La fuerza de la cruz de Cristo

Arzobispo Averquio (Taushev)

La fuerza de la cruz de Cristo

traducción de E.Ancibor

El Arzobispo AVERQUIO (1906-1976) nació el 19 de diciembre de 1906 y murió el 13 de abril de 1976. Era Arzobispo de SIRACUSA y TRINIDAD. Su consagración como obispo de la Iglesia Ortodoxa en Extranjero se produjo el 25 de mayo de 1953. Era Superior del monasterio de Santa Trinidad en Nueva York; rector del Seminario de Santa Trinidad y un destacado teólogo. Como redactor del periódico “La Rusia Ortodoxa” tuvo gran influencia sobre la sociedad rusa con sus excelentes artículos. Es, además, el autor del Tetraevangelio, la interpretación de las Epístolas Apostólicas y de numerosos libros de contenido espiritual.

Contenido:

  1. Prédica sobre Cristo — Palabra de la Cruz.
  2. La Cruz de Cristo — Instrumento de nuestra Salvación.
  3. ¿Por qué se Necesitó para la Redención de la Gente el Sacrificio en laCruz de Cristo?
  4. La Cruz — Poder de los Reyes.
  5. Qué dice la Palabra de Dios y Santos Padres sobre el Misterio de la Redención.

  1. Prédica sobre Cristo— Palabra de la Cruz.

Así llama la prédica sobre Cristo y la salvación en Él el gran Apóstol de las naciones, San Pablo, quien cruzó, predicando sobre Cristo Crucificado y Resurrecto de los muertos, a todos los países del mundo culto de aquel tiempo — la Asia Anterior (la Asia Menor?) y Europa.

Él dice en su primera epístola a los Corintios: “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; más a los que se salven, a nosotros, es potencia de Dios” (I Cor. 1:18) y concluye: “Los Judíos piden señales, y los Griegos buscan sabiduría: mas nosotros predicamos a Cristo crucificado a los Judíos ciertamente tropezadero, y a los Gentiles locura; empero a los llamados, así Judíos como Griegos, Cristo Potencia de Dios, y Sabiduría de Dios” (I Cor. 1:22-24).

Sobre la Cruz Cristo “clavó el manuscrito de nuestros pecados,” como siempre invariablemente enseñó y enseña hasta ahora la verdadera Iglesia de Cristo (ver Colos. 2:14). La obra de salvación y redención del genero humano del pecado, maldición y muerte, con no otra cosa sino con la preciosa Sangre de Cristo, verdadero Cordero de Dios, vertida por nosotros sobre la cruz. Sobre esto con claridad y fuerza testifican las Sagradas Escrituras que afirman que la misma Iglesia de Cristo la ganó por Su Sangre” (Hechos 20:28) y que nosotros desde entonces “recibimos la absoluciónpor la redención que es en Cristo Jesús; al Cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en Su Sangre, para manifestación de Su Justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Rom. 3:25).

Estamos redimidos, como enseña San Apóstol Pedro, “no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la Sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación” (I Ped. 1:18-19).

Nosotros fuimos “justificados en Su Sangre,” tal como enseña San Apóstol Pablo, porque “siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo” (Rom. 5:9-10).

Nosotros “tenemos redención por Su Sangre, la remisión de pecados,” como enseña San Apóstol Pablo en otra de sus epístolas (Efes. 1:7).

En Cristo “tenemos redención por Su Sangre, la remisión de pecados” (Colos. 1:14) y reconciliados con Dios “por la Sangre de Su Cruz” (Colos. 1:20).

Cristo “nos ha lavado de nuestros pecados con Su Sangre“, como atestigua el amado discípulo de Cristo, San Juan el Teólogo (Apoc. 1:5).

Venidos de “gran congoja” y revestidos en vestimenta blanca, como fue revelado a él en la visión apocalíptica, “han blanqueado sus ropas en la Sangre de Cordero” (Apoc. 7:13-14).

Ya de estas pocas citas de Sagradas Escrituras (¡y hay numerosas otras semejantes!) nos convencemos en forma plenamente indudable que el gran Sacramento de nuestra redención no fue cumplido en ningún otro lugar, sino justamente sobre la Cruz a través del Derrame en ella de la Sangre de Cristo.

Por eso se hace comprensible qué significa la última palabra dicha por el crucificado por nosotros sobre la cruz el Señor-Salvador: “¡Está cumplido!” y después de esto en el Evangelio dice sobre El: “Y habiendo inclinado la cabeza, dio el espíritu” (Ju. 19:30).

Está cumplido,” o sea se cumplió aquello para lo que el Hijo de Dios vino a la tierra y murió por nosotros Crucificado en la cruz — se cumplió la gran obra de la redención de la humanidad del pecado, maldición y muerte.

Cómo es esto y por qué nos lo relatan en base a las mismas Sagradas Escrituras los grandes Padres de la Iglesia de los primeros siglos del cristianismo. Su enseñanza para nosotros tiene tanta autoridad que no necesita otras interpretaciones de este grande, inimaginable Misterio Divino. Debemos solo con humildad y veneración aceptar esta enseñanza que durante muchos siglos confesaba toda la Iglesia Universal.

Por consiguiente, justamente sobre la cruz y en ningún otro lugar se produjo nuestra redención. Y por eso la cruz es el instrumento de nuestra salvación. Es por eso que desde los primeros tiempos del cristianismo, l a c r u z e s e l s í m b o l o d e l a f e e n C r i s t o y sirve entre los cristianos como un objeto de especial veneración.

Es por eso que durante la oración nos cubrimos con e l s i g n o d e l a c r u z teniendo la fe en su milagrosa fuerza que aleja de nosotros al enemigo de nuestra salvación — el diablo y que nos salva de penas y males.

Un gran Padre de la Iglesia del siglo IV, San Cirilo de Jerusalén, explica así el significado de la Cruz de Cristo:

“Todo acto de Cristo — es gloria de la Iglesia Universal, pero gloria de las glorias — es la cruz.” Y Pablo, sabiendo eso dice: “Más lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal. 6:14).

La corona de la cruz iluminó a los ciegos de ignorancia, liberó a todos poseídos del pecado y redimió a los hombres en todo el mundo.

Y no te extrañes que esté redimido todo el mundo ya que murió por él no un hombre común sino el Hijo de Dios Unigénito. El pecado de un hombre Adán tenía tanta fuerza que trajo muerte al mundo. Si la muerte reinaba en el mundo “por un delito” (Rom. 5:18), entonces mas todavía ¿con la verdad de Uno no reinará la vida? Y si entonces por el árbol, del cual comieron, fueron expulsados del paraíso, ¿no sería útil ahora a través del árbol de Jesús entrar para los creyentes al paraíso? Si el primer-creado de la tierra trajo la muerte universal, ¿no traería la vida eterna El que creó al hombre de la tierra, cuando El Mismo es vida? Si Finees, siendo celoso y habiendo asesinado al que pecaba, paró la ira de Dios, entonces Jesús, Quien dio la muerte no a otro que a Sí Mismo como precio de redención ¿no podrá saciar la ira contra los hombres?

Por eso no tendremos vergüenza de la Cruz del Salvador, sino más, vamos a glorificarnos con ella (13 Palabra publicada, pág. 158-159).

De misma manera enseñaban todos los Padres de la Iglesia, así siempre creía y enseñaba toda la Iglesia Universal de Cristo.

¿Por qué solo ahora en el vigésimo siglo de era cristiana aparecieron hombres que se llaman a sí mismos “cristianos” pero tienen vergüenza de la cruz de Cristo — tienen vergüenza hasta tal punto que no la ponen sobre sus templos ni dentro de ellos ni sobre las tumbas de sus muertos, no llevan a este sagrado símbolo, no quieren hacer el signo de la cruz y algunos hasta se mofan de la cruz comparándola con la “horca” y cometen a escarnio a los cristianos ortodoxos por su veneración de la cruz de Cristo?

¡¿Qué extraña enajenación que va contra la enseñanza de la Palabra de Dios y la tradición sagrada de muchos siglos de la Iglesia Cristiana?!

