoncitos y pajaritos que vivían en mi celda. Para lavado de ropa y otras necesidades utilizaba esta misma agua de la cueva. Que alegría y agradecimiento sentía yo por esta poca agua que tenía. Como glorificaba a Dios, que tenía agua.

Luego, cuando llegué al Monte Santo y por poco tiempo viví en la ermita de Iver, allí, como era el lado soleado, no había falta de agua. Había una cisterna cuya agua rebalsaba. ¡Uf! Lavaba la cabeza y los pies… pero lo anterior fue olvidado. En el Sinaí tenía lágrimas en los ojos del agradecimiento por la poca agua, en cambio aquí en la ermita, del exceso de agua caí en el olvido. Por eso me fui de esta celda y me ubiqué más lejos, a unos ochenta metros, donde había una pequeña cisterna. ¡Cómo se pierde, cómo se olvida el hombre en opulencia!

Debemos plenamente incondicionalmente entregarnos a la providencia Divina, la voluntad Divina y Dios se preocupará de nosotros. Un monje fue una tarde a la cima de la montaña para oficiar allí el servicio de la tarde. En el camino encontró un hongo (Boletus) y agradeció a Dios por este raro hallazgo. En el camino de regreso él quería cortar el hongo para su cena. “Si los laicos me pregunten si como la carne — pensaba el monje — ¡puedo decirles que lo como cada otoño!” Volviendo a la kaliva el monje vio que mientras él leía el servicio, un animal pisó al hongo y quedó entera sólo la mitad. “Se ve — dijo el monje — cuanto debo comer.” Él juntó lo que quedó y agradeció a Dios por Su providencia, por la mitad del hongo. Más abajo él encontró una mitad más del hongo, se inclinó para cortarlo y agregar para su cena, pero vio que el hongo era blando (posiblemente era venenoso). El monje lo dejó y de nuevo agradeció a Dios porque lo guardó del envenenamiento. Al volver a kaliva el monje cenó con la mitad del hongo. Al día siguiente, cuando salió de la casa a sus ojos se presentó una vista maravillosa. Alrededor de kaliva en todas partes crecieron hermosos hongos y al verlos el monje de nuevo agradeció a Dios. Ven, él agradeció a Dios por el hongo entero y por la mitad, por el bueno y por el malo, por uno y por muchos. Él era agradecido por todo.

El bondadoso Dios nos otorga generosas bendiciones y Sus acciones están dirigidas a nuestro provecho. Todos los bienes que tenemos — son dones Divinos. Él puso todo al servicio de Su criatura — el hombre. Él hizo que todo: los animales, y aves pequeños y grandes, hasta las plantas — se sacrifiquen por nosotros. Y el Mismo Dios se sacrificó para redimir al hombre. No seamos indiferentes a todo esto, no vamos a herir a Él con nuestro gran desagradecimiento y falta de sensibilidad, sino vamos a agradecer y glorificar a Él.

Notas:

[198] Mat. 6:33.

[199] Ver: San Macario de Egipto. Charlas espirituales. STSL, 1904.

[200] Ver: Éxodo 166:199-20.

[201]

[202] Nartex — la parte occidental del templo, atrio.

[203] Staretz Paisios: Padres del Monte Santo e historias del Monte Santo. Lavra de Santa Trinidad y San Sergio, 2001. Pág. 62-65.

[204] Ciudad en Grecia central.

[205] Dicho en verano de 1990.

[206] Ver: Hebr. 12:1.

[207] Ju. 11:25-26.

[208] Zac. 11:1-13.

[209] Salterio 21:19-23.

[210] Jer. 18:2, 32:9; Mat. 27:7-9.

[211] Hech. 9:1-18.

[212] Luc. 17:5.

[213] Mat. 14:30.

[214] Staretz Paisios Idem [203]. Pág. 9.

[215] Mat. 17:20; Luc. 17:6.

[216] En este caso bajo el concepto de la fe se entiende una simple aceptación de la existencia de Dios, insuficiente para la vida en Cristo.

[217] Hebr. 11:1.

[218] Isai. 6:3.

[219] Ju. 15:5.

[220] Cántico a la Madre de Dios en el servicio de la tarde, voz 6.

[221] Mat. 9:29; Mc. 9:23.

[222] Salterio 81:6.

[223] Isai. 6:9-10.

[224] El 3 de junio de 1979, Staretz Paisios oraba sobre rosario diciendo: “Santos del día, rueguen a Dios por nosotros.” Él no recordaba que Santos recordaban ese día y no podía encontrar sus anteojos para mirar el calendario del mes (sólo varios días antes Staretz se mudó a la celda “Panaguda” y todavía no ubicó a sus cosas). Entonces lo visitó San Mártir Lukillian, cuya memoria se festeja el 3 de junio y tres veces le repitió su nombre difícil.

[225] Entre los piadosos cristianos de Grecia está difundida la tradición de erección a lo largo del camino de pequeñas capillitas, habitualmente como agradecimiento a Dios, Santísima Madre de Dios o Santos, o en memoria de parientes que murieron en accidentes automovilísticos.

[226] Gen. 6:13 y sigue.

[227] Isai. 38:4 y sigue.

[228] Mat. 7:7.

[229] Ju. 5:6.

[230] 3 Rey. 18:26.

 

 

 

Folleto Misionero # S157

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Editor: Obispo Alejandro (Mileant)

 

(promysel_paisios_eznepidis_s.doc, 05-20-2005).