Guía para el Estudio de los Cuatro Evangelios

Guia

Para el Estudio

De los Cuatro Evangelios

 

 

Arzobispo Averky (Tauchev 1906-1976)

Primera Parte

La Venida de Nuestro Señor

Jesucristo al Mundo.

 

El prólogo del Evangelio: su autenticidad y propósito.

(Lc 1:1-4; Jn 20:31)

Los cuatro versículos iniciales del primer capítulo del Evangelio de san Lucas pueden ser considerados como el Prólogo de los Cuatro Evangelios. En ellos el santo Evangelista habla de “la rigurosa investigación efectuada sobre todo” lo transmitido por él y señala el propósito con el cual fueron escritos los Evangelios: “conocer el sólido fundamento de las enseñanzas cristianas.” A este propósito san Juan el Teólogo añade en su Evangelio (Jn 20:31): “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y creyendo tengáis vida en su nombre“.

Como es evidente en el prólogo de san Lucas, él asumió la tarea de escribir su Evangelio pues para ese tiempo habían aparecido muchos relatos similares, pero carentes de autoridad y cuyo contenido no era muy satisfactorio. Él consideró que su deber era confirmar en la Fe al excelentísimo Teófilo y simultáneamente, claro está, a todos los cristianos en general. Por ello escribió un relato sobre la vida de Nuestro Señor Jesucristo verificando cuidadosamente toda la información proveniente de las palabras de los “testigos oculares y servidores del Verbo.” Debido a que san Lucas era uno de los setenta discípulos de Cristo le resultaba imposible ser testigo de todos los hechos, tales como el nacimiento de Juan el Bautista, la Anunciación, el Nacimiento de Cristo, la Presentación de Nuestro Señor en el Templo. Es indudable que una significativa parte del contenido de su Evangelio se basa en las palabras de testigos oculares, es decir, se fundamenta en la Tradición, tan categóricamente rechazada por los protestantes y los sectarios. El principal y mas importante testigo de los mas tempranos eventos de la historia de los Evangelios fue ciertamente, la Santísima Virgen María. No en vano san Lucas destaca en dos oportunidades que Ella mantenía el recuerdo de todos estos sucesos guardándolos en su corazón (Lc 2:19 y 2:51).

No cabe duda de que la preeminencia del Evangelio de san Lucas sobre los otros escritos existentes, anteriores al suyo, se basa en que él escribía solamente luego de un exhaustivo examen de los hechos y del seguimiento de una estricta secuencia de eventos. Esta preeminencia es compartida por los otros tres Evangelistas, ya que dos de ellos, Mateo y Juan, pertenecían a los doce discípulos originales de Cristo, ellos mismos fueron testigos y servidores del Verbo; mientras que Marcos, escribió basándose en las palabras del discípulo más cercano a Cristo, testigo cierto y verdadero participante en los sucesos del Evangelio: el Apóstol Pedro.

El objetivo señalado por san Juan surge con particular claridad en su Evangelio, en el que abundan los testimonios jubilosos acerca de la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Pero, naturalmente, los otros tres Evangelistas también tienen la misma meta.

Nacimiento eterno y Encarnación del Hijo de Dios.

(Jn 1:1-14)

Al tiempo que los Evangelistas san Mateo y san Lucas relatan el Nacimiento terrenal de Nuestro Señor Jesucristo, san Juan comienza su Evangelio con la exposición del dogma de la Encarnación y generación eterna de Cristo, el Hijo Unigénito de Dios. Los Evangelistas sinópticos comienzan sus narraciones con aquellos acontecimientos gracias a los cuales el Reino de Dios tuvo su principio en tiempo y espacio. San Juan, como un águila, se eleva hacia el fundamento eterno de este Reino, contemplando la eterna existencia de Quien sólo “en estos últimos días” (Heb 1:1) adoptó la naturaleza humana.

El Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es llamado “Verbo” por san Juan. Aquí es importante saber y recordar que “Verbo,” en griego “Logos,” a diferencia delcorrespondiente vocablo de nuestro idioma, no sólo significa la palabra hablada sino también el pensamiento, el razonamiento y la sabiduría expresados a través de ella. En consecuencia referirse al Hijo de Dios como “el Verbo,” adquiere el mismo significado que llamarlo “Sabiduria” (ver Lc 11:49 y Mt 23:34). Asi, El Apóstol san Pablo, en I Cor 1:24, se refiere a Cristo como “la Sabiduria Divina.” En este sentido, la enseñanza acerca de la Sabiduria Divina se desarrolla en el libro de Proverbios (ver especialmente el magnífico texto de Prov 8:22-30). Entonces, resulta extraño afirmar, como hacen algunos, que san Juan copió su enseñanza sobre el Logos de la filosofía platónica y sus seguidores (Filón). San Juan escribió su Evangelio basándose en sus conocimientos de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, de lo que aprendió como discípulo amadisimo de su Divino Maestro, y de lo que le fue revelado por el Espíritu Santo.

En el principio era el Verbo.” Esto significa que el Verbo es coeterno con Dios. Mas aun, san Juan sigue explicando que, con respecto a su existencia, el Verbo no se separa de Dios, Él es consubstancial con Dios y, finalmente, dice que el Verbo es Dios: “el Verbo era Dios.” En el texto griego el vocablo “Dios” no va precedido por un articulo y esto dio lugar a que los arrianos y Origenes interpreten que el Verbo no es el mismo Dios que Dios Padre. Esto es simplemente un malentendido. En realidad, aquí se oculta el muy profundo concepto sobre la distinción entre las Tres Personas de la Santísima Trinidad. En griego, la utilización de un articulo indica que el discurso versa sobre el mismo sujeto del cual se ha hablado. Asi, al decir “el Verbo era Dios,” si el Evangelista hubiese utilizado el mismo articulo y dicho “o Theos,” el resultado hubiera sido la errónea idea de que el Verbo era lo mismo que Dios Padre, a Quien se habría referido inmediatamente antes. Por lo tanto, al hablar del Verbo, el Evangelista lo llama simplemente “Theos,” indicando así Su Divina dignidad, pero a la vez subrayando que el Verbo tiene una existencia hipostática independiente y que no es idéntica a la Hipóstasis de Dios Padre.

El bienaventurado Teofilact señala que san Juan nos revela el dogma sobre el Hijo de Dios llamándolo “Verbo” y no “Hijo” “para que al escuchar esa palabra nosotros no pensemos en un nacimiento carnal y apasionado. Lo llama Verbo para que tu sepas que así como la palabra nace de la mente de una manera impasible, así Él nace del Padre impasiblemente”.

Las palabras “todas las cosas fueron hechas por El” no intentan significar que el Verbo fue sólo un instrumento en la creación del mundo. El mundo se originó de la Causa Primigenia y la Fuente de toda existencia (incluyendo al Verbo mismo), Dios Padre, a través del Hijo, Quien por Sí Mismo es ya la fuente de todo aquello que existió desde el principio, solo que no para Sí Mismo y no para las otras Personas de Dios.

En Él era la vida.” Aquí el significado de la palabra vida debe ser entendido no en el sentido ordinario sino como la vida espiritual, que induce a la criatura a dirigirse hacia la causa de su creación, hacia Dios. Esta vida espiritual se adquiere mediante la comunión y la unificación con la Hipóstasis del Verbo Divino. En consecuencia, el Verbo es la fuente de la vida espiritual genuina para cualquier ser racional.

Y la vida era la luz de los hombres.” Esta vida espiritual que emana del Verbo Divino ilumina al hombre con un conocimiento completo y perfecto.

Y la luz resplandece en las tinieblas.” El Verbo que otorga la luz del genuino conocimiento no deja de guiar al hombre aun en las tinieblas del pecado. Sin embargo, estas tinieblas no recibieron la luz: aquellos que persisten obstinadamente en el pecado han preferido permanecer en la oscuridad de la ceguera espiritual, “las tinieblas no la comprendieron.”

Entonces, para establecer una comunión entre su Divina luz y la humanidad que permanecía en las tinieblas del pecado, el Verbo dispuso medidas extraordinarias: Juan el Bautista fue enviado y, finalmente, el propio Verbo se hizo carne.

Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan.” “Hubo,” en griego “egueneto,” y no “inos,” como se dice del Verbo, porque Juan había nacido en el tiempo, no era eterno e ingénito como el Verbo. “El no era la luz.” Juan no era la Luz original, pero iluminó con el reflejo luminoso de la Unica y Verdadera Luz que por Si Misma “ilumina a todo hombre que viene a este mundo“.

El mundo no conoció al Verbo a pesar de que Él le dio su existencia. “Vino a los suyos,” es decir, vino a su pueblo elegido, Israel; “y los suyos no lo recibieron.” Pero esta claro que no todos lo han rechazado.

A “quienes lo recibieron” con fe y amor “les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios,” les concedió la posibilidad de prohijarse al Padre, comenzar una nueva vida espiritual. Esta vida espiritual, al igual que la corporal, se inicia desde el nacimiento pero no a través de la concupiscencia de la carne sino a través de Dios, la fuerza que viene desde lo alto.

Y el Verbo se hizo carne.” Por carne se entiende no solo el cuerpo físico sino el hombre en su totalidad, tal es el significado con el que la palabra carne se utiliza en las Sagradas Escrituras. El Verbo se hizo carne, hombre perfecto, pero sin dejar de ser Dios. “Y fijó su morada entre nosotros,” habitó entre nosotros, “lleno de gracia y de verdad.” Por “gracia” se entiende tanto la gracia Divina como los dones de la gracia de Dios, los dones del Espíritu Santo, que muestran a los hombres el camino a la nueva vida espiritual. El Verbo, habitando entre nosotros, también estaba “lleno de verdad,” es decir, del conocimiento perfecto de todo lo concerniente al mundo y la vida espirituales.

Y hemos visto su gloria, la gloria del Unigénito del Padre.” Los apóstoles realmente vieron su gloria en la Transfiguración, Resurrección y Ascensión a los cielos, la gloria de sus enseñanzas, milagros, obras de amor y voluntaria humillación. “Unigénito del Padre,” pues sólo El es el Unico Hijo de Dios, por esencia, por su naturaleza Divina. Con estas palabras se señala Su inefable supremacía sobre los hijos de Dios por la gracia, de los que se habló con anterioridad.

Las observaciones del arcipreste Mijail Pomazansky.

(Un agregado al texto original del Arzobispo Averky)

La comparación entre las palabras iniciales del libro del Génesis del Antiguo Testamento y aquellas con las que comienza el Evangelio de san Juan atraen la atención de todo cristiano familiarizado con la Biblia. También nosotros hemos de detenernos en esta comparación.

“En archi” — “En el principio”- son las palabras introductorias de ambas Sagradas Escrituras. En griego el vocablo “archi” tiene tres significados básicos: a) el principio de un suceso o hecho, en el significado simple y común del término, b) orden, regla o autoridad y c) en sentido secular — la antigüedad, el pasado, tiempo atrás, y en sentido espiritual, sin limitación a causa del tiempo, eterno. En el idioma original del libro del profeta Moisés, la palabra “archi” se aplica en el sentido usual — arriba mencionado en a) — antes de todas sus acciones, mas allá de Sí Mismo, Dios creó el cielo y la tierra; es decir, antes de crear el Universo, era sólo Dios, y nada existía fuera de Él. La misma frase aparece al principio del Evangelio de Juan. Sin embargo, el santo apóstol exalta el significado de la palabra griega “archi.” “En el principio era el Verbo,” “Verbo” como una Persona Divina; “En el principio,” antes de cualquier otro tipo de existencia y más que esto, fuera de todo tiempo, en la eternidad sin límite. Idéntico vocablo aparece una vez mas en otro pasaje del mismo Evangelio, con igual significado. Cuando los judíos le preguntan a Cristo: “¿Quién eres?,” Cristo responde: “Desde el principio, como os he dicho.” Asi, el primero de los libros de las Sagradas Escrituras comienza con la única y expresiva palabra, pero en el Nuevo Testamento adquiere un significado mas sublime que en el Génesis.

En el siguiente texto de ambos libros, especialmente en los primeros cinco versículos de cada uno, advertimos esta asociación interna. Pensemos que no es intencional por parte del Evangelista, ya que no es ordenada en una secuencia estricta sino como una conexión, que fluye por sí misma desde lo substancial del relato sobre esos dos temas. Aquí la majestuosidad de estos eventos del Nuevo Testamento, en su comparación con los del Antiguo Testamento, está claramente establecida. En favor de la claridad mostramos el paralelo, colocando primero el Antiguo Testamento y luego el Evangelio.

Libro del Génesis Evangelio

 

  1. En el principio Dios creó…” 1. “En el principio era el Verbo, y el

“Y dijo Dios, Hágase…” Verbo estaba con Dios, y el Verbo

era Dios

 

Aquí el dogma del monoteísmo es

expuesto con la revelación de la

segunda Hipóstasis (la expresión

“estaba con Dios” se explica mas

adelante, en el versículo 18: “Él

Hijo Unigénito de Dios, Quien

está en el seno del Padre“.

 

  1. Y la tierra era informe y 2. “Todas las cosas fueron hechas por

vacía” (sin vida) medio de Él (el Verbo) y sin El no

se hizo nada de todo lo que existe

El vocablo “dijo” en “1” se hace

mas exacto con la expresión “dijo

con el Verbo.” La participación de

la segunda Hipóstasis Divina,

Creador del universo, Hacedor de

la voluntad del Padre.

 

  1. Y dijo Dios, Hágase la3. “En Él (el Verbo) estaba la vida”

luz…” (en contraste)

Refiriéndose a la luz

material.

 

  1. Y la oscuridad cubría la4. “Y la vida era la Luz de los hombres”

faz del abismo…” El sujeto del pensamiento se eleva

inconmensurablemente, a pesar de

que es señalada con una misma

palabra. Sobre el Verbo, el Hijo de

Dios: “Y la luz brilló en las tinieblas,

y las tinieblas no la comprendieron

 

  1. Acerca del Espíritu Santo:5. Se citan las palabras de Juan Bautista:

Y el Espíritu de Dios se “Yo no lo conocía; pero he bautizado

movía sobre las aguas…” con agua, para darlo a conocer a

Israel. Y entonces Juan dijo: He visto

al Espíritu bajar del cielo como una

paloma y posarse sobre Él“.

 

  1. Y dijo Dios: Hagamos al6. Sobre la Encarnacióndel Verbo:

hombre a Nuestra imagen” “Y el Verbo se hizo carne, y habitó

Y Dios creó al hombre a entre nosotros y nosotros hemos

Su imagen… visto su gloria, la gloria del Hijo

Unigénito del Padre“.

 

 

  1. Y alséptimodescansó 7. La venida del Verbo a la tierra. La

Dios de toda su obra” gloria del Salvador: De aquí en

mas verán los cielos abrirse y a los

ángeles de Dios ascender y descender

sobre el Hijo del Hombre” (Jn 1:51)

Esta coincidencia de pensamientos y expresiones verbales entre los dos libros de las Sagradas Escrituras, este enfoque del primer libro a la luz de la Iglesia en su entendimiento del Evangelio, perteneciente al primer libro del profeta Moisés, está confirmada por las palabras del Apóstol, precisamente en el primer capitulo de su Evangelio: “De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (Jn. 1:16-17). En consecuencia, no es necesario buscar la fuente para el vocablo “Logos” — “Verbo,” establecido con solidez en el cristianismo. Esta comprensión del nombre no es para nada extraña en general en el Antiguo Testamento: “por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos y todo su ornato por el soplo de su boca” (Sal 33:6), dice el Salterio, antaño leído a diario por los judíos tanto en el antiguo texto hebreo como en la versión de la Septuaginta.

Sin embargo, las palabras con las que Cristo se despide de sus discípulos, resplandecen con mayor claridad para nosotros: “La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió” (Jn 14:24). “Todo lo que es del Padre es mío” (Jn 16:15). Aquí esta el tema fundamental de este diálogo majestuoso, tanto como la primera oración sacerdotal enunciada luego por Cristo.

La Iglesia Ortodoxa ha recogido con amor la expresión “el Verbo” para denominar al Hijo de Dios aplicándola ampliamente, no en una forma singular sino con una u otra definición o atributo: “quien diste al mundo a Dios el Verbo sin dejar de ser Virgen” (Himno de la Madre de Dios “Verdaderamente es digno”), “el Hijo Unigénito y Verbo de Dios” (cántico de la liturgia), y “Omnipotente Verbo del Padre” (de las oraciones para antes de dormir).

La concepción de Juan, el Precursor de Cristo.

(Lc 1:5-25)

Aquí se relata la aparición del Angel del Señor al sacerdote Zacarías mientras oficiaba en el templo. El Angel le anuncia la concepción y el nacimiento de un hijo a Zacarías y a su esposa Isabel, quien será llamado Juan y “quien será grande a los ojos del Señor.” Zacarías es castigado con la mudez a causa de su incredulidad.

El rey Herodes, mencionado en el texto, era de origen idumeo, e hijo de Antipatro. En tiempos de Hircano, el último de la estirpe de los macabeos, se adueñó de los destinos de Judea, recibiendo de Roma el título de rey. Si bien Herodes fue un prosélito, los judíos nunca lo consideraron uno de los suyos y a su reinado se aplica la profecía que testimonia la Venida del Señor: “no se apartará de Juda el cetro hasta la llegada del Mesías” (ver Gen. 49:10).

El rey David dividió el servicio sacerdotal en 24 clases. Zacarías pertenecía a la clase sacerdotal de Abias. Estaba casado con una mujer llamada Isabel, también descendiente de sacerdotes y aunque ambos se distinguían por su autentica rectitud no tenían hijos pues Isabel era estéril. La falta de descendencia era considerada por los judíos como un castigo Divino a causa de los pecados. Cada clase sacerdotal oficiaba en el templo durante una semana, dos veces al año, y los sacerdotes se repartían sus obligaciones echando suertes. En Zacarías recayó la tarea de ofrecer el incienso. Por ello ingresó en la segunda parte del templo de Jerusalén, llamada Sancta o Santuario, donde se encontraba el altar de los inciensos. Mientras tanto el pueblo rezaba en el Atrio o explanada del templo.

Habiendo entrado al Santuario Zacarías vio un Angel y un enorme temor se apoderó de èl pues según la creencia judía, la visión de un ángel presagiaba la proximidad de la muerte. El Angel tranquilizó a Zacarías diciéndole que su oración había sido escuchada y que su esposa engendraría un hijo que iba a ser “grande ante los ojos del Señor.” Es difícil suponer que la plegaria de un hombre tan recto como Zacarías, cuya esposa era anciana y en un momento tan solemne del oficio Divino, tuviese por objeto pedir la concepción de un hijo. Es evidente que, como uno de los pocos judíos piadosos de aquel tiempo, invocaba a Dios para la pronta llegada del Reino del Mesías. Es precisamente esta súplica a la que se refiere el Angel cuando le dice que ha sido escuchada. Su plegaria obtuvo una sublime recompensa pues su penosa esterilidad quedó resuelta y su hijo habría de convertirse en el Precursor del Mesías, cuya Venida el anhelaba con tanta intensidad. Su deber inmediato será preparar al pueblo judío para la llegada del Mesías, mediante sermones, la exhortación al arrepentimiento y al cambio de vida, dirigiendo hacia Dios a muchos de los hijos de Israel que veneraban al Señor sólo formalmente y cuyos corazones y vidas estaban tan alejados de Aquél. Para ello al Precursor le serán dados el espíritu y la fuerza del profeta Elías, a quien se parecerá por su ferviente celo, su severo ascetismo, su exhortación al arrepentimiento y su condena de la iniquidad. Él deberá rescatar a los judíos del abismo de su declinación moral, restituyendo en los corazones de los padres el amor por sus hijos, y a quienes se opongan a la diestra del Señor convertirlos según la imagen de los justos.

Zacarías no le creyó al Angel pues tanto èl como su mujer eran demasiado ancianos para tener esperanzas de una descendencia y pidió al Angel una señal que demuestre la veracidad de su anuncio. El Angel se presenta: es Gabriel, que significa el poder de Dios, el mismo que reveló al profeta Daniel la buena nueva acerca del tiempo de la Venida del Mesías, estableciéndola en un plazo de semanas (Dan. 9:21-27). A causa de su incredulidad Zacarías es castigado con la mudez y por lo visto simultáneamente con la sordera pues a partir de allí, toda comunicación con él fue hecha a través de señas.

Era habitual que incensar el santuario insumiera un corto tiempo de modo que la gente comenzó a sorprenderse ante la tardanza de Zacarías. Sin embargo, no bien hubo de aparecer Zacarías gesticulando, ellos comprendieron que él había tenido una visión. Es notable que Zacarías no cesó de cumplir su oficio en el templo hasta el final. Cuando hubo regresado al hogar su mujer Isabel realmente concibió un hijo. Durante cinco meses ella lo ocultó por temor a la incredulidad y la burla de las gentes, mientras su alma se regocijaba y agradecía a Dios pues le había sido quitado el oprobio de su esterilidad. La concepción de san Juan el Bautista se celebra el 23 de septiembre.

El anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios a la Santísima Virgen María.

(Lc 1:26-38)

A los seis meses de la concepción de san Juan el Bautista, el Arcángel Gabriel fue enviado a la pequeña aldea de Nazaret, en la Galilea meridional, en territorio perteneciente a la tribu de Zabulon, “a una Virgen comprometida con hombre llamado José, de la casa de David. El nombre de la Virgen era María.” El Evangelio no dice: “Virgen casada” sino “comprometida con un hombre.” Esto significa que, formalmente y ante los ojos de la sociedad, la Santísima Virgen María era considerada la esposa de José, aunque en realidad Ella no lo era.

La Purísima Virgen María había sido consagrada a servir en el templo hasta que cumpliera catorce años. Esta era el límite de edad establecido por la ley para su permanencia allí. Por haber quedado huérfana a muy temprana edad y carecer entonces de hogar paterno al cual regresar, Ella fue obligada a casarse siguiendo la tradición. Sabiendo que Ella había prometido permanecer Virgen, los sumosacerdotes y sacerdotes no quisieron dejarla sin un custodio, de manera que la comprometieron con un pariente, un octogenario carpintero de nombre José, conocido por su rectitud y quien tenía, además una extensa familia fruto de su primer matrimonio (Mt. 13:55-56).

El Angel hizo su aparición ante la Virgen llamándola “llena de gracia.” Dios había favorecido a la Virgen con su especial amor y benevolencia, ésta Su ayuda que es tan imprescindible para los grandes y sagrados logros. Las palabras del Angel asombraron a María por su naturaleza extraordinaria, y Ella comenzó a preguntarse sobre su significado.

Una vez que hubo el Angel tranquilizado a María, le anunció que dará a luz un Hijo, Cuya grandeza será muy superior a la de Juan pues, El no solo será simplemente colmado de los dones Divinos como Juan, sino que El Mismo será el “Hijo del Altísimo.” ¿Por qué el Angel dice que el Señor le dará el trono de David, su padre y reinará sobre la casa de Jacob?. Porque en el Antiguo Testamento, el reino de Israel estaba predeterminado a preparar al pueblo para su paulatina transfiguración en el espiritual y eterno Reino de Cristo. En consecuencia, el Reino de David como tal es uno en el cual Dios mismo designaba a los monarcas, se regía según las leyes Divinas, y toda forma de vida civil estaba impregnada con la idea de servir a Dios, lo cual formaba un ininterrumpido eslabón con el Reino de Dios del Nuevo Testamento.

La pregunta de María: “¿Cómo puede esto ser si yo no conozco varón?” — hubiera sido completamente incomprensible y no hubiera tenido sentido si Ella no hubiese prometido a Dios permanecer Virgen para siempre. El Angel le explicó que su promesa no sería quebrantada pues Ella daría a luz un Hijo por un medio sobrenatural, sin varón. El Espíritu Santo, “el Poder del Altísimo,” será la causa de esta concepción sin simiente, es decir, el mismísimo Hijo de Dios la cubrirá con su sombra, como una nube, y entrará en Ella, a semejanza de aquella “nube ligera” que cubrió el Tabernáculo, tal como lo expresa Isaias (Is. 19:1).

La Santísima Virgen no requirió prueba alguna, sin embargo, el mismo Angel, confirmando la autenticidad de sus palabras, señaló a Isabel quien había concebido un hijo en su avanzada edad por la gracia de Dios, para Quien nada es imposible. La Virgen sabía, a través de los libros de los profetas, que a Ella y a su Hijo Divino les aguardaba no solo la gloria sino también la amargura. Sin embargo, en obediencia completa a la Voluntad de Dios Ella respondió: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mi según tu palabra.” La Iglesia celebra la Anunciación el 25 de marzo.

Habiendo aceptado la buena noticia, la Santísima Virgen no hizo comentario alguno a José pues, como explica San Juan Crisostomo, Ella temía con justa razón que José pudiera no creerle y pensar que con su advertencia estaba tratando de encubrir un delito.

El encuentro de la Santísima Virgen con Isabel.

(Lc 1:39-56)

La Santísima Virgen se apresuró a compartir Su alegría con su prima Isabel, quien presumiblemente vivía en Judea en una ciudad llamada Juttah, próxima a la sagrada ciudad de Hebron. Isabel saluda a la Virgen con las mismas y extraordinarias palabras que fueron dichas por el Angel: “¡Bendita Tu eres entre todas las mujeres!” agregando: “¡Bendito es el fruto de tu vientre!.” Es evidente que, como familiar suya, Isabel conocía la promesa de María de permanecer Virgen, y por lo tanto exclamó: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?.” Isabel explica de inmediato el significado de sus palabras: “En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura que llevo en mi vientre saltó de alegría.” Sin duda, gracias a la inspiración del Espíritu Santo, el niño en el seno de Isabel presintió a aquel otro Niño, cuyo advenimiento al mundo requerirá que la humanidad sea preparada por el Precursor. He ahí la razón de tan inusitado movimiento en el seno de su madre. La reacción del niño, obra del Espíritu Santo, se transmitió a su madre y Ella, por una visión beatífica, reconoció al instante la jubilosa noticia de la cual María era portadora, glorificándola como la Madre de Dios con las mismas palabras del arcángel Gabriel. Isabel exalta a la Santísima Virgen por la fe con la que Ella recibió el buen anuncio del arcángel en contraposición a la incredulidad de Zacarías. Mediante las palabras de Isabel, la Santísima Virgen María comprendió con claridad que el misterio le había sido revelado a Isabel por Dios Mismo. En medio de sentimientos de éxtasis y ternura, al pensar que había llegado el tiempo de la tan anhelada Venida del Mesías y la liberación de Israel, la Santísima Virgen alabó a Dios con una canción maravillosa e inspirada; canción esta que es hoy incesantemente interpretada en nuestros oficios de maitines en su honor: “Enaltece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador…”

Aquí Ella deja de lado todo pensamiento sobre sus méritos personales, glorifica a Dios porque El ha visto su mansedumbre y en una visión profética, anuncia que por esta gracia de Dios, Ella será glorificada por todas las generaciones, y que esta gracia Divina se extenderá a todos aquellos que sean temerosos del Señor.

Mas adelante la Virgen celebra a Dios por que se ha cumplido la promesa hecha a Abraham y a los patriarcas pues, el Reino del Mesías aguardado por Israel finalmente ha llegado. Asi, los humildes seguidores de este Reino, despreciados por el mundo, pronto triunfaran, serán enaltecidos y colmados de bondad, mientras que los soberbios y poderosos serán derrocados y avergonzados. Aparentemente la Santísima Virgen no esperó el nacimiento del Precursor y retornó a su casa.

El Nacimiento de san Juan el Bautista.

(Lc 1:57-80)

El tiempo había llegado para que Isabel diera a luz y, familiares y amigos se unieron a Ella en la alegría que la embargaba. Al octavo día se reunieron en su casa para llevar acabo el rito de la circuncisión, establecido en tiempos de Abraham (Gen. 17:11-14) y exigido por la ley de Moisés

(Lev. 12:3). A través de este ritual el recién nacido era incorporado a la comunidad del pueblo elegido, y en consecuencia, ese día era considerado una jubilosa festividad familiar. En el momento de la circuncisión se imponía un nombre al recién nacido, habitualmente en honor de algún pariente mayor. Por eso, el deseo de su madre de llamarlo Juan causó consternación general. El Evangelista enfatiza esta circunstancia pues esta claro que era un hecho milagroso: el deseo de Isabel de llamar Juan a su hijo era fruto de la inspiración del Espíritu Santo. Desconcertados todos, recurrieron al padre para que él decidiera. Así que Zacarías, aun mudo, pidiendo una tablilla cubierta de cera escribió: “su nombre es Juan.” Todos quedaron atónitos

Ante la extraordinaria concordancia de ambos progenitores en dar a su hijo un nombre que no existía entre sus parientes. De inmediato, según el vaticinio del Angel, Zacarías recobró el habla y en un estado de inspiración profética, vislumbrando la Venida del Reino del Mesías, comenzó a glorificar a Dios, Quien visitó a Su pueblo e hizo posible su salvación, “levantó el cuerno de la salvación en la casa de David.” Tanto como en el Antiguo Testamento, cuando los criminales huyendo de sus vengadores llegaban al altar de los holocaustos y asían el cuerno de la salvación, eran considerados inmunes al castigo (III Rey. 2:28), así todo el género humano, oprimido por los pecados y perseguido por la rectitud de la justicia Divina, encuentra la salvación en Jesucristo. Esta salvación implica no tanto la liberación de Israel de sus enemigos políticos (como la mayoría de los judíos creía, especialmente los escribas y fariseos) como del cumplimiento de la ley Divina, dada a sus antepasados en el Antiguo Testamento, cumplimiento que hubiera otorgado a todos aquellos israelitas creyentes una oportunidad de servir a Dios “en santidad y rectitud.” Aquí rectitud significa la absolución de la humanidad a través de medios Divinos, aplicando al hombre los méritos redentores de Cristo. “Santidad” aquí es la corrección interior del hombre conseguida por el esfuerzo personal con la asistencia de la Gracia. Zacarías continua profetizando sobre el futuro de su hijo, quien, según lo anunciado por el Angel, será llamado profeta del Altísimo, Precursor del Divino Mesías. Indica también que el ministerio del Precursor es preparar a las gentes para la Venida del Mesías y permitir que el pueblo de Israel comprenda que su salvación consiste únicamente en el perdón de los pecados. Por ello es que Israel no debe buscar la grandeza mundana añorada por sus dirigentes espirituales sino la rectitud y la remisión de los pecados. La remisión de los pecados es consecuencia de la “entrañable misericordia de nuestro Dios” que, precediendo al “Oriente que viene desde lo alto” nos visitará. Asi llaman al Mesias-Redentor por los profetas Jeremías (25:5) y Zacarías (3:8 y 6:12).

De acuerdo con la tradición, el rumor sobre el nacimiento de Juan el Bautista llegó hasta el desconfiado Herodes. Cuando los magos arribaron a Jerusalén preguntando por el lugar en el que había nacido el Rey de los judíos, Herodes recordó al hijo de Zacarías y dio orden de ejecutar a todos los niños. También envío a sus sicarios a Juttah. Isabel huyó con su hijo al desierto y Herodes, enardecido ante la imposibilidad de localizar al pequeño Juan, envió a sus servidores a interpelar a Zacarías, quien oficiaba en el templo. Zacarías replico que su hijo ahora servía al Señor Dios de Israel e ignoraba su paradero. Después de ser amenazado de muerte se mantuvo en su respuesta y cayo víctima de las espadas asesinas en el ofertorio del templo. Este hecho es recordado por Nuestro Señor durante Su acusación condenatoria de los fariseos (Mt. 23:35).