¿Cómo se puede rechazar o hasta disminuir el significado de la Cruz de Cristo para nosotros, cuando la cruz de Cristo es un símbolo tan grande de nuestra redención y simultáneamente — símbolo de inexpresable amor Divino hacia género humano caído?

De esto nos convencen las palabras del Mismo Cristo Salvador en Su excelsa charla con el maestro de la ley Necodemo, venido de noche a El:

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en El creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Ju. 3:14-15) de donde se ve que la cruz es el símbolo de nuestra salvación, y “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Ju. 3:16) de donde se ve que la cruz — es el símbolo del amor Divino hacia nosotros. ¡Milagrosa, misteriosa, inexpresable para la mente humana unión de Verdad Divina y Amor Divino!

Esta — clara manifestación de la gran verdad sobre Dios, que fue expresada todavía en el Antiguo Testamento por el autor de los Salmos, que en Dios “La Misericordia y la Verdad se encontraron; la Justicia y la Paz se besaron” (Sal. 84:11).

¿Cómo es posible preferir su propia razón a la razón de tan grandes Padres de la Iglesia como el “Pilar de la Ortodoxia” San Atanasio el Grande, los Maestros Universales tales como Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo, quienes con tal sabiduría divina hablaban de este gran Misterio de la Redención, inclinándose ante esta maravillosa conjunción en Dios de la Misericordia, Verdad y Paz, Su Divina Justicia y Su Divino Amor? Y ¿cómo se puede afirmar que estos grandes Padres de la Iglesia del IV siglo, fundadores de nuestra teología ortodoxa, se encontraban bajo cierta influencia extraña y ajena a la Ortodoxia?

Todavía mas extraño es aceptar el pensamiento que los escritores inspirados por Dios, los Apóstoles de Cristo ¿también escribían los sagrados libros del Nuevo Testamento encontrándose bajo influencia extraña a un verdadero cristianismo? ¡Esto es lo mismo que rechazar la misma inspiración Divina de los libros de Sagradas Escrituras que la Iglesia Universal desde siempre aceptaba y acepta como infalible Palabra Divina!

Y sin embargo en los últimos años a menudo escuchamos justamente sobre tal “critica” no solo de nuestros teólogos rusos sino de los mismos Santos Padres y hasta de los textos de Sagradas Escrituras inspiradas por Dios con una ineludible, a causa de esto, disminución del significado de la Cruz de Cristo como instrumento de nuestra salvación.

Pero de una manera completamente diferente de estos innovadores-reformadores enseña nuestra Santa Iglesia sobre el gran Sacramento de la redención cuando canta el Viernes Santo:

“Nos redimiste del juramento de la ley con Tu Honorable Sangre, clavado en la cruz y traspasado con la lanza, derramaste la inmortalidad a los hombres, Salvador nuestro, ¡gloria a Ti!” (Tropario al final de matines). Y el día de la gran festividad mundial de la Elevación de la Honorable y Vivificadora Cruz del Señor nos llama a todos de venerar la Cruz de Cristo cantándola:

“¡Vengan todas las naciones, veneremos a la madera bendita que da la verdad eterna!”

“La Cruz elevada ordena cantar a toda la creación a Aquel elevado en ella y Su pasión purísima. Ya que matando en ella a aquel que nos mató, vivificó a los muertos y permite vivir en el cielo por Tu misericordia.”

“Plantando en el último lugar el madero de verdadera Vida, sobre él hizo la salvación el Rey Preeterno” (versículos).

Glorificando la cruz de Cristo como símbolo y al mismo tiempo instrumento de nuestra salvación, la Iglesia en su arrebato sagrado se dirige a ella como a un ser viviente y clama:

“Alégrate o Cruz portadora de la vida, la victoria invencible de la piedad, la puerta del Paraíso, la afirmación de los fieles, con ella se destruyó y desapareció la corruptibilidad y fue vencido el poder de la muerte, y fuimos elevados de la tierra al cielo, arma invencible, luchadora contra los demonios, la gloria de los mártires y santos, refugio de la salvación que otorga al mundo la gracia.

“Alégrate la Cruz del Señor que liberas del juramento a la humanidad.”

“Alégrate… Tu que nos levantaste caídos en la corrupciónhonorable cruz que destruyó el juramento y floreció la incorruptibilidad y nosotros los terrenales nos deificamos y el diablo definitivamente fue despeñado…” (versículos).

Se podría citar todavía más lugares del Servicio de la Festividad de la Elevación de la Cruz del Señor, pero lo que está arriba mencionado es completamente suficiente para ver cómo considera nuestra Santa Iglesia el significado para nosotros de la Cruz del Señor:

Justamente sobre la cruz Señor Jesucristo cumplió el gran sacramento de la Redención nuestra del pecado, maldición y muerte, con Su cruz nos abrió las puertas del Paraíso, con la cruz “nos salvó del trabajo enemigo,” con la cruz vieron todos los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios.”

Es por eso que en el mismo momento cuando el Señor dijo “¡Se cumplió!” y bajando la cabeza entregó el espíritu, “la cortina” en el templo se partió en dos desde arriba hacia abajo (Mat. 27:51). — La cortina en el templo del Antiguo Testamento de Jerusalén se partió como signo que de nuevo se abrió para la gente el Reino del Cielo simbolizado por el “Santo Sanctorum” a donde solo el sumo pontífice podía entrar una sola vez en el año con la sangre de los animales sacrificados que son la proto-imagen de la Purísima Sangre de Cristo, vertiéndola sobre la cruz nos fueron abiertas las puertas del paraíso, cerradas hasta entonces por la caída en pecado de los ancestros.

¡Qué hermoso, expresivo y altamente instructivo símbolo para nosotros, que nos convence que solo a través de la muerte de Cristo en la cruz se produjo nuestra redención! Es por eso que terminando el Servicio religioso en la festividad de la Elevación la Santa Iglesia clama:

“Venid, o fieles, saludemos a la madera vivificadora, sobre ella Cristo Rey de gloria, voluntariamente extendió Sus manos, nos elevó al primer gozo…” (versículo cuando se venera la Cruz). Es por eso que también en el “icos” de este servicio claramente es subrayado el significado salvador para nosotros justamente de la cruz de Cristo:

“No voy a glorificarme, dice (Apóstol Pablo), sino solo con la única cruz del Señor; sobre ella sufriendo mató a las pasiones. A esta sostenemos a la cruz del Señor, gloria de todos: ya que esta madera salvadora para nosotros es el arma de la paz, la victoria invencible” (icos).

Junto con toda la verdadera Iglesia sintiendo y glorificando la cruz de Cristo como instrumento de nuestra salvación y gran símbolo del inexpresable amor Divino hacia nosotros, naturalmente no podemos comprender y aceptar ni absolver la enseñanza de aquellos quienes o completamente rechazan a la cruz o disminuyen su significado denigrándola bajo el pretexto y para los que “se pierden” y consideran a la cruz como una “alienación.” Es comprensible y aceptable para nosotros solo la enseñanza verdadera, sin doble sentido, e inspirada por Dios de la Palabra Divina: que coloca a la Cruz de Cristo como lo mas importante en el cristianismo dando el nombre a la prédica sobre Cristo “la palabra de la cruz” (I Cor. 1:18).

Así siempre nuestra Iglesia creía y confesaba. Así también nosotros creemos y confesamos — y en esta fe tenemos la esperanza y esperamos encontrar la salvación eterna otorgada a nosotros por la cruz del Señor.

  1. La Cruz de Cristo — Instrumento de nuestra Salvación.

Tú — Divina Victoria.

Tú – hacedor de nuestra salvación.

Tú — covictoria de los fieles

y Victima Divina.

¡O Todohonorable Cruz!

¡Santifica a los que Te cantan!

(Tropario del 4° cántico del canon).

La Cruz de Cristo, cuya solemne procesión festeja la Iglesia el 1° de agosto, es el objeto más santo para nosotros los cristianos, ya que según la enseñanza de nuestra Santa Iglesia, Cristo-Salvador al crucificarse en la cruz, cumplió con el gran Sacramento de la Redención del género humano del pecado, maldición y muerte: sobre la cruz El “clavó el manuscrito de nuestros pecados” y con Su muerte en esta, venciendo la muerte nos dio vida eterna, de la cual fuimos privados a través de la caída en pecado de nuestros ancestros Adán y Eva.

Es por eso que la cruz es llamada “protectora de todo el universo,” “la belleza de la Iglesia” y otros altos nombres. Y no solo en los días de festividades definidas, sino en cada miércoles y viernes durante casi todo el año, se recuerda la traición de Judas (el miércoles) y Crucifixión del Señor (el viernes). La Iglesia en sus servicios ordenadamente glorifica a la Cruz como instrumento de nuestra salvación y arma contra el diablo.

Tres veces en el año hay una más solemne glorificación de la cruz del Señor: en la 3ra Semana de la Cuaresma, llamada “De la veneración de la Cruz;” el 1° de agosto en la festividad de “Exposición y Procesión de las Honorables Maderas de la Vivificadora Cruz del Señor” y el 4 de septiembre en el día de gran festividad de “Mundial Elevación del Honorable y Vivificadora Cruz del Señor.” En estos días durante las matines se trae la Cruz del Señor desde el altar al centro del templo, se deposita sobre el “analoe” y se hacen tres genuflexiones con el cántico:

“¡Nos Inclinamos ante Tu Cruz, o Señor, y glorificamos Tu Santa Resurrección!”

La festividad del 1° de agosto se originó de la costumbre existente en Constantinopla de sacar la parte de la Vivificadora madera de la Cruz del Señor del templo de Santa Sofía y llevarla con una solemne procesión por las calles de la ciudad y plazas, para santificar a la ciudad y salvarla de enfermedades que castigaban a Constantinopla en esta parte del año. A esto se agregaba la bendición de las aguas. Los habitantes de Constantinopla creían santamente en la fuerza sanadora de la Cruz del Señor, como instrumento de nuestra salvación y la besaban con gran veneración.

Incitando a los fieles a glorificar la Cruz del Señor, la Santa Iglesia en ese día exclama con alegría en sus cánticos: “Hoy se eleva la Cruz y el mundo se libera del mal, hoy la Resurrección de Cristo se renueva y confines de la tierra se alegran…”

“Elevemos con alegría la todabendita Cruz en templos y ciudades y veneremos para recibir el perdón de nuestras deudas… Ella elevó del infierno al género humano, venció al enemigo y destruyó hasta el final el orgullo de los demonios.”

“Hoy gozan los hombres con ángeles, ya que con la cruz fue destruido el reino del mal y nos reunió a todos…”

“La Cruz Divina brilla hasta los confines. Ella sacó del infierno el género humano… y salva a los que claman: pacifica al mundo e ilumina a las almas nuestras…”

“Hiciste la salvación en la tierra, o Dios; cruz y resurrección, por ellas nos salvaste; o Bondadoso y Amante de los hombres, Todopoderoso Señor, ¡gloria a Ti!”

“A la Cruz, salvación de los fieles, veneramos…”

“Apareció vencedor de pasiones y demonios, hoy el signo de la cruz…”

“Brilla radiante la honorable cruz e ilumina a los que fielmente veneran a ella hoy, santificando a nuestras almas y cuerpos.”

“Vemos expuesta la cruz que otorga la vida, nos envía la iluminada aurora de gracias: acerquémonos y recibamos iluminación, gozo, salvación y perdón, dando la gloria al Señor.”

“Antiguo instrumento de la vida, bendito árbol fue dado para guardar, por la desobediencia de Adán primero creado: la cruz le indicó el camino.”

“…Inclinémonos ante toda santa cruz de Cristo que otorga la vida, por ella se ilumina todo el mundo”

“Qué muestre toda la tierra el gozo… hoy deifica por la todahonorable cruz…” “Arma que otorga victoria invencible, todagloriosa cruz…” “Es muerta la astuta serpiente ahora, jefe de las tinieblas, no soportando el brillo que emite la cruz que trae la vida…”

“Exclamen naciones, canten a Dios que dio la intocable afirmación a la cruz que está expuesta: todos los fieles nos alegramos ya que recibimos el bien…”

“Es muerta la muerte, es disminuida la corrupción, huyen las huestes diabólicas, al ver expuesta hoy la vencedora cruz de Cristo…”

“Cantando a Ti Dios Rey y Señor ya que nos otorgaste la cruz — pared indestructible, a ella ahora besamos con alegría salvándonos del mal.”

Dice San Apóstol Pablo: “no me voy a glorificar, solo en la única cruz del Señor, sobre ella sufriendo mató a las pasiones. A ella la sostenemos, la cruz del Señor es esta madera salvadora, arma dela paz, victoria invencible.”

“A la madera salvadora veneremos a la todasanta cruz… que nos vierte santidad y vida.” Es particularmente importante el tropario del canon que habla de la liberación de los hombres del juramento con la fuerza de la muerte en la cruz de Cristo:

“¡O inexpresable Tu Cristo llegada e innombrables bienes! Encarnado, fuiste crucificado, recibiste la muerte y liberaste a los hombres del juramento vertiendo la incorrupción sobre la madera tribendita, gloriosa cruz para los siglos.”

“Todasanta cruz Victoria Divina, del jefe de la vida, destructor del mal hoy glorifiquemos la todasanta cruz del Señor, destructora de los demonios y que expulsa a los bárbaros, protectora y hacedora vencedores a los reyes.”

“Fuimos corruptibles por desobediencia, no cumplidores de mandamientos Divinos fuimos, por eso vino la muerte a los hombres. Hoy floreció la inmortalidad en la cruz de Cristo, que besamos.”

“Esta madera todasanta, esperanza firme para los fieles, alegría, acusando al jefe de tinieblas: a ésta, fieles, veneremos con alegría.”

“Comienzo de la bendición, afirmación de los cristianos y pared y firme intercesión y salvación del juramento apareció la madera deseada, arma invencible, ilumina y santifica nos.”

Particularmente fuerte y destacado e imaginativo habla el primer versículo sobre la redención de nosotros del pecado, juramento y muerte. Este se canta cuando los fieles besan la cruz expuesta en la mitad del templo, después de triple genuflexión:

“Venid o fieles, saludemos la madera vivificadora, sobre ella Cristo Rey de la Gloria voluntariamente extendió Sus manos, nos elevó a la primera gracia que nos robó por engaño el enemigo y nos hizo expulsados de Dios. Venid o fieles, saludemos a la madera, con ella logramos romper las cabezas de enemigos invisibles.

Venid todas las naciones, honremos con cánticos la cruz del Señor: Alégrate o Cruz al caído Adán perfecta liberación, a ti todos nuestros reyes alaban”…

Y he aquí otra testificación sobre lo mismo en el tercer versículo: “Hoy el Señor de toda creación y Señor de la gloria es clavado en la cruz… Y sufre todo por mi condenado. Mi Salvador y Dios, que salva al mundo del mal por Su bondad.”

Todos estos cánticos como también muchos otros en honor de la Cruz del Señor, en otros días de festividades de la Cruz del Señor, nos convencen que la redención del género humano del pecado, maldición y muerte es cumplida justamente por los sufrimientos en la cruz del Señor nuestro Jesucristo y Su muerte en la cruz por nosotros que heredamos “la maldición del Adán.”

“¡Gracias Señor a Tu honorable cruz!” nos enseña clamar por eso la Santa Iglesia.

  1. ¿Por qué se Necesitó para la Redenciónde la Gente el Sacrificio en la Cruz de Cristo?

La respuesta a esta pregunta nos dan numerosas sentencias de las Sagradas Escrituras y también la Sagrada Tradición en las personas de muchos Padres ortodoxos y maestros de la Iglesia de los primeros siglos del cristianismo. Con particular fuerza y en forma convincente revela nos esto San Atanasio el Grande Arzobispo de Alejandría, a quien llaman “Padre de la Ortodoxia,” y grandes maestros Universales y Santos — Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo.