La Iglesia Ortodoxa celebra el nacimiento de san Juan el Bautista el día 24 de junio.

Genealogía de Nuestro Señor Jesucristo.

(Mt 1: 1-17, Lc 3: 23-38)

La nómina de los antepasados terrenales de Nuestro Señor Jesucristo aparece en dos de los Evangelios, el de san Mateo y el de san Lucas. Aunque ambos dan testimonio sobre la procedencia de Cristo desde David y Abraham, los nombres citados no siempre coinciden. Como san Mateo escribía para los judíos consideraba importante probar que, conforme a las profecías del Antiguo Testamento, Nuestro Señor Jesucristo realmente descendía de Abraham y de David. En consecuencia él comienza su Evangelio con la Genealogía del Señor desarrollándola desde Abraham hasta “José el esposo de María, de Quien nació Jesús, llamado Cristo.” Aquí surge la pregunta: ¿por que la Genealogía que da el Evangelista es la de José y no la de la Santísima Virgen María?. Esto es porque los judíos no tenían por costumbre componer sus genealogías a partir de los antepasados maternos. La Santísima Virgen fue indudablemente hija única de Joaquín y Ana, entonces, según lo exigía la ley de Moisés debía ser entregada en matrimonio a un pariente de la misma estirpe, familia o tribu. Como José era de la misma tribu que David, se infiere que la Virgen también tenia los mismos antepasados.

San Lucas se propuso una tarea diferente para si mismo: mostrar que Nuestro Señor Jesucristo pertenece a toda la humanidad y es el Salvador de todas las gentes. Por ello el Evangelista proclama la Genealogía del Señor hasta Adán y hasta Dios Mismo. Sin embargo, esta genealogía difiere en algo de la ofrecida por san Mateo. Como ejemplo, según san Mateo, José — el padre aparente de Nuestro Señor — es hijo de Jacob, en cambio según san Lucas, José es hijo de Eli. De modo similar Salatiel, que es mencionado por ambos Evangelistas como el padre de Zorobabel, es, según dice san Mateo, el hijo de Jeconias, mientras que según san Lucas es el hijo de Neri. Julio el Africano, un sabio cristiano de la antigüedad, explica esto de manera admirable mediante la ley del levirato, según la cual, si uno de los hermanos moría sin descendencia, el otro hermano estaba obligado a desposar a la viuda, y “restablecer la simiente de su hermano” (Dt. 25: 5-6). El primogénito de este nuevo matrimonio debería ser considerado hijo del hermano difunto a fin de que “su nombre no fuese borrado de Israel.” Esta ley regía no solo para los parientes más próximos sino también para los hermanastros, como en realidad lo eran Jacob y Eli. Mientras que tenían diferentes padres, Esther era la madre de ambos. Asi fue que al morir Eli, Jacob restauró la dinastía de su hermano desposando a la viuda y engendrando a José. Es aquí donde emana la diferencia antes mencionada, ya que san Lucas ubica los orígenes de José a partir de Reza, hijo de Zorobabel y Eli, mientras que san Mateo lo hace desde Abiud, el otro hijo de Zorobabel y a través de Jacob, el otro padre de José.

San Mateo incluye en la Genealogía del Señor a mujeres paganas y pecadoras con una finalidad aleccionadora: Dios no despreció incorporar semejantes mujeres al linaje elegido, como tampoco desdeña convocar a los gentiles y pecadores a Su Reino — pues el hombre no se salva por sus méritos sino por la fuerza purificadora de la Gracia de Dios.

La Natividad de Cristo.

Sólo dos Evangelistas, san Mateo y san Lucas, relatan el Nacimiento de Cristo y los sucesos relacionados con él. San Mateo anuncia la revelación del misterio de la Encarnación al recto José, la adoración de los magos, la huida a Egipto, y la matanza de los inocentes. San Lucas, por su parte, describe las circunstancias en las cuales Cristo el Salvador nació en Belén y la adoración de los pastores.

Revelación del misterio de la Encarnación al recto José.

(Mt. 1-18-25)

San Mateo cuenta que poco después del compromiso de la Santísima Virgen María con el octogenario José, “antes de que conviviesen,” es decir, antes de la consumación de su verdadero matrimonio, el embarazo de María fue advertido claramente por José. Siendo un hombre recto, y esto significa justo y misericordioso, José no quiso exponer en público la aparente transgresión de su prometida, para no someterla a la muerte vergonzosa y en agonía prescrita por la ley de Moisés (Dt. 22:23-24). Fue su intención abandonarla en secreto, sin alegar motivo. Tan pronto como hubo pensado en esto se le apareció un Angel del Señor y le dijo: “lo que ha sido engendrado en Ella proviene del Espíritu Santo” y no es fruto de un pecado clandestino. El Angel prosigue con su anuncio: “y Ella dará a luz un Hijo al que deberás dar el nombre de Jesús, pues El salvará a su pueblo de sus pecados.” El nombre Jesús, en hebreo Ieoshua, significa Salvador. Para que José no dude de la veracidad de lo que ha sido dicho, el Angel cita la antigua profecía de Isaias que testimonia sobre el gran milagro de la concepción virginal y el nacimiento del Salvador del mundo, predeterminado por el Consejo Eterno de Dios: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo… ” (Is. 7:14). No cabe imaginar la falta de cumplimiento de la profecía a causa de las palabras del profeta: “le pondrán por nombre Emmanuel” pues el recién nacido fue llamado Jesús. Emmanuel no es un nombre propio sino uno simbólico cuyo significado es “Dios con nosotros.” Asi, cuando este nacimiento virginal del Niño ocurra, la humanidad exclamará “Dios (está) con nosotros” porque, con esta identidad, Dios bajó a la tierra y vivió entre los hombres. Emmanuel es tan sólo la señal profética de la Divinidad de Cristo, señal que este prodigioso Niño no será un hombre común sino Dios. Convencido por las palabras del Angel, José “lleva a María a su casa,” dejando de lado su intención de repudiarla y le permite vivir en su hogar como esposa. “Y no la conoció hasta que hubo dado a luz a su Hijo primogénito.” Esto no significa que él la haya conocido después del nacimiento de Jesús llevando vida conyugal. San Juan Crisostomo señala con razón que es sencillamente no creíble suponer que un hombre tan recto como José, decidiese “conocer” a la Santísima Virgen luego de su tan milagrosa maternidad. La expresión “hasta que,” en el texto griego “ewz” y en el Eslavonico “dondezhe,” de ninguna manera deben interpretarse, como pretenden los protestantes y sectarios quienes no veneran a la Santísima Virgen, en el sentido de que José no la “conoció” hasta que nació Jesús y que si lo hizo con posterioridad. José nunca la “conoció.” En las Sagradas Escrituras la expresión “ewz,” aparece por ejemplo, en el versículo que se refiere al fin del Diluvio Universal: “y no retornó el cuervo al arca hasta que (“ewz”) se secaron las aguas sobre la tierra” (Gen. 8:6), cuando sabemos que el cuervo tampoco regresó después. Otro ejemplo, en las palabras del Señor: “Yo estaré siempre con vosotros hasta (“ewz”) el fin de los tiempos“(Mt. 28-20). Como el bienaventurado Teofilact observa acertadamente, esto no implica que Cristo no estará con nosotros luego de la consumación de los tiempos. ¡Decididamente no, puesto que entonces Él estará con nosotros mas que nunca!.

Jesús es aquí llamado “Primogénito” no porque la Purísima Virgen hubiese tenido otros hijos después de Él, sino porque Él fue el primero y el único. En el Antiguo Testamento, Dios ordenó que “todo primogénito” debía ser consagrado a Él, sin importar que a este primogénito le sucedieran o no otros hermanos. Si los Evangelios hacen mención de los “hermanos de Jesucristo” (Mt. 12:46, Jn. 2:12 y otros) esto no significa que ellos hayan sido sus hermanos de sangre. Ellos, como lo atestigua la Tradición, eran hijos del primer matrimonio de José.

Circunstancias y época de la Natividad de Cristo.

(Lc 2:1-20)

San Lucas es el Evangelista que con mas detalles habla sobre las circunstancias y la época en la que se produjo la Natividad de Cristo. El Nacimiento de Cristo coincidió con el censo de todos los ciudadanos del imperio romano. Este censo fue ordenado por un edicto de “Cesar Augusto,” el emperador Octavio, quien recibió del senado romano el título de Augusto (“sagrado”). Es lamentable que no se haya conservado la fecha exacta de este censo. Sin embargo, la época en la que gobernó Octavio Augusto, una personalidad históricamente bien conocida, nos da la oportunidad de saber en forma aproximada el año del Nacimiento de Cristo.

La actual cronología que divide la Historia en dos Eras — Antes y Después de Cristo- fue introducida en el siglo VI por el monje romano Dionisio el Exiguo. Según sus cálculos, Dionisio estimó que Nuestro Señor Jesucristo nació en el año 754 desde la fundación de Roma (Urbe Condita). Sin embargo, como lo demostraron posteriores y más detalladas investigaciones, la estimación de Dionisio tuvo un error de unos cinco años con respecto a la fecha real del Nacimiento de Nuestro Señor, la cual se remonta al 748 Urbe Condita.

La fecha real del Nacimiento de Cristo puede ser determinada con mayor exactitud basándose en los siguientes acontecimientos relatados en el Evangelio:

  1. La época en la que reinó Herodes el Grande. En Mt 2:1-18 y Lc 1:5 se menciona con claridad que Cristo nació en tiempos del rey Herodes, quien reinó desde 714 Urbe Condita hasta su muerte en el año 750, ocho días antes de la Pascua y poco tiempo después del eclipse lunar. Según el cálculo de los astrónomos, este eclipse tuvo lugar la noche del 13 al 14 de marzo y la Pascua judía fue celebrada el 12 de abril de ese año; en consecuencia, Herodes murió al comienzo de abril del año 750, por lo menos cuatro años antes de nuestra Era.
  2. El censo mencionado en Lc 2:1-5 comenzó por edicto de Augusto en el año 746. En Judea se inició en las postrimerías del reinado de Herodes, fue interrumpido a raíz de su muerte, y continuado hasta el final durante el gobierno de Quirino en Siria, conforme al relato de Lc 2:2. Como consecuencia de este empadronamiento hubo en Palestina una sublevación popular. Herodes condenó a Teudo, el instigador de esa sublevación, a morir en la hoguera el 12 de marzo del año 750. Queda claro que el censo se inició con anterioridad a este episodio.
  3. El decimoquinto año del Imperio de Tiberio Cesar en el que, según el testimonio de san Lucas (Lc 3:1), san Juan el Bautista inició su predicación y el Señor Jesucristo cumplió la edad de treinta años (Lc 3:23). Dos años antes de su muerte en enero de 765, Augusto aceptó a Tiberio como cogobernante. Así, el decimoquinto año del reinado de Tiberio dio comienzo en enero del año 779. San Lucas dice que Nuestro Señor tenía entonces treinta años lo que implica que había nacido en el año 749.
  4. Los cálculos astronómicos muestran que la muerte de Cristo en la cruz pudo solo haber ocurrido en el año 783 (según los datos en el Evangelio esto sucedió en el año en el cual la Pascua judía recayó en un viernes al atardecer). Y como la edad del Señor estaba llegando a los treinta y cuatro años, Él en consecuencia, debe haber nacido en el año 749 desde la fundación de Roma.

De esta manera, los hechos hasta aquí mencionados son testimonio unánime de que el año de la Natividad de Cristo fue necesariamente el 749 desde la fundación de Roma. En cambio, el día de su Nacimiento es algo que no puede ser establecido con certeza pues los datos de los cuatro Evangelios son insuficientes. En oriente, la Iglesia en un principio celebraba el mismo día la Navidad junto con la Teofania, bajo la denominación común de Epifanía o Venida de Dios al mundo (6 de enero). En occidente, la Iglesia celebraba la Navidad de Cristo desde antiguo el 25 de diciembre. Desde fines del siglo IV la Iglesia en oriente también comenzó a festejar ese día. Esta fecha fue seleccionada según las siguientes consideraciones. Existe la hipótesis de que Zacarías estaba cumpliendo funciones de sumosacerdote cuando se le apareció el Angel detrás del velo del Santo de los Santos, donde el sumosacerdote ingresaba solo una vez al año, el día de la purificación. Según nuestro calendario ese día corresponde al 23 de septiembre, considerado como el día de la concepción del Precursor. Seis meses después, tuvo lugar la Anunciación a la Virgen María celebrada el 25 de marzo. Nueve meses mas tarde, el 25 de diciembre, nació Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, nada hay que confirme el hecho de que Zacarías fuese sumosacerdote.

Ciertamente, hay otra explicación simbólica para la elección de la fecha en la que debe festejarse la Navidad de Nuestro Señor. Los antiguos estimaban que Cristo, como un segundo Adán, fue concebido por la Virgen durante el equinoccio de primavera, el 25 de marzo, fecha en la que, según una antiquísima tradición, fue creado el primer Adán.

Cristo, Luz del mundo, Sol de verdad, vino al mundo luego de nueve meses durante el solsticio de invierno, cuando los días se hacen mas largos y las noches se acortan. En concordancia con esto, la concepción de Juan el Bautista, seis meses mayor que Cristo, debía celebrarse el 23 de septiembre, durante el equinoccio de otoño y su nacimiento el 24 de junio, durante el solsticio de verano, cuando los días comienzan a menguar.

San Atanasio advierte este hecho en las palabras del propio Juan el Bautista en Jn 3:30. “Es necesario que Él crezca y yo diminuya.”

Alguna confusión surge cuando el Evangelio de san Lucas se refiere al censo efectuado en la época en que nació Cristo: “Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba Siria” pues, según datos históricos, Quirino fue gobernador de Siria unos diez años después del Nacimiento de Cristo. La explicación mas apropiada para este malentendido es la siguiente: durante la traducción del texto griego (y hay sólidos fundamentos para ello) en lugar del vocablo “este censo” debería haberse aplicado “el mismo censo.” El edicto sobre el empadronamiento fue ordenado por Augusto antes del Nacimiento de Cristo, pero debido a las sublevaciones populares y a la muerte de Herodes, el censo fue interrumpido y luego completado diez años mas tarde durante el gobierno de Quirino. Según información adicional, Quirino fue gobernador de Siria en dos oportunidades. El censo comenzó durante su primer mandato, completándose recién en el segundo. Esa es la razón por la que el Evangelista dice que el censo, ocurrido en el tiempo del Nacimiento de Cristo fue “el primero”.

“Cada uno” debía registrarse “en su ciudad.” La política romana solía respetar las costumbres locales de los pueblos conquistados y este empadronamiento se hacía al modo judío, de acuerdo a las tribus, familias y estirpes y los empadronados debían dirigirse a la ciudad en la que vivió el jefe de cada estirpe o familia. Como José era descendiente de David debía ir a Belén, la ciudad natal del rey. En esto puede verse la maravillosa Providencia de Dios: el Mesías debía nacer en esta ciudad, según lo anunciado por la antigua profecía de Miqueas 5:2. Conforme a las leyes romanas las mujeres debían censarse al igual que los hombres, acompañándolos a sus ciudades de origen. En consecuencia, no hay porque asombrarse de que la Santísima Virgen María, a pesar de su estado, acompañaba al custodio de su virginidad, el anciano José. Es indudable que Ella conocía muy bien la profecía de Miqueas y no podía dejar de ver en la orden de censarse la providencial acción de Dios que la conducía hacia Belén.

“Y dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo reclino en un pesebre por no haber sitio para ellos en la posada.” El Evangelista enfatiza que el parto fue sin dolor porque la misma Virgen arropó a su Niño recién nacido. Su Hijo es llamado “primogénito” en virtud de la ley de Moisés, recibiendo ese nombre todo niño varón que “abre el seno materno” aunque fuese el único. Esto no implica en modo alguno que la Santísima Virgen haya tenido otros hijos después de Cristo.

Dada la gran concurrencia de viajeros llegados tempranamente y mas aún, debido a su pobreza, la Sagrada Familia debió alojarse en una gruta, de las tantas que hay en Palestina, y que servía como establo en el que los pastores encerraban su ganado cuando el clima no era propicio. Aquí nació el Mesías Divino, acostado en un pesebre en lugar de cuna. Desde su nacimiento tomó la cruz de la humillación y el sufrimiento para la redención de la humanidad. Su Natividad nos da una lección de humildad, esa sublime virtud con la que posteriormente enseñó a sus discípulos. Según una antigua tradición, junto al Salvador en el pesebre estaban un buey y un asno, para mostrar que: “el buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no ha conocido a su Salvador, su pueblo no tiene inteligencia.” (Isaias 1:3)

Pero no solo la humillación acompañó el Nacimiento y la vida terrenal del Salvador; también lo hizo el reflejo de su gloria Divina que iluminó al Angel del Señor para que se apareciera ante los pastores. Ellos pueden haber sido los dueños de la gruta pero acampaban fuera de ella gracias al buen tiempo reinante. El Angel les anunció la “gran alegría” del Nacimiento, en la ciudad de David, del Salvador “que es Cristo el Señor.” Es importante aquí subrayar las palabras del Angel porque esta gran alegría “es para todos los pueblos,” es decir, el Mesías ha venido no solamente para los judíos sino para todo el género humano. El Angel dio una señal a los pastores para que puedan reconocer al Señor: “encontrareis al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.” Alinstante, confirmando la autenticidad de las palabras del Angel apareció una multitud de “huestes celestiales” cantando maravillosas alabanzas al recién nacido Niño Dios — Mesías. “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.” Los ángeles glorifican a Dios por enviar al Salvador del mundo; ellos se regocijan por los seres humanos a los que fue devuelta la Benevolencia Divina. Las sublimes fuerzas celestiales, eternos espíritus impecables, incesantemente glorifican en los cielos a su Creador y Señor, pero en especial lo glorifican por la extraordinaria manifestación de su bondad Divina, la magnífica obra de la Economía de Dios. La “paz” que el Hijo de Dios encarnado trajo a la tierra no debe confundirse con la tranquilidad y el bienestar que comúnmente exteriorizan los seres humanos; se trata de la paz de la conciencia, del alma del pecador redimido por Cristo; es la paz de la conciencia que se reconcilió con Dios, con los hombres y consigo misma. En la medida en que esta paz Divina, que supera todo entendimiento (Fil 4:7), se instala en las almas de los hombres fieles a Cristo, el mundo externo se transforma en heredad de la vida humana.

La Redención puso de manifiesto toda la magnitud de la benevolencia Divina, su amor por el género humano. Por ello el significado de la doxologia de los ángeles es: “Dignamente glorifican a Dios los espíritus celestiales, porque en la tierra se han establecido la paz y la salvación, pues los hombres se han hecho dignos de la especial benevolencia Divina.”

Los pastores, evidentemente piadosos, fueron con presteza al lugar que les había indicado el Angel, para ser los primeros en adorar al Cristo Niño recién nacido. Los pastores divulgaron por doquier la feliz aparición del Angel y la doxologia celestial que habían escuchado y todos los que oyeron sus relatos quedaron maravillados. La Santísima Virgen María, con un sentimiento de profunda humildad, “conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón“.

Circuncisión y Presentación del Señor en el Templo.

(Lc 2:21-38)

Pasados ocho días y como lo establecía la ley de Moisés (Lev 12:3), el recién nacido fue circuncidado, imponiéndosele el nombre de Jesús, que significa Salvador, el mismo nombre que le fue dado por el Angel antes de que su madre lo hubiese concebido en su seno.

Según la ley de Moisés la mujer que daba a luz a un hijo varón era considerada impura por un periodo de cuarenta días (si engendraba una niña el término era de ochenta días). Al cuadragésimo día la madre debía presentar en el templo, como ofrenda en holocausto, un cordero de un año y, como ofrenda por el pecado, un pichón de paloma o de tórtola; en caso de pobreza, dos tórtolas o palomas, una por cada ofrenda. Acatando esta ley de purificación, la Santísima Virgen y José trajeron al Niño con ellos a Jerusalén para así pagar los 5 siclos establecidos. Según la ley vigente todos los primogénitos hebreos debían consagrarse al servicio de Dios en el templo, en conmemoración de la víspera del Exodo judío de Egipto, cuando el Angel del Señor exterminó a todos los primogénitos egipcios. Con el tiempo el servicio en el templo recayó en la tribu de Levi y los primogénitos quedaron eximidos de esa obligación mediante el pago de un tributo de 5 siclos de plata (Num 18:16). De la narración evangélica surge que la Santísima Virgen y José presentaron la ofrenda de la gente pobre: dos palomas.

¿Cuál era la necesidad de que Jesús fuese circuncidado y su Purísima Madre se sometiese a la ley de la purificación, si tanto la concepción como el Nacimiento del Señor fueron ajenos al pecado?. En primer lugar, para “cumplir con toda justicia” (Mt 3:15) y mostrar el ejemplo de perfecta subordinación a la ley de Dios. En segundo lugar, esto era imprescindible para el futuro ministerio del Mesías ante los ojos de Su pueblo pues, un incircunciso no podía integrar la comunidad del pueblo de Dios, no podía ingresar al templo ni a la sinagoga y como incircunciso El no hubiese tenido influencia sobre el pueblo ni hubiese sido reconocido como Mesías. De igual manera, su santa Madre no hubiese sido una auténtica israelita sin antes purificarse delante de los sacerdotes y el pueblo. El misterio de la concepción y del nacimiento no fue revelado a nadie salvo a la Virgen María y a José, por esa razón todo lo exigido por la ley debía cumplirse con exactitud.

En momentos en que la Madre de Dios presentaba su ofrenda y realizaba el pago del tributo, en el templo se encontraba un recto y piadoso anciano llamado Simeón, que aguardaba “la consolación de Israel,” es decir, al Mesías prometido por Dios, cuya venida traería el consuelo para su pueblo (ver Isaias 40:1). El Evangelista no brinda otros datos sobre Simeón, en cambio menciona que el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte sin antes conocer a Cristo, el Señor, es decir, el “consuelo” anhelado por él. Una antigua tradición cuenta que Simeón fue uno de los 72 ancianos eruditos a quienes el rey egipcio Ptolomeo les había encomendado traducir los sagrados libros del Antiguo Testamento del hebreo antiguo al griego. Simeón debía traducir el libro del profeta Isaias. Al llegar al relato que anunciaba el nacimiento de Emmanuel de una Virgen (7:14), experimentó la duda. Entonces se le apareció un Angel para anunciarle que el no moriría hasta haber visto con sus propios ojos el cumplimiento de esa profecía. Inspirado por el Espíritu Santo el se acercó al altar de los holocaustos en el templo y, al ver a la Santísima Madre de Dios presentar al Niño reconoció en Él al Mesias-Cristo. Él lo tomó en sus brazos y sus labios pronunciaron una inspirada oración en agradecimiento a Dios por haberlo hecho digno de ver en la persona de ese Niño la salvación preparada para la humanidad.

Ahora Señor permite a tu siervo partir en paz,” como diciendo: “en este instante ha sido cortado el lazo que me une a esta vida y Tu, Soberano, me liberas de ella hacia una nueva vida, “según Tu palabra,” conforme a lo revelado por Ti a través de tu Santo Espíritu, “en paz,” con plena tranquilidad espiritual, “pues mis ojos han visto la salvación,” la salvación prometida por Ti al mundo a través del Mesías Redentor, a quien ahora tengo el enorme gozo de contemplar ante mí; la salvación que preparaste ante la faz de todos los pueblos, no solo para los judíos sino para todas las naciones. Esta salvación es “luz para ser revelada a los gentiles” y para gloria del pueblo de Dios, Israel”.

José y la Madre del Divino Niño estaban maravillados pues por doquier encontraban gentes a quienes Dios había revelado el misterio de este Niño. Entregando el Niño a su Madre, con una bendición para Ella y José, el anciano sobre quien reposaba el Espíritu Santo, anuncia que este Niño será motivo de contiendas entre sus seguidores y sus enemigos “pues serán descubiertos los pensamientos de muchos corazones.” Según el tipo de relación que cada uno entable con este Niño, así se exteriorizara la inclinación de su corazón y la disposición de su alma. El que ama la verdad y anhela cumplir la voluntad de Dios creerá en Cristo, mientras que el que ama la maldad y realiza obras de las tinieblas, aborrecerá a Cristo y para justificar su maldad contra Él, lo difamará por todos los medios. Esto se cumplió en escribas y fariseos, y continúa cumpliéndose en la actualidad en todos los ateos y enemigos de Cristo. Para aquellos que creen en Él “será puesto para resurrección,” es decir, para la salvación eterna; para los incrédulos exasperados contra Él “será puesto para la caída,” es decir, la condenación eterna, la eterna perdición. Simeón con una preclara visión espiritual anticipa los sufrimientos de la Santísima Virgen por su Hijo Divino: ” y a ti misma una espada te atravesará el corazón“.

Estaba presente también Ana, hija de Fanuel, a la que el Evangelista llama “profetisa” en virtud del don de la inspiración en la palabra otorgado por el Espíritu de Dios. San Lucas la elogia presentándola como una viuda honorable, consagrada a Dios luego de haber vivido con su marido solo siete años y habiendo llegado hasta los ochenta y cuatro años de edad sin apartarse del templo, “sirviendo día y noche entre ayunos y oraciones.” Ella al igual que Simeón, glorificaba al Señor y hablaba sobre aquel Niño en un estado de inspiración profética, repitiendo las palabras del anciano a todos aquellos que aguardaban la venida del Mesías, anticipando la liberación de Jerusalén. El Evangelista prosigue diciendo que una vez cumplido todo lo exigido por la ley, la Sagrada Familia retornó a Galilea, “a la ciudad de Nazareth.” Aquí san Lucas no menciona todo lo sucedido después de la Presentación en el Templo indudablemente porque san Mateo ya lo ha relatado en detalle: la adoración de los magos en Belén, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes ordenada por Herodes, y el retorno desde Egipto después de su muerte. Entre los escritores de los librossagrados es frecuente hallar similares síntesis narrativas.

La Adoración de los Magos.

(Mt 2:1-12)

Cuando nació Jesús “en Belén de Judea” unos magos de Oriente llegaron a Jerusalén. Belén es llamada aquí “de Judea” para diferenciarla de otra Belén situada en Galilea, perteneciente a la tribu de Zabulon. Estos magos que vinieron para adorar a Cristo recién nacido no eran, como se suele suponer, unos hechiceros, prestidigitadores hacedores de falsos milagros, invocadores de espíritus o nigromantes, condenados por la Palabra de Dios (Ex 7:11; Dt 18:11). Estos, en cambio eran personas muy instruidas, clarividentes, poseedores de gran sabiduría, a semejanza de aquellos sabios de Babilonia subordinados a la autoridad de Daniel (Dan 2:48). Ellos estudiaban las misteriosas fuerzas de la naturaleza y juzgaban el futuro de acuerdo al movimiento de las estrellas. Estos sabios hombres eran altamente reverenciados en Babilonia y Persia ya que en general eran sacerdotes y consejeros reales. El Evangelio dice que ellos “llegaron desde el Oriente” sin mencionar ningún país en especial. Algunos proponen que este país era Arabia, otros Persia o quizás Caldea. El vocablo “mago,” utilizada por el Evangelista, es de origen persa, siendo mas que probable que fueran oriundos de Persia o de algún otro país integrante del entonces Reino Babilonio. Allí, durante setenta años de cautiverio del pueblo judío, los antepasados de estos magos, pudieron haber oído de los judíos, que ellos estaban esperando un Redentor, un Gran Rey que conquistaría al mundo entero. Allí también vivió el profeta Daniel quien había vaticinado la época de la Venida de este Gran Rey; allí también pudo conservarse la tradición de la profecía del mago Balaam que anuncio el surgimiento de la estrella de Jacob.

Una de las principales tareas de los sabios persas consistía en el estudio de las estrellas, y el Señor los llamó mediante la aparición de una extraordinaria estrella para que adoraran al recién nacido Salvador del mundo. En ese tiempo en Oriente se difundió ampliamente el convencimiento de que el Soberano del mundo, al que adorarán todas las naciones, aparecería en Judea. Por ello, al llegar a Jerusalén los magos preguntaron con tanta convicción “¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?.” Estas palabras alarmaron a Herodes pues por su origen idumeo no tenía derechos legales al trono de Judea y, siendo un tirano, se había ganado el odio de sus súbditos. Toda Jerusalén también se alarmó, por temor a nuevas represalias de Herodes, alterado por aquella noticia impactante. El sanguinario Herodes decidió aniquilar a su oponente recién nacido y mandó llamar a los sumosacerdotes y escribas para preguntarles sobre el lugar de nacimiento del Mesías, Rey de los judíos: “¿dónde nacerá Cristo?.” Los escribas, de inmediato, le señalaron la conocida profecía de Miqueas, no citándola literalmente, sino con su significado que el Mesías debía nacer en Belén. “Belén” significa “casa del pan” y “Ephrata,” “campo fértil, nombre que caracteriza la excepcional fertilidad de su suelo. Es asombroso que en la profecía original de Miqueas haya una afirmaciónque el Mesías solamente “procederá” de Belén pero no vivirá allí y que sus verdaderos orígenes “son desde el principio,” “desde la eternidad” (Miq 5:2). Herodes quería ejecutar sus sangrientas intenciones con seguridad. Por ello, llamó en secreto a los magos para interrogarlos y conocer el momento de la aparición de la estrella que le indicaría el nacimiento del Rey de los judíos. Cuando los magos partieron a Belén, la estrella que habían contemplado en el Oriente, iba delante de ellos indicándoles el camino, hasta que se detuvo sobre el lugar en el que se hallaba el Niño recién nacido.

¿Qué clase de estrella era esta?. Hay muchas opiniones al respecto. San Juan Crisostomo y el bienaventurado Teofilact piensan que se trataba de alguna fuerza Divina y angelical aparecida desde lo alto en forma de una estrella. En lo que respecta a la estrella que los magos vieron desde el Oriente, muchos suponen, que se trató de una estrella verdadera pues, con frecuencia, los grandes sucesos del mundo espiritual se presagiaban con signos visibles de la naturaleza. Es interesante que, de acuerdo a los cálculos del celebre astrónomo Kepler, el año en el que nació Cristo el Salvador, se produjo un infrecuente alineamiento de los tres planetas más luminosos: Júpiter, Marte y Saturno, dando la impresión de una poco común estrella fulgurante. Este acontecimiento en los cielos, conocido en Astronomía con el nombre de “conjunción planetaria,” coincidió con el Nacimiento del Hijo de Dios, el Mesías. En esto reside la maravillosa manifestación de la Providencia Divina, es decir, el modo en que ha llamado a los sabios paganos a adorar al Mesías recién nacido. El asombroso significado de la llegada de los magos desde un país lejano es explicado por san Juan Crisostomo: “a pesar de las incesantes proclamas de los profetas sobre la Venida de Cristo, los judíos no prestaban atención alguna. Entonces, el Señor infundió en los gentiles la necesidad de venir desde una tierra lejana, preguntar acerca del Rey que había nacido entre los judíos, y así estos reconocerían a través de los persas aquello que no habían querido aprender de los profetas.” Sin embargo, aquella estrella que señaló el camino a los magos desde Jerusalén a Belén y que finalmente “se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño,” no fue una verdadera estrella o planeta sino una extraordinaria manifestación milagrosa. Al ver esta estrella los magos “experimentan en grandisimo gozo” pues era indudable que veían en ella una reafirmacion de su fe en la autenticidad del nacimiento de aquel extraordinario Niño.