Tal como atestigua la Palabra Divina en la persona de nuestro Creador-Señor “La Misericordia y la Verdad se encontraron; la Justicia y la Paz se besaron” (Sal. 84:11).

El Señor es infinitamente justo: Él es el Juez justo, lo que muy claramente atestigua la Palabra Divina: “Que es justo Yahvé y lo justo ama, los rectos contemplarán su rostro” (Sal. 10:7); “tú amas la justicia y odias la impiedad” (Sal. 44:8); “¡Justo eres tú, Yahvé, y rectitud tus juicios!” (Sal. 118:137); “Justicia eterna es tu justicia, verdad tu ley” (Sal. 118:142).

Y he aquí, según la ley incondicional de la Verdad Divina, para el hombre que pecó, en la persona de nuestros ancestros Adán y Eva, fue proclamada la justa sentencia que trajo la expulsión del Paraíso, privación del gozo y alegría de comunión con Dios, lo que para ellos era la maldición, y como consecuencia del pecado — la muerte.

Pero Dios no solo es justo en Su juicio: Él es: “clemente y compasivo, tardo a la cólera y lleno de amor” (Sal. 102:8); Él “es amor” (I Ju. 4:16), tal como enseña esto en forma extensiva y emocionada el discípulo amado de Cristo, San Juan el Teólogo.

¿Cómo se puede hacer coincidir en la obra de la redención del hombre caído lo uno con lo otro — perfecta Justicia y perfecto Amor?

El Sacrificio en la Cruz de Cristo resultó justamente tal coincidencia según la Sabia Todobondadosa e inconcebible para la limitada mente humana Providencia Divina, tal como siempre y en todas partes enseñaba esto la verdadera Iglesia de Cristo, guiada por los testimonios de Sagradas Escrituras e interpretaciones de Sus grandes Padres y Maestros.

Según Su ilimitado e inexpresable amor al hombre, el Señor podía simplemente perdonar al hombre caído, pero ¿dónde estaría entonces Su ilimitada justicia? — Sería entonces vulnerada. Y así en nombre de Su justicia, como la más clara y activa expresión de Su Amor Paterno hacia nosotros, gente caída, Señor Mismo toma sobre Sí el cumplimiento de la justa sentencia y muere en la cruz, después de crueles sufrimientos por nosotros, en la Persona del Amado Hijo Suyo, con el Cual Él, según la enseñanza de la Palabra Divina, es Uno (ver Ju. 10:30: “Yo y el Padre una cosa somos“) y “al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto los pecados” (Rom. 3:25).

La Palabra Divina claramente atestigua que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb. 9:22) y como la sangre de terneros y cabras en el Antiguo Testamento por sí sola no daba el perdón, — “no puede quitar los pecados” (Heb. 10:4), entonces Cristo-Salvador entró en el santuario no con sangre ajena, como lo hacían los sumo-sacerdotes del Antiguo Testamento, sino con Su Sangre… y adquirió una eterna redención (Heb. 9:12).

Así siempre enseñaban a los cristianos los Santos Apóstoles: “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (I Ju. 4:10).

Cristo fue muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (I Cor. 15:3).

Dice San Apóstol Pedro: “habéis sido rescatados no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (I Ped. 1:18-19). Aquí es una clara indicación que los sacrificados corderos del Antiguo Testamento eran protoimagenes del Sacrificio en la Cruz de Cristo-Salvador y por eso Él Mismo recibió el nombre del “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Ju. 1:29) o “del Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8), ya que el sacrificio por los pecados del mundo del Hijo de Dios estaba previsto en el preeterno Concejo Divino desde la creación del mundo.

Cristo padeció por nosotros… El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados” (I Ped. 2:21, 24).

Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne” (I Ped. 3:18).

Aclarando el significado del Sacrificio en la Cruz de Cristo, por fin, San Atanasio el Grande dice: “Como se debía, por fin, a toda la gente pagar su deuda (la deuda consistía en que toda la gente era mortal, lo que era la causa de la llegada de Jesucristo a la tierra); por eso Él, habiendo demostrado Su Deidad con Sus acciones, entregó en sacrificio a la muerte por toda la gente el templo de Su Cuerpo. Para que, por un lado, hacer a todos no culpables y libres del viejo delito (o sea del pecado primordial de Adán que pesaba sobre toda la gente), por otro lado, — revelar a Sí Mismo vencedor de la muerte e incorruptibilidad de Su Cuerpo transformar en el comienzo de la resurrección universal… La muerte era imprescindible: era necesaria la muerte por toda la gente, ya que era necesario el pago de la deuda común que pesaba sobre toda la gente. Para esta finalidad el Verbo, inmortal por Su naturaleza, tomó la carne mortal, para a ella como Su carne sacrificar por toda la gente y para sufrir con la carne la muerte por todos. (Sobre la encarnación 20).

De la misma manera como sobre “el pago de la deuda” o “rescate” enseña sobre el Sacrificio de la Cruz de Cristo también San Basilio el Grande.

“Entonces como nadie de los hombres, según la palabra de las Escrituras, podía “redimirse ni pagar a Dios por su rescate” (Sal. 48:8) para lograr la clemencia de Dios, ya que todos eran culpables del pecado, tal precio de redención por las almas de todos apareció la santa y preciosa Sangre de nuestro Señor Jesucristo vertida por ellos. ¿Por qué? Porque Él no era un simple hombre, sino el que sobrepasa por Su ser a los hombres — Dios-hombre, y además por Su parte humana completamente sin pecado, por eso no necesitaba dar a Dios el rescate por la redención de Su Alma y Él Mismo podía dar y dio tal rescate por otros apareciendo según la palabra del Apóstol, “Tal pontífice nos convenía: santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores…Que no tiene necesidad cada día, como los otros sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus pecados, y luego por los del pueblo” (Heb. 7:26-27; 9:7) (Interpretación del Salmo 48:8-9).

Y así habla San Gregorio el Teólogo: “Cristo es llamado “liberación” (I Cor. 1:30) como el que libera a nosotros prisioneros del pecado, como el que da a Sí Mismo por nosotros como redención y sacrificio purificador por el universo (Palabra sobre la Teología 4).

“Por cada nuestra deuda está dado Aquel que es más alto que nosotros… Para eso árbol por el árbol y manos por la mano; manos extendidos con coraje, por la mano extendida sin contención; manos clavados por la mano insubordinada; manos que unen en uno los confines del mundo, por la mano que expulsó a Adán. Para eso elevación sobre la cruz por la caída, bilis — por haber saboreado, la corona de espinas por mala gobernación, la muerte por la muerte (Palabra 3).

También San Juan el Crisóstomo subraya que el sacrificio en la Cruz de Cristo-Salvador no era otra cosa que “el pago de la deuda” por los pecados de los hombres:

“Imagínate que a una persona alguien debe diez óbolos y él encarcela al deudor junto con su esposa, hijos y sirvientes; pero llega otro quien no solo paga aquellos diez óbolos, sino además regala diez mil talentos de oro, lleva al prisionero al palacio real, lo sienta en un lugar de honor y colma de honras y distinciones, entonces el que prestó diez óbolos se olvida de ellos.

¡Con nosotros pasó igual! Cristo pagó mucho más de lo que debíamos: Su pago en comparación con la deuda es como el mar sin medida con una gota pequeña. Así, no dudes hombre, viendo tal riqueza de bienes; no tengas curiosidad para saber cómo fue apagado el destello de la muerte y el pecado, cuándo fue vertido un mar de dones de gracia (sobre la epístola a los Romanos charla X, 2).

“¡Para nivelar a los pecados, Él voluntariamente murió! ¿Por qué, sin embargo, se dice “elevó”? Para definir la Cruz, porque sobre ella fue clavado el pecado: con la cruz fueron resueltos los pecados” (Sobre Isaías, cap. 53).