Mas adelante el texto dice que los magos “entraron en la casa” y “prosternándose lo adoraron.” En consecuencia, el lugar ya no era aquella gruta donde Cristo había nacido; es decir, el Niño y su Madre se mudaron a una casa modesta. Los magos “abrieron sus tesoros” y le ofrecieron sus presentes al Recién Nacido: oro, para el Rey, incienso para Dios y mirra para el hombre que probaría la muerte. Advertidos en sueños de no volver al encuentro de Herodes, cuyo designio era matar al Niño Dios, regresaron a su país por una ruta diferente, seguramente al sur de Belén, sin pasar por Jerusalén.

La huida a Egipto. Matanza de los niños. Retorno a Nazareth.

(Mt 2:13-23)

Luego de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció a José en sueños y le ordenó tomar al Niño y a su Madre y huir a Egipto. José acató la orden del Angel y partió hacia allí de noche. Egipto era también una provincia romana; allí vivían muchos judíos, tenían sus sinagogas, y la Sagrada Familia podía sentirse fuera de peligro al estar entre sus compatriotas y saber que el poder de Herodes no se extendía hasta allí. A la pregunta de ¿por qué Cristo no se salvó a sí mismo de los sicarios de Herodes?, San Juan Crisostomo responde: “si el Señor desde temprana edad hubiese obrado milagros, nadie reconocería en El su naturaleza humana” (Hom. sobre s.Mateo VII). Se han conservado varias tradiciones maravillosas sobre el viaje de la Sagrada Familia a Egipto. Una de ellas cuenta que, cuando el Niño Dios, su Madre y José entraron a un templo idólatra, los 365 ídolos que allí había se precipitaron a tierra haciéndose añicos. Así se cumplió sobre ellos la palabra del profeta: “He aquì al Señor sentado en una nube ligera” (los brazos de la Purísima Virgen) “que viene a Egipto y los ídolos se estremecerán ante su Persona” (Is 19:1). En la huida del Niño Jesús hacia Egipto y su posterior retorno desde allí, el santo Evangelista advierte el cumplimiento de la profecía de Oseas: “de Egipto he llamado a mi Hijo” (Os 11:1). Estas palabras, en el contexto de la profecía, se refieren en particular al Exodo judío desde Egipto. El pueblo judío, elegido por Dios, ha prefigurado a Jesucristo, el verdadero, único y Unigénito Hijo de Dios. Asi la liberación del pueblo hebreo de Egipto fue la prefigura del retorno de Jesucristo desde allí. San Juan Crisostomo dice que en los sucesos del Antiguo Testamento todo tiene un significado prefigurativo, todo representa anticipadamente los acontecimientos del Nuevo Testamento.

Herodes se enfureció al ver que los magos no regresaban a Jerusalén; se sintió “humillado” y burlado, lo cual produjo en el una ira aun mayor, a pesar de que ellos jamás pensaron burlarse de èl. Herodes sabía por los magos que la estrella había aparecido aproximadamente un año atrás y concluyó que el Niño tenía menos de dos años de edad. Entonces, promulgó el cruel decreto de matar en Belén y sus alrededores a todos los niños “de dos años para abajo” calculando que entre ellos estaría Cristo. Según la tradición, fueron asesinados unos 14000 niños, cuya memoria, como mártires de Cristo, la Iglesia celebra cada año el 29 de diciembre. Semejante crueldad era habitual en el carácter de Herodes. Según testimonia el historiador judío Flavio Josefo, es sabido que, ante la mínima e infundada sospecha, ordenó ahorcar a su esposa y asesinar a tres de sus hijos. Augusto, enterado de todo esto dijo: “es preferible ser un animal y no un hijo de Herodes.” Aun hoy en losalrededores de Belén, se exponen las grutas en las que fueron asesinadas las madres con sus hijos en brazos al intentar ocultarse de los esbirros de Herodes. En la matanza de los inocentes el santo Evangelista advierte el cumplimiento de la profecía de Jeremías (31:15): “una voz se oyó en Rama, lamentación y gemido grande.” Con estas palabras el profeta Jeremías describe el infortunio y la pena del pueblo judío cuando fue deportado a su cautiverio en Babilonia, y previamente concentrado en Rama, un pequeño pueblo de la tribu de Benjamin, al norte de Jerusalén. Jeremías fue testigo ocular de este acontecimiento y lo representa con el llanto de Raquel por sus hijos llevados a la muerte. San Mateo ve aquì una figura de la real aniquilación de los hijos de Raquel, sepultados cerca de Belén.

No hay datos fidedignos sobre el tiempo que la Sagrada Familia vivió en Egipto pues no se conoce con total exactitud el año del Nacimiento de Cristo. Sin embargo, está clara y definitivamente expresado que la Sagrada Familia volvió a la tierra de Israel apenas hubo muerto Herodes. Como testimonia Flavio Josefo, Herodes murió, en medio de una horrible agonía, en marzo o principios de abril del año 750 desde la fundación de Roma. Si asumimos que Cristo nació el 25 de diciembre de 749, entonces, la Sagrada Familia permaneció en Egipto alrededor de dos meses. Si se tiene en cuenta que Cristo nació, como suponen algunos, un año antes, en 748, entonces puede afirmarse que la Familia vivió allí mas de un año y que el Niño Dios tenía cerca de dos años cuando retornaron de Egipto. En cualquier caso, Él era aun niño como dice el Angel cuando le ordena a José regresar a Israel.

A su llegada a Israel, José pensó establecerse en Belén, lugar que le parecía natural para la educación del Hijo de David y futuro Mesias-Cristo. Sin embargo, cuando escuchó que en Judea reinaba Arquelao, el peor de los hijos de Herodes, tan cruel y sanguinario como su padre, “temió ir allá” y recibió en sueños una nueva revelación, retirándose a la región de Galilea, para establecerse en una ciudad llamada Nazareth, en la que ejerció su oficio de carpintero. San Mateo ve aquí el cumplimiento de otra profecía: “será llamado nazareno.” No obstante esta profecía no se encuentra en el Antiguo Testamento. Se supone que pertenece a algún libro perdido por lo hebreos. Otros piensan que el Evangelista no señala aquí ninguna profecía en particular y tiene en cuenta el carácter general de todas las profecías que se refieren a la condición humillante de Cristo el Salvador durante su vida sobre la tierra. Ser oriundo de Nazareth significaba ser despreciado, menospreciado, humillado, rechazado. Por otro lado, en el Antiguo Testamento se llaman “nazarenos” a las personas que se consagraban a Dios; tal vez esta sea la razón por la que Jesucristo fue llamado “nazareno”como sublime representante de las promesas de los nazarenos, la completa consagración de sí mismo al servicio de Dios.

La adolescencia del Señor Jesucristo.

(Lc 2:40-52)

Antes de su aparición pública para predicar al género humano, el Señor Jesucristo permaneció en el anonimato. El único hecho de su vida durante ese periodo es relatado por el Evangelista Lucas. Puesto que san Lucas escribió su Evangelio “luego de haberse informado exactamente de todo desde el principio,” debemos suponer que no hubo otros hechos sobresalientes en la vida del Señor durante este período temprano. San Lucas describe la característica general de esta etapa con las siguientes palabras: “el Niño crecía y se fortalecía en Espíritu, se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba en Él.” Esto es comprensible, pues el pequeño Jesús era Dios pero también era hombre y como tal estaba sujeto a las leyes del desarrollo biológico. A medida que iba creciendo, la sabiduría humana reflejaba y contenía toda la profundidad y plenitud del conocimiento Divino que manifestaba el joven Jesús al ser Hijo de Dios. Cuando Jesús cumplió la edad de doce años, su Divina Sabiduria se dio a conocer claramente por primera vez. De acuerdo con la ley de Moisés (Dt 16:16), todos los varones judíos, excepto los niños y los enfermos, estaban obligados a visitar Jerusalén en ocasión de las tres fiestas: Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. La exigencia de peregrinar a Jerusalén era particularmente severa durante la fiesta de Pascua.

Cuando un jovencito llegaba a la edad de doce años se convertía en “hijo de la ley” y desde ese momento debía estudiar todas las disposiciones legales y cumplir sus preceptos, en especial, visitar Jerusalén para las fiestas. San Lucas dice que los “padres” de Jesús asistían a Jerusalén cada año. El misterio del nacimiento del Niño Dios se mantuvo en secreto. La Santísima Virgen María y el anciano José no consideraban necesario o beneficioso revelarlo; y ante los ojos de los habitantes de Nazareth, José era el esposo de María y el padre de Jesús. El Evangelista utiliza esta idea conforme a la creencia general. En otro pasaje (Lc 3:23), afirma directamente que a Jesús se le consideraba hijo de José aunque en realidad no lo era.

La celebración de la Pascua se prolongaba durante ocho días y luego, los fieles regresaban a sus hogares, a menudo en caravanas. José y María no advirtieron que el pequeño Jesús se quedó en Jerusalén, suponiendo tal vez, que viajaba en uno de los grupos próximos junto a familiares y conocidos. Pasado un día, Jesús continuaba sin aparecer y viendo que no se les unía por largo rato, comenzaron a buscarlo y alarmados retornaron a Jerusalén. Allí lo encontraron al tercer día, en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos e interrogándolos. Esto ocurrió ciertamente, en uno de los pórticos del templo, donde los rabinos se reunían para discutir entre ellos y con el pueblo, enseñando la ley a quienes deseaban escucharlos. En esta conversación el joven Jesús manifestó su Divina Sabiduria pues todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Su Madre, expresando su preocupación a Jesús, se refiere a José como su padre, pues no podía llamarlo de otra manera, ya que a los ojos de todos José era el padre de Jesús. A las palabras de la Virgen el joven Jesús responde, revelando por primera vez, su designio: “cumplir la voluntad de Quien lo envió,” y corrigiendo a su Madre señala que su padre no es José sino Dios. “Ustedes deberían saberlo,” como diciéndoles “siendo Hijo de Dios debo estar en la casa de Dios,” es decir, en el templo. Sin embargo, ellos no comprendieron estas palabras pues aun no les fue revelado completamente el misterio de la obra de Cristo sobre la tierra. “Su Madre conservó estas palabras en su corazón“; para Ella, aquel día fue especialmente memorable pues era la primera vez que su Hijo daba a conocer su sublime designio. Como aun no era momento de predicar en público, Jesús fue obediente y regresó con sus padres a Nazareth y, como lo jerarquiza el Evangelista “estaba sometido a sus padres terrenales,” colaborando con las tareas de José, su padre aparente, a la sazón carpintero. Con el paso de los años Jesús crecía en sabiduría y, para quienes prestan atención, el amor de Dios por El se hacía cada vez mas claro, lo cual atraía también el amor del pueblo.

Ministerio Público de

Nuestro Señor Jesucristo.

Juan el Bautista y su testimonio acerca de Jesucristo.

(Mt. 3:1-12; Mc. 1:1-8; Lc. 3:1-18; Jn. 1:15-31).

Los cuatro Evangelistas concuerdan en sus relatos casi con idénticos detalles, acerca del comienzo de la predicación de Juan el Bautista y su testimonio de Nuestro Señor Jesucristo. San Juan es el único que omite algo de lo expresado por los demás, enfatizando en cambio la Divinidad de Cristo.

San Lucas nos brinda una importante información sobre la época en la que Juan el Bautista comenzó a predicar y, simultáneamente, dio comienzo el ministerio público de Nuestro Señor. Él dice que esto ocurrió “en el decimoquinto año del reinado de Tiberio, siendo Poncio Pilatos gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y la región de Traconitide, y Lisanias tetrarca de Abilene, mientras que Anas y Caifas eran sumosacerdotes” (Lc. 3:1-2).

En el comienzo de su narración sobre los inicios de la predicación de san Juan el Bautista, san Lucas nos explica que en aquel tiempo Palestina integraba el Imperio Romano, y estaba gobernada por tetrarcas en nombre del emperador Tiberio, hijo y sucesor de Octavio Augusto, durante cuyo reinado nació Cristo. En Judea el procurador romano Poncio Pilatos gobernaba en lugar de Arquelao; en Galilea, Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, autor de la matanza de los niños inocentes en Belén; su otro hijo Filipo gobernaba Iturea y Traconitide, regiones situadas al este y al nordeste del Jordán respectivamente; la cuarta provincia, Abilene, adyacente a Galilea en el noreste, al pie del Antilibano, estaba bajo el mando de Lisanias. Los sumosacerdotes eran en ese momento Anas y Caifas, lo cual debe ser entendido de este modo: en realidad el sumosacerdote era Caifas, pero su suegro Anas, a pesar de haber sido depuesto por el poder civil, gozaba de la autoridad y del respeto de la gente y, de hecho, compartía el liderazgo con su yerno.

Luego de la muerte de Augusto en el año 767 desde la fundación de Roma, Tiberio accedió al trono. Sin embargo, dos años antes, en 765 ya ejercía un cogobierno, y en consecuencia, su decimoquinto año de gobierno comenzó en el 779, año en el cual según las opiniones más probables, Cristo cumplía 30 años de edad. A esto se referirá san Lucas mas tarde cuando menciona la edad que Nuestro Señor Jesucristo tenía cuando fue bautizado por Juan y comenzó su ministerio público.

San Lucas testimonia que “la palabra de Dios” vino a Juan, es decir, un llamado especial o revelación Divina que lo urgió a iniciar su prédica. El lugar donde el Bautista comenzó su oficio es llamado “desierto de Judea” por san Mateo. Situado sobre la ribera occidental del Jordán y del mar Muerto, llevaba este nombre debido a su escasa población. Luego del llamado de Dios, Juan comenzó a aparecer en áreas más pobladas de la región, como Betabara sobre el Jordán (Jn. 1:28), o Enon, próxima a Salem (3:23), cerca del agua tan necesaria para bautizar.

Los Evangelistas Mateo (3:3), Marcos (1:3) y Lucas (3:4) denominan al Bautista como “la voz que clama en el desierto: preparad el camino del Señor; haced su senda recta.” El propio Juan el Bautista utiliza estas palabras para referirse a sí mismo en el Evangelio de san Juan (1:23). Estas palabras pertenecen al texto del profeta Isaías en el que consuela a Jerusalén, diciendo que su periodo de humillación ha terminado y que pronto se manifestará la gloria del Señor y “toda carne verá la salvación de Dios” (40:3).

Esta profecía se cumplió cuando los 42000 judíos retornaron a su patria, autorizados por el rey Ciro, luego de setenta años de cautiverio en Babilonia. Este regreso es representado por el profeta como una feliz procesión, conducida por el mismo Señor Dios y precedida por su heraldo. Este heraldo grita para que se abra un camino en el desierto, se rellenen los valles y se rebajen los montes y collados a fin de ofrecer una calzada recta al paso del Señor Dios y su pueblo. Tanto los Evangelistas como san Juan el Bautista explican esta profecía con una prefiguración (todas las profecías del Antiguo Testamento son figuras representativas de los acontecimientos que tendrán lugar en el Nuevo Testamento): el Señor que conduce a su pueblo desde el cautiverio es el Mesías, y su heraldo es san Juan, el Precursor.

En un sentido espiritual, el desierto es el pueblo de Israel y la desigualdad de su terreno representa los pecados de la humanidad que deben ser eliminados pues constituyen un obstáculo para la Venida del Mesías. Por esta razón la tarea predicadora del Precursor conduce en esencia a una sola exhortación: “¡Arrepentíos!” Isaías se refiere al Precursor, que prepara el camino del Mesías, utilizando un lenguaje figurativo; en cambio Malaquias, el último profeta del Antiguo Testamento, lo hace directamente, designándolo con la expresión “Ángel del Señor,” que es la cita con la que san Marcos comienza su Evangelio (Mc. 1:2).

San Juan el Bautista predicó el arrepentimiento relacionándolo con la inminente venida del Mesías (Mt. 3:2). Según la Palabra de Dios, este Reino es la liberación del hombre del pecado para entronizar la justicia en el interior de su ser (Lc. 17:21; Rom. 14:17), la unificación de todas las naciones, constituyendo un solo organismo, la Iglesia (Mt. 13:24-43; 47-49) y la eterna gloria celestial en la vida venidera (Lc. 23:42-43).

Preparando a la humanidad para entrar en este Reino que pronto sería revelado con la venida del Mesías, Juan exhorta al arrepentimiento. Quienes respondieron a su llamado fueron bautizados por él con un “bautismo de arrepentimiento para la remisión de los pecados” (Lc. 3:3). Éste no era el bendito Bautismo cristiano, sino tan solo la inmersión en el agua como símbolo de que la persona deseaba ser absuelta de sus pecados, de la misma manera que el agua lava la suciedad del cuerpo.

Severo asceta, llevaba una rústica vestimenta de pelo de camello y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre, Juan representaba un fuerte contraste con los maestros contemporáneos del pueblo judío, y su prédica sobre la proximidad del Reino del Mesías, cuya venida era tan tensamente anhelada no podía sino atraer la atención general. El historiador judío Flavio Josefo da testimonio de que “el pueblo cautivado por las enseñanzas de Juan, acudía a él en masa.” La autoridad de este hombre sobre los judíos era tan enorme que ellos estaban dispuestos a seguir su consejo en todo; el mismo rey Herodes temía al poder de este gran maestro. Los fariseos y saduceos no podían soportar indiferentes que las gentes acudieran masivamente a Juan y decidieron hacer lo propio pero no con sentimientos sinceros.

Por eso no es de extrañar que Juan los recibiera con duras palabras de reproche: “raza de víboras, ¿quién les enseño a escapar de la ira de Dios que se acerca?” (Mt. 3:7). Los fariseos ocultaban hábilmente sus vicios con la observación estrictamente materialista de los preceptos de la ley de Moisés, mientras que los saduceos sucumbiendo a los deleites de la carne, rehusaron todo aquello contrario a su epicúreo estilo de vida: la vida espiritual y la retribución mas allá de la tumba. Juan los acusa de arrogancia y por perseverar en su propia justicia, y les inculca que su esperanza de ser los descendientes de Abraham no traerá beneficio alguno a menos que den frutos de arrepentimiento, porque “el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt. 3:10; Lc. 3:8), por inútil. Son verdaderos hijos de Abraham aquellos que viven según el ejemplo de su fe y devoción a Dios y no quienes son tan solo sus descendientes según la carne.

Según el Evangelista Lucas este severo discurso estaba dirigido al pueblo. Pero esto no implica contradicción alguna, pues el pueblo en su mayoría, estaba contaminado con las falsas enseñanzas de los fariseos. Confundido por la estricta prédica del profeta, el pueblo comenzó a preguntar: “¿qué hemos de hacer?” (Lc. 3:10). Juan responde que es imprescindible hacer obras de amor y misericordia y abstenerse de todo mal. Estos serían los “frutos dignos de arrepentimiento.”

Aquellos eran días de expectativa general por la venida del Mesías y los judíos creían que el Mesías vendría a bautizar (Jn. 1:25). No es sorprendente entonces que muchos se preguntaran si acaso Juan no era Cristo. A esto Juan replicó que él bautizaba con agua para la conversión (Mt. 3:11), esto es, como un signo de arrepentimiento. Pero Aquel que viene después de Juan es mas Poderoso, a Quien Juan no será digno de desatar (Lc. 3:16; Mc. 1:7) y llevar (Mt. 3:11) Sus sandalias, como los esclavos hacen para su señor. “El ha de bautizaros con el Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11; Lc. 3:16; comp. Mc. 1:8) — la gracia del Espíritu Santo actuará en Su Bautismo quemando toda iniquidad con fuego abrasador. “Su aventador en su mano está, y aventará su era; y allegará su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Mt. 3:12; Lc. 3:17) — Cristo purificará a su pueblo, tanto como el granjero limpia su era de maleza y cizaña, recolectando el trigo, es decir, reuniendo a todos aquellos que hubieren creído en Él en su Iglesia, como en un granero, y todos aquellos que lo rechazaren serán sometidos al sufrimiento eterno.

El Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo.

(Mt. 3:13-17; Mc. 1:9-11; Lc. 3:21-22; Jn. 1:32-34).

Los cuatro Evangelistas relatan el Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, san Mateo es el que describe este acontecimiento con mayor detalle.

Entonces vino Jesús desde Galilea…” — san Marcos completa la cita diciendo que Cristo vino desde Nazareth de Galilea. Por lo visto, esto ocurrió en el decimoquinto año del imperio de Tiberio Cesar cuando, según san Lucas, Nuestro Señor cumplió 30 años — edad requerida para ser maestro en la fe. San Mateo nos cuenta que Juan rehúsa bautizar a Jesús diciendo: “soy yo quien debe ser bautizado por Ti, y ¿eres Tú el que viene a mí?” Sin embargo, según el Evangelio de Juan, el Bautista no conocía a Cristo antes de Su Bautismo (Jn. 1:33), hasta que vio al Espíritu de Dios descender sobre Él en forma de paloma. Aquí no hay contradicción alguna. Antes del Bautismo Juan no reconoció a Jesús como el Mesías. No obstante, cuando Cristo vino a Juan pidiendo ser bautizado, el Bautista, siendo un profeta que conocía profundamente el corazón de la gente, de inmediato sintió la santidad, pureza y eterna preeminencia de Jesús sobre él; esto explica su exclamación: “soy yo el que debe ser bautizado por Ti...” Cuando él vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús, entonces se convenció finalmente que delante de él estaba el Mesías-Cristo.

Conviene que cumplamos toda rectitud” — respondió Jesucristo al Bautista (Mt. 3:15); esto significa que Nuestro Señor Jesucristo, como Hombre y Padre de la humanidad renovada por Él, debía mostrar con Su propio ejemplo, cuan esencial resulta el cumplimiento de todos los preceptos Divinos. “Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua,” pues por estar exento de pecado, Él no necesitaba confesarse, tal como debían hacer los otros bautizados permaneciendo mas tiempo en el agua. San Lucas relata que “Jesús rezaba mientras era bautizado,” sin duda pidiendo a Su Padre Celestial la bendición para el inicio de su ministerio.

Entonces los cielos se abrieron y Juan vio al Espíritu de Dios descender en forma de paloma y posarse sobre Él.” Esto fue visto no sólo por Juan sino por el propio Jesús y todos los presentes, ya que la finalidad de este milagro era revelar a la gente que Jesús era el Hijo de Dios. Hasta entonces Cristo vivía en el anonimato, por ello la Iglesia canta en el día de la fiesta del Bautismo del Señor, también llamada Teofania: “Te has manifestado en este día al mundo entero” (kontakion). Como dice el Evangelista Juan, el Espíritu de Dios no solo descendió sobre Jesús sino que “permaneció sobre Él” (Jn. 1:32-33).

La voz de Dios Padre: “Este es,” según Mateo, o “Tú eres,” según Marcos y Lucas, “Mi Hijo muy amado en el que tengo puesta toda mi predilección,” es la indicación a Juan y al pueblo presente sobre la dignidad del Bautizado como Hijo de Dios en sentido personal, el Unigénito Hijo, en Quien la benevolencia de Dios Padre permanece eternamente. Con estas palabras el Padre Celestial responde a la plegaria de Su Divino Hijo dándole su bendición para el comienzo del enorme acto de servicio para la redención de la humanidad.

Desde la antigüedad nuestra santa Iglesia celebra el Bautismo de Cristo el 6 de enero con el nombre de Teofania, porque con este acontecimiento la Santísima Trinidad fue revelada al mundo: Dios Padre, con la voz del cielo; Dios Hijo, a través del bautismo llevado a cabo por Juan en el Jordán; Dios Espíritu Santo, descendiendo sobre Jesucristo en forma de paloma.

Los cuarenta días de ayuno y las tentaciones del demonio.

(Mt. 4:1-11; Mc. 1:12-13; Lc. 4:1-13).

La narración sobre el ayuno de cuarenta días de Nuestro Señor Jesucristo y las posteriores tentaciones del demonio en el desierto está en los Evangelios sinópticos. San Mateo y san Lucas relatan esto en detalle, mientras que san Marcos solo hace una breve mención de ello.

Después del bautismo “Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto” situado entre Jericó y el Mar Muerto. Una de las montañas de este desierto todavía lleva el nombre de Cuarentena, pues el Señor ayunó allí durante cuarenta días. La primera acción del Espíritu Santo, que residía en Jesús por el bautismo, fue llevarlo al desierto, para que con ayuno y oración Él pudiera prepararse para el grandioso ministerio de salvar a la humanidad. Allí Jesucristo ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, es decir, transcurrió todo ese tiempo sin que Él ingiriese alimento alguno. Finalmente, “tuvo hambre” (Mt. 4:2), esto es, el hambre llegó al extremo y también su debilitamiento. “Y el tentador se acercó a Él,” este fue el último intento del demonio pues, según san Lucas, durante todo el periodo de cuarenta días el diablo jamás dejó de tentar al Señor (Lc. 4:2).

¿Por qué Nuestro Señor fue tentado por el demonio?

Nuestro Señor vino al mundo para destruir las obras del demonio. Está claro que el Señor pudo haberlo hecho con el solo aliento de sus labios, no obstante, es necesario recordar que las obras del demonio se habían enraizado en los extravíos del alma humana libre, a la que el Señor había venido a salvar sin privar al hombre del magnifico don Divino de la libertad. El ser humano no fue creado ni como un peón de ajedrez, ni como un autómata, ni como un animal que se rige por su instinto irracional, sino con una personalidad libre e inteligente. Con relación a la Divinidad de Jesucristo, esta tentación aparecía como una batalla entre el espíritu del mal, cuya intención era mantener su poder sobre la gente a través de una felicidad ilusoria y el Hijo de Dios que ha venido a salvar al hombre. Esta tentación es semejante a aquella que los israelitas se permitieron cuando se quejaron ante el Señor por la falta de agua en el Refidim (Ex. 17:1-7): “¿Está el Señor entre nosotros o no?” De igual modo el demonio comienza su tentación con las palabras: “Si Tu eres el Hijo de Dios...” El demonio tentó al Hijo de Dios con la intención de provocar en Él enojo, reproche e insulto, tal como dice el salmista que hicieron los hijos de Israel cuando tentaron al Señor en el desierto (Salmo 77:40-41).

Esta tentación estaba principalmente dirigida contra la naturaleza humana de Cristo, sobre la cual el demonio esperaba extender su influencia y desviarlo hacia el camino falso. Cristo vino a la tierra para establecer su Reino entre los hombres — el Reino de Dios. Dos caminos podían conducir a ese propósito: uno, el anhelado por los judíos, era la inmediata y esplendorosa entronización del Mesías como rey del mundo; y el otro, lento y espinoso, el camino del voluntario renacimiento moral de la humanidad, combinado con muchos sufrimientos no solo para los seguidores del Mesías sino para Él mismo. Esto es exactamente lo que el demonio deseaba hacer: apartar al Señor de este segundo sendero, habiendo intentado atraerlo a la manera humana hacia la liviandad del primer camino, que prometía ningún sufrimiento y sólo gloria.

En primer lugar, valiéndose del hambre que mortificaba a Jesús como humano, el demonio intentó convencerlo para que utilizara su Poder Divino y así liberarse de la tan penosa sensación para todo ser humano como es el hambre. Señalando las piedras (las que hasta el día de hoy conservan la forma de hogazas de pan), le dice: “Si tú eres el Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan.” El diablo esperaba que, habiéndolo tentado ya una vez, Jesús reaccionaría de modo similar en el futuro: se rodearía de legiones de ángeles frente a las hordas enemigas; descendería de la cruz; invocaría a Elías para que lo salve (Mt. 26:53; 27:40, 49), y entonces la obra de salvar a la humanidad mediante los sufrimientos del Hijo de Dios en la cruz no tendría lugar. Habiendo convertido el agua en vino para los demás y multiplicado milagrosamente el pan, Dios-Hombre rechazó este astuto consejo con las palabras que Moisés dijo al referirse al maná, con el que Dios alimentó a su pueblo durante 40 años en el desierto: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Deut. 8:3; Mt. 4:4; Lc. 4:4). Por “toda palabra”aquí debe entenderse la benevolencia Divina que se ocupa del hombre. El Señor realizó milagros para satisfacer las necesidades de los otros y no las propias: si durante todos sus sufrimientos, en lugar de tolerarlos, Él hubiera recurrido a sus poderes Divinos, no hubiera sido un ejemplo para nosotros. La continua repetición de este milagro le hubiera permitido a Jesús cautivar a aquellas gentes que en ese tiempo demandaban “pan y signos,” sin embargo, esa gente no hubiera sido digna del Reino de Dios que Él estaba fundando: Su propósito era que la humanidad lo siguiera libremente a través de Su palabra, y no como esclavos atraídos por la fácil posesión de bienes terrenales.

Luego de ser derrotado con su primera tentación, el diablo arremetió con la segunda: llevó a Jesús a Jerusalén y lo puso en la parte mas alta del templo sugiriendo: “Si eres Hijo de Dios, échate abajo; que escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y te alzarán en las manos, para que nunca tropieces con tu pie en piedra” (Mt. 4:6; Lc. 4:9-10). Una vez mas su propósito era asombrar a la gente que tan intensamente aguardaba la venida del Mesías, y así atraerlos con facilidad. Por supuesto, esto no hubiera traído beneficio moral alguno para la gente, y el Señor rechazó esa propuesta con las palabras: “Escrito está además: No tentaras al Señor tu Dios” (Mt. 4:7; Lc. 4:12). Las mismas palabras que fueron dichas por Moisés al pueblo de Israel (Deut. 6:16). Jesucristo quiere decir entonces que es desaconsejable exponerse al peligro sin necesidad, tentando al prodigioso poder de la omnipotencia de Dios.

El diablo insiste con una tercera tentación mostrándole a Cristo, desde una alta montaña, “todos los reinos del mundo y su esplendor,” diciéndole “te daré todo esto si te postras para adorarme“(Mt. 4:8-9). San Lucas agrega a esto que el diablo le mostró a Jesús “en un instante” todos los reinos del mundo diciendo: “Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero” (Lc. 4:6-7). El diablo desplegó antes los ojos de Cristo la escena de todos los reinos de la tierra, sobre los que, como espíritu del mal, él tenía auténtico dominio. El demonio le mostró a Cristo las fuerzas y medios a su disposición en este mundo, para combatir a Dios, Quien vino a la tierra para salvar a la humanidad de ese control. En apariencia, el diablo esperaba que esta escena confundiera el espíritu humano de Jesús, instilando miedo y duda en Su alma acerca de la posibilidad de lograr la enorme tarea de salvar a la raza humana.

¿Qué podría ser más atemorizante que ver al mundo voluntariamente sometido a la voluntad del diablo? El demonio intentaba decirle al Señor: “ves mi poder sobre los humanos; no interfieras en lo sucesivo con mi gobierno sobre la gente, pues yo estoy dispuesto a compartir mi autoridad contigo — sólo tienes que unirte a mí, adorarme, y serás el Mesías anhelado por los judíos.” Está claro que con estas palabras prometía a Jesús un poder y señorío estrictamente superficial sobre el ser humano, conservando para sí la autoridad interior, espiritual. En efecto, esto era lo que el Señor no quería, enseñando que Él no había venido a gobernar en apariencia, no para ser servido como un gobernante terrenal (Mt. 20:28), y que Su Reino no es de este mundo (Ju. 18:36), Su Reino es puramente espiritual. Por ello el Señor rechaza al demonio: “¡Apártate Satanás!” (Mt. 4:10), citando las palabras del Deuteronomio (6:13): “Adoraras al Señor tu Dios, y a Él solo rendirás culto.”Con esto Jesús muestra que Él no acepta la autoridad del demonio sobre el mundo, pues el universo pertenece al Señor Dios, y Él es el Único que será adorado.

Según el Evangelio de Lucas el demonio se alejo de Jesucristo “hasta el momento oportuno” (Lc. 4:13), porque pronto comenzará a tentar al Señor a través de la gente, creando todo tipo de intrigas.

El Evangelista Marcos hace una importante referencia al hecho de que, en el desierto, Jesús “vivía entre las fieras” (Mc. 1:13). Como el Nuevo Adán, las bestias salvajes no se atrevían a atacarlo reconociendo en Él a su Soberano.

Los primeros discípulos de Cristo.

(Jn. 1:35-51).

Luego de las tentaciones del demonio Nuestro Señor Jesucristo se dirigió una vez mas hacia el Jordán al encuentro de Juan. Entretanto, en la víspera de su retorno, el Bautista dio un nuevo y triunfal testimonio de Cristo ante los fariseos — pero esta vez no de la venida del Mesías como promesa, sino como una realidad. Sólo el Evangelio de Juan narra este suceso (Jn. 1:19-34). Sacerdotes y levitas fueron enviados por los judíos desde Jerusalén para interrogar a Juan. Ellos querían saber si acaso él no era el Cristo, pues según sus creencias era sólo el Mesías-Cristo quien podía bautizar. “Él [el Bautista] confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: Yo no soy el Cristo” (Ju. 1:20). Luego le preguntaron si acaso no era un profeta, a lo que Juan contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto” (Jn. 1:23), enfatizando que su bautismo con agua tal como su ministerio todo es solo preparatorio, y para evitar otras preguntas, concluye su respuesta con una declaración triunfante: “Entre ustedes hay Uno a quien ustedes no conocenes Él Quien, viniendo después de mí, me precede” (Ju. 1:26-27). Él comienza su ministerio después de mí pero tiene existencia eterna y dignidad Divina, “y yo no soy digno de desatar la correa de Su sandalia” (Ju. 1:27). Este testimonio fue dado en Betabara donde las multitudes acostumbraban a acudir a Juan.

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo“; confirmando que Aquel que bautiza con el Espíritu Santo, es el Hijo de Dios, pues: “yo vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él” (Ju. 1:29-34).

El día después, luego de su testimonio personal sobre la llegada del Mesías, el Hijo de Dios, que había cargado sobre Él todos los pecados del mundo, el Bautista estaba una vez mas en la orilla del Jordán junto a dos de sus seguidores. Al ver al Señor pasar cerca de ellos, Juan repite las mismas palabras sobre Él: “He aquí el Cordero de Dios” (Jn. 1:36). Al llamar Cordero a Cristo, Juan aplica la maravillosa profecía de Isaías en la que presenta al Mesías como una oveja conducida al matadero y que permanece muda ante su esquilador (Is. 53:7). En consecuencia la idea principal del testimonio de Juan es que Cristo es el sacrificio ofrecido por Dios a causa de los pecados de la humanidad. Sin embargo, en las palabras de Juan acerca de Jesús: “quien quita el pecado del mundo,”este enorme Sacrificio viviente también representa al Sumosacerdote, que se santifica a Sí Mismo: carga sobre Sí los pecados del mundo y se sacrifica por el mundo.

Después de escuchar este testimonio sobre la Divinidad de Cristo, ambos discípulos de Juan siguieron a Jesús hasta donde Él vivía, permaneciendo con Él desde la décima hora (según nuestro horario las cuatro de la tarde), hasta altas horas de la noche, escuchando Su prédica, la que infundía en ellos la firme convicción de que Él era el Mesías. Uno de los discípulos era Andrés y el otro era el mismísimo Evangelista Juan, quien jamás se mencionó a sí mismo al narrar aquellos eventos en los cuales participó. Al volver al hogar luego de conversar con el Señor, Andrés fue el primero en anunciar que él y Juan habían encontrado al Mesías; él informa a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn. 1:41). Así, Andrés fue no solo el Primer Discípulo llamado por Cristosino el primero de los apóstoles que predicó acerca de Él y convirtió y trajo al futuro líder de los apóstoles. Cuando Andrés presentó su hermano a Cristo, el Señor le dirigió una mirada penetrante llamándolo Cefas, que significa “roca,” es decir, Petros en griego.

Al día siguiente, Jesús resolvió partir a Galilea y convocó a Felipe para seguirlo. Felipe encontrando a Natanael intentó invitarlo diciendo: “Hemos hallado a aquel de quien se habla en la ley de Moisés y en los profetas. Es Jesús de Nazareth, el hijo de José.” Sin embargo, Natanael objetó: “¿Acaso puede salir algo bueno de Nazareth?” En apariencia Natanael compartía con muchos judíos el prejuicio que Cristo, como un rey con grandiosidad terrena, vendría y se manifestaría con esplendor entre los más altos niveles de la sociedad de Jerusalén. Por otra parte en ese tiempo Galilea tenía una mala reputación entre los judíos, y Nazareth, esta pequeña ciudad que nunca se menciona en los sagrados escritos del Antiguo Testamento, parecía no haber sido de modo alguno el lugar de nacimiento del Mesías, anunciado por los profetas. Sin embargo, la piadosa alma de Felipe no vio la necesidad de refutar el prejuicio de su amigo ofreciéndole convencerse de la veracidad de sus palabras diciendo: “Ven y verás.”

Natanael era una persona recta y sincera, y deseando investigar hasta que punto eran ciertos los dichos de su amigo, decidió seguir a Cristo. El Señor da testimonio de la simpleza e ingenuidad de su alma cuando dice: “Este es un verdadero israelita en quien no reside el engaño.” Natanael expresó su sorpresa al ver que el Señor sabía ya sobre él al verlo por primera vez. Así, para disipar totalmente las dudas de Natanael y atraerlo hacia Sí, Cristo revela su Divina omnisciencia, aludiendo a una circunstancia privada en la vida de Natanael, con un significado que solo podía serconocido por el discípulo: “Yo te vi antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.” Desconocemos lo que Natanael estaba haciendo debajo de la higuera, pero como podemos ver, se trata de un misterio que solo Natanael y Dios conocen. Esta revelación sorprendió tanto a Natanael que en un instante se disiparon todas sus dudas sobre Jesús: comprendió que delante de él no había un ser humano común, sino Uno dotado con la omnisciencia Divina, y creyendo al instante en Jesús como el Divino Mesías-Enviado, expresó esto con palabras plenas de ferviente fe: “¡Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel!” Algunos suponen que Natanael tenía la costumbre de rezar bajo la higuera y es probable que en ese momento haya experimentado una peculiar angustia mientras oraba, angustia esta que se instaló en su memoria y acerca de la cual nadie sabía. Por esto, las palabras del Señor despertaron en él la más ferviente fe en Cristo como Hijo de Dios, ante Quien se revelan las profundidades del alma humana.

Ante la exclamación de Natanael, el Señor se dirige a todos sus seguidores profetizando: “Os lo digo con toda verdad: Habéis de ver el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre.” Con estas palabras el Señor nos dice que Sus discípulos verán Su gloria con los ojos del espíritu y que la antigua profecía de la unión del cielo y la tierra mediante una misteriosa escala, que fue vista en sueños por Jacob, patriarca del Antiguo Testamento (Gen. 28:11-17), será llevada a cabo a través de la Encarnación del Hijo de Dios, Quien ahora es el “Hijo del Hombre.” En el Evangelio hay 80 ocasiones en las que Nuestro Señor se llama a Sí mismo con ese nombre. Con esto Cristo confirma positiva e irrefutablemente Su naturaleza humana y a la vez subraya que Él es el Hombre en el más elevado significado de la palabra, la ideal, absoluta y universal persona, Segundo Adán, el Padre primigenio de la nueva humanidad, regenerada a través de Sus sufrimientos en la cruz. De esta manera, esta denominación en modo alguno viene a denigrar a Cristo sino que expresa Su superioridad por encima del nivel general, mostrando en Él al perfecto ideal de la naturaleza humana, es decir, de un hombre tal, que sea necesario para el estar de acuerdo con el pensamiento de su Creador y Hacedor, Dios.

Primer milagro en las bodas de Caná de Galilea.

(Jn. 2:1-12).

El primer milagro realizado por Jesucristo fue la conversión de agua en vino en Caná de Galilea. El Evangelio de san Juan es el único que relata este milagro ocurrido tres días después de la vocación apostólica de Felipe y Natanael.

Jesús fue invitado a un festín de bodas en Caná de Galilea, un pequeño pueblo situado a unas 2 o 3 horas de camino al norte del Nazareth. Ésta era la patria del recién convocado Natanael, y se llamaba “Caná de Galilea” para diferenciarla del pueblo homónimo situado cerca de la ciudad de Tiro. De acuerdo a las costumbres de hospitalidad, Jesús fue invitado allí como una persona común, como un conocido. Su madre había llegado al lugar de la boda con anterioridad. La familia que celebraba la boda no era rica, pues durante la fiesta se evidenció la falta de vino. Esta circunstancia, que amenazaba con arruinar el inocente deleite y la alegría familiar, hizo que la Santísima Virgen tuviera un rol decisivo. Su alma, llena de gracia, manifestó su primer ejemplo de intercesión y consideración por la gente ante su Hijo Divino. “No tienen vino” dijo la Virgen, indudablemente contando con que Él favorecería a estas personas con Su milagrosa ayuda.

Mujer ¿qué tenemos que ver nosotros?” respondió el Señor. Es inútil ver en la palabra “Mujer” aunque sea una sombra de irreverencia, pues se trata de una expresión muy utilizada en Oriente. Durante los más penosos momentos de su sufrimiento en la cruz, el Señor del mismo modo se dirige a su madre, encomendándola al cuidado de su discípulo amadísimo (Jn. 19:26). “Todavía no ha llegado mi hora” dice el Señor. No había llegado el momento de obrar milagros, tal vez porque el vino no se había acabado aún. De todas maneras, en las siguientes palabras de la Santísima Virgen dirigidas a los sirvientes: “Haced todo lo que Él os diga,” uno puede ver que Ella no interpretó la respuesta del Señor como una negativa.

Había allí seis tinajas de piedra que contenían agua destinada a las frecuentes abluciones establecidas por las leyes judías, por ejemplo, para lavarse las manos antes y después de las comidas. La capacidad de estas tinajas era enorme, pues cada metreta o “bath” equivalía a unos 40 litros, lo cual hacía mas impresionante el milagro obrado por el Señor.

Jesús ordenó a los sirvientes llenar las tinajas con agua hasta el tope para hacerlos testigos del milagro. “Sacad ahora, y presentad al maestresala,” es decir al encargado del banquete y para que él también se convenza de la autenticidad del milagro.

Como vemos, el milagro fue realizado por el Señor a distancia, sin tomar contacto con las tinajas, lo que atestigua con especial claridad la manifestación de Su poder Divino. “Para demostrar,” dicesan Juan Crisóstomo, “que solo Él es Quien convierte en vino el agua de lluvia que las vides absorben, milagro este que se repite en esa planta desde tiempo inmemorial; obró ese mismo prodigio en un solo instante en el banquete nupcial.” El encargado de la fiesta, sin saber de donde había aparecido ese vino, llama al novio y con sus palabras testimonia sobre la veracidad del milagro ocurrido, subrayando que el vino milagroso es de mucha mejor calidad que el que ellos tenían. De las palabras “cuando los invitados hayan bebido bien” uno no debería concluir que en esta boda todos estaban ebrios. Aquí se habla sobre la costumbre general de servir primero el mejor vino y que en este caso no se había aplicado. Es bien conocido que los judíos se distinguían por la sobriedad en la utilización del vino y que en Palestina éste era considerado una bebida común que se diluía con agua. Beber hasta la embriaguez era considerado una indecencia.

Claro está que Nuestro Señor no hubiera tomado parte de una fiesta en la que podría haber gente embriagada. La finalidad del milagro era la de llevar felicidad a esa pobre gente, completando su celebración familiar en la que se hizo sentir la gracia del Señor.

Según el testimonio de Evangelio, éste fue el primer milagro obrado por el Señor, una vez iniciado su ministerio público, con la finalidad de manifestar su gloria como Hijo de Dios y afirmar la fe de sus discípulos en Él. Después de este milagro, y de pasar algún tiempo en Nazareth, la Sagrada Familia se dirigió a Cafarnaum, desde donde emprendió el viaje a Jerusalén para celebrar la Pascua.

Primera Pascua.

Expulsión de los mercaderes del templo.

(Jn. 2:13-25).

Los primeros tres Evangelios no nos cuentan con suficiente claridad sobre la estadía del Señor en Jerusalén. Solo relatan en detalle la presencia del Señor allí en Su última Pascua, antes de ser crucificado. San Juan es el único que relata minuciosamente cada visita del Señor a Jerusalén en la Pascua y otras festividades durante los tres años de Su ministerio público. Es natural que el Señor visitara Jerusalén en ocasión de las grandes fiestas, pues allí se concentraba toda la vida espiritual del pueblo judío. En aquellos días en Jerusalén se reunían las multitudes provenientes de toda Palestina y otros países y precisamente en esta ciudad era importante que el Señor se revelara como Mesías.

La expulsión de los mercaderes del templo relatado por san Juan al principio de su Evangelio difiere de un episodio similar narrado por los sinópticos. El primer evento ocurrió al principio del ministerio público de Cristo, mientras que el último tuvo lugar al final de la vida pública de Jesús, antes de la cuarta Pascua.

El Señor acompañado por sus discípulos, se dirigió desde Cafarnaum hacia Jerusalén en ocasión de la Pascua no sólo por obligación, sino para cumplir la voluntad de Quien lo envió y continuar la obra redentora iniciada en Galilea. Durante la Pascua se reunían en Jerusalén alrededor de dos millones de judíos quienes estaban obligados a sacrificar corderos pascuales y presentarlos como ofrenda a Dios en el templo. Según el testimonio de Flavio Josefo, en el año 63 DC, el día de la Pascua judía, los sacerdotes sacrificaron en el templo 256500 corderos pascuales sin contar al ganado menor, ni las aves que también se ofrendaban. Para facilitar la venta de tan enorme cantidad de animales, los judíos convirtieron el así llamado “atrio de los gentiles” en una plaza de mercado. Reunieron aquí el ganado destinado al sacrificio, dispusieron jaulas con aves, organizaron tiendas para la venta de todo lo indispensable para los sacrificios y habilitaron casas de cambio. En esa época la moneda oficial en circulación era romana, mientras que la ley exigía que las contribuciones al templo se efectuaran en siclos, la moneda religiosa de los judíos. Por lo tanto, los judíos que venían a festejar la Pascua debían cambiar su dinero y esto les redituaba elevadas ganancias a los cambistas. Con afán de máximo lucro los judíos comerciaban en el patio del templo otros bienes que no tenían relación con los sacrificios rituales. Incluso los mismos sumosacerdotes se dedicaban a la crianza de palomas para venderlas a muy altos precios.

Nuestro Señor, habiendo hecho un azote con las sogas utilizadas para sujetar a los animales, sacó fuera del templo a las ovejas y bueyes, dio vuelta las mesas de los cambistas desparramando sus monedas y, acercándose a los vendedores de palomas, les dijo: “Quitad esto de aquí, no hagáis de la casa de mi Padre una plaza de mercado.” Así, por primera vez al llamar a Dios — Su Padre, Jesús se proclama como el Hijo de Dios ante todo el mundo. Nadie se atrevió a oponerse a la autoridad Divina con la que actúo Nuestro Señor en este episodio, pues es evidente que el testimonio de Juan el Bautista sobre Él como Mesías había llegado a Jerusalén y pudiera haber despertado la conciencia de los mercaderes. Recién cuando Jesús se acercó al lugar de las palomas, afectando así los intereses de los sumosacerdotes, estos le preguntaron. “¿Que signo nos muestras para obrar así?” El Señor respondió: “Destruid este templo y Yo lo levantaré en tres días.” Como aclara mas adelante el Evangelista, Jesús hablaba del templo de Su Cuerpo,” es decir, Él quiso expresar a los judíos: ¿Ustedes piden una señal? Ésta se les dará, pero no ahora. Cuando ustedes destruyan el templo de Mi cuerpo, Yo en tres días lo he de levantar y esto será para ustedes la señal del poder con el cual Yo hago todo esto.

Los judíos no comprendieron que, con estas palabras, Jesús anunciaba Su propia muerte, la destrucción de Su cuerpo y Su Resurrección al tercer día. Ellos entendieron literalmente sus palabras, aplicándolas al templo de Jerusalén, intentando con ello poner al pueblo en contra de Jesús.

El término griego “egerw,” traducido al Eslavonico “Yo levantaré,” en realidad significa “Yo despertaré,” vocablo que tiene poco sentido en relación a un edificio destruido y sí lo tiene con un cuerpo sumido en el sueño. Naturalmente el Señor hablaba de Su cuerpo como de un templo, pues contenía Su Divinidad; encontrándose en el templo es lógico que Nuestro Señor Jesucristo hablara de Su cuerpo como de un templo. Y cada vez que los fariseos le exigían algún tipo de señal, Nuestro Señor les decía que ellos no tendrían otra señal más que la de la profecía de Jonás, su sepultura de tres días y posterior resurrección. En este sentido las palabras del Señor dirigidas a los judíos pueden entenderse de este modo: no es suficiente para ustedes profanar la casa de mi Padre haciendo de ella una casa de mercado. Vuestro odio os lleva a crucificar y dar muerte a mi cuerpo. Hacedlo y veréis un signo tal que paralizará de terror a todos mis enemigos. Yo levantaré en tres días mi cuerpo mortificado y sepultado.

Los judíos interpretaron literalmente las palabras de Cristo para hacerlas parecer absurdas e imposibles. Ellos señalaron que aquel templo, orgullo de los judíos, había tardado 46 años en ser construido, entonces ¿cómo era posible levantarlo en tres días? La referencia es a la restauración del templo por Herodes, que dio comienzo en el año 734 desde la fundación de Roma, es decir, 15 años antes del Nacimiento de Cristo. Los 46 años de la cita se cumplieron en el 780 desde la fundación de Roma, año en el que precisamente tuvo lugar la primera Pascua del Evangelio. Los propios discípulos del Señor comprendieron el significado de tales palabras recién cuando el Señor resucitó de entre los muertos y “sus mentes pudieron entender las escrituras.”

Mas adelante el Evangelista afirma que “mientras Él estaba en Jerusalén, durante la Pascua muchos creyeron en Su Nombre, viendo los milagros que hacía.” Pero “Jesús no se fiaba de la fe de ellos,” es decir no confiaba en ellos porque la fe fundada solo en los milagros y que no se nutre con el amor de Cristo no puede considerarse una fe verdadera. El Señor, Dios Todopoderoso, conocía a todos los hombres y sabía lo que estaba escondido en las profundidades de cada alma, por lo tanto no confiaba en las palabras de aquellos quienes, viendo Sus milagros, profesaban tener fe en Él.

Diálogo de Nuestro Señor Jesucristo con Nicodemo.

(Jn. 3:1-21).

La expulsión de los mercaderes del templo y los milagros realizados por el Señor en Jerusalén impresionaron tan fuertemente a los judíos que uno de sus “príncipes,” un magistrado miembro del Sanedrín (Jn. 7:50), llamado Nicodemo, decidió visitar a Jesús. Nicodemo acude deseoso de escuchar las enseñanzas de Cristo, aunque lo hace de noche, temiendo despertar la ira de sus colegas predispuestos hostilmente hacia el Señor.

Al encontrarse con Jesús, Nicodemo lo llama “Rabí,” que quiere decir “Maestro,” reconociendo en Él el derecho de enseñar y que, según los escribas y fariseos Jesús tenía vedado, pues no había egresado de una escuela rabínica. Esto ya muestra la buena predisposición de Nicodemo hacia Jesús. Mas tarde lo llamará “Maestro venido de parte de Dios,” aceptando que Jesús obra prodigios con el poder Divino que estaba con Él. Nicodemo no habla solo por sí mismo, sino en nombre de todos los judíos que creían en el Señor, y quizás también en el de algunos miembros del Sanedrín, aunque la mayoría de ellos era hostil al Señor.

Toda la conversación es maravillosa porque está dirigida a destruir las falsas e increíbles concepciones del fariseísmo acerca del Reino de Dios y las condiciones que debían reunir los seres humanos para ingresar en ese Reino. El diálogo está dividido en tres partes: el renacimiento espiritual, como exigencia fundamental para entrar al Reino de Dios; la redención de la humanidad mediante los sufrimientos en la cruz del Hijo de Dios, sin lo cual hubiese sido imposible para los hombres heredar el Reino de Dios; y la naturaleza del Juicio sobre aquellos que no hallan creído en el Hijo de Dios.

El típico fariseo en ese tiempo era una peculiar personificación del mas estrecho y fanático nacionalismo: “no somos como los demás individuos.” El fariseo se consideraba un dignísimo e intachable miembro del glorioso Reino del Mesías, no solo por su origen judío, sino también por su carácter de fariseo. Según sus creencias, el Mesías mismo debía ser como ellos, y liberaría a los judíos del yugo extranjero estableciendo un reino universal en el cual los judíos ocuparían una posición dominante. Nicodemo, por lo visto, compartía esta concepción de los fariseos, pero es probable que en lo profundo de su alma sintiera que era falsa, preguntándose si Jesús, cuya maravillosa personalidad era la causa de tantos rumores, sería acaso el esperado Mesías. Entonces, decidió ir personalmente al Señor para asegurarse.

Jesús inicia Su conversación con Nicodemo destruyendo de inmediato las falsas concepciones fariseas. “En verdad, en verdad te digo,” le dice Jesús, “te aseguro que el que no renace de lo alto no podrá entrar en el Reino de Dios.” En otras palabras, es insuficiente ser judío de nacimiento. Se requiere un completo renacimiento moral que viene desde lo alto, dado por Dios, y uno debería nacer de nuevo, convertirse en una nueva criatura (en esto reside la esencia del cristianismo). Los fariseos imaginaban el Reino del Mesías como un reino terrenal, material y por ello, no es extraño que Nicodemo haya entendido las palabras del Señor en sentido literal, esto es, que para entrar al Reino del Mesías era necesario un segundo nacimiento carnal, manifestando su perplejidady señalando lo absurdo de esa condición: “¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?” Jesús explica que la conversación no se refiere a un nacimiento físico, sino a un especial nacimiento espiritual que se diferencia tanto en las causas, como en los frutos.

Se trata de un nacimiento “de agua y Espíritu.” El agua es un medio o instrumento y el Espíritu Santo el Poder ejecutor del nuevo nacimiento, la Causa de la nueva existencia: “Quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.” Este nuevo nacimiento se diferencia del carnal también por sus frutos: “lo que nace de la carne, carne es.” Cuando un hombre nace de sus padres terrenales, hereda de ellos el pecado ancestral de Adán, anidando en la carne piensa según la carne y complace sus pasiones y concupiscencias carnales. Estas deficiencias del nacimiento físico pueden corregirse con el nacimiento espiritual: “lo que nace del Espíritu, espíritu es.” Aquel que aceptó renacer del Espíritu, entra en una vida espiritual, elevándose sobre todo lo corporal y sensible. El Señor, al advertir que Nicodemo seguía sin comprender, le explica en qué consiste ese nacimiento del Espíritu, comparándolo con el viento. “El viento [el Espíritu] sopla donde quiere y escuchas su voz pero no sabes de donde viene ni hacía donde va; así es todo aquel nacido del Espíritu.”

En otras palabras en el renacimiento espiritual es posible observar solo aquel cambio que ocurre en el hombre mismo, mientras que la fuerza renovadora, el camino por el cual llega, el medio por el que actúa, todo es misterioso e imperceptible. Es semejante a la acción del viento sobre nosotros; oímos “su voz” pero de donde proviene y hacia donde se dirige no podemos ni verlo ni saberlo porque es libre en su ímpetu y no depende de nuestra voluntad. Idéntica es la acción del Espíritu de Dios que nos renueva: es evidente y sensorial, aunque enigmático e inexplicable.

Nicodemo continuaba sin entender y su pregunta: “¿Cómo puede ser eso?” expresa tanto la desconfianza en las palabras de Jesús como su soberbia farisea que pretende entenderlo y explicarlo todo. Esta altivez farisea es derrotada con toda firmeza por la respuesta del Señor, de manera tal que Nicodemo no se atreverá en adelante a objetar cosa alguna. En su humillación, poco a poco prepara en su corazón el terreno en el que el Señor sembrará la semilla de Su enseñanza redentora: “¿Eres maestro de Israel y no sabes esto?” Con estas palabras Nuestro Señor no sólo acusa a Nicodemo, sino a la altanería de la doctrina farisea que, teniendo en sus manos la llave del entendimiento de los misterios del Reino de Dios, no entra en él y no permite el ingreso de los demás. ¿Cómo es posible que los fariseos ignoren la enseñanza sobre el imprescindible renacimiento espiritual, si en el Antiguo Testamento con frecuencia se encuentran ideas sobre la necesaria renovación del hombre? Ver Ezequiel 36:26: “Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.” Y el rey David rezaba: “Un corazón puro crea en mí ¡oh Dios! Y un espíritu recto renueva dentro de mí” (Salmo 50:12).

Pasando luego a la revelación de los sublimes misterios sobre Sí mismo y sobre Su Reino, Nuestro Señor, a la manera de una observación introductoria, le dice a Nicodemo que en contraposición a la doctrina farisea, Él y Sus discípulos anuncian una nueva enseñanza fundamentada directamente sobre el conocimiento y la contemplación de la verdad: “Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio,” es decir ustedes, los fariseos, son los falsos maestros de Israel.

Mas adelante en las palabras: “Si hablándoos de cosas terrenas no creéis ¿cómo creeríais si os hablase de cosas celestiales?” — por terrenales Nuestro Señor entiende la enseñanza sobre el imprescindible renacimiento y sus consecuencias que ocurren en el hombre y se conocen por su experiencia interior; por celestiales se entiende los sublimes misterios de la Divinidad que están por encima de cualquier contemplación y conocimiento humanos: el Consejo eterno de la Santísima Trinidad; el sacrificio Redentor llevado a cabo por el Hijo de Dios para la salvación de la humanidad y la unión en ese sacrificio del amor Divino con el recto juicio de Dios. Lo que ocurre con el hombre y dentro de él puede ser conocido por él mismo, pero ¿quién entre los hombres puede ascender al cielo y penetrar en los dominios misteriosos de la vida Divina? Nadie, excepto el Hijo del Hombre, Quien descendió a la tierra sin apartarse del cielo. “Nadie subió al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” Con estas palabras el Señor revela a Nicodemo el misterio de Su Encarnación; lo convence de que Él es más que un simple enviado de Dios, semejante a los profetas del Antiguo Testamento, como lo considera Nicodemo; que su manifestación sobre la tierra en la forma de Hijo del Hombre en el descenso de un estado superior a uno inferior, humillado, porque su Ser eterno no es de esta tierra sino del cielo.

Mas adelante el Señor revela a Nicodemo el misterio de Su sacrificio Redentor: “A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre.”¿Por qué el Hijo del Hombre debió ser elevado en la cruz para la salvación de la humanidad? Esto es precisamente aquello celestial que no puede comprenderse con el pensamiento terrenal. Como prefiguración de su sacrificio en la cruz, el Señor señala la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto. Moisés elevó ante los israelitas la serpiente de bronce para que ellos, habiendo sido mordidos, recibieran la curación al mirarla. Así, todo el género humano, herido por el pecado, viviendo según la carne, obtiene su salvación al mirar con fe a Cristo enviado en carne semejante al pecado (Rom. 8:3). En el fundamento del sacrificio de la cruz del Hijo de Dios subyace el amor de Dios por la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo que le dio Su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna.” La vida eterna se organiza en el hombre mediante la gracia del Espíritu Santo, en tanto que el acceso al trono de la gracia (Heb. 4:16) es obtenido mediante la muerte redentora de Jesucristo.

Los fariseos pensaban que la obra de Cristo consistía en el juicio de las naciones paganas. Nuestro Señor explica que Él ha sido enviado no para juzgar, sino para salvar al mundo. Los incrédulos se condenarán a sí mismos pues en esa incredulidad se expresa su afecto por las tinieblas y su odio por la luz proveniente de su apego por las malas obras. Quienes obran el bien, almas honorables, morales, por sí solas se dirigen hacia la luz sin temer que sus actos sean expuestos.

El último testimonio de San Juan Bautista acerca de Jesucristo.

(Jn. 3:22-36).

Luego de la conversación con Nicodemo, que tuvo lugar en Jerusalén durante la Pascua, “Jesús y Sus discípulos llegaron a la tierra de Judea, y allí Él permaneció con ellos bautizando…” Aquí tenemos una importante indicación del Evangelio de san Juan sobre la prolongada estadía de nuestro Señor Jesucristo en la región más meridional de Palestina, llamada Judea. Los otros tres Evangelios no mencionan este hecho. La duración de este período puede determinarse a través de las palabras que Jesús dijo a Sus discípulos al detenerse en Samaria, camino a Galilea: “¿No soléis decir vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha?” (Ju. 4:35). De estas palabras cabe concluir que el Señor regresaba a Galilea unos cuatro meses antes de la cosecha, y como ésta en Palestina tiene lugar en abril, el Señor dejó Palestina en noviembre, permaneciendo por lo tanto en Judea no menos de ocho meses, de abril a noviembre.

Los primeros tres Evangelios no mencionan este período inicial del ministerio público de Nuestro Señor Jesucristo: habiendo relatado su Bautismo y las tentaciones en el desierto, ellos de inmediato pasan a describir la actividad de Jesús en Galilea. Habiendo sido llamado por el Señor mucho mas tarde, san Mateo no fue testigo de lo ocurrido en Judea; y san Pedro, en cuyas palabras se basa el Evangelio de Marcos, tampoco estaba presente con el Señor en Judea; y es evidente que san Lucas carecía de información suficiente sobre este período del ministerio de Cristo. San Juan entonces, consideró su deber agregar aquello que había sido omitido y de lo cual él era testigo ocular. No hay indicios de que el Señor viviera todo ese tiempo en un área específica; debe suponerse que Él predicó por toda esta tierra Santa.

Jesús no bautizaba, sino sus discípulos” — relata san Juan (Jn. 4:2). Este bautismo era idéntico al practicado por Juan el Bautista: era con agua pero carecía de la Gracia, pues en ese tiempo el Espíritu Santo no residía en ellos ya que: “Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7:39). Fue recién después de la Resurrección de entre los muertos que ellos recibieron la orden de bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28:19).