“Vamos a llevar la cruz de Cristo como una corona. Todo lo que se refiere a nosotros se produce por medio de la cruz: si es necesario el renacimiento, aparece la cruz; si estamos alimentados con aquel Misterioso Alimento, o por imposición de las manos elevados a la dignidad eclesiástica, o para algo otro, ¡en todo caso está el símbolo de nuestra victoria! Por eso con particular preocupación la dibujamos en nuestra vivienda, sobre las paredes, puertas, frentes y en la mente. Es — el signo de nuestra salvación y libertad para todos y demostración de la misericordia de nuestro Señor: “como un cordero al degüello era llevado,” (Isaías 53:7). Por eso te proteges con el signo de la cruz, piensa en tu mente sobre todo el significado de la cruz, apaga tu ira y también otras pasiones. Cuando haces el signo de la cruz sobre ti, llena tu mente con gran atrevimiento, haz libre tu espíritu. Que sepan, en todo caso, qué es lo que nos da la libertad.”

Por eso también Pablo, incitando nos a la libertad a la que tenemos derecho, enseña así, recordando la cruz y la Sangre del Señor: “Por precio sois comprados; no os hagáis siervos de los hombres” (I Cor. 7:23). Piensa, dice, sobre aquel precio que fue pagado por ti y no seas esclavo de ninguna gente. Precio él llama la Sangre vertida sobre la cruz. No simplemente con los dedos se debe tratarla, sino ante todo, con la disposición del corazón con gran fe; y cuando así está marcado sobre tu rostro, ninguno de los impuros demonios quedará cerca de ti viendo la espada con la cual le dieron el golpe, viendo el cuchillo del cual recibió la herida mortal.” (Palabra de cómo no hay que avergonzarse de glorificar la Honorable Cruz — Obras, tomo III, pag. 916-917).

La Cruz es la salvación de la Iglesia. La Cruz es liberación nuestra de los males que nos aprisionaban y el comienzo de los bienes que nos dieron, la cruz — es reconciliación con Dios de sus enemigos y vuelta de los pecadores a Cristo… Con la Cruz estamos liberados de la violencia del diablo y con la cruz estamos liberados de la muerte y perdición. La cruz unió a la gente con los ángeles, haciendo su naturaleza ajena a la corrupción y dándoles la posibilidad de llevar una vida incorrupta. Antes de la Cruz fuimos ajenos al Paraíso, en cambio con la aparición de la cruz el ladrón fue hecho digno del Paraíso.

¡O, gran fuerza de la cruz! Cristo está sobre la cruz — y diablo está muerto; Cristo está clavado sobre la cruz — y toda alma está liberada de lazos” (Palabra para la Elevación — tomo VIII, pag. 804).

Así, ¡en qué está el gran significado del Sacrificio en la Cruz de Cristo para nosotros según la enseñanza de la Palabra Divina y los más grandes Padres de nuestra Iglesia Ortodoxa-Cristiana!

¡Inclinémonos con humildad y veneración ante este gran Misterio de la Redención nuestra del pecado, maldición y muerte, tal como enseña nuestra Santa Iglesia con un amor agradecido a Dios-Salvador nuestro, en profunda conciencia emocionada que en el mundo no hay nada que podría ser comparado con tal amor de Dios hacia nosotros, pecadores caídos, que es unido sabiamente con Su Divina justicia!

¡Gloria, Señor, a Tu honorable Cruz!

  1. La Cruz — Poder de los Reyes.

La Cruz — “poder de los reyes,” la cruz — invencible victoria de la piedad, la cruz — arma invencible; con estas palabras y expresiones la Santa Iglesia glorifica a la Cruz, “sobre ella se crucificó Cristo — Rey y Señor,” en el solemne día de la festividad de Elevación Universal.

Y que estas no son solo palabras, sino la realidad, claramente testifica gran acontecimiento del año 312 d.C. — un maravilloso signo en los cielos que definitivamente convirtió al Emperador del antiguo y pagano Imperio Romano, Constantino el Grande, en un profundo creyente cristiano y no solo puso fin a terribles persecuciones de los cristianos que habían durado tres siglos. También dio comienzo a la paulatina cristianización de todo el Imperio.

Cómo aconteció todo, relata detalladamente un famoso historiador de la iglesia, Eusebio Pamfilo, en su “Primer libro sobre la vida del beato Rey Constantino.” Él, ante todo, relata sobre el padre del Emperador Constantino, Constancio Floro, quien estaba bien dispuesto hacia el cristianismo y no quería perseguir a los cristianos, tal como pasaba con sus antecesores Diocleciano, Maximiano y Maxentio.

Después de la muerte de su padre los ejércitos nombraron a Constantino Augusto. “Afirmado en el reino, Constantino enseguida se ocupó de su herencia, visitó las regiones que estaban bajo el poder de su padre y con gran humanidad las gobernó. Además de esto, sometió a las tribus bárbaras que vivían sobre bordes de Rin y sobre la costa occidental del océano. A los que intentaron levantarse hizo pacíficos y a otros que parecían animales salvajes venció, pero viendo que no tenían capacidad de aceptar las reglas pacíficas de la vida, expulsó de los límites de su imperio. Luego él se representó a todo el universo como un gran cuerpo y viendo que la cabeza de este cuerpo — la ciudad real del Imperio Romano, sufre una dura esclavitud de un tirano, primero encargó la defensa a los gobernadores de otras partes del imperio como personas de mas edad (Galerio, Maximiano y Maximino, entre los cuales entonces estaba dividido en 4 partes el Imperio Romano). Pero cuando ninguno de ellos pudo ayudar a Roma y hasta terminaban sus esfuerzos en forma vergonzosa, Constantino dijo que no puede vivir hasta que la ciudad real queda bajo el peso de desastres —y comenzó los preparativos para destruir al tirano.” (cap. 22, 25 y 26).

Mientras tanto, el tirano mismo Maxentio que estaba en Roma viendo en el Constantino un peligroso rival, le declaró la guerra. “Las fuerzas de Constantino eran mas débiles que las de sus enemigos. El sintió que necesita ayuda desde lo alto y la buscó. El comenzó a pensar a qué dios llamar para ayuda. Con esto pensó que no pocos reyes al poner su esperanza en muchos dioses se engañaron y terminaron mal sus obras y que su padre Constancio toda su vida veneraba al Único Alto Dios y tenía signos de Su protección y así se convenció que se debe honrar a Dios de su padre” (cap. 27).

“Y comenzó a llamar a El y pedir y rogar que le apareciera, le enseñara sobre El y le extendiera Su mano. Constantemente elevando sus oraciones y pedidos, el Rey obtuvo el muy sorprendente signo enviado por Dios; de manera que era hasta difícil de creer, si contaba alguien otro. Pero a nosotros nos convencía con juramento el mismo Rey victorioso, cuando mucho tiempo después lo conocimos y hablamos con él escribiendo este libro; por eso ¿quién dudaría de la verdad de lo dicho? — mas todavía ¡cuando el tiempo subsiguiente fue testigo de su verdad!”

“Una vez, en horas de mediodía, cuando el sol comenzó a inclinarse hacia el occidente — decía el Rey — vi con mis propios ojos formado por la luz el signo de la cruz sobre el sol con la inscripción “¡Con esto vence!”

Esta visión causó pavor tanto a él mismo como también a todo el ejército, que lo seguía no sabiendo adónde, y seguía viendo el milagro revelado” (cap. 28).

Esto pasó el 28 de octubre de 312, cuando Constantino con el ejército iba contra Maxentio, encerrado en Roma. Esta milagrosa visión de la cruz en pleno día atestiguada por muchos escritores contemporáneos en base a palabras de los testigos.

Es particularmente importante el testimonio del confesor Artemio ante Julián el Apóstata, al cual durante el interrogatorio Artemio decía: “Cristo desde lo alto llamó a Constantino cuando éste hacía la guerra contra Maxentio, mostrándole a mediodía el signo de la cruz, que radiante brillaba sobre el sol y con letras romanas parecidas a estrellas profetizaba la victoria en esta guerra. Estando allí, vimos este signo y leímos las letras, lo vio todo el ejército: muchos testigos de esto están en tu ejército también si solo tu desearas preguntarles” (Ver Historia de Filostorgio, 45).