Al mismo tiempo san Juan el Bautista continuaba bautizando en Enón, cerca de Salim, en un lugar que es difícil de establecer, aunque es evidente que no era contiguo al río Jordán pues carecería de sentido el agregado de la siguiente aclaración: “había mucha agua en ese lugar.” Los discípulos de Juan pronto notaron que llegaba menos gente que antes a escuchar a su maestro, y en su ciego e insensato apego por él, se sintieron menoscabados y con envidia hacia Aquel Quien había tenido enorme éxito entre la gente, es decir, Nuestro Señor Jesucristo. Es indudable que estos maliciosossentimientos eran avivados por los fariseos, quienes inventaban argumentos sobre la purificación, conducentes a que se debatiera comparativamente la dignidad del bautismo practicado por Juan con el que celebraban los discípulos de Jesús. Los seguidores del Bautista, queriendo mostrar su envidia y celo hacia Cristo, se acercaron a Juan para decirle: “Maestro, aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán y del que tú has dado testimonio, resulta ahora que bautiza (y no precisamente contigo, sino sólo e independiente) y todos acuden a Él.” “Todos” se aplica aquí con la exageración nacida de la envidia y de la intención de provocarla en el Bautista.

Desprovisto en absoluto de cualquier sentimiento de envidia hacia Cristo, el Bautista comienza su respuesta revelando la grandeza de Cristo en comparación con él, dando un nuevo, último y solemne testimonio sobre la dignidad Divina de Cristo. Al defender el derecho de Cristo a bautizar, Juan afirma que entre los enviados de Dios no hay uno sólo que pueda atribuirse nada que no haya recibido del cielo y por lo tanto, si Jesús bautiza es porque ha recibido el poder de Dios para ello. El Bautista recuerda, como lo dijo desde un principio, que él no es el Cristo sino Su Precursor. En lugar de envidia y despecho Juan expresa su alegría ante los éxitos de Cristo, llamándolo “Esposo” y nombrándose a sí mismo como el amigo del Esposo.” Ese amigo que no envidia la superioridad del Esposo, el que permanece delante de Él como Su siervo, el que experimenta “viva alegría” al escuchar Su voz.

En el Antiguo Testamento, la unión de Dios con los fieles, así como en el Nuevo Testamento, la unión de Cristo con la Iglesia, son representadas a menudo en las Sagradas Escrituras como un matrimonio (Is. 54:5-6; Is. 62:5; Ef. 5:23-27). Cristo es el Esposo de la Iglesia, y Juan — Su amigo, la persona que merece Su máxima confianza, que solo puede regocijarse por el éxito del Esposo. Entre los judíos el rol del amigo del esposo era importantísimo en los prolegómenos de una boda. Una vez que ésta se celebraba y el esposo adquiría los derechos de marido, la participación del amigo terminaba. Así ocurre con Juan: él fue la personalidad mas activa en la preparación del pueblo para recibir a Cristo. Cuando Nuestro Señor inició Su ministerio público, el rol de Juan se dio por finalizado. Es por esta razón que dice: “Es necesario que Él [Cristo] crezca y que yo disminuya,” del mismo modo que la estrella matinal desaparece paulatinamente a medida que sale el sol.

Confesando la superioridad de Cristo sobre él, Juan dice que Cristo es: “El que viene de lo alto” y por ello “esta por encima de todos,” es decir que Jesús supera a todas las personas, incluso a los enviados de Dios. El origen terrenal de Juan le permitió anunciar la verdad de Dios solo en la medida en que puede anunciarla alguien que es de la tierra; en cambio Cristo, que viene desde el cielo, da testimonio de lo celestial y Divino, de lo que Él ha visto y oído, y no hay ser humano capaz de aceptar este testimonio sin la gracia de Dios (Mt. 16:17; Jn. 6:44).

Juan advierte, con tristeza, los malos sentimientos de sus seguidores y elogia a aquellos que aceptan el testimonio de Cristo, pues Él anuncia a las gentes la palabra de Dios: quienes reconocen Sus palabras como verdaderas, reconocen como verdaderas las palabras de Dios Padre. Dios Padre dio en abundancia a Su Hijo Jesucristo los dones del Espíritu Santo, pues Él ama al Hijo y ha puesto todo en Sus manos. Por ello, el que cree en Su Hijo y Señor Jesucristo tiene vida eterna, mientras que el que se niega a creer en Él, no verá la vida eterna y “la ira de Dios permanecerá siempre sobre él.

Así, concluyendo su servicio, Juan por última vez dio testimonio sobre la Divinidad de Cristo, exhortando a todos a seguir a Jesús. Estas palabras de Juan deben ser analizadas como el testamento del más grande de los profetas.

Juan el Bautista es enviado a prisión.

(Mt. 14:3-5; Mc. 6:17-20; Lc. 3:19-20).

Poco después de brindar su último testimonio Juan fue detenido y encarcelado por denunciar la ilegítima convivencia de Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Filipo. Esto es narrado sólo por los tres primeros Evangelios.

Herodes Antipas gobernaba Galilea y Perea; era hijo de Herodes el Grande, quien había ordenado el martirio de los inocentes en Belén. Casado con la hija del rey Aretas de Arabia, inició una relación extramatrimonial con Herodías. Ésta, descontenta con su matrimonio con Filipo, abiertamente se mudó al palacio habiendo antes conseguido la expulsión de la esposa legal de Herodes. El rey Aretas se sintió profundamente insultado y en nombre de su hija declaró la guerra a Herodes. Antipas debió partir a la fortaleza de Maqueronte, al este del mar Muerto, para comandar su ejército. Allí escuchó de Juan el Bautista como profeta que atraía multitudes y esperando encontrar apoyo en él para su campaña ordenó traerlo. Sin embargo, en lugar de apoyo escuchó del Bautista esta desagradable acusación: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mc. 6:18).

Estas palabras irritaron especialmente a Herodías quien usó toda su influencia para incitar a Herodes para que eliminase a Juan. Temeroso del pueblo, Herodes no se atrevió a matar a Juan, y solo optó por encarcelarlo en la fortaleza de Maqueronte. Según el testimonio de san Marcos, Herodes respetaba a Juan, lo consideraba un hombre recto y santo y aceptaba más de una vez su consejo. Como toda persona de carácter débil, Herodes quiso acallar su conciencia haciendo unas cuantas buenas obras (sugeridas por el Bautista) para así compensar su pecado capital tan combatido por Juan. Herodes inclusive disfrutaba escuchar al Bautista pero no estaba dispuesto a renunciar a su pecado y finalmente, privó de su libertad a Juan en beneficio de la malvada Herodías.

Así concluyó el ministerio de Juan, el último de los profetas véterotestamentarios.

Partida de Nuestro Señor a Galilea. Conversación con la mujer samaritana.

(Mt. 4:12; Mc. 1:14; Lc. 4:14; Jn. 4:1-42.).

Los cuatro Evangelistas hablan sobre la partida del Señor a Galilea. San Mateo y san Marcos destacan que esto ocurrió luego del encarcelamiento de Juan el Bautista, mientras que san Juan agrega que el motivo de la partida de Nuestro Señor fue el rumor de que Jesús realizaba mayores milagros y convocaba mas gente que Juan el Bautista aunque, como dice el Evangelio de Juan, Jesús no bautizaba sino Sus discípulos. Encarcelado Juan, todo el odio de los fariseos se concentró sobre Jesús, Quien comenzó a parecerles mas peligroso que el Bautista. Aún no había llegado la hora de Su pasión y Jesús, para evitar la persecución de Sus envidiosos enemigos, abandona Judea y se dirige a Galilea. El Evangelio de san Juan es el único que refiere la conversación de Nuestro Señor con la samaritana ocurrida en el camino a Galilea.

La ruta del Señor atravesaba Samaría, región situada al norte de Judea y que había pertenecido a tres de las tribus de Israel: Dan, Efrem y Manasés. En esta región se hallaba la ciudad de Samaría, antigua capital del reino de Israel. El rey asirio Salmanasar conquistó aquel reino, tomó por esclavos a los israelitas reemplazándolos por paganos de Babilonia y otros lugares. De la fusión de estos colonos con los judíos restantes nacieron los samaritanos. Ellos aceptaban el Pentateuco de Moisés, adoraban a Jehová pero sin dejar de servir a sus propios dioses. Cuando los judíos retornaron de su cautiverio en Babilonia y comenzaron a erigir el templo de Jerusalén, los samaritanos quisieron también participar en ese emprendimiento. Sin embargo, al ser rechazados por los judíos, construyeron su propio templo en el monte Garizim. Aunque los samaritanos aceptaban los libros de Moisés, rechazaban los escritos de los profetas y todas las tradiciones: por estas razones los judíos consideraban que los samaritanos eran peores que los paganos, y evitaban todo contacto con ellos menospreciándolos y aborreciéndolos.

Al pasar por Samaría, el Señor y Sus discípulos se detuvieron a descansar cerca de un pozo, que según la tradición, había sido excavado por Jacob, cerca de la ciudad de Siquem, llamada Sicar (llamada burlonamente “shikar” que significa embriagar o “sheker” que quiere decir “mentira”) por el Evangelista Juan. El Evangelio señala que “era la hora sexta” (el mediodía según nuestro horario), el momento mas caluroso del día que invitaba al imprescindible descanso. Los discípulos de Jesús habían ido a la ciudad a comprar provisiones. Mientras tanto “Llegó una mujer samaritana a sacar agua” y Cristo le dijo: “Dame de beber.” Al reconocer en Jesús a un judío por Sus ropas y Su manera de hablar, la samaritana expresa su asombro ante el hecho que un judío se dirija a ella pidiéndole agua, sabiendo el odio y desprecio que los judíos sentían por los samaritanos. Pero Jesús, que había venido al mundo a salvar a todos, no solo a los judíos, le dice a la mujer que si ella supiese con Quien estaba hablando y que gran fortuna Dios le había enviado en este momento, no haría tales preguntas. Si ella pudiera saber Quien le dice “Dame de beber,” entonces sería ella la que hubiera rogado a Jesús saciar su sed espiritual y revelarle el misterio que todos anhelan conocer: Él le daría “agua viva” es decir la gracia del Espíritu Santo (ver Jn. 7:38-39).

La samaritana no comprendió al Señor, creyendo que el agua viva era la del fondo del pozo. Entonces, se dirigió a Jesús preguntándole: “Señor, tu no tienes con qué sacarla y el pozo es hondo; ¿de dónde sacas pues esa agua? ¿Eres tú acaso más poderoso que nuestro padre Jacob? Él nos dejó este pozo. Y de aquí bebió él y bebieron sus hijos y su ganado” (Jn. 4:12). Ella recordó con orgullo y amor al patriarca Jacob, pues él había legado este pozo a su descendencia. Luego el Señor abre la mente de la samaritana al mas sublime entendimiento de Sus palabras: “Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed. Pero el que beba del agua que Yo le dé, nunca jamás tendrá sed. El agua que Yo le daré se convertirá en manantial que fluye hasta la vida eterna” (Jn. 4:13-14). En la vida espiritual el agua bendita tiene un efecto diferente al del agua terrenal en la vida física. Aquél que está lleno de la gracia del Espíritu Santo jamás sentirá sed espiritual, porque todas sus necesidades espirituales habrán sido satisfechas; mientras que aquél que bebe el agua física, tanto como aquél que satisface alguna otra necesidad terrenal, sacia su sed por algún tiempo y pronto “tendrá sed de nuevo.” Es más, el agua bendita habitará en el hombre estableciendo una fuente dentro de él, que fluyendo a borbotones lo llevará a la vida eterna es decir, hará de esa persona un comulgante de la vida eterna.

La mujer continuaba sin comprender al Señor y pensando que Él se refería al agua común — solo que a un tipo especial de agua que saciaba la sed para siempre — le pide al Señor un poco de ese agua, de manera de no necesitar volver más al pozo por agua. Jesús, queriendo que la samaritana comprenda que ella no está hablando con un hombre común, primero le ordena llamar a su marido y luego la acusa no sólo de haber tenido varios hombres, sino de mantener ahora una relación adúltera. Al ver que delante suyo había un profeta, que conoce todo secreto, la mujer se dirige a Él buscando la solución del problema que tanto atormentaba a los samaritanos en su relación con los judíos: ¿Quién tiene la razón en la discusión sobre el lugar en el que debe adorarse a Dios? ¿Los samaritanos, quienes siguiendo a sus antepasados construyeron el templo en el monte Garizim o los judíos, quienes aseguraban que solo era permitido adorar a Dios en Jerusalén? Basados en las directivas de Moisés en Dt. 11:29, de bendecir al monte Garizim, los samaritanos lo eligieron como lugar de adoración. Aunque su templo, erigido allí, fue destruido por Juan Hircano en el año 130 AC., ellos continuaron ofreciendo sus sacrificios entre sus ruinas. El Señor responde al entredicho explicando que es un error pensar que se debe adorar a Dios en un lugar específico. El conflicto entre samaritanos y judíos pronto carecería de sentido pues tanto el ritual judío como el samaritano cesarían en un futuro cercano. Esto se cumplió cuando los samaritanos, diezmados por los soldados, se desilusionaron de la importancia de su montaña, mientras que Jerusalén era destruida por los romanos en el año 70 DC y el templo, quemado.

Sin embargo, el Señor muestra Su preferencia por el culto judío, teniendo en cuenta que los samaritanos solo habían aceptado el Pentateuco de Moisés, rechazando los escritos proféticos, que contenían una detallada descripción de la personalidad del Mesías y Su Reino. “La salvación [viene] de los judíos,” pues el Redentor de la humanidad proviene del pueblo judío. Luego Nuestro Señor, desarrollando su afirmación inicial dice: “Llega la hora” (ya que el Mesías había aparecido), indicando que es el tiempo de una nueva y sublime adoración a Dios, que no está restringida a lugar alguno sino que ha de extenderse por todas partes, pues se realizará en espíritu y en verdad. Solo esta adoración es genuina, por corresponder a la naturaleza de Dios mismo, Quien es Espíritu. Adorar a Dios en espíritu y verdad significa tratar de agradar a Dios no solo en lo exterior, sino a través de una lucha sincera y pura con toda la fuerza del ser espiritual, para Dios, como Espíritu. No a través de sacrificios propiciatorios, a la manera de los judíos y samaritanos en su creencia que era el único camino para honrar a Dios; si conociendo y amando a Dios sin falsedad ni hipocresía, complaciéndolo al cumplir sus mandamientos. Adorar a Dios “en Espíritu y verdad” de modo alguno excluye el lado ritual de la veneración como algunos falsos maestros y sectarios intentan afirmar cuando exigen primacía para estas formalidades. Sin embargo, no hay nada reprochable en este aspecto formal de la veneración: es esencial e inevitable pues el ser humano es alma y cuerpo. El propio Jesucristo físicamente adoraba a Dios Padre, de rodillas y postrado en suelo, sin rechazar semejante adoración hacia Él mismo por parte del pueblo durante Su vida en la tierra (ver Mt. 2:11; Mt. 14:33; 15:22; Jn. 11:21 y 12:3 y muchas otras citas).

La samaritana de algún modo comienza a comprender el significado de las palabras de Cristo: “Sé que vendrá el Mesías, el llamado Cristo; cuando Él venga nos hará saber todas las cosas.” Los samaritanos también esperaban al Mesías, llamándolo Ha Taeb, basando sus expectativas en las palabras del Pentateuco: Gen. 49:10, Num. 24 y especialmente las palabras de Moisés en el Dt. 18:18. La concepción que tenían los samaritanos del Mesías era menos distorsionada que la de los judíos pues lo aguardaban como un profeta y no como un caudillo político. Por eso Jesús tardó mucho en proclamarse Mesías ante los judíos, en cambio, a esta humilde mujer samaritana le manifestó directamente que Él era el Mesías-Cristo prometido por Moisés: “Ese soy Yo, le dijo Jesús, Yo que te estoy hablando.” Extasiada de alegría al ver al Mesías, dejó caer el cántaro y corrió a la ciudad para anunciar a todos la llegada del Mesías para Quien todos los corazones son conocidos, habiéndole revelado a ella su pasado. En este momento llegaron sus discípulos sorprendidos de encontrar a Su Maestro dialogando con una mujer, lo cual era condenado por las reglas rabínicas: “no hables demasiado con una mujer,” “nadie debe hablar con una mujer en el camino, ni siquiera con la legítima esposa,” “es preferible quemar las palabras de la ley que enseñarlas a una mujer.” Sin embargo, reverenciando a Su Maestro los discípulos no mostraron su asombro y sólo Le pidieron que probara el alimento que habían traído.

El hambre que Jesús sentía en ese momento fue ahogado por Su felicidad al ver la conversión de aquel pueblo samaritano preocupado por su salvación. Cristo se regocijaba porque la semilla sembrada por Él hubiera comenzado a dar sus frutos. Él rehusó aplacar su hambre y replicó a Sus discípulos que el alimento verdadero para Él era llevar a cabo la tarea de salvar a la humanidad encomendada por Dios Padre. Los habitantes de Samaría que se acercaban a Él, le parecían a Cristo un trigal maduro para la cosecha, mientras que en los campos la cosecha está lista recién a los cuatro meses. Es habitual que coseche el que siembra la semilla en la tierra: al sembrar las semillas en las almas, la cosecha espiritual va mas a menudo a los demás, pero el sembrador también se regocija, pues él sembró para otros y no para sí mismo. Por eso Cristo dice que Él envía a los Apóstoles a cosechar en el trigal espiritual que no fue cultivado por ellos sino por otros, los profetas del Antiguo Testamento y por Él mismo. Estaba dando estas explicaciones cuando se le acercaron los samaritanos. Muchos creyeron en Cristo “por la palabra de la mujer,” pero fueron muchos más los que creyeron “por Su palabra.” Fue así que lo invitaron a quedarse con ellos y Él pasó en aquel pueblo dos días. Al escuchar las enseñanzas del Nuestro Señor, se convencieron de que Él era en verdad Cristo, el Salvador del mundo.

Cristo el Salvador se establece en Galilea e inicia Su prédica.

(Mt. 4:13-17; Mc. 1:15; Lc. 4:14-15; Jn. 4:43-45).

Los cuatro Evangelistas se refieren a la llegada de Nuestro Señor a Galilea y el comienzo de Su prédica. Llegado a Galilea, Él dejó Nazareth, la ciudad paterna, testimoniando que nadie es profeta en su tierra, para establecerse frente al mar, en Cafarnaum, perteneciente a las tribus de Zabulón y de Neftalí. San Mateo advierte en esto el cumplimiento de la profecía de Isaías: “El tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles. El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande” (Is. 9:1-2).

Los galileos recibieron con agrado a Jesús, pues también ellos visitaban Jerusalén en ocasión de la Pascua y habían visto todo lo que Jesús había hecho allí. Muy pronto su fama se extendió por todas las regiones y Jesús recorría Galilea enseñando en sus sinagogas. Él dio comenzó Su tarea predicadora con las palabras: “¡Arrepentíos, pues se aproxima el Reino de los Cielos!” Es de destacar que éstas Sus palabras son las mismas con las que inició su predicación san Juan el Bautista. Nuestro Señor vino para establecer entre la gente un nuevo Reino, un nuevo orden, tan diferente a la vida pecaminosa. Era, en verdad, imprescindible que la gente abandonando lo antiguo, renaciese a través del arrepentimiento, es decir a través de un completo cambio interior. El arrepentimiento es la modificación total de pensamientos, sentimientos y aspiraciones.

Desde el momento en el que el Señor llegó desde Judea, Galilea se transformó en sede habitual de Su actividad. Esta era una región pequeña en cuanto a su territorio, pero muy poblada. Sus habitantes no sólo eran judíos, sino también fenicios, árabes e incluso egipcios. La extraordinaria fertilidad del suelo galileo atraía multitud de colonos que formaron un sólo pueblo con los residentes locales. La judía era la religión predominante, aunque vivían allí muchos gentiles y por ello se la conocía como “el distrito de los Gentiles“.

La motivación era doble, por un lado la ignorancia religiosa de los galileos y por otro, su mayor libertad en cuanto a los prejuicios religiosos de los judíos, en especial en lo concerniente al Mesías. Todos los discípulos del Salvador eran naturales de Galilea y Sus otros seguidores podían acompañarlo libremente a través de esta fértil región. Esto explica por qué Nuestro Señor eligió Galilea como sitio principal de Su actividad predicadora. De este modo, los galileos en verdad se volvieron más receptivos a las enseñanzas de Jesús que los judíos soberbios.

Curación del hijo de un funcionario de la corte en Caná.

(Jn 4:46-54).

Camino a Cafarnaum, Nuestro Señor llegó otra vez a Caná donde había realizado Su primer milagro: la conversión de agua en vino. Habiéndose enterado de esto, un funcionario de la corte de Herodes se presentó ante Jesús para pedirle que fuese a Cafarnaum a curar a su hijo moribundo. “Jesús le replicó: Vosotros no creéis si no es viendo señales y prodigios.” Nuestro Señor dice que la fe basada en la contemplación de los milagros es menor que aquella que se fundamenta en la compresión de Su enseñanza Divina, pura y sublime. La fe nacida de milagros exige mas y mas milagros para sustentarse, pues los anteriores se vuelven habituales y cesan de asombrar. Además, el hombre que solo reconoce la enseñanza que se acompaña de milagros puede caer con facilidad en el engaño, aceptando la mentira como verdad, pues los milagros puede ser falsos, satánicos. Por ello la Palabra de Dios nos previene sobre el cuidado que se debe tener con los milagros (Dt. 13:1-5). Apenado, Nuestro Señor se refiere a la falta de discernimiento de los galileos. Al reproche de Jesús el funcionario de la corte insiste en su ruego, mostrando así su fe. Entonces, Jesús cura al hijo a distancia diciendo: “Vete, que tu hijo está bien.” Los sirvientes del funcionario, impresionados por la maravillosa curación del moribundo, salieron a su encuentro para contarle la feliz noticia que la fiebre de su hijo había cesado. El padre, habiendo creído en la Palabra del Señor, preguntó sobre la hora en que ocurrió la mejoría pues creía que la curación se daba paulatinamente. Entonces supo que ésta había ocurrido en el mismo instante en que escuchó decir a Jesús: “Tu hijo está bien.” “Y creyó él y toda su casa.” Con cierta probabilidad el funcionario del relato era Cusa, cuya mujer, llamada Juana, luego fue seguidora de Jesús.

Este fue el segundo milagro de Jesucristo en Galilea.

Jesús convoca a los pescadores.

(Mt. 4:18-22; Mc. 1:16-20; Lc. 5:1-11).

Tres Evangelistas: Mateo, Marcos y Lucas narran el llamado a los primeros Apóstoles. Mateo y Marcos son concisos, sólo afirman el hecho. San Lucas, en cambio, describe con mas detalle la pesca milagrosa que precedió al llamado de Cristo. El Evangelio de san Juan recuerda que desde su encuentro en el Jordán siguieron al Señor Andrés y Juan, luego vinieron Simón, Felipe y Natanael. Sin embargo, al regresar con Jesús a Galilea, ellos poco a poco retornaron a su anterior actividad de pescadores. El Señor nuevamente los convoca a seguirlo, ordenándoles dejar la pesca y consagrarse a otro menester — volverse pescadores de hombres para el Reino de Dios.

El rumor de la llegada del Mesías se difundió con rapidez por toda Galilea y las multitudes confluían para escuchar las enseñanzas de Jesús. En cierta ocasión, hallándose Jesús en la ribera del lago de Genesareth (también llamado mar de Genesareth aparentemente por las fuertes tempestades que allí ocurren), era tal la multitud agolpada a Su alrededor que debió subir a una de las barcas para alejarse de la orilla y enseñar desde allí a su numeroso auditorio. Al concluir Su prédica el Señor ordenó a Simón, propietario de la barca, adelantarse en el mar y echar las redes. Simón, pescador experimentado, que había trabajado toda la noche sin fortuna, estaba convencido de que un nuevo intento sería infructuoso. No obstante, echó las redes y recogió tal cantidad de peces que la red se rompía. Pedro y Andrés hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, Santiago y Juan, para que vinieran a ayudarles. La pesca fue tan abundante que al llenar las dos barcas éstas comenzaron a hundirse. Sobrecogido, con un temor reverencial, Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: “Apártate de mí Señor, que soy un hombre pecador.” Con estas palabras él quiso expresar el grado de su indignidad frente a la grandeza y el poder del Taumaturgo. El Señor tranquiliza a Pedro con humildad y anuncia su futuro y sublime designio. Según atestiguan Mateo y Marcos, Nuestro Señor dijo a los hermanos Pedro y Andrés: “Venid en pos de mí y Yo os haré pescadores de hombres,” y luego, llamó a los otros hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Ellos, dejando sus redes y a su padre, siguieron a Jesús.

El poder de la enseñanza de Cristo. Curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaum.

(Mc. 1:21-28; Lc. 4:31-37).

Cafarnaum fue el principal lugar de residencia del Señor Jesucristo en Galilea. Tanto es así que se transformó en “Su ciudad” y también allí, le fue requerido como al resto de los habitantes el pago del tributo (Mt. 17:24; 9:1). Cafarnaum se encontraba en el límite de dos soberanías: Galilea e Iturea; sobresalía por su clima propicio, su abundancia material y tenía todos los antecedentes para que allí acudieran a reunirse las multitudes deseosas de escuchar a Jesús. Viviendo en Cafarnaum Cristo enseño en las sinagogas los días sábados.

Las sinagogas eran casas en las que los judíos se reunían para rezar. Los oficios Divinos y sacrificios propiciatorios debían llevarse a cabo únicamente en el templo de Jerusalén. Sin embargo, durante su cautiverio en Babilonia los judíos experimentaron la extrema y colectiva necesidad de reunirse para orar y leer los libros de la ley. Los lugares de reunión fueron llamados sinagogas.

Al retornar del cautiverio las sinagogas se transformaron en atributo indispensable de cada colonia judía, tanto en Palestina, como en todos los otros lugares de la diáspora. En cada sinagoga había un arca en la que se guardaban los libros de la ley; una cátedra, desde la que se leían los libros de la ley y de los profetas y un auditorio. Cualquier persona que reconocía tener capacidad para leer y explicar la ley y las profecías podía hacerlo. El lector permanecía de pie durante la lectura y tomaba asiento cuando comenzaba su explicación de lo leído.

Acostumbrados como estaban a escuchar la palabra sin vida de los maestros escribas y fariseos, los galileos estaban asombrados al escuchar la palabra viva del Señor. Aquellos hablaban como esclavos de la ley en tanto que la palabra de Jesús “iba acompañada de autoridad.” Los escribas y fariseos no entendían la ley, distorsionaban su significado y por ello hablaban sin convicción y sin convencer a nadie. Jesús hablaba de lo que era Suyo, de lo que Él había escuchado de Su Padre y por eso hablaba con autoridad, con convicción y persuasión, lo cual produjo una fuerte impresión en Sus oyentes.

En una oportunidad en la que Jesús enseñaba en una sinagoga de Cafarnaum, se presentó allí un hombre poseído por un espíritu impuro. Inesperadamente este hombre comenzó a gritar: “¿Qué hay entre Tú y nosotros Jesús Nazareno? Has venido a destruirnos. Conozco Quién eres, Tú eres el Santo de Dios.” Esta involuntaria confesión de la verdad arrancada por la presencia del Hijo de Dios fue el gemido de un aterrorizado esclavo de las profundidades, que fingida y lisonjeramente fueron dichas con la intención de evitar sobre sí el juicio; el lamento de un esclavo que se imagina las torturas y tormentos que lo esperan cuando encuentre a Su Señor. Tal vez, con esta confesión el enemigo esperaba minar la confianza de la gente en Jesucristo y nosotros vemos como el Señor le prohibió atestiguar sobre Él ordenándole: “Cállate y sal de él.” El poseso cayó de inmediato en medio de la sinagoga y se incorporó absolutamente sano, pues el demonio había salido de él obedeciendo la orden de Jesús. Ambos Evangelistas subrayan la extraordinaria y fuerte impresión que causó a todos la curación de aquel poseso.

Curación de la suegra de Pedro y de muchos otros.

(Mt. 8:14-17; Mc. 1:29-34; Lc. 4:38-41).

San Marcos y san Lucas relatan este milagro en inmediata relación con el episodio anterior. Saliendo de la sinagoga, el Señor entró en la casa de Simón Pedro, tal vez para comer pan. La suegra de Pedro, según advierte san Lucas, el Evangelista médico, se encontraba gravemente enferma padeciendo una “fiebre elevada.” Con una sola palabra de Jesús la fiebre desapareció de inmediato, a punto tal que la mujer recuperó sus fuerzas, “se levantó y se puso a servirles.” La expulsión de un espíritu maligno de un endemoniado en la sinagoga y la posterior curación milagrosa de la suegra de Pedro produjeron un fuerte impacto en el pueblo.

Luego del atardecer (era sábado) la multitud empezó a llevar enfermos y posesos a las puertas de la casa de Simón, de tal manera que pronto, la ciudad entera se hallaba reunida allí; y el Señor curó a muchos de sus dolencias y expulsó muchos demonios.

San Mateo demuestra en su Evangelio que Jesús es el Redentor anunciado por los profetas y aclara que en esta curación masiva se cumplió la profecía de Isaías: “Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras dolencias.” Tomar las debilidades significa removerlas del que las padece y destruirlas; cargar con las dolencias significa aliviarlas y curarlas.

No deseando escuchar testimonio alguno de los espíritus malignos, el Señor les prohibió pronunciar a través de los labios de los poseídos, que Él es Cristo, el Hijo de Dios.

Enseñanzas y obras del Señor en Galilea.

(Mt. 4:23-25; Mc. 1:35-39; Lc. 4:42-44).

Cristo, el Salvador, como hombre sufrió la extenuación física luego de tantos esfuerzos y en este sentido puede decirse que Él tomó sobre Sí nuestras debilidades y cargó con nuestras dolencias.

Así, la mañana siguiente, muy temprano, el Señor se retiró a orar en un lugar solitario y así descansar y recobrar Sus fuerzas lejos de la gente. Sin embargo, la multitud se agolpaba una vez más en la casa de Simón y al enterarse que Jesús no estaba allí, comenzaron su búsqueda. Viendo esto Simón y quienes lo acompañaban, Andrés, Santiago y Juan, también salieron a buscarlo y al dar con Él le pidieron que volviera a la ciudad donde todos lo esperaban.

El Señor les respondió que Él debía predicar en otros pueblos y aldeas: “Para eso he venido, para eso he sido enviado,” es decir, para llevar la Buena Nueva a todos.

Saliendo de Cafarnaum, Jesús recorrió toda Galilea predicando y realizando milagros. Su fama se extendió mas allá de los límites de Galilea, a través de toda Siria, y los enfermos de tierras distantes fueron traídos a Él: desde Decápolis, Judea, Jerusalén y desde la otra ribera del Jordán y Él curó a todos. La muchedumbre lo seguía y escuchaba Sus enseñanzas.

Sermón de Jesucristo en la sinagoga de Nazareth.

(Lc. 4:16-30).

El santo Evangelista Lucas sitúa este acontecimiento en el comienzo de la predicación del Señor anteponiendo esta breve cita: “Y Su fama se extendió por todas las regiones circunvecinas. Él enseñaba en sus sinagogas y todos lo alababan” (Lc. 4:14-15). En estas palabras, así como del relato de este evento, se advierte que Nuestro Señor no vino a Nazareth en el comienzo mismo de Su ministerio público como podría pensarse, sino mucho mas tarde, luego de realizar numerosos milagros en Cafarnaum referidos con anterioridad. Por otro lado, los Evangelios de Mateo y Marcos parecen asignar este hecho a un período mucho mas tardío. Un versado intérprete del Evangelio, el Obispo (ahora santo) Teófanes el Recluso, considera que la visita del Señor a Nazareth, relatada por san Mateo (Mt. 13:53-58) y san Marcos (6:1-6) difiere de lo relatado por san Lucas. Es cierto que, a pesar de todas las similitudes, hay en estas descripciones diferencias muy substanciales. Hay que decir que es casi imposible establecer una precisa e indiscutible sucesión cronológica de los hechos de los Evangelios, pues cada Evangelista tenía su propio sistema narrativo acorde con la finalidad propuesta, sin que la cronología exacta fuese un objetivo primordial.

Llegado a Nazareth, Jesús entró en la sinagoga y comenzó con la lectura del libro de Isaías, en cuyo texto el profeta se refiere figurativamente al Mesías y al propósito de Su Venida. Hablando a través de los labios del profeta, el Mesías afirma que Él fue enviado por Dios para dar la buena nueva a los pobres y miserables, anunciándoles que el Reino de Dios, el Reino de amor y misericordia está muy cerca de ellos. Los judíos no dudaron que la profecía se refería al Mesías y por ello cuando el Señor Jesucristo dijo: “Hoy se cumple ante vuestros ojos este pasaje de la escritura,” no les quedó otra alternativa que reconocerlo como el Mesías. Muchos en verdad estaban dispuestos a reconocerlo como Mesías, conociendo y recordando los milagros obrados por Él. Sin embargo, entre los asistentes a la sinagoga, también había escribas y fariseos, cuya predisposición era hostil hacia Él, pues tenían una falsa concepción sobre el Mesías aguardado por ellos. Ellos consideraban que debía ser un rey terrenal, un líder nacional del pueblo judío que iba a conquistar a todas las naciones de la tierra y, siendo ellos sus principales allegados, los situaría en la cima del poder.

Las enseñanzas del Señor sobre un Reino para los pobres y contritos de corazón eran inadmisibles para escribas y fariseos. Del mismo modo, el resto de los judíos, aunque deleitados con las beatíficas palabras del Señor, aún no se decidían a reconocer en el hijo del humilde carpintero al Mesías y solo se asombraban por Su sabiduría y los milagros que Él realizaba. Entonces, el Señor, no queriendo recurrir a milagros para probar Su Divino origen ante los incrédulos, recordó dos ejemplos de la historia de los profetas Elías y Eliseo, señalándoles así que los judíos eran indignos de tales signos milagrosos.

Al escuchar esta amarga verdad los judíos interpretaron que Jesús, a Quien ellos acostumbraban a tratar como un igual y no un superior, los había degradado a ellos — los orgullosos judíos — por debajo de los paganos, “se llenaron de furia” y lo llevaron fuera de la ciudad, a lo mas alto de la colina sobre la que estaba edificada, para arrojarlo desde allí, pero la misteriosa fuerza de Dios impidió que ellos cometieran semejante crimen y “Él, pasando por medio de ellos, se fue.

Curación del leproso.

(Mc. 1:40-45; Lc. 5:12-16).

La curación de un leproso es relatada también por el Evangelio de san Mateo (Mt. 8:1-4), sin embargo, un destacado intérprete como el obispo Teófanes, considera a éste un milagro especial realizado por Nuestro Señor después del Sermón de la Montaña, mientras que san Lucas dice que esto ocurrió en la ciudad. De todas las enfermedades de oriente, mencionadas en la Biblia, la lepra es la mas terrible y repugnante. Se evidencia con manchas en la piel, semejantes al liquen, aparece en la cara, en la vecindad de la nariz y los ojos, distribuyéndose por todo el cuerpo. La cara se hincha, la nariz se seca y se vuelve afilada, se pierde el olfato, los ojos se vuelven llorosos y enrojecen, la voz se hace ronca y los cabellos caen, la piel se torna áspera y se agrieta, aparecenulceraciones hediondas, de la boca desfigurada e inflamada fluye saliva maloliente; las articulaciones de manos y pies se entumecen, todo el cuerpo envejece, se desprenden las uñas y las falanges, hasta que la muerte pone fin a los sufrimientos del desdichado. Los leprosos arrastran su enfermedad muchas veces desde la infancia, durante 30, 40 e incluso 50 años. Moisés, en el Levítico (Lev. 13), da precisas directivas concernientes al trato que se debe dar a los enfermos de lepra. El sacerdote debía investigar la enfermedad y para evitar su contagio los enfermos eran alejados de la comunidad.

Por cierto que el leproso del relato evangélico, animado por una profunda fe, infringe resueltamente la ley que le prohibía acercarse a los sanos, sintiendo que aquí se encuentra ante él mismo Señor de la ley. Su ruego es de una humildad tan profunda como la fe en el poder curativo del Señor.

Nuestro Señor lo toca al curarlo, demostrando con ello que Él no está sujeto por la ley, que para el Puro no existe nada impuro, revelando con este gesto Su profunda misericordia por el infortunado. Cristo dice: “¡Quiero, queda limpio!” y con esto indica Su poder Divino. Él le ordena que se presente al sacerdote, para cumplir la ley de Moisés, y que no cuente a nadie lo ocurrido. El principal motivo por el que Nuestro Señor prohibía la divulgación de Sus milagros se advierte en la mansedumbre con la que el Hijo de Dios se humilló y tomó la forma de siervo para nuestra salvación. Él no quería para Sí la gloria de los hombres (ver Jn. 5:41) sobre todo porque Su gloria, como Taumaturgo, podría reforzar en el pueblo falsas expectativas sobre el Reino del Mesías, las que eran combatidas por el Señor. Nuestro Señor ordena al leproso, ahora sano, presentarse ante el sacerdote “para que certifique la verdad del hecho y autorice su integración a la comunidad” dejando bien en claro que el Señor no transgrede la ley sino que la cumple.

Curación del paralítico en Cafarnaum.

(Mt. 9:2-8; Mc. 2:1-12; Lc. 5:17-26).

Tres Evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas concuerdan en sus relatos sobre la curación del paralítico. Marcos sitúa lo ocurrido en Cafarnaum, mientras que Mateo dice que Nuestro Señor realizó este milagro cuando vino a “Su ciudad.” En efecto, así se llamaba Cafarnaum según el testimonio de san Juan Crisóstomo: “Jesús nació en Belén, fue criado en Nazareth mas vivió en Cafarnaum.”Marcos y Lucas dicen que a causa del gentío que había en la casa donde estaba Jesús, los hombres que llevaban al paralítico en una camilla, no encontraban por donde ingresarlo, así que subieron a la azotea y lo bajaron con camilla y todo a través del techo. Cabe suponer que este techo estaba formado de tablones y pieles que servían en épocas calurosas para cubrir el patio interno de la casa, rodeado a los cuatro lados, de construcciones con techos planos a los que se subía fácilmente con escaleras. Solo una firme creencia pudo animar a los hombres que llevaban al paralítico a actuar con tanta audacia. Al ver la fe de aquellos hombres Cristo exclamó: “Ánimo hijo mío, tus pecados quedan perdonados,” indicando con ello el nexo existente entre el pecado y la enfermedad. Según la enseñanza de la Palabra de Dios, las enfermedades son consecuencia de los pecados (Jn. 9:2; Santiago 5:14-15) y son enviadas por Dios en algunos casos para el castigo por los pecados (I Cor. 5:3-5, 11:30.)

A menudo entre la enfermedad y el pecado existe una relación evidente como por ejemplo, las enfermedades surgidas del alcoholismo y el libertinaje. Por ello, para curar la enfermedad es necesario quitar el pecado, perdonarlo. Por lo visto, el paralítico se veía a sí mismo como un gran pecador y apenas esperaba ser perdonado. Esta es la razón por la que Nuestro Señor lo reconforta con las palabras: “¡Ánimo, hijo!”

Los escribas y fariseos presentes, viendo en las palabras de Cristo una indebida apropiación de autoridad perteneciente sólo a Dios, lo condenaban en sus pensamientos por considerar Sus palabras una blasfemia. El Señor conocía los pensamientos de los fariseos y escribas y así se los hizo saber: “¿Qué es mas fácil, decir al paralítico: tus pecados quedan perdonados o decirle: levántate y anda?” Para una y otra cosa se requiere similar autoridad Divina.

Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecadosyo te lo mando (dice dirigiéndose al paralítico): Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” San Juan Crisóstomo da una excelente explicación sobre la coherencia de este discurso: “Más el perdón es invisible y la curación visible; yo pues antepongo lo menos a lo más, a fin de que lo más e invisible quede demostrado por lo menos y visible.” El milagro de la curación confirmó que Cristo, dotado con el poder Divino, no en vano dijo al paralítico: “Tus pecados te son perdonados.” Sin embargo, no debe pensarse que Nuestro Señor realizó este milagro con el único deseo de convencer a los fariseos de Su Divina omnipotencia. Este milagro, como todos los demás, fue el acto de Su Divina bondad y misericordia. El paralítico dio testimonio de su completa recuperación al portar la camilla en la cual él había sido traído al Señor. El resultado de este milagro fue que el pueblo se asombró y alabó a Dios por conceder semejante poder a los humanos; es decir, es evidente que, como los fariseos, la gente común tampoco creía en Jesús como el Hijo de Dios, sino que lo consideraba sólo un hombre.

La vocación de Mateo.

(Mt. 9:9-17; Mc. 2:13-22; Lc. 5:27-39).

Este evento es narrado tanto por Mateo como por los evangelistas Marcos y Lucas. Mateo se llama a sí mismo con este nombre, mientras los otros lo llaman Leví.

Al salir de la casa después de la milagrosa curación del paralítico, Jesús vio a un hombre sentado en su puesto de recaudador de tributos, de nombre Mateo o Leví, y le dijo: “Sígueme.” De inmediato, Mateo se levantó y siguió a Jesús. Los publicanos o recaudadores de impuestos como Mateo, eran considerados por los judíos como las personas mas pecadoras y despreciables, porque cobraban los tributos en beneficio de las autoridades romanas. Además de cobrar los tributos, los publicanos tenían un ansia desmesurada por las ganancias, recaudando así más de lo necesario, por lo que se ganaban el odio de la gente.

Tal era el poder de la palabra de Cristo que el publicano, un hombre acaudalado, dejó todo para seguir al Señor — Uno Quien no tenía siquiera un lugar para apoyar Su cabeza. Esto prueba que los pecadores, reconociendo sus pecados y dispuestos a un genuino arrepentimiento, están mas cerca del Reino de los Cielos que los fariseos orgullosos de su falsa rectitud.

Contento por el llamado del Señor, Mateo invitó a su casa a Cristo y Sus discípulos a un refrigerio. Según la costumbre oriental, los invitados a una comida no estaban sentados a la mesa, sino que se “reclinaban” en divanes especiales alrededor de una mesa baja, apoyando su codo izquierdo sobre un almohadón. Allí fueron invitados también los amigos de Mateo, publicanos como él, todos pecadores, según el entendimiento de los fariseos, a compartir la misma mesa con Cristo. Esto les dio la oportunidad a los fariseos para condenar al Señor por reunirse con los pecadores. “¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” — les preguntaron a los discípulos. San Juan Crisóstomo explica: “Calumnian al Maestro ante Sus discípulos, con la vil intención de alejarlos de Él,” tendiendo un manto de sospecha sobre el Señor, insinuando que buscaba malas compañías. “No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos” respondió Cristo a esta calumnia. El significado de estas palabras es: no hay necesidad del Salvador en aquellos que imaginan ser rectos como los fariseos, sino para aquellos que son pecadores. Como si el Señor dijera: “El lugar del médico está al lado del lecho del enfermo, mientras que Mi lugar es con aquellos que sufren al ser concientes de su dolencia espiritual — y Yo estoy con ellos, con publicanos y pecadores, como un médico está junto a sus pacientes.” “Vayan y aprendan lo que esto significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios.” Los fariseos consideraban que la rectitud consistía en ofrecer los sacrificios establecidos por la ley, olvidando las palabras de Dios pronunciadas en boca del profeta Oseas: “Yo quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, mas que holocaustos” (Os. 6:6). Cristo parece decirles: “Recuerden que sus ofendas, su piedad formal no tienen ningún valor ante los ojos de Dios sin amor por los semejantes, sin obras de misericordia.” “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.” Cristo quiere decir: “He venido para que los pecadores se arrepientan y se rectifiquen. He venido a llamar al arrepentimiento no a aquellos que se creen justos y suponen que no deben arrepentirse de nada, sino a quienes se reconocen pecadores con humildad y piden misericordia a Dios.” Es cierto que el Señor ha venido a salvar a todos, incluso a quienes se presumen justos, pero hasta que ellos no abandonen sus presunciones de justicia y se reconozcan pecadores, su convocatoria será estéril y su salvación imposible.

Derrotados, los fariseos transfieren sus acusaciones a los discípulos del Señor, uniéndoseles los seguidores de Juan el Bautista, quienes, como ya hemos explicado, consideraban a su maestro superior a Jesús y reaccionaban con envidia al ver la creciente gloria del Señor. San Juan el Bautista fue un severo asceta y por cierto, enseñó a sus seguidores el ayuno mas estricto. Es probable que Juan ya estuviese encarcelado y por ello, sus discípulos profundizaron el ayuno. Los fariseos hicieron notar a los seguidores del Bautista que los discípulos de Cristo no observaban el estricto ayuno dispuesto por la ley. Entonces estos preguntaron al Señor: “¿Cómo es que los fariseos y nosotros estamos ayunando y tus discípulos no?” A esto Nuestro Señor respondió con las palabras del Bautista: “¿Acaso los invitados a las bodas están tristes mientras el Esposo está con ellos? Ya vendrán los días en que se les quitará el Esposo y entonces sí ayunarán.” Esto significa: vuestro maestro Me llamó Esposo, llamándose a sí mismo amigo del Esposo, quien debía estar pleno de alegría. Por ello, mis discípulos como amigos del Esposo invitados a la boda, también se regocijan mientras estoy Yo con ellos, y este regocijo es incompatible con un ayuno estricto, que es expresión de tristeza y aflicción. Cuando llegue el día en el que ellos se queden solos en el mundo, entonces ayunarán. En memoria de estas palabras de Cristo nuestra santa Iglesia instituyó el ayuno de la Semana de la Pasión (Semana Santa) contiguo al ayuno de la Gran Cuaresma, y el ayuno en los días miércoles y viernes; justamente aquellos días en los que nos fue quitado el Esposo — los días de la traición, de Sus sufrimientos y muerte en la cruz. Cuando Cristo dice que para Sus discípulos no había llegado el momento de ayunar, desarrolla aun mas Su pensamiento con las siguientes palabras: “Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar una vestimenta vieja, porque el pedazo añadido tira de la vestimenta y la rotura se hace mas grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos porque los odres se rompen, el vino se derrama y los odres se arruinan. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos y así ambos se conservan!”

Según la interpretación de san Juan Crisóstomo el género y el vino nuevos representan al ayuno estricto, las exigencias severas en general, en tanto que la vieja vestimenta y los odres viejos son la debilidad, la fragilidad de los discípulos, que no están todavía preparados para los grandes esfuerzos espirituales. Es como si el Señor dijera: “Aún no es momento de imponerles pesados mandamientos y hábitos, pues Mis discípulos todavía son débiles, no han sido renovados, no han renacido por la gracia del Espíritu Santo.” Aquí Nuestro Señor protege a Sus discípulos con verdadero y condescendiente amor de Padre.

Segunda Pascua

Curación del paralítico en la Piscina Probática.

(Jn. 5:1-16).

Este hecho es relatado sólo por san Juan, quien nos informa en su Evangelio acerca de las visitas del Señor a Jerusalén en cada día festivo. En esta ocasión en particular, no está claro qué día festivo era éste en que Nuestro Señor llegó a Jerusalén, aunque es muy probable que fuese Pascua o Pentecostés. Solo en este caso parece que el ministerio público del Señor duró tres años y medio, como desde antiguo era aceptado por la Iglesia, guiada por la cronología del cuarto Evangelio. Así, cerca de medio año transcurrió entre el Bautismo de Nuestro Señor y la primera Pascua, descripta en el segundo capítulo; luego un año más hasta la segunda Pascua, la que es mencionada en el quinto capítulo. Luego otro año más, hasta la tercera Pascua, descripta en el sexto capítulo. Finalmente, otro año, el tercero, hasta la cuarta Pascua, antes de la cual ocurrieron los sufrimientos del Señor.

En el Portal de las Ovejas, así llamado porque a través de él eran arriados los animales destinados al sacrificio en el templo, o porque a un costado había un mercado donde eran vendidos dichos animales. En el lado noreste de las murallas de la ciudad, camino a Getsemaní y al monte de los Olivos, a través de la corriente del Cedrón, había una piscina llamada Bethesda, que en hebreo significa “casa de misericordia” o de la piedad Divina: el agua de esa piscina provenía de un manantial curativo. Según el testimonio de Eusebio, todavía en el siglo V de la era cristiana la piscina tenía cinco pórticos. Este manantial curativo atraía mucha gente con diferentes enfermedades. No era éste un manantial común pues manifestaba su poder sanador sólo cuando el Ángel del Señor descendía y agitaba el agua, y era así que solo aquél que entraba a la piscina justo después de haber sido agitada el agua podía curarse; es evidente que el agua conservaba sus propiedades curativas por muy poco tiempo, para luego perderla.

Aquí, al lado de la piscina, yacía un paralítico que llevaba 38 años enfermo y que había casi perdido la esperanza de ser alguna vez curado. Además, como él explicó a Nuestro Señor, al no tener un asistente, era incapaz de utilizar el poder del manantial milagroso, pues no tenía la fuerza suficiente para sumergirse con rapidez, inmediatamente después de que el agua hubiera sido agitada. Nuestro Señor se apiadó de él, curándolo al instante con Su sola palabra: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Con esto el Señor mostraba la superioridad de Su gracia salvadora sobre los métodos del Antiguo Testamento. Como era sábado, los judíos, bajo cuyo nombre el Evangelista Juan denomina a los fariseos, saduceos y sabios judíos, todos hostiles a Nuestro Señor Jesucristo y quienes en lugar de expresar su felicidad ante la curación del desdichado, quien había padecido tanto tiempo, o de mostrar asombro por el milagro, se indignaron por el hecho de que el paralítico tuviese la audacia de violar el precepto del reposo sabático. Al verlo acarrear su camilla lo increparon, pero el paralítico curado, no sin algún atrevimiento, comenzó a justificarse afirmando que sólo llevaba a cabo las órdenes del Único Quien lo había curado y Quien para él tenía autoridad suficiente para relevarlo de cumplir ese precepto sabático tan mezquino. Con un dejo de desprecio los judíos le preguntaron al hombre: ¿Quién es la Persona que había tenido la audacia de permitirle violar el precepto sabático? El bienaventurado Teofilact hace una brillante acotación al respecto: “¡He aquí el sentido de la malicia! No preguntan Quién lo curó sino Quién le ordenó acarrear su camilla. No les interesa lo que es asombroso sino lo que es censurado.” Aunque no estaban seguros, es muy probable que ellos pensaran que el Taumaturgo no era otro que el odiado Jesús de Nazareth, y por lo tanto no querían siquiera hablar del milagro. El paralítico curado no pudo responderles pues no conocía bien la fisonomía ni el nombre de Cristo.

Él acudió con prontitud al templo para agradecer a Dios. Aquí Jesús lo recibió diciendo: “Mira que has sido curado: no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor.” De estas palabras se infiere con claridad que una enfermedad alcanza a una persona como castigo por los pecados, y que Nuestro Señor advierte al paralítico curado sobre el peligro de reincidir en el pecado para no sufrir un mayor castigo. Al reconocer a Quien lo había curado, el antiguo enfermo, ingenuamente, fue a contarles a los enemigos de Cristo acerca de Él, para proclamar la autoridad de Jesucristo. Esto provocó un nuevo ataque de odio por parte de los judíos: “ellos buscaban matar a Jesús porque Él hacía tales cosas en sábado.”

Sobre la igualdad del Padre y del Hijo.

(Jn. 5:17-47).

Los judíos querían matar a Jesús por transgredir el sábado. “Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: lo que hace Mi Padre, Yo también lo hago.” Con estas palabras Jesús da testimonio sobre Sí Mismo, como el Unigénito Hijo de Dios. Esta idea fundamental contenida en la respuesta de Cristo a los judíos se desarrolla en lo que resta de su explicación.

Siendo Hijo de Dios, es natural que siga el ejemplo de Dios Padre, sin tener necesidad de cumplir los mandamientos dados a Adán y su descendencia. Dios Padre descansó al séptimo día de Su obra creadora aunque no descansó en lo que respecta a las obras de Su providencia. Los judíos comprendieron correctamente las palabras de Cristo: Él enseña Su igualdad con Dios Padre. Los judíos redoblaron sus acusaciones contra el Señor, diciendo que Él merecía la pena de muerte tanto por violar la ley del sábado como por blasfemar.

En los versículos 19-20 se expone la enseñanza sobre la igualdad de acción del Padre y el Hijo, conforme a la idea que en general se tenía de que todo lo que hace el Padre lo hace igualmente el Hijo, porque el Padre ama al Hijo y le enseña todo lo que hace. En las palabras: “El Hijo no puede hacer nada por Sí mismo,” no puede verse una justificación de la herejía de Arrio, pues como dice san Juan Crisóstomo: “El Hijo no hace nada contrario al Padre, nada que le sea extraño, nada inapropiado y contrario a la Voluntad del Padre.” “Y mostrará obras mas grandes aún,” es decir, no solo levantará de su lecho al paralítico, también resucitará a los muertos. En el versículo 21 se habla sobre la resurrección espiritual, el despertar de los muertos en espíritu a la santa y verdadera vida en Dios, junto a la resurrección universal de los cuerpos, teniendo ambas resurrecciones una estrecha unión interior entre sí.

La aceptación por parte del hombre de la vida espiritual y verdadera es ya el comienzo de su victoria sobre la muerte. Así, como el desorden del pecado es causa de la muerte, la vida verdadera del espíritu conduce a la vida eterna, vencedora de la muerte.

En los versículos 22-23 Nuestro Señor relaciona la resurrección espiritual con otra de Sus grandes obras — el Juicio. Aquí debe entenderse, en primer lugar, el juicio moral en la vida presente que conducirá hacia el ineludible y universal Juicio Final.

Cristo, siendo Vida y Luz, ha venido a un mundo espiritualmente muerto e inmerso en tinieblas. Aquellos que han creído en Él resucitaron a una nueva vida volviéndose Luz; quienes lo rechazaron, permanecen en la oscuridad y en la muerte espirituales. Es por esto que el juicio del Hijo de Dios sobre las personas se prolonga toda la vida y concluirá con el terrible y definitivo Juicio Final. El destino eterno de la humanidad se encuentra por completo bajo el poder del Hijo y por lo tanto Él debe ser respetado de la misma manera que se respeta el Padre: “El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre que lo ha enviado.” Los versículos 24-29 contienen la futura imagen de la actividad vivificante del Hijo de Dios. La obediencia a las palabras del Salvador y la fe en Su ministerio constituyen las condiciones para recibir la vida verdadera en la que se encuentra la garantía de la bienaventurada inmortalidad.

No está sometido al juicio” — significa: no será expuesto a la condenación. En el versículo 25: “Les aseguró que la hora se acerca, y ya he llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán.” Aquí una vez más se hace referencia a la vivificación espiritual como resultado de la enseñanza de Cristo, pues el Hijo es manantial de vida, y el Padre ha concedido a Su Hijo disponer de ella (v. 26). También el Hijo tiene poder para juzgar; por ello Él adoptó la naturaleza humana, siendo en esencia el Hijo de Dios. Este poder del Hijo de Dios como Juez acabará en el fin de los tiempos con la resurrección universal de los muertos y la justa retribución. Ese será un juicio justo, resultado de la completa armonía entre la Voluntad del Juez y la Voluntad del Padre Celestial. En los versículos 31-39, Cristo da testimonio, con absoluta resolución, de Su dignidad Divina. Cristo se apoya en el testimonio que sobre Él diera Juan el Bautista, altamente venerado por los judíos. Sin embargo, Nuestro Señor afirma tener un testimonio mayor que el de Juan: son las obras que el Padre encomendó realizar al Hijo, señales y milagros, que integran el plan salvador de la humanidad. Dios Padre también testimonió sobre Su Hijo durante Su Bautismo, pero mucho mas ha testimoniado acerca de Él, como Mesías, a través de los profetas en las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento. Los judíos no prestan atención a estas Escrituras porque la Palabra de Dios no echó raíces en sus corazones y por lo tanto, no habita en ellos; no escuchan la voz de Dios ni ven Su rostro revelado en las Escrituras. “Escrutad las Escrituras y entonces veréis que ellas dan testimonio de Mí.” Mas adelante (v. 40-47), Cristo reprocha a los judíos por su incredulidad, diciéndoles que Él no necesita ser glorificado por ellos, porque no busca la gloria de los hombres. Cristo siente pena por ellos porque no han creído en Él como Enviado de Dios y así exteriorizan su falta de amor por Dios Padre, Quien lo ha enviado. Ellos no aman a Dios, por lo tanto no reciben a Cristo que ha venido con Sus mandamientos. Sin embargo, cuando venga el otro, el falso mesías, lo hará con una doctrina propia y ellos lo recibirán sin necesidad de ninguna señal. Desde los tiempos de Cristo se calcula que entre los judíos han aparecido mas de 60 falsos mesías pero el último de ellos será el anticristo, al que los judíos aceptarán como el esperado Mesías. La razón de la incredulidad de los judíos reside en que ellos buscan la gloria terrenal; ellos dan la bienvenida a aquel que los ensalza, aunque injustamente, y no al que los acusa con justicia. Al concluir Sus palabras, Nuestro Señor destruye el último fundamento sobre el cual ellos construían sus esperanzas. Él les dice que Moisés, en quien ellos depositaron su confianza, será quien los acuse durante el Juicio de Dios. Moisés acusará a los judíos por su incredulidad en Cristo, pues fue él quien escribió las profecías y las promesas sobre la Venida de Cristo en los libros del Génesis (Gen. 3:15, 12:3, 49:10), del Deuteronomio (Dt. 18:15) y en general, sobre la ley que fue la sombra de los bienes futuros en el Reino de Cristo (Heb. 10:1), y guía para llevarnos a Él (Gal. 3:24).

Las espigas arrancadas en sábado.

(Mt. 12:1-8; Mc. 2:23-28; Lc. 6:1-5).

Jesús dejó Judea para dirigirse a Galilea. De regreso a Galilea Él y Sus discípulos atravesaron un campo sembrado. Era un día sábado y, como dice san Lucas: “era un sábado segundo del primero“es decir, el primer sábado después del segundo día de la Pascua. Los discípulos sintieron hambre y comenzaron a arrancar las espigas, y restregándolas entre las manos, las comían. Esto estaba permitido por la ley de Moisés, la cual solo prohibía pasar la hoz en la mies del prójimo (Dt. 23:25). Sin embargo, los fariseos consideraron esto como una violación del reposo sabático y no dejaron pasar la oportunidad de increpar al Señor por haber autorizado las acciones de Sus discípulos. Para defenderlos de tales reproches, Nuestro Señor cita a los fariseos el ejemplo de David (I Sam. 21:2-7). David huyendo de Saúl, llegó a la sagrada ciudad de Nob, pidió al sacerdote Abimélek que le diese cinco panes o lo que tuviese a mano. Abimélek le dio los panes consagrados que solo los sacerdotes podían consumir. La eficacia del ejemplo reside en el hecho de que nadie condenó a David, quien atormentado por el hambre, comió aquellos panes. De igual modo, los discípulos de Cristo no debían ser condenados, pues estaban sirviendo a Su Señor y en ocasiones como ésta, sorprendidos por el sábado, transgredieron la ley de manera insignificante, pues no tenían que comer y decidieron arrancar las espigas. Nuestro Señor justificó el proceder de Sus discípulos para luego revelar la fuente de la que surgió la injusta acusación. Esto es, el falso entendimiento de las exigencias de la ley Divina. Si los fariseos comprendiesen que, el amor compasivo por el hambriento es superior a las tradiciones y costumbres rituales, entonces no acusarían a quienes inocentemente cortaron las espigas para saciar su hambre.

El hombre no ha sido creado para observar el sábado, sino que el sábado ha sido dado al hombre para su beneficio. Mas importante que la ley del reposo sabático es el ser humano, y el cuidado de que sus fuerzas no se agoten, evitando así su muerte.

La prohibición de realizar alguna actividad en día sábado es relativa, como lo demuestra el oficio de los sacerdotes que deben sacrificar a los animales en el templo, despellejarlos, prepararlos para ofrecerlos en holocausto, lo cual no los hace culpables de transgredir la ley.

Si los servidores del templo son inocentes, cuanto mas inocentes son los discípulos de Cristo, Quien es mayor que el templo, Dueño del sábado, Aquel que tiene poder para instituir o abolir el sábado.

Curación del hombre con la mano atrofiada.

(Mt. 12:9-14; Mc. 3:1-6; Lc. 6:6-11).

Con esta curación el Señor una vez más causó la indignación de los escribas y fariseos, quienes evidentemente lo acompañaban a todas partes con el propósito de acusarlo de violar la ley de Moisés. Al preguntarles a los fariseos: “¿Quién de ustedes, si tiene una sola oveja y ésta cae a un pozo en sábado, no la ha de rescatar?” el Señor mostraba que en Su opinión las obras de misericordia son mucho mas importantes que el reposo sabático y que en general, cuando se trata de hacer el bien no sólo es permitido sino necesario interrumpir este reposo.

El Señor evita la notoriedad.

(Mt. 12:15-21; Mc. 3:7-12).

Luego de dejar la sinagoga donde el Señor había curado al hombre de la mano atrofiada, Él fue seguido por mucha gente de Galilea, Judea y de la Transjordania y países paganos. Él realizó muchas curaciones milagrosas aunque prohibiendo que se hablara de Él. En esto san Mateo ve el cumplimiento de la profecía de Isaías (Is. 42:1-4), acerca del muy amado Hijo de Dios. En esta profecía, sin duda relativa al Mesías, el profeta glorifica la mansedumbre y la humildad de Cristo. Al citar esta profecía san Mateo quiere demostrar a los judíos que sus ideas sobre el Mesías, como un rey conquistador terrenal, que exaltará el reino judío y reinará con gloria y esplendor aparente en el trono de David, es falsa, y que los profetas del Antiguo Testamento anunciaron al manso y humilde Mesías, cuyo Reino no será de este mundo, pero Quien, sin embargo, presentará la ley a los gentiles y en Cuyo Nombre cifrarán su esperanza las naciones.

La elección de los 12 Apóstoles.

(Mt. 10:2-4; Mc. 3:13-19; Lc. 6:12-16).