“Constantino, sin embargo, estaba perplejo y se decía: “¿Qué puede significar semejante visión?” Mientras él pensaba y razonaba — se hizo noche. Entonces en sueño le apareció Cristo Dios con la visión que se vio en el cielo y ordenó hacer un estandarte semejante a lo que se vio en el cielo y usarlo para la protección contra los enemigos” (cap. 29).

“Al levantarse la mañana siguiente Constantino relató a sus amigos este misterio y luego, llamando a los maestros que sabían trabajar con oro y piedras preciosas, se sentó entre ellos y después de describir la imagen del signo les ordenó de hacer una igual de oro y piedras preciosas. Este estandarte — dice Eusebio — lo vimos con nuestros ojos” (cap. 30).

“Tenía siguiente aspecto: sobre una larga lanza cubierta de oro fue fijada una barra transversal que formaba con la lanza el signo de la cruz. Arriba, sobre la punta de la lanza estaba fijada un corona de oro y piedras preciosas y sobre ésta — el símbolo de nombre salvador: dos letras indicaban el nombre de Cristo: XP (indicada por los trazos de la X, de cuyo medio salía la letra P). [Hay que aclarar que en ruso X=J y P=R. El nombre de Cristo en ruso es JRISTOS.] Estas letras el rey tenía costumbre de llevar sobre su yelmo. Luego sobre la barra transversal colgaba un fino y blanco trozo cuadrado de tela de rey cubierta de distintas piedras preciosas y que brillaba con rayos de luz. Bordado de oro parecía a los que lo veían inexpresablemente hermoso. Sobre la lanza debajo del signo de la cruz colgaba una representación de oro del Rey amado por Dios y de sus hijos.

El rey usaba este estandarte salvador para vencer a la fuerza enemiga contraria y ordenó en todos los ejércitos llevar estandartes semejantes” (cap. 31).

“Sobrecogido por la santa visión y decidido de no honrar a ningún otro dios además del visto, Constantino llamó a los portadores de Su palabra y les preguntó ¿Quién es este Dios y qué significado tiene el signo visto? Ellos respondieron que aquel Dios es el Hijo Unigénito de único Dios y el signo visto — es el símbolo de inmortalidad y solemne signo de la victoria sobre la muerte que tuvo El cuando había venido a la tierra. Luego revelando en detalle la enseñanza sobre la encarnación, ellos explicaron a Constantino también la causa de Su venida” (cap. 32). Así comenzó la revelación de la nueva religión cristiana al Emperador, antes pagano, y en la cual él comenzó a profundizar cada vez más, como relata Eusebio.

“Constantino aprendía de sus palabras y, teniendo ante su vista el milagro de la Aparición Divina y comparando la visión celestial con la explicación de palabra, se afirmaba cada vez más en sus pensamientos. Estaba convencido que el conocimiento de todo esto le es enviado de lo alto y hasta comenzó a leer los Escritos Divinos. Además, ordenó que lo acompañen los sacerdotes de Dios — pensando que a Dios que él vio hay que honrar con todos los medios de servicio.

Protegido así por esperanza buena en Él, él se apresuró al final de apagar el fuego del tirano (cap. 32).

Habiendo llamado a Dios de todos y como Salvador y Ayuda a Su Cristo, Constantino con el estandarte de la victoria salió con el ejército contra Maxentio que se fortificó en Roma. Con la Fuerza de Dios, Emperador Constantino obtuvo una brillante victoria sobre el tirano Maxentio, que hacía en Roma actos deshonestos y malvados. Huyendo, el tirano fue tirado desde el puente de Milvian al Tiber y se ahogó a 15 km. de Roma. Agradeciendo a Dios el vencedor solemnemente entró en la ciudad imperial, donde lo recibían “con caras y corazones alegres, con bendiciones y inexpresable gozo. Familias enteras con sus esclavos en voz alta y sin contención lo proclamaban como su libertador, salvador y bienhechor. El en posesión de una innata piedad, no se vanagloriaba con estas exclamaciones y lisonjas, sino teniendo presente la ayuda de Dios, enseguida elevó una oración de agradecimiento al Dador de la victoria” (cap. 39).

Con monumentos populares y escritos el Emperador Constantino hizo saber a toda la gente la fuerza del salvador estandarte de Cristo. “En medio de la ciudad imperial él elevó a este sagrado estandarte y escribió en forma definitiva e imborrable que este salvador estandarte es el protector del Imperio Romano y de todo el reino. Y cuando en el lugar mas poblado de Roma colocaron su estatua — él inmediatamente ordenó fijar en la mano de su imagen aquella alta lanza en forma de la cruz y escribir en latín la siguiente leyenda: “Con este salvador estandarte, un verdadero testimonio de coraje, salvé y liberé vuestra ciudad de yugo del tirano y después de la liberación devolví al senado romano y el pueblo la libertad, el brillo anterior y la fama” (cap. 40).

Después el Emperador Constantino y sus guerreros muchas veces experimentaban la ayuda y la fuerza de la Cruz del Señor. Como atestigua Eusebio, “donde el estandarte de la cruz aparecía, allí los enemigos huían y los vencedores los perseguían. Cuando el Emperador lo supo, ordenó llevar el estandarte salvador como un medio real de la victoria, donde veía alguna de sus huestes debilitada. La victoria enseguida se reconstituía, ya que a los que luchaban fortificaba la fuerza enviada desde lo alto” (Lib. II, cap. 7).

“Por eso a aquellos de sus escuderos que se distinguían por la fuerza física, fuerza del alma y carácter piadoso, Constantino ordenó estar sirviendo solo a este estandarte. Tales hombres había no menos de cincuenta, y ellos no tenían otra obligación que estar parados alrededor del estandarte o seguirlo como guardia cuando cada uno por turno lo llevaba sobre sus hombros.” Al escritor de estos acontecimientos relataba el Emperador mismo y a su relato agregó el siguiente acontecimiento recordado (Lib. II, cap. 8):

“Una vez, en plena batalla, en el ejército se produjo gran confusión y ruido. En ese tiempo el que llevaba el estandarte sobre sus hombros sufría mucho de cobardía y pasó su carga a otro para huir del campo de la batalla. Cuando uno tomó el estandarte y el otro se alejó y estaba fuera de la guardia del estandarte — una flecha lo hirió en el abdomen y él cayó muerto, recibiendo el castigo por la cobardía y falta de fe. Por el contrario, para aquel que tomó el estandarte salvador, éste le conservó la vida de manera que a pesar de muchas flechas que mandaban a él — quedaba intacto; todos los golpes recibía la lanza del estandarte” (Lib. II, cap. 9).

Con la fuerza de la Cruz del Señor, el Emperador Constantino venció luego al Liquinio que luchaba contra el cristianismo, a los Escitas y a los Sarmatas (Lib. II, cap. 12, 16 y 17; lib. IV, cap. 5 y 6). De manera que la cruz que era el instrumento, entre los paganos, del suplicio deshonroso se tornó con Emperador Constantino el estandarte de la victoria — solemne victoria del cristianismo sobre el paganismo y objeto de la más profunda veneración.

Con el edicto de Milán en el año 312 el Emperador Constantino permitió a todos sin inconvenientes abrazar el cristianismo.

Con el edicto del año 313 se ordenaba devolver a los cristianos lugares de reuniones religiosas y todas las posesiones inmobiliarias que fueron confiscadas durante las persecuciones.

En el año 314 Emperador Constantino prohibió los juegos paganos, luego liberó a los sacerdotes de funciones cívicas y las propiedades de la iglesia de impuestos comunes; suprimió la ejecución por crucifixión y emitió una severa ley contra los judíos que se levantaban contra la Iglesia Cristiana (313-314); permitió la liberación de los esclavos en las iglesias sin particulares trámites que eran muy engorrosas en los juzgados civiles (316), prohibió a personas particulares de hacer sacrificios a los ídolos y usar el adivinamiento en casa, dejando este derecho solo a las sociedades (319); dio la orden para todo el Imperio Romano de festejar el domingo (321); abolió las leyes existentes entre los romanos contra la soltería y protegió a cristianos y cristianas que daban el voto de castidad; dejó a la Iglesia el derecho de recibir propiedades por testamento; permitió a los cristianos de ocupar altos puestos gubernamentales; ordenó construir libremente templos cristianos y prohibió colocar en ellos, según la costumbre en templos paganos, las estatuas o imágenes imperiales (325).

Así se ve con que poder invencible se manifestó la fuerza de la Cruz de Cristo transformando el enorme mundo pagano en un imperio cristiano y a sus reyes — en fieles guardianes de la Iglesia y la piedad cristiana. Y todos los intentos de hacer renacer el paganismo y en una u otra forma vulnerar al verdadero cristianismo, invariablemente terminaban en derrota. El Emperador Constantino fue declarado Santo por la Iglesia y llamado “Igual a los Apóstoles.”

La fuerza de la Cruz del Señor vencía y el verdadero cristianismo festejaba la victoria sobre sus enemigos. Es por eso insensato y criminal negar esta fuerza Divina.

  1. Qué dice la Palabra de Dios y Santos Padres sobre el Misterio de la Redención.

¿Qué decía el Mismo Señor Jesucristo?

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en El creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Ju. 3:14-15; comp. Num. 21:8-9).

El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:28).

Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo: si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Ju. 6:51).

Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado” (Luc. 22:19).

Esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mat. 26:28). “Si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, él solo queda; mas si muere, mucho fruto lleva” (Ju. 12:24). “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo” (Ju. 12:32).

Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones” (Luc. 24:46-47). “Os es necesario que yo vaya: porque si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si yo fuere, os le enviaré” (Ju. 16:7).

¿Qué decían sobre el Sacrificio en la Cruz de Jesucristo los profetas del Antiguo Testamento?

El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado.” (Is. 53:5-7); “por las rebeldías de su pueblo ha sido herido” (8). “se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes” (12).

Perros innumerables me rodean, una banda de malvados me acorrala como para prender mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran (Sal. 21:17-18).

¿Qué decía Juan el Bautista? “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Ju. 1:29).

¿Qué decían los Apóstoles?

San Apóstol Juan en su Evangelio mencionando el concejo que dio Caiafa a los judíos sobre Jesucristo: “nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda” (Ju. 11:50), luego agrega el Apóstol: “esto no lo dijo de sí mismo; sino que, como era el sumo pontífice de aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por aquella nación, mas también para que juntase en uno los hijos de Dios que estaban derramados” (51-52).

En su epístola san Apóstol Juan dice: “La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado” (I Ju. 1:7).

En Apocalipsis san Apóstol Juan escribe: “Los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero, y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apoc. 5:8-9).

De Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre” (Apoc. 1:5).

San Apóstol Pedro prescribe a los cristianos: “Conversad en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación, sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra vana conversación, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (I Ped. 1:17-19).

Pues que también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que vosotros sigáis sus pisadas… El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados” (2:21, 24). “porque también Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (3:18).

San Apóstol Pablo dice: “Primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo fue muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (I Cоr. 15:3). “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor suave” (Efic. 5:2). “Cristo fue ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos” (Heb. 9:28). “El cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4:25). “Al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Rom. 3:25). “Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, mas por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención” (Heb. 9:12-14).

Todos estos textos de la Palabra de Dios claramente atestiguan que nuestra redención la cumplió Cristo-Salvador con Su Sangre, vertida por pecados nuestros y con la muerte en la Cruz.

¿Cómo enseñaban los Hombres Apostólicos?

San Barrabas dice: “Vamos a creer que el Hijo de Dios no podía sufrir sino solo por nosotros… por nuestros pecados El quiso sacrificar la vasija del espíritu” (Epíst. VII), “tal como Abraham quiso sacrificar a Isaac” (Epíst. V).

San Clemente Romano dice: “Vamos a mirar al Señor Jesucristo, Cuya Sangre fue dada por nosotros; vamos a mirar con atención a la Sangre de Cristo y razonar cuán preciosa es Su Sangre ante Dios, cuando vertida para nuestra salvación trajo para todo el Mundo la gracia de la penitencia” (Epíst. a los Corintios 1:21).

San Ignacio Portador de Dios dice: “Cristo murió por vosotros, creyendo en Su muerte, vosotros os salvasteis de la muerte” (Epíst. a los Tral. 2).

San Policarpo de Smirna dice: “El sufrió por nuestros pecados la misma muerte… todo lo sufrió por nosotros para que vivamos en El” (Epíst. a los Filip. 1:8).

¿Cómo enseñaban los maestros cristianos de los siglos 2 y 3?

El hombre que escribió una epístola a Diógenes le escribe: “Dios dio a Su propio Hijo como rescate por nosotros, al Santo por los impíos, al Justo por los injustos, al Inocente por los culpables, al Incorrupto por los corruptos, al Inmortal por los mortales” (Epíst. a Diógenes IX).

San mártir Justino escribe: “Cristo, por la voluntad del Padre, se hizo hombre para salvar a los que creen en El y fue sometido a la denigración y sufrimientos para con la muerte y la resurrección vencer a la muerte (Apolog. I, 63).

San Irineo de Lyon escribe: “Cristo redimió a nosotros con Su Sangre y rindió Su alma por nuestras almas, y Su carne por nuestra carne” (Contra las herejías V, 1).

Tertuliano escribe: “Cristo quiso nacer de la carne en la carne para con Su nacimiento reformar nuestro nacimiento y con Su muerte destruir nuestra muerte” (Contra Marc. III, 9).

San Cipriano de Cartagena escribe: “Cristo nos otorgó esta gracia, dio a nosotros el don de Su misericordia, venciendo a la muerte con Su cruz, redimiendo a los creyentes con el precio de Su Sangre, reconciliando al hombre con Dios Padre, vivificando con el renacimiento celestial” (Prin. Demetrio 25).

¿Cómo enseñaban los grandes Padres de la Iglesia del siglo 4?

San Atanasio el Grande, Arzobispo de Alejandría, escribe: “Como se debía, por fin, a toda la gente pagar su deuda (la deuda consistía en que toda la gente era mortal, lo que era la causa de la llegada de Jesucristo a la tierra); por eso El habiendo demostrado Su Deidad con Sus acciones, entregó en sacrificio a la muerte por toda la gente el templo de Su Cuerpo. Para que, por un lado, hacer a todos no culpables y libres del viejo delito, por otro lado, — revelar a Sí Mismo vencedor de la muerte e incorruptibilidad de Su Cuerpo transformar en el comienzo de la resurrección universal… La muerte era imprescindible: era necesaria la muerte por toda la gente, ya que era necesario el pago de la deuda común que pesaba sobre toda la gente. Para esta finalidad, el Verbo, inmortal por Su naturaleza, tomó la carne mortal, para a ella como Su carne sacrificar por toda la gente y para sufrir con la carne la muerte por todos” (Sobre la encarnación 20).

Y así habla San Gregorio el Teólogo: “Cristo es llamado “liberación” (I Cor. 1:30) como el que libera a nosotros prisioneros del pecado, como el que da a Sí Mismo por nosotros como redención y sacrificio purificador por el universo” (Palabra sobre la Teología 4). “Por cada nuestra deuda está dado Aquel que es más alto que nosotros… Para eso árbol por el árbol y manos por la mano; manos extendidos con coraje, por la mano extendida sin contención; manos clavados por la mano insubordinada; manos que unen en uno los confines del mundo, por la mano que expulsó a Adán. Para eso elevación sobre la cruz por la caída, bilis — por haber saboreado, la corona de espinas por mala gobernación, la muerte por la muerte” (Palabra 3).

San Cirilo de Jerusalén: “Fuimos enemigos a causa del pecado, y Dios designó la muerte para el pecador. ¿Cuál de los dos debía ser: según la justicia se debía matar o por amor al hombre vulnerar el designio? Pero observa la sabiduría Divina: El conservó la verdad del designio; y la fuerza del amor al hombre. Elevó Cristo “nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (I Ped. 2:24)” (Enseñanza XIII, 33).