Cristo, habiendo pasado la noche entera en la montaña (en opinión de los historiadores mas antiguos se trata del monte Tabor) en oración para el fortalecimiento de la Iglesia que había establecido, llamó a Sus discípulos y eligió a 12 de ellos, para que estuviesen constantemente con Él y luego dieran testimonio. Ellos serían los líderes de las futuras 12 tribus del Nuevo Israel. En las Sagradas Escrituras la cifra 12 tiene un significado simbólico por ser el producto de 3×4; tres es la eterna e increada Naturaleza Divina y cuatro — el número del mundo, sus cuatro lados. “Doce” denota que el hombre y el mundo están impregnados de lo Divino. Los primeros tres Evangelios y el libro de los Hechos nos brindan los nombres de los 12 Apóstoles. Lo notable de esta lista es que en todo lugar los Apóstoles están divididos en tres grupos de cuatro personas cada uno y que a la cabeza de cada grupo están los mismos nombres, y estos grupos incluyen las mismas personas.

Los nombres de los Apóstoles son: 1) Simón-Pedro, 2) Andrés, 3) Santiago, 4) Juan, 5) Felipe, 6) Bartolomé, 7) Tomás, 8) Mateo, 9) Santiago de Alfeo, 10) Tadeo, 11) Simón Cananita o Zilote y 12) Judas Iscariote. El Evangelista Juan llama Natanael a Bartolomé. Cananita es la traducción hebrea del vocablo griego zilote que quiere decir ardiente seguidor. “Zilote” designaba a un partido político judío que luchaba con enorme celo por la independencia del estado judío. La palabra iscariote es compuesta de dos palabras: ish (hombre) y Kariot — nombre de la ciudad. La misma palabra apóstol en traducción del griego significa mensajero, lo cual corresponde a la designación de aquellos elegidos — ser enviados para predicar. Para que tuviesen mayor éxito con su prédica, el Señor les otorgó el poder de curar a los enfermos y expulsar a los demonios.

El Sermón de la Montaña

(Mt. 5-7 cap.; Lc. 6:12-49).

El Sermón de la Montaña se desarrolla en su totalidad sólo en el Evangelio de san Mateo. San Lucas lo presenta en su versión resumida, encontrándose partes de él en todo su Evangelio. El Sermón de la Montaña es admirable porque contiene la esencia de la enseñanza de los Evangelios.

No muy lejos del lago de Genesareth, entre Cafarnaum y Tiberíades, se encuentra “el monte de las Bienaventuranzas” desde el cual Cristo pronunció Su Sermón de la Montaña ante una multitud.

El pueblo judío, orgulloso de considerarse el elegido, no lograba resignarse ante la pérdida de su independencia y anhelaba la llegada de un Mesías que lo liberase de la dominación extranjera, procurara vengarlo de sus enemigos y dominase todas las naciones de la tierra en su nombre, dándole un bienestar digno de un cuento de hadas: “ordenará al mar arrojar sus perlas y todos sus tesoros, lo vestirá de púrpura adornada con piedras preciosas, lo alimentará con un maná mucho mas dulce que aquel que le había sido dado en el desierto.” Con semejantes falsas expectativas sobre la bienaventuranza terrenal que les traería el Mesías, ellos rodearon a Jesús esperando que Él se proclame Rey de Israel e inaugure esa era de esplendor. Ellos suponían que era el fin de sus pesares y humillaciones, y que desde ese momento, serían felices y bendecidos.

Las Bienaventuranzas.

En respuesta a tales expectativas y sentimientos, Nuestro Señor les reveló la enseñanza de Su Evangelio sobre las bienaventuranzas, arrancando de raíz el error de los judíos. Él les enseño aquí las mismas cosas sobre las que conversó con Nicodemo: es imprescindible el renacimiento espiritual para fundar el Reino de Dios sobre la tierra, ese paraíso perdido por los hombres, y de esa forma prepararlos para la vida eterna y bienaventurada en el Reino de los Cielos. El primer paso es reconocer su pobreza espiritual, su pecaminosidad e insignificancia, en una palabra: humillarse.

Por eso: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Son bienaventurados quienes ven y reconocen los pecados que les impiden acceder a ese Reino. Son bienaventurados quienes lloran por sus pecados porque ellos se reconciliarán con su conciencia y serán consolados. Quienes lloran por sus pecados alcanzan una paz interior que los vuelve mansos e incapaces de encolerizarse con los demás. En efecto, por su mansedumbre los cristianos heredarán la tierra, antes dominada por los paganos, pero también heredarán la tierra en la vida futura; una nueva tierra que se revelará luego de la destrucción de este mundo corrupto; será la “Tierra de los vivientes” (Ex. 26:13; Apoc. 21:1).

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,” es decir, del cumplimiento de la Voluntad de Dios en todo, pues ellos serán saciados, alcanzarán la rectitud y la justificación de Dios que les otorga la sincera aspiración de cumplir la Voluntad de Dios en todo. Dios misericordioso exige misericordia de los hombres, porque la misericordia es la virtud que permite vivir según la Voluntad Divina. Por ello: “Bienaventurados los misericordiosos, porque para ellos habrá misericordia” por parte de Dios y, a la inversa, “el juicio será sin misericordia para aquel que no mostró misericordia” (Santiago 2:13).

Las obras de sincera misericordia purifican el corazón humano de toda impureza proveniente del pecado. El puro de corazón es bienaventurado porque ve a Dios con su corazón como si se tratara de un ojo espiritual. Quienes contemplan a Dios desean parecerse a Él, asemejarse a Su Hijo, que reconcilió al hombre con Dios e instaló la paz en su alma. Quienes contemplan a Dios rechazan el rencor y por ello se vuelven pacificadores y anhelan el restablecimiento de la paz. Son bienaventurados porque serán llamados “hijos de Dios.” Quienes alcancen semejante nivel espiritual deben estar preparados porque este mundo pecador, “que está bajo el dominio del maligno” (1 Jn. 5:19), los aborrecerá a causa de la verdad de Dios. Ellos son portadores de esa vedad y el mundo los perseguirá e injuriará por su fidelidad al Señor Jesucristo y a Su Divina enseñanza. Aquellos que mucho padezcan en nombre de Cristo pueden esperar una gran recompensa en los cielos.

Estos nueve mandamientos neotestamentarios que se conocen como Bienaventuranzas, representan una síntesis de todo el Evangelio. Se caracterizan por diferenciarse de los diez mandamientos del Antiguo Testamento. En el decálogo véterotestamentario son contempladas, predominantemente, las conductas externas del hombre para las que se establecen prohibiciones de manera categórica. En las bienaventuranzas del Evangelio se habla fundamentalmente sobre la disposición interna del alma humana.

Aquí no hay exigencias categóricas sino determinadas condiciones cuyo cumplimiento permite alcanzar la bienaventuranza eterna. El Evangelio de san Lucas completa la enseñanza de san Mateo sobre las bienaventuranzas. Lucas cita las palabras de Nuestro Señor Jesucristo que contienen una advertencia para aquellos que ven en las bienaventuranzas sólo el encanto de los bienes terrenales. “¡Ay de vosotros los ricos!” dice el Señor, comparándolos con los pobres de espíritu. Aquí se tiene en cuenta no sólo a los poseedores de riquezas terrenales sino a los que depositan sus esperanzas en ellas, a los soberbios que se ensalzan y tratan con altanería y desprecio a los demás. “¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos! porque padeceréis hambre,” en contraposición a los que tienen “hambre y sed de justicia.” Aquellas son personas que no buscan la verdad de Dios y se contentan con sus falsas creencias. “¡Ay de los que reís ahora! porque lloraréis de dolor,” estos, sin duda, se diferencian de los afligidos, son seres negligentes que se conducen con imprudencia en relación a su vida pecaminosa. El mundo, que está bajo el dominio del maligno, ama a quienes son conniventes y viven según sus costumbres pecaminosas. Por ello: “¡Ay cuando digan bien de vosotros todos los hombres!,” pues esa será la señal de su infortunio moral.

La Luz del mundo.

Mas adelante el Señor dice que todos Sus seguidores que cumplan Sus enseñanzas serán la sal de la tierra. La sal conserva los alimentos de la corrupción, haciéndolos sanos y placenteros al paladar. De la misma forma, los cristianos deben guardar al mundo de la corrupción moral y contribuir a su salvación. La sal comunica su sabor a todas las cosas que entran en contacto con ella. Así, los cristianos deben comunicar el espíritu de Cristo a todos aquellos que aún no se han convertido al cristianismo. La sal no altera la naturaleza ni el aspecto exterior de la sustancia en la cual se disuelve, solo le transfiere su sabor. De la misma manera, el cristianismo no produce una ruptura externa en el hombre o en la comunidad ya que ennoblece el alma humana, transfigurando toda su vida, dándole su especial carácter cristiano. “Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará?” En Oriente, en efecto, existe un tipo de sal que por acción de la lluvia, el sol y el aire, pierde su sabor característico. Esta sal no puede recuperar su sabor. Así, aquellos hombres que alguna vez probaron de la bendita comunión con el Espíritu Santo, pero cayeron en el imperdonable pecado de rivalizar contra Él, han perdido su capacidad de renovarse espiritualmente sin la extraordinaria ayuda de Dios.

El Señor Jesucristo es la Luz del mundo, pero los fieles que reciben esta luz y la reflejan hacia el mundo, también se transforman en “luz del mundo.” Ellos son los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos de la Iglesia, que han sido ordenados para iluminar al mundo con la luz de Cristo. Ellos deben llevar una vida basada en las buenas obras para que aquellos que los vean glorifiquen a Dios.

Con el propósito de demostrar la relación existente entre la ley antigua con Su nueva ley, el Señor calmó anticipadamente el celo de los judíos por el cumplimiento de la ley, cuando señala que Él vino a la tierra a cumplir la ley y no a transgredirla. En efecto, Cristo vino a la tierra para que en Él se cumpla la Palabra de Dios del Antiguo Testamento, y para revelar, ejecutar y confirmar la fuerza de la ley y los profetas, para mostrar el verdadero espíritu y sentido del Antiguo Testamento.

“¿Cómo cumplió Cristo con la ley?” Se pregunta el bienaventurado Teofilact: “en primer lugar cumplió con la ley porque realizó todo aquello que habían anunciado sobre Él por los profetas. Él cumplió con todos los mandamientos de la ley pues no actuó con iniquidad ni hubo adulación que saliera de Su boca. Él cumplió con la ley porque la completó, diseñando con perfección aquello que en la ley representaba solo una sombra.”

Cristo ofreció un entendimiento mas profundo y espiritual de los mandamientos del Antiguo Testamento, enseñando que el sólo cumplimiento formal o externo de la ley es insuficiente. La “iota” es en el alfabeto hebreo la letra mas pequeña. Cuando Cristo afirma que: “ni una iota, ni un ápice de la ley pasará,” quiere señalar que hasta lo mas pequeño no quedará sin ser cumplido por la ley de Dios.

Los fariseos dividían los mandamientos en mayores y menores. Consideraban que el mandamiento sobre el amor, la misericordia y la justicia era uno de los mandamientos “menores” cuya transgresión no implicaba pecado alguno.

Quien violare uno de estos mandamientos, aún los mínimos, y enseñare así a los hombres, será llamado el mínimo en el Reino de los Cielos,” esto quiere decir que, quien transgreda un mandamiento, aunque sea mínimo, será separado y no estará en el Reino Celestial.

La justicia de los escribas y fariseos se caracterizaba sólo por un cumplimiento formal de las reglas y prescripciones de la ley y mas aún si se trataba de las mas triviales, por ello coexistía en sus corazones con la fatuidad y la soberbia, la carencia del espíritu de humildad y de un amor manso. Era una justicia superficial e hipócrita; detrás de ésta anidaban vicios y pasiones abominables, tan frecuentemente denunciados con firmeza por el Salvador. Nuestro Señor advierte a Sus seguidores sobre esta justicia formal y aparente.

Dos medidas de rectitud.

A lo largo del capítulo, comenzando desde el versículo 21, san Mateo relata cómo Nuestro Señor muestra la forma en la que vino a completar la ley del Antiguo Testamento. Él enseña la mas profunda y espiritual comprensión para cumplir los mandamientos de la Antigua Alianza. No se puede matar a un hombre físicamente; tampoco se lo puede matar desde el punto de vista moral, encolerizándose contra él sin necesidad. “Todo aquel que se encoleriza contra su hermano vanamente merece la condenación; quien dice a su hermano ráka merece el Sanedrín; quien le dice necio merece la gehena del fuego.” Aquí, según el entendimiento judío, se señalan distintos niveles del pecado de ira contra el prójimo. Las felonías menores eras resueltas por la justicia de cada ciudad, pero los crímenes graves se juzgaban en el Sanedrín, el tribunal supremo de Jerusalén compuesto por 72 miembros y presidido por el sumosacerdote. “Ráka” significa “hombre vacío” y sirve como expresión de desprecio. “Necio” o “irracional” expresa el nivel extremo de desprecio o rechazo por el prójimo. Así eran llamados los tontos y también los individuos desvergonzados e indecentes. El castigo para esta ira excesiva era la “gehena del fuego.” Así se denominaba al valle del Hinnón, situado al sudoeste de Jerusalén. En este valle, durante el reinado de reyes impíos, se practicaban repulsivos rituales al dios Moloch (4 Rey. 16:3 y 2 Paralip. 28:3), en los que se hacía pasar por el fuego a jóvenes y se sacrificaba a niños pequeños. Este valle, terminado el periodo de la idolatría, fue identificado con el terror y la abominación. Allí eran llevados los cadáveres insepultos, los residuos y en ocasiones, se llevaban a cabo las penas de muerte. El aire tan contaminado de este valle era purificado con un fuego que ardía continuamente. Por estas razones siempre fue considerado un lugar terrible y repugnante, y fue llamado valle del fuego para servir de ilustración de los tormentos eternos a los que serán sometidos los pecadores. La mansedumbre y el amor cristianos por el prójimo implican tanto la ausencia de ira en uno mismo como la falta de provocación de la ira del prójimo. La ira obstaculiza la oración a Dios con una conciencia limpia y por ello se hace ineludible reconciliarse con el hermano.

Conforme al procedimiento judicial romano, un acreedor podía llevar a su deudor por la fuerza ante el juez. Nuestro hermano ofendido es llamado “adversario” con el que debemos reconciliarnos “mientras vamos con él por el camino” de esta vida terrenal, para que él no nos entregue al juez, que es Dios, y nos haga sufrir el castigo merecido. El Apóstol san Pablo instaba al ofensor a una rápida reconciliación con su ofendido diciendo: “que no se ponga el sol sobre vuestra ira” (Ef. 4:26).

Del mismo modo, no es suficiente respetar formalmente el séptimo mandamiento de la ley de Dios: “No cometas adulterio,” cuidándose de no transgredirlo groseramente con la caída en el pecado en los hechos. Con la proclama de este mandamiento, Nuestro Señor enseña que no sólo los actos adúlteros externos constituyen un crimen; también lo son la concupiscencia interior y mirar con lujuria a una mujer. Dice san Atanasio el Grande: “un hombre comete adulterio en su corazón cuando desea hacerlo pero no puede porque no encuentra ni el momento ni el lugar, o teme a las leyes civiles.” No toda mirada a una mujer constituye pecado pero sí lo es la mirada unida al deseo de cometer pecado de adulterio. En tales casos debe mostrarse la firme decisión de vencer la tentación, sin escatimar la pérdida de preciosas posesiones, como son las partes del cuerpo para un hombre: un ojo o una mano. En este caso el ojo y la mano se señalan como símbolos de lo más precioso para nosotros que, llegado el caso, será necesario sacrificar con la finalidad de extirpar la pasión y eludir la caída en el pecado. En relación a esto, Nuestro Señor prohíbe al varón divorciarse de su esposa “si no es por causa de adulterio.” La ley de Moisés en el Antiguo Testamento (Dt. 24:1-2) permitía al varón divorciarse de su esposa, entregándole un acta de repudio, es decir, un certificado por escrito de que ella fue su mujer y que él la repudia por alguna razón. La situación de la mujer era sumamente delicada pues dependía de la voluntad del esposo. En otro pasaje (Mc. 10:2-12), Nuestro Señor afirma que, Moisés permitió el divorcio entre los judíos debido a “la dureza de corazón” de estos, aunque en el principio de la creación era todo distinto, pues el matrimonio instituido por Dios era un vínculo indisoluble. El matrimonio se anula por sí mismo en caso de adulterio de uno de los cónyuges. Si el varón se divorcia de su esposa sin mediar dicha causa, la está empujando a cometer adulterio, de la misma forma que es culpable de adulterio aquel que la recibe.

La ley del Antiguo Testamento prohibía el uso del nombre de Dios en juramentos sobre cuestiones triviales y especialmente en mentiras. El tercer mandamiento de Dios prohíbe la utilización de Su Nombre en vano, prohíbe toda clase de ligereza en relación al juramento en nombre de Dios. Los judíos contemporáneos de Nuestro Señor Jesucristo, queriendo cumplir literalmente esta prohibición de utilizar el nombre de Dios, juraban por el cielo, la tierra, por Jerusalén o por sus cabezas y de esa forma, al no utilizar el nombre de Dios juraban en vano y falsamente. Tales juramentos son prohibidos por Cristo Nuestro Señor porque todo es creación de Dios, por lo tanto, jurar sobre algún elemento de la creación Divina significa jurar por el Creador, y jurar por Él una falsedad es violar la santidad del juramento.

El cristiano debe ser sumamente honesto y veraz para que, su sola palabra establezca la confianza de los demás sin necesidad de ningún juramento. “Diréis: Sí sí, No no.” Sin embargo hay casos importantes en los que se permite el juramento legal. El propio Jesucristo fundamentó el juramento durante Su juicio, cuando a las palabras del sumosacerdote: “te conjuro por el Dios vivo,”respondió: “tú lo haz dicho,” pues entre los judíos esa era la manera de prestar juramento en un tribunal (Mt. 26:63-64). El Apóstol san Pablo juró invocando a Dios como testimonio de la veracidad de sus palabras (Rom. 1:9, 9:1; 2 Cor. 1:23, 2:17; Gal. 1:20 y otros). El juramento que se prohíbe es el vacío, el superficial.

En la antigüedad la venganza estaba tan difundida que era importante mitigar, aunque sea un parte, sus manifestaciones, lo cual hacía la ley del Antiguo Testamento. La ley de Cristo prohíbe la venganza, al enseñar el amor por el enemigo. La afirmación: “no resistir al que es malo,” no debe entenderse en el sentido de León Tolstoi y otros falsos maestros, de “no oponerse a la maldad.” El Señor nos prohíbe responder con ira a aquel que obró mal contra nosotros. El cristiano debe ser intransigente y pelear contra todo tipo de mal, con todos los medios a su alcance, sin permitir que la maldad entre en su corazón. No deben entenderse literalmente las siguientes palabras: “Si alguno te da un bofetón en una mejilla preséntale también la otra” (Mt. 5:39), pues sabemos que durante el interrogatorio efectuado por el Sumosacerdote Anás, el propio Cristo reaccionó de manera muy diferente al ser abofeteado en una mejilla por uno de los sirvientes (Jn. 18:22-23). Lo que está prohibido es el sentimiento malvado de venganza, pero no la lucha contra el mal. Nosotros debemos tratar de cambiar no sólo a aquellos que hacen mal sino también a quienes nos ofenden, para lo cual hay una orden directa del Señor en el Evangelio de san Mateo (Mt. 18:15-18). También está prohibido pleitear sin sentido y en cambio se prescribe la satisfacción de las necesidades del prójimo: “Da al que te pida.” Esto excluye aquellas situaciones en las que la ayuda pedida no es beneficiosa sino perjudicial; el genuino amor cristiano por el prójimo, por ejemplo, no permitirá dar un cuchillo a un asesino, ni un veneno al suicida.

En el Antiguo Testamento no encontramos ningún mandamiento que diga: “odia a tu enemigo” pero, evidentemente, los judíos lo inventaron a partir del mandamiento que habla sobre el amor al prójimo pues, “prójimo” para ellos era solo aquel cercano en la fe, por su origen o recíprocos favores. Los otros, esto es, los gentiles, pertenecientes a otras etnias, que se manifestaban con malicia, eran considerados “enemigos” y por lo tanto el amor hacia ellos resultaba inapropiado. Cristo nos dio el mandamiento de amar a todas las personas, incluso a muchos enemigos, sólo así seremos dignos hijos del Padre Celestial, Quien es ajeno a la ira y al odio.

Nuestro Señor ha querido que Sus discípulos fuesen, en sentido moral, superiores a los judíos y paganos, para quienes el amor por el prójimo se basa esencialmente en su amor propio. El amor a causa de Dios o Sus mandamientos es digno de recompensa, pero no lo es el amor basado en la inclinación natural o en una ventaja personal. Así, elevándose cada vez más en la perfección, el cristiano llegará, finalmente, al mandamiento mas sublime y difícil cual es el de amar al enemigo, con el que culmina Nuestro Señor la primera parte de Su Sermón de la Montaña. Queriendomostrar cuanto mas digno es para Dios el hombre, que aunque débil e imperfecto, cumple este mandamiento, Cristo establece que el ideal de la perfección cristiana consiste en ser semejante a Dios: “Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial.” Esto supone la absoluta armonía con el plan Divino expresado con la creación del hombre: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza” (Gen. 1:26). La santidad de Dios es inalcanzable para nosotros, por lo cual se hace evidente la desigualdad entre Dios y nosotros. Sin embargo, el significado de esta cita hace referencia a la semejanza interior, a la aproximación paulatina, con ayuda de la gracia, del alma humana inmortal a su Imagen Primigenia.

La tarea principal es agradar a Dios.

La segunda parte del Sermón de la Montaña, contenida en el sexto capítulo del evangelio de san Mateo, desarrolla la enseñanza del Señor sobre la limosna, la oración y el ayuno, y también una exhortación para que el hombre se esfuerce en conseguir la principal meta de su vida: el Reino de Dios. Habiendo explicado a Sus discípulos sobre aquello que pueden o no hacer para lograr la bienaventuranza, el Señor se dedica a la cuestión de qué debe hacerse para cumplir Sus mandamientos.

Las obras de misericordia, los actos de adoración a Dios, la oración y el ayuno deben llevarse a cabo en secreto y no a la vista de todos con el objeto de recibir la gloria de las personas, pues en este caso la alabanza del mundo será nuestra única recompensa. La vanidad, como la polilla, destruye todas las buenas obras; por ello es mejor hacerlas en secreto para no perder la recompensa de Nuestro Padre Celestial.

No se prohíbe, por cierto, dar limosna abiertamente pero con la condición de no llevarla a cabo para llamar la atención sobre nosotros y recibir así el elogio de la gente. Tampoco se prohíbe la oración en los templos, siempre y cuando no se haga con ostentación. San Juan Crisóstomo explica que, rezando en su aposento, uno puede vanagloriarse y por lo tanto “las puertas cerradas no traerán ningún beneficio.” La locuacidad en la oración era para los paganos un conjuro, que repetido, incrementaba su eficacia. Dios conoce nuestras necesidades, por lo tanto, nosotros rezamos para purificar nuestro corazón, hacernos dignos de la misericordia Divina, y establecer en nuestro interior una comunión entre nuestro espíritu y Dios.

Esta comunión con Dios es la finalidad de la oración y se consigue independientemente de la cantidad de palabras pronunciadas. Al mismo tiempo que reprueba la locuacidad, Nuestro Señor a menudo prescribe la oración continua y enseña que se debe rezar siempre y no desanimarse (Lc. 18:1), pues Él Mismo pasaba noches enteras en oración. La oración debe ser inteligente: debemos acudir a Dios con ruegos que sean dignos de Él y cuyo cumplimiento sea redentor para nosotros. Para enseñarnos a orar de esta manera Nuestro Señor nos da a modo de ejemplo el “Padre Nuestro” llamado también “la Oración del Señor.”

El “Padre Nuestro.”

Esta plegaria no excluye en modo alguno otras oraciones — el Señor Mismo utilizaba otras oraciones (Jn. 17).

Al llamar a Dios Nuestro Padre, nos reconocemos Sus hijos, y en relación a unos con otros — hermanos; y rezamos no sólo para nosotros sino desde todos y por toda la humanidad.

Diciendo: “que estás en los cielos” renunciamos a todo lo terrenal y elevamos nuestra mente y nuestro corazón al mundo celestial. “Santificado sea Tu Nombre” — que Tu Nombre sea santo para todas las personas; para que todos glorifiquen con palabras y hechos el Nombre de Dios. “Venga a nosotros Tu Reino,” el Reino del Mesías-Cristo, anhelado por los judíos, aunque suponiendo erróneamente que se trataba de un reino material. Aquí rezamos para que Nuestro Señor se entronice en las almas de los hombres, para que después de esta vida temporal en la tierra nos haga dignos de la vida bienaventurada y eterna en comunión con Él. “Hágase Tu voluntad así como es en el cielo, en la tierra” para que todo en el mundo ocurra conforme a la bondadosísima y muy sabia voluntad de Dios; para que nosotros cumplamos la voluntad de Dios de buen grado aquí, en la tierra, como lo hacen en el cielo los ángeles.

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy” — danos Señor en este día todo lo imprescindible para nuestro sustento, aquello que nos depara el mañana no lo sabemos, y sólo necesitamos las cosas de “este día,” es decir, el pan cotidiano indispensable para nuestra existencia.

Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Estas palabras son explicadas por san Lucas así: “y perdónanos nuestros pecados” (Lc. 11:4) — los pecados son nuestras deudas porque al pecar no hacemos lo debido y somos por lo tanto deudores ante Dios y las personas. Esta petición nos enseña con especial énfasis que es indispensable perdonar todas las ofensas a nuestro prójimo. Si no perdonamos a los demás no tenemos derecho a rezar las palabras de la Oración del Señor. “Y no nos dejes caer en la tentación” — no permitas que nuestras fuerzas morales sean probadas por la inclinación hacia algún tipo de acto inmoral. Aquí pedimos a Dios cuidarnos de la caída, en el caso de que la prueba de nuestras fuerzas morales sea ineludible e imprescindible. “Mas líbranos del maligno” — líbranos de todo mal y de su autor, el diablo. La oración termina con la certeza de que se he de cumplir todo lo pedido pues a Dios le corresponde en este mundo el Reino eterno, el poder infinito y la gloria. “Amén” es un vocablo hebreo que significa “así es,” “en verdad es,” “que así sea.” Quienes rezaban en las sinagogas pronunciaban esta palabra para confirmar la oración rezada por los mayores.

La enseñanza del Señor sobre el ayuno, que también debe ser dedicado a Dios y no para obtener alabanzas de los hombres, testimonia con claridad cuan equivocados están quienes dicen que el Señor no exigía el ayuno a Sus discípulos. Quien ayuna no debe cambiar su aspecto, debe ser siempre el mismo ante las personas. En Oriente era costumbre que después de un baño, el cuerpo se ungiera con aceite perfumado, en especial la cabeza. Los fariseos en los días de ayuno no se bañaban, no peinaban sus cabellos, ni se ungían con aceite y de esta manera llamaban la atención de todos por su aspecto inusual, lo cual era censurado por Nuestro Señor.

El tesoro eterno.

A partir de Mt. 6:19, Nuestro Señor nos enseña como privilegiar la búsqueda del Reino de los Cielos ante todo, sin distraerse con ninguna otra labor: no preocuparse por atesorar riquezas mundanas, que no son eternas, se corrompen y destruyen con facilidad. Allí donde alguien tiene sus riquezas están también sus pensamientos, sentimientos y anhelos. Por ello el cristiano debe elevar su corazón al cielo, sin que lo distraiga el acopio de bienes terrenales, debe anhelar la adquisición de tesoros celestiales que son las virtudes. Para esto es necesario cuidar al corazón tanto como al ojo. Debemos guardar nuestro corazón de pasiones y deseos mundanos para que jamás deje de guiarnos hacia lo espiritual, la luz celestial, tanto como nuestros ojos son para nosotros conductores de la luz material.

El que piensa servir al mismo tiempo a Dios y a Mammón (Mammón — deidad siria venerada como el protector de los bienes y tesoros, como lo era Plutón para los griegos), se asemeja al siervo que pretende complacer a dos amos con distintos caracteres y requerimientos, lo cual es, evidentemente, imposible. El Señor nos conduce hacia lo celestial y eterno y no hacia la riqueza terrenal y perecedera. Por ello, para eludir esta dualidad que dificulta la obra de la salvación eterna, es necesario rechazar las excesivas, superfluas e inquietantes preocupaciones por el alimento, la bebida y la vestimenta. Estas ansiedades que devoran todo nuestro tiempo y atención, nos distraen de aquello que concierne a la salvación de nuestras almas. Después de todo, si Dios se preocupa tanto por las criaturas irracionales, alimentando a los pájaros y adornando los campos con flores, Él no abandonará al hombre, al que creó a Su Imagen y llamó a ser el heredero de Su Reino, sin darle todo lo necesario. Nuestra vida está en manos de Dios y no depende de nuestros esfuerzos: ¿podemos acaso por nosotros mismos aumentar nuestra estatura siquiera en una pulgada? Sin embargo, esto no significa que el cristiano debe abstenerse del trabajo y entregarse al ocio, como algunos herejes se empeñaron en interpretar este pasaje del Sermón de la Montaña. El trabajo es un mandamiento que Dios ha dado al hombre cuando éste todavía se hallaba en el paraíso, antes de la caída en el pecado (Gen. 2:15); fue confirmado luego de la expulsión de Adán fuera del Edén (3:19). Aquí no se condena el trabajo sino la pesada y excesiva preocupación sobre el futuro que no está en nuestras manos. Se indica sólo una escala de valores: “Buscad primero el Reino de Dios y su verdad,” pues el Señor nos recompensará con Su preocupación personal para que tengamos todo lo necesario para nuestra vida terrenal. Pensar sobre estas cosas no debe atormentarnos ni oprimirnos como a los paganos que no creen en la Divina Providencia. Esta parte del Sermón de la Montaña (6:25-34) nos presenta el magnífico cuadro de la Divina Providencia que se preocupa por Su creación. “No os inquietéis entonces, por el mañana, pues el mañana tendrá sus propias inquietudes.” Es insensato inquietarse por el día siguiente porque no tenemos poder para hacerlo y no sabemos que ha de traernos consigo ese día. Puede depararnos preocupaciones que ni siquiera nos imaginamos.

No juzguéis.

La tercera parte del Sermón de la Montaña, contenida en el séptimo capítulo de san Mateo, nos enseña a no juzgar a nuestro prójimo, a cuidar que lo santo no sea profanado, la constancia en la oración, los estrechos y espaciosos caminos de la vida, acerca de los falsos profetas y de la falsa y verdadera sabidurías.