“Y no te extrañes que esté redimido todo el mundo ya que murió por él no un hombre común sino el Hijo de Dios Unigénito. El pecado de un hombre Adán tenía tanta fuerza que trajo muerte al mundo. Si la muerte reinaba en el mundo “por un delito” (Rom. 5:18), entonces mas todavía ¿con la verdad de Uno no reinará la vida? Y si entonces por el árbol, del cual comieron, fueron expulsados del paraíso, ¿no sería útil ahora a través del árbol de Jesús entrar para los creyentes al paraíso? Si el primer-creado de la tierra trajo la muerte universal, ¿no traería la vida eterna El que creó al hombre de la tierra, cuando El Mismo es vida? Si Finees, siendo celoso y habiendo asesinado al que pecaba, paró la ira de Dios (Num. 25:8), entonces Jesús, Quien dio la muerte no a otro que a Sí Mismo como precio de redención ¿no podrá saciar la ira contra los hombres? (2 Tim. 2:6)” (Enseñanza 2).

“No era poco importante El que murió por nosotros; no era el Cordero sensible, no un hombre común, no solo Ángel, sino Dios Encarnado. No era tan importante la culpa de los pecadores, como era importante la verdad de Aquel que murió por ellos. No pecamos tanto, cuanto hizo de la verdad El que puso Su Alma por nosotros, y de nuevo, cuando quiso la retomó” (Enseñanza XIII, 33).

San Basilio Grande dice: “Entonces como nadie de los hombres, según la palabra de las Escrituras, podía “redimirse ni pagar a Dios por su rescate” (Sal. 48:8) para lograr la clemencia de Dios, ya que todos eran culpables del pecado, tal precio de redención por las almas de todos apareció la santa y preciosa Sangre de nuestro Señor Jesucristo vertida por ellos. ¿Por qué? Porque El no era un simple hombre, sino el que sobrepasa por Su ser a los hombres — Dios-hombre, y además por Su parte humana completamente sin pecado, por eso no necesitaba dar a Dios el rescate por la redención de Su alma y El Mismo podía dar y dio tal rescate por otros apareciendo según la palabra del Apóstol: “Tal pontífice nos convenía: santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores…Que no tiene necesidad cada día, como los otros sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus pecados, y luego por los del pueblo” (Heb. 7:26-27; 9:7) (Interpretación del Salmo 48:8-9).

San Juan Crisóstomo dice: “Imagínate que a una persona alguien debe diez óbolos y él encarcela al deudor junto con su esposa, hijos y sirvientes; pero llega otro quien no solo paga aquellos diez óbolos, sino además regala diez mil talentos de oro, lleva al prisionero al palacio real, lo sienta en un lugar de honor y colma de honras y distinciones, entonces el que prestó diez óbolos se olvida de ellos. ¡Con nosotros pasó igual! Cristo pagó mucho más de lo que debíamos: Su pago en comparación con la deuda es como el mar sin medida con una gota pequeña. Así, no dudes hombre, viendo tal riqueza de bienes; no tengas curiosidad para saber cómo fue apagado el destello de la muerte y el pecado, cuándo fue vertido un mar de dones de gracia” (Sobre la epístola a los Romanos charla 10, 2).

“Cristo, por Su lado, murió por todos para salvar a todos, y esta muerte coincide completamente con la pérdida de todos, pero no destruyó los pecados de todos ya que ellos mismos no lo quisieron” (Sobre la epístola a los Hebreos, charla 17, 2).

“¿No sería la causa, por la cual El (Cristo) fue entregado a la muerte, que odiaba pecados? Para nivelarlos (pecados), El voluntariamente murió. ¿Por qué, sin embargo, está dicho “elevó” o “elevará”? Para indicar a la cruz, ya que sobre ella fue clavado en la cruz el pecado: con la cruz fueron perdonados los pecados” (Interpretación del prof. Isaías, cap. 53).

“De cuantos bienes se hizo culpable para nosotros la cruz de Cristo, con la fuerza del Crucificado sobre ella hizo tantos cambios… ella se tornó para nosotros no causa de sufrimientos, sino la liberación de sufrimientos… La cruz es la salvación de la Iglesia… La cruz — es la liberación nuestra de los males que nos aprisionaban y el comienzo de los bienes que nos fueron otorgados, la cruz — es la reconciliación con Dios de Sus enemigos y la conversión a Cristo de los pecadores… Con la cruz estamos liberados de la violencia del diablo y con la cruz estamos salvados de la muerte y perdición. La cruz unió a los hombres con los ángeles, haciendo su naturaleza ajena a toda corrupción y ofreciendo la posibilidad de llevar una vida incorrupta… Antes de la cruz estuvimos ajenos al paraíso, en cambio con la aparición de la cruz en seguida el ladrón fue hecho digno del paraíso. ¡O, gran fuerza de la Cruz! De tales tinieblas la cruz nos llevó hacia la luz sin ocaso, de la muerte nos llamó a la vida eterna, de la corrupción nos hizo renacer a la incorruptibilidad. En realidad, ¿qué bien recibimos no de la cruz, qué gracia nos es otorgada no a través de la cruz?.. Cristo pende de la cruz — y el diablo es muerto; Cristo es clavado a la cruz — y toda alma es liberada de lazos” (Palabra para la Elevación de la cruz, t. VIII, pág. 864).

San Efrén Siríaco dice: “Por nosotros sufrió el valiente Señor, por nosotros crucificado el Único Sin Pecado… por nosotros impuros es muerto Cristo Salvador nuestro” (Palabra sobre el sufrimiento del Salvador).

San Atanasio el Grande habla particularmente sobre el por qué la redención nuestra se produjo a través de la crucifixión del Señor nuestro Jesucristo en la cruz: “¿Por qué el Señor sufrió no cualquier otra muerte sino la de la cruz? El que hace esta pregunta que sepa que ésta, justamente, podía ser salvadora para nosotros y a ésta sufrió el Señor para nuestra salvación. Ya que si El vino para llevar sobre Sí Mismo el juramento que estaba sobre nosotros, entonces ¿con qué otro modo podía ser Él el juramento si no sufría la muerte que estaba bajo el juramento? Y tal muerte es la muerte sobre la cruz, ya que está escrito: “Maldito cualquiera que es colgado en madero” (Gal. 3:13). En segundo lugar, si la muerte del Señor es la redención de todos, si con ella se destruyen los obstáculos y se produce el llamado a los pueblos (Ef. 2:14), entonces, ¿cómo podría El llamarnos a Su Padre si no se crucificaría en la Cruz? Ya que solo sobre la cruz se puede morir con los brazos abiertos” (Sobre la encarnación 25).

San Juan el Damasceno — padre de nuestra teología dogmática, al final del siglo 8 escribía: “Él muere, recibiendo por nosotros la muerte y por nosotros Se sacrifica para el Padre. Nosotros pecamos ante el Padre y El debía recibir el preció de redención por nosotros para así liberarnos de la condena. Pero no al verdugo del género humano es ofrecida la Sangre del Señor” (Exposición exacta de la fe, cap. 27).

De todo lo arriba mencionado está claro que la redención nuestra es cumplida por el Señor Jesucristo a través del derrame de la preciosa Sangre de El por nosotros como Cordero de Dios que toma el pecado del mundo a través de Su muerte sobre la Cruz.

Todo esto está marcado en nuestro Servicio Religioso. Así en el tropario de 6ª hora de Cuaresma se canta:

“En el sexto día y hora clava en la cruz el atrevido pecado de Adán…,” en cambio en el Viernes Santo se canta el tropario: “Redimiste nos del juramento de la ley con Tu honorable Sangre, clavado en la cruz y traspasado por la lanza, vertiste la inmortalidad a los hombres. ¡Salvador nuestro, gloria a Ti!”

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Folleto Misionero # S32

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Editor: Obispo Alejandro (Mileant)