No juzguéis y no seréis juzgados” — estas palabras san Lucas las relata de esta manera: “No condenéis y no seréis condenados” (6:37). En consecuencia, se prohíbe no el “juicio” sino la “condenación” del prójimo en el sentido de los corrillos que surgen en su mayor parte de impulsos impuros y del amor propio, vanidad, soberbia, maledicencia, la reprobación rencorosa de los defectos ajenos, originados en la falta de amor y mala fe hacia el prójimo. Si aquí se prohibiese todo juicio en general sobre el prójimo y sus actitudes, entonces Nuestro Señor no podría haber dicho lo siguiente: “No deis lo santo a los perros, ni arrojéis vuestras perlas a los puercos,” y los cristianos no podrían cumplir sus obligaciones — descubrir y hacer comprender al pecador, lo cual está prescripto por el Mismo Señor mas adelante en Mt. 18:15-17. Se prohíbe el sentimiento de ira y la malicia pero no la evaluación de las actitudes del prójimo, pues si no advirtiésemos el mal, entonces podríamos ser indiferentes al bien y al mal, perderíamos la capacidad de diferenciar el bien del mal. Al respecto dice san Juan Crisóstomo: “Si alguien comete adulterio, ¿acaso yo no debo decir que el adulterio es malo, acaso no debo corregir al libertino? Corrígelo, pero no como lo haría su adversario o su enemigo condenándolo, sino como Médico, indicando la medicina. No se debe reprobar e injuriar, sino hacer entender; no acusar sino aconsejar; no atacar con soberbia sino corregir con amor.” Cristo prohíbe censurar con malos sentimientos los defectos de las personas, sin advertir los propios que, posiblemente, son mayores aun. Aquí no se hace referencia al juicio civil, como pretenden algunos falsos maestros, como tampoco hay referencia alguna sobre la valoración de los actos humanos en general. Estas palabras del Señor tenían en cuenta a los fariseos soberbios y engreídos, quienes condenaban sin misericordia a los otros, considerándose ellos como los únicos justos. Luego, Nuestro Señor hace una advertencia a Sus discípulos para que Su Divina enseñanza — esa auténtica perla no sea entregada a aquellas personas que como los perros o puercos, son incapaces de apreciarla. Es decir, aquellos que por su extrema ignorancia y sumergidos profundamente en el libertinaje, vicios y maldad, dan cuenta de los bienes con encarnizado rencor.

Constancia en la oración.

Nuestro Señor dice: “Pedid y se os dará” y con ello enseña la constancia, la paciencia y el fervor en la oración. El auténtico cristiano, recordando la enseñanza del Señor: “Buscad primero el Reino de Dios y Su verdad,” no pedirá en sus oraciones el cumplimiento de algo trivial, nocivo para la salvación del alma, y por ello puede estar seguro que, por su oración “se le dará” y “se le abrirá,”como promete el Señor a quien ruega con fervor. El Evangelio de san Mateo dice: “El Padre Celestial dará las cosas buenas a aquellos que se las pidan,” mientras que san Lucas aclara cuales son estos bienes que uno debería y necesita pedir: “Dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan.” Un padre jamás dará a su hijo algo que le sea dañino y por ello el Señor da al hombre sólo aquello que se revela como un bien genuino para él.

Al finalizar Sus directivas sobre nuestro comportamiento con los demás, el Señor establece “la regla de oro“: Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos. En esto consiste la Ley y los Profetas,” pues el amor a los demás es el reflejo del amor a Dios, como el amor por los hermanos es reflejo del amor a los padres.

El camino estrecho.

Cristo advierte que seguir Sus mandamientos no es tan sencillo: se trata de un “camino estrecho” y de una “puerta angosta” que llevan a la vida eterna y bienaventurada, al tiempo que el camino espacioso y amplio es atractivo para aquellos que no desean luchar contra sus pasiones pecaminosas, y lleva a la perdición.

Sobre los falsos profetas.

Al concluir Su Sermón de la Montaña, el Señor advierte a Sus seguidores sobre los falsos maestros y falsos profetas, quienes pueden desviarlos del único camino que lleva a la salvación. Aquellos falsos profetas son en el presente las numerosas sectas que seducen con sus métodos al anunciar una salvación fácil, despreciando la estrechez del camino y la angostura de la puerta. Estos falsos profetas se presentan con aspecto de mansas ovejas pero por dentro son lobos rapaces que destruyen a las crédulas ovejas. Estos falsos maestros pueden reconocerse por “sus frutos,” es decir por sus actos y la vida que llevan. Las siguientes palabras van dirigidas contra los sectarios contemporáneos, quienes enseñan que el hombre se justifica sólo por la fe, sin necesidad de buenas obras: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de Mi Padre celestial.”

Aquí se aprecia con claridad que sólo la fe en Jesucristo es insuficiente pues es necesaria una vida en armonía con esa fe, es decir, el cumplimiento de los mandamientos de Cristo, las buenas obras. En los comienzos de la difusión del cristianismo, muchos en verdad obraban milagros en el Nombre de Cristo, incluso Judas había recibido ese poder, de la misma manera que los 12 Apóstoles. Sin embargo, esto es insuficiente para la salvación pues las personas no se ocupaban en cumplir los mandamientos de Dios. Nuestro Señor reitera este concepto en la conclusión del Sermón de la Montaña: el que solo escucha las palabras de Cristo y no las cumple, es decir, no realiza buenas obras, se asemeja al hombre que edificó su casa sobre arena; en tanto, aquel que cumple en los hechos los preceptos de Cristo es semejante al que construye su casa sobre roca. Esta comparación era especialmente familiar a los judíos, pues en Palestina era frecuente ver como lluvias torrenciales y tempestades arrasaban los hogares edificados sobre terreno arenoso. Sólo quien cumple los mandamientos de Cristo en los hechos puede mantenerse firme a la hora en que lo invadan las tentaciones cual tempestad. El que no cumple aquellos mandamientos cae fácilmente en la desesperación y perece, renunciando a Cristo. Por ello, nuestra Iglesia en sus cánticos ruega a Cristo para que Él nos afirme “sobre la roca de Sus mandamientos.” San Mateo termina su relato sobre el Sermón de la Montaña testimoniando que la multitud estaba asombrada de las enseñanzas de Cristo, porque Él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas y fariseos. La enseñanza de estos consistía, en su mayor parte, en trivialidades, polémicas infructuosas y lenguaje ampuloso. La enseñanza de Jesucristo era simple y sublime, porque el Hijo de Dios hablaba como nadie lo había hecho antes; Él hablaba en primera persona: “Yo les digo” — en Sus palabras se advertía con claridad el poder y la fuerza de Dios.

Curación del leproso.

(Mt. 8:1-4).

Después del sermón, cuando Nuestro Señor Jesucristo bajó de la montaña, una gran multitud lo siguió; sin duda la gente estaba muy impresionaba. Y como había ocurrido con anterioridad (Mc. 1:40-45; Lc. 5:12-16), otro leproso se aproximó al Señor, rogando ser curado de aquella terrible enfermedad. Es necesario decir que, lejos de ser este el único caso de curación de leprosos, el Señor obró muchas curaciones milagrosas durante Su ministerio. Tampoco sorprende que este caso fuera similar al primero, ni que el Señor ordenase al leproso curado presentarse a un sacerdote para que éste, de acuerdo a la ley de Moisés, testimoniara oficialmente sobre la curación. Sin ello el leproso curado no podría reintegrarse a la comunidad de los sanos, pues todos lo evitarían con temor, sabiendo que era portador de tan cruel enfermedad. Algunos exégetas suponen que si el ahora sano no hubiese ido a Jerusalén, directamente al sacerdote, divulgando en cambio la noticia de su milagrosa sanación, esa información hubiese alcanzado Jerusalén antes de su arribo. Entonces los sacerdotes hostiles al Señor hubiesen afirmado que el hombre sanado jamás había estado enfermo.

Curación del siervo del centurión.

(Mt. 8:5-13; Lc. 7:1-10).

Luego, el Señor fue a Cafarnaum donde una vez más, realizó el milagro de curar al siervo del centurión romano, quien por lo visto, estaba al mando de la guarnición local de cien soldados. Algunas de las ciudades de Palestina eran custodiadas por guarniciones militares romanas. Aunque el centurión era pagano de origen, mostraba disposición hacia la religión judía, testimonio de lo cual era la sinagoga construida por él.

Según san Mateo, su siervo se hallaba postrado por una parálisis, mientras que san Lucas — cuya narración es mas detallada — afirma que estaba al borde de la muerte. San Lucas relata que el centurión primero envió recado a Jesús con algunos notables de entre los judíos para que viniera y curase a su siervo; luego envió a unos amigos suyos y finalmente, como dice san Mateo, salió al encuentro del Señor cuando este se aproximaba a su casa.

Las palabras del centurión dirigidas al Señor: “No Te molestes, pues no merezco que entres en mi casa. Como tampoco me he creído de ir en persona a buscarte. Basta que digas una palabra y mi siervo recobrará la salud” (Lc. 7:6-7), suenan tan inusuales en un pagano en términos de la fe y humildad, que el Señor — como dicen ambos Evangelistas — “se maravilló” y consideró necesario enfatizar ante los presentes que Él no encontraba semejante fe siquiera entre los representantes del pueblo elegido por Dios: los israelitas. Además, como solamente san Mateo nos cuenta, el Señor refuta la errónea opinión de los judíos de que sólo ellos podían ser miembros del Reino del Mesías. El también anuncia que muchos gentiles “de oriente y occidente” junto con los ancestros del Antiguo Testamento serán encontrados dignos de heredar este Reino. En cambio, “los hijos del Reino” es decir los judíos, por su incredulidad, serán arrojados a la oscuridad absoluta donde habrá llanto y rechinar de dientes (Mt. 8:12). Como en muchas de las parábolas y dichos de Jesús, el Reino Celestial se nos presenta como un banquete o fiesta en la cual (en el oriente) la gente no se sentaba sino que se reclinaba. Los convidados que cometían alguna equivocación eran retirados del lugar y enviados fuera, donde reinaban la (absoluta) oscuridad y el frío, que se contraponen a la cálida y luminosa habitación. Los expulsados tiritaban de frío y tristeza; esta imagen comprensible para todos fue utilizada para dar una mejor visión del eterno tormento de los pecadores en el infierno. La fe y humildad del centurión fueron recompensados de inmediato, tan pronto como el Señor pronunció: “¡Vete, sea como has creído!”

La resurrección del hijo de la viuda en Naim.

(Lc. 7:11-17).

Este hecho es relatado solamente por san Lucas, quien lo relaciona con el subsiguiente acontecimiento en el que Juan el Bautista envió sus seguidores a Nuestro Señor Jesucristo.

Nuestro Señor viajó desde Cafarnaum a la ciudad de Naim, próxima a la frontera sur de Galilea, sobre la ladera norte del Pequeño Hermón, en el Antiguo Testamento perteneciente a la tribu de Isacar. Naim, que quiere decir “agradable,” recibió su nombre por su ubicación en el magnífico y rico territorio de pasturas en el valle de Esdrelón. El Señor estaba acompañado por Sus discípulos y una multitud de gente. En la antigüedad las ciudades estaban rodeadas por sólidas murallas como protección contra los enemigos, de manera tal que sólo se podía entrar y salir de la ciudad a través de un pórtico. Es en este pórtico de la ciudad que el Señor se encontró con una procesión fúnebre en la que era llevado un joven hijo único de madre viuda fuera de la ciudad. Viendo la aflicción de la madre, el Señor se apiadó de ella. Dijo Jesús: “No llores” y tocó el ataúd abierto donde yacía el joven, dando así señal para que la procesión se detuviera. Luego Jesús resucitó al joven con las palabras: “Joven, Yo te lo ordeno: levántate.” Nuestro Señor lo resucitó y se lo entregó a su madre. El temor se apoderó de todos, sin embargo, ninguno de los testigos del milagro reconocieron en Jesús al Mesías-Taumaturgo, sino sólo a un “gran profeta” y esta opinión se divulgó por toda Judea y sus alrededores.

Los mensajeros de Juan el Bautista.

(Mt. 11:2-19; Lc. 7:18-35).

San Juan el Bautista no tenía dudas sobre la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo (ver Jn. 1:32-34). No obstante, Juan, estando ya en la cárcel, envió a dos de sus discípulos para preguntar a Jesucristo: “¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” La respuesta a este interrogante era aguardada no tanto por el Bautista como por sus discípulos, quienes, habiendo escuchado muchas cosas sobre los prodigios del Señor, no entendían la razón por la cual Él, si en verdad era el Mesías, no lo daba a conocer abiertamente. El Señor no da una respuesta directa pues para los judíos el nombre del Mesías estaba relacionado con la gloria y magnificencia terrenales. Solo aquel cuya alma ha sido purificada de todo lo terrenal por la enseñanza de Cristo, era digno de escuchar y conocer que Jesús en verdad era el Mesías-Cristo.

Así, Cristo por toda respuesta cita la profecía de Isaías (Is. 35:2-6), dirigiendo la atención de los discípulos hacia los milagros efectuados por Él, como certificación de que Él fue enviado por Dios, agregando: “Bienaventurado aquel para quien Yo no sea motivo de tentación,” es decir viendo Mi humilde apariencia, que nadie tenga dudas: Yo soy el Mesías.

Para que nadie piense que el propio Juan dudaba sobre Jesús, Nuestro Señor, luego de la partida de los seguidores del Bautista, comenzó a hablar a la multitud acerca del sublime y dignísimo ministerio de Juan, el mas grande de todos los profetas. “Y sin embargo, el mas pequeño en el Reino de los Cielos es mas grande que él.” Estas palabras indican la superioridad del cristianismo sobre la grandiosa rectitud véterotestamentaria.

Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente y los violentos intentan arrebatarlo. “Porque todos los profetas, lo mismo que la ley han profetizado hasta Juan.” Aquí se contraponen “la ley y los profetas,” esto es, la Iglesia del Antiguo Testamento y la Iglesia neotestamentaria de Cristo. Con Juan, situado en la frontera de ambas Alianzas, culmina la Antigua, cuyo significado era temporal y preparatorio, inaugurándose el Reino de Cristo, al que todos acceden gracias al esfuerzo.

Basándose en la profecía de Malaquías (4:5), que sin dudas se relaciona con la segunda Venida de Cristo, los judíos aguardaban que el profeta Elías antecediera al Mesías. Sin embargo, Malaquías profetizó sobre Juan refiriéndose a él sólo como un Ángel, que debía preparar el camino del Señor (3:1).

Un ángel anunció a Zacarías el nacimiento de Juan diciendo: “Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías,” pero él no será Elías. El propio Juan, cuando los judíos le preguntaron: “¿Acaso eres tú Elías?” contestó: “No lo soy.” Las palabras de Cristo: “Y si quieres oírlo, él es Elías que ha de venir” tienen el siguiente significado: “si ustedes entienden literalmente la profecía de Malaquías sobre la aparición de Elías antes de la venida del Mesías, entonces deben saber que ya está aquí aquel, que debía preceder al Mesías — él es Juan. Presten especial atención a este Mi testimonio sobre Juan: ¡El que tenga oídos, que oiga!” “¿Con quién puedo comparar a esta generación?” ¿Con los escribas y fariseos? Ellos se parecen a esos niños caprichosos a los que sus amigos no logran complacer con nada. Juan, severo asceta, no pudo satisfacer con su llamado a la contrición y al arrepentimiento a fariseos y escribas, quienes aguardaban al Mesías como a un gran Rey-Conquistador. Tampoco Jesucristo, Quien a diferencia de Juan, no se rehusaba a compartir la mesa con pecadores para salvarlos, pudo complacerlos. “Mas la Sabiduría ha quedado justificada por sus hijos.” Estas palabras son explicadas por el Bienaventurado Teofilact: “Desde el momento, dice Cristo, en que ni Mi vida ni la de Juan los complace y ustedes rechazan todos los caminos hacia la salvación, entonces Yo — la Sabiduría Divina — estoy justificado ante Mis hijos pero no ante los fariseos.” Por “hijos de la Sabiduría” se entiende al simple pueblo judío, publicanos y pecadores arrepentidos, aquellos que creyeron de todo corazón en Cristo y recibieron Su Divina enseñanza: ellos “justificaron” a Dios y Su Sabiduría, son ejemplos demostrativos que el Señor, fiel y sabiamente, dispuso la salvación de la humanidad. Y a ellos les fue revelada la Sabiduría Divina, inaccesible a los orgullosos fariseos.

Recriminación a las ciudades impías.

(Mt. 11:20-30; Lc. 10:13-16 y 21-22).

Cristo, con gran pena en el corazón, pronuncia Su “lamento” por las ciudades de Corazaín y Betsaida, situadas respectivamente al norte y al sur de Cafarnaum, pues a pesar de haber visto muchos de Sus milagros, no se habían arrepentido. Nuestro Señor las compara con las ciudades paganas de Tiro y Sidón, en la vecina Fenicia, las que el día del Juicio serán tratadas con menos rigor que las ciudades judías. A estas últimas les fue dada la posibilidad de salvarse pero rehusaron arrepentirse, como sí lo hizo en su momento Nínive con cilicio (tosca vestimenta que ocasionaba dolor físico) y ceniza (era señal de profunda contrición permanecer sentado sobre ceniza cubriéndose la cabeza con ella), fruto de la predicación de Jonás.

Nuestro Señor también anuncia la destrucción de Cafarnaum por su extrema altanería debida a su prosperidad material. Cristo compara la impiedad de Cafarnaum con la de Sodoma y Gomorra, castigadas por Dios y destruidas con una lluvia de azufre y fuego. En efecto, todas estas ciudades fueron alcanzadas por el castigo de Dios: los romanos las arrasaron por completo durante la misma guerra en la que fue destruida Jerusalén. Los escribas y fariseos, orgullosos de su aparente sabiduría y conocimiento de las Escrituras, no comprendieron las palabras del Señor Jesucristo y Su enseñanza. Debido a su ceguera espiritual, la enseñanza de Cristo permaneció oculta para ellos.

Nuestro Señor glorifica a Su Padre Celestial porque la verdad de Su enseñanza fue ocultada a estos “sabios y sensatos” y revelada a los “pequeños” — personas simples y sin doblez, como eran los Apóstoles, sus discípulos y seguidores mas próximos. Estas personas sentían con su corazón y no con su mente, que Jesús era el auténtico Mesías-Cristo. “Todo Me fue dado por Mi Padre” — todo, tanto el mundo físico, visible como el mundo espiritual e invisible ha sido puesto bajo el poder de Cristo, aunque no como Hijo de Dios, para Quien dicho poder fue siempre Su atributo, sino como Dios-Hombre y Salvador nuestro, para que todo fuese orientado hacia la Redención de la Humanidad.

Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo” — ningún ser humano está en condiciones de alcanzar la grandeza y bondad del Hijo como tampoco la grandeza y bondad del Padre. Solo el Hijo en Sí Mismo revela al Padre a quienes acuden a Él. Él llama a todos: “Vengan a Mí todos los agobiados y afligidos,” aquellos que languidecen por el esfuerzo vano e infructuoso, bajo el yugo de las pasiones pecaminosas, originadas en el orgullo y la vanidad. “Yo los aliviaré,” les daré paz frente a estas pasiones. “Carguen sobre ustedes Mi yugo,” el yugo de la ley del Evangelio, aprendan de Cristo Su mansedumbre y humildad y encontrarán la paz del alma. El yugo que prescribe el Evangelio es “suave” y “bueno”pues el Mismo Señor da la fuerza necesaria para soportar su carga — la gracia del Espíritu Santo y Su propio ejemplo que nos infunde ánimo para llevar ese yugo.

La mujer pecadora es perdonada en la casa de Simón el fariseo.

(Lc. 7:36-50).

Un fariseo llamado Simón, que por lo visto sentía afecto por el Señor pero aún sin una firme creencia en Él, lo invitó a comer a su casa, tal vez para conversar con Cristo en privado y así profundizar en Su enseñanza y Su obra. De improviso, llegó una mujer — conocida en la ciudad como una gran pecadora; con humildad se puso detrás de Cristo, junto a Sus pies y, viendo que aún no estaban limpios del polvo del camino, comenzó a lavarlos con un manantial de lágrimas, secándolos con sus cabellos. Luego besó Sus pies y los ungió con una muy valiosa mirra de su pertenencia.

En opinión de los fariseos el sólo contacto con una pecadora transmitía la iniquidad al hombre y por lo tanto, Simón, inmutable ante la drástica conversión ocurrida en el alma de esta pobre mujer, reprobó a Jesús por permitir que se lo honrara de ese modo. En consecuencia, Simón pensó que Cristo no podía ser un profeta, pues si lo fuera, Él hubiera sabido “que clase de mujer es ésta” y la hubiese rechazado. Jesús responde a los pensamientos secretos del fariseo narrándole la parábola sobre los dos deudores. Uno de ellos debía al prestamista 500 denarios y el otro 50. Como ellos no tenían con que pagar, el prestamista perdonó la deuda a ambos. Es fácil responder a la pregunta del Señor: “¿Quién de los dos le amará más?” Por supuesto aquel a quien se le perdonó más. Confirmando la veracidad de la respuesta, el Señor agrega: “Aquel a quien menos se perdona, menos ama.” Estas últimas palabras, a juzgar por el contexto, van dirigidas a Simón, cuyo amor por Cristo es pobre y exiguas son sus buenas acciones.

Con esta parábola Simón debió comprender que el Señor considera a la mujer pecadora arrepentida, moralmente superior al fariseo, pues ella demostró mas amor por Cristo que Simón. Por ese amor “Quedan perdonados sus muchos pecados.” “Y aquel a quien menos se perdona, menos ama” — es una disimulada indicación a Simón para hacerlo comprender que él, a pesar haber invitado a su casa a Jesús, no mostró ninguna señal de amistad y amor por Cristo (lavatorio y beso de los pies) y recibirá el perdón en menor medida; aunque todo se le perdonará por su pequeña predisposición al Señor. Ante esto, los convidados de Simón, también fariseos, sin comprender nada murmuraban contra Jesús: “¿Quién es éste que hasta pecados perdona?” Entonces, Jesús despide a la mujer diciéndole: “Vete en paz.”

 

 

Curación del endemoniado. Gravedad de la blasfemia contra el Espíritu Santo.

(Mt. 12: 22-37; Mc. 3:20-30; Lc. 11:14-23)

El Señor cura al endemoniado en quien la ceguera y la mudez acompañaban la presencia del demonio, y toda las gentes se maravillaban ante este milagro.

Los fariseos, queriendo conjurar los rumores de que Jesús era el Cristo, comenzaron a calumniarlo diciendo que Él expulsaba los demonios con el poder de Beelzebul, príncipe de los demonios; decían que Jesús tenía un espíritu impuro (Mc. 3:30), llegando incluso a identificar a Cristo con el mismísimo Beelzebul (Mt. 10:25).

A todo esto Nuestro Señor replicó: “¿Acaso se puede pensar que satanás destruiría su propio reino? Esto se relaciona con las siguientes palabras del Señor: “Quien no está Conmigo está contra Mí” — en el Reino de Cristo, el que no está con Él es su enemigo porque introduce la división en el único Reino, que está bajo Una sola autoridad y en la que es inadmisible separación alguna. Otro es el caso de la persona que está fuera del Reino pues aún no ha sido llamado y sin embargo, no integra los poderes del mundo contrarios a Cristo: este ser ya pertenece a Cristo y pronto se hará uno con Él a través de su entrada al Reino. En el reino del demonio debe existir unidad de autoridad y acción y por lo tanto satanás no puede actuar en contra de sí mismo.

¿Por arte de quién los arrojan vuestros discípulos?” Aquí puede entenderse tanto a los Apóstoles, que habían recibido del Señor el poder de expulsar demonios; los discípulos de los fariseos, quienes practicaban exorcismos, y a un hombre, que según los Apóstoles, expulsaba los demonios en nombre de Cristo pero que no era discípulo Suyo (Mc. 9:38; Lc. 9:49).

Ellos serán jueces para ustedes,” es decir, en el Juicio Final ellos van a desenmascarar la malintencionada deformación de la verdad. “Si Yo expulso a los demonios con el poder del Espíritu de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a vosotros. Esto significa: ha llegado a ustedes el Reino de Dios en lugar del reino de satanás, quien por esta razón huye del mundo perseguido por Cristo. Expulsando a los demonios, el Señor demuestra que Él “ha dominado” al “mas fuerte,” es decir a satanás. “El que no está Conmigo en este Mi combate contra satanás para reunir a todos los hombres bajo el Reino de Dios, está contra Mí,” pues el que escuchando y comprendiendo las enseñanzas de Cristo no se une a Él, ya es Su enemigo, especialmente quien va en contra de Cristo. La conclusión de todo esto es: “todo pecado o blasfemia se perdonará a los hombres pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada.”

La misericordia de Dios es infinita, y no hay pecado que pueda derrotarla. No obstante, aquel que se opone obstinadamente a la gracia salvadora de Dios, no recibirá misericordia, su pecado permanecerá sin ser perdonado, y perecerá. Esta intencionada oposición a la gracia salvadora de Dios, que es la Gracia del Espíritu Santo, es según Nuestro Señor, blasfemia contra el Espíritu Santo. Esta se expresó con claridad en los fariseos que se atrevieron a decir que la omnipotencia de Dios era obra del demonio. Por ello, este pecado no les será perdonado en esta vida ni en la futura. En el hombre que rechaza la evidente obra salvadora de la Gracia del Espíritu Santo, no existe lugar para el arrepentimiento y sin este, no hay salvación posible.

Quien blasfemare contra Cristo, al ver su humillación, a ese le será perdonado, pues se trata de un pecado inducido por el error, que puede ser purificado con facilidad mediante el arrepentimiento. En cambio, propia de fariseos, es la oposición obstinada a la manifiesta acción del poder Divino y que tan lejos está del arrepentimiento. Nuestro Señor afirma que los fariseos son difamadores porque el rencor anida en sus corazones: “la boca habla de lo que rebosa el corazón,” advirtiéndoles que ellos deberán dar cuenta el día del Juicio de cada palabra vana, pues las palabras impías y vanas señalan el acopio de un corazón malvado.

La respuesta del Señor a quienes esperan señales para seguirlo.

(Mt. 12:38-45; Lc. 11:29-32; 24-26)

Los judíos se escandalizaron por la humildad de Jesucristo y exigieron de El una señal que manifestase con claridad su dignidad Divina, como Mesías. Aquellos milagros que Cristo realizó a través de su amor por los seres que sufrían, por los ruegos de ciertas personas, no eran suficientes para los judíos pues ellos pretendían ver una especial “señal proveniente del cielo” (Mt. 16:1) Estos hipócritas, siendo sus enemigos, piden a Cristo una señal y por ello El los llama “raza perversa” y “adúltera” porque han sido infieles a Dios, como en su momento lo indicaron los profetas, cuando comparaban la idolatría de los judíos y su infidelidad a Dios, con el adulterio en un matrimonio (ver Is. 57:3; Ez. 16:15; 23:27). Nuestro Señor dice que El no dará ninguna señal, indicándoles un magnifico signo del pasado: la milagrosa permanencia del profeta Jonas en el vientre del cetáceo durante tres días y tres noches. El milagro de Jonas ha sido prefigura de la Resurrección de Cristo al tercer día de Su muerte. Cristo permaneció en el sepulcro solo un día y dos noches, sin embargo, en Oriente se acostumbra contar las partes de un día o una noche como una jornada completa (ejemplos de ello en la Biblia: I Rey. 30:12; Gen. 42:17-18; 2º Par. 10:5-12 y otros).

Nínive, situada a orillas del Tigris, fue la capital del reino Asirio, al norte de Babilonia. Los habitantes de Nínive se arrepintieron como resultado de la prédica del profeta Jonas. En el Juicio Final, los ninivitas juzgaran a los judíos por despreciar la enseñanza de su Mesías y permanecer obstinadamente en la impenitencia. La reina de Saba, monarca del sur venida de Arabia (3º Rey. 10) también ha de juzgar a los judíos pues ella acudió desde lejos para escuchar la Sabiduria de Salomon, mientras que los judíos se negaban a escuchar a la Sabiduria Divina Encarnada, Quien es “mayor que Salomon“.

Mas adelante Nuestro Señor relata a los judíos una demostrativa parábola sobre el espíritu impuro que salió de un hombre, pero volvió a entrar en él con otros siete espíritus aun más malvados que aquel. Con esto Cristo dice que aunque los hubiese obligado a creer en Él mediante un asombroso milagro, la decadencia moral de los fariseos es tan grande que, pasado un tiempo, la incredulidad reaparecería en ellos con mas fuerza y obstinación. La incredulidad y la decadencia son para ellos lo que el espíritu impuro es para el poseso. Si el hombre permanece indolente, vacío y despreocupado por si mismo entonces el espíritu maligno y las pasiones, que alguna vez fueron expulsados, regresarán, pero en esta ocasión, con mucha mayor virulencia.

Una mujer elogia a la Madre de Jesús. Los parientes del Señor.

(Lc. 11:27-28; Mt. 12:46-50; Mc. 3:31-35; Lc. 8: 19-31)

Las palabras del Señor asombraron a una mujer, a quien la Tradición identifica como Marcela, la criada de Marta (Lc. 10:38; este párrafo se incluye en la lectura del Evangelio en ocasión de las fiestas en honor de la Madre de Dios), al punto de que ella no pudo contener su entusiasmo y ante todos glorificó al Señor y a Su Santísima Madre, quien se hallaba presente, junto a los parientes del Señor, fuera de la casa (Mt. 12:46). “Bienaventurado el seno que te llevó” es decir, dichosa la mujer que te engendró y educó como un gran Maestro. Aquí vemos el comienzo de la glorificación de la Madre de Dios y el cumplimiento de sus propias palabras: “todas las generaciones me llamarán bienaventurada.”

Cristo responde al elogio de aquella mujer diciendo que son bienaventurados también los que oyen la Palabra de Dios y la guardan. San Mateo señala que en ese momento tanto la Madre como los aparentes hermanos del Señor se encontraban fuera de la casa. Ellos no lograban acercarse a causa de la muchedumbre que rodeaba a Jesús y le enviaron un recado. El Señor siempre manifestabauna gran ternura por Su Madre y aun en la cruz, encomendó su cuidado a su discípulo mas amado. Sin embargo, en este momento, cuando Él enseñaba ante el pueblo y sus familiares podían distraerlo, Nuestro Señor mostró a todos que el cumplimiento de la voluntad del Padre Celestial era mas sublime que atender los sentimientos familiares: “Mi Madre y mis hermanos son estos, los que oyen y cumplen la Voluntad de Mi Padre Celestial.” Quienes aquí aparecen como “hermanos de Jesús” son identificados en distintos pasajes del Evangelio con sus nombres: Santiago, José, Simón y Judas Tadeo (Mt. 13:54-56). Del mismo modo, la confrontación de las narraciones de los Cuatro Evangelios sobre las mujeres que se hallaban presentes en el Golgota, junto a la cruz de Jesús y que más tarde aparecen caminando hacia el sepulcro, el día de la Resurrección de Cristo, revelan con claridad que la madre de estos “hermanos de Jesús” era María de Cleofas, a la que el Evangelista Juan se refiere como “la hermana de Su Madre” (Jn. 19:25). Por lo visto, María de Cleofas era prima de la Madre del Señor, quien era hija única de sus padres Joaquín y Ana. Según la Tradición esta María, era la esposa de Cleofas, padre de los “hermanos de Jesús.” Según otra tradición estos “hermanos de Jesús” eran hijos del primer matrimonio de José, aunque es muy probable que estos “hermanos de Jesús” fuesen, según la ley del levirato, hijos de José y la mujer de su hermano, quien había muerto sin dejar descendencia. En todo caso los judíos llamaban “hermanos” no sólo a sus hermanos de sangre sino también a sus primos hermanos, primos segundos y a parientes cercanos en general.

Nuestro Señor enseña sobre el Reino de Dios mediante parábolas.

El término “parábola” tiene dos acepciones en el idioma griego: “paraboli” y “parimia.” En la traducción literal, el vocablo “parimia” significa una breve afirmación que expresa las reglas de la vida (tal como son los Proverbios de Salomon); “paraboli” es una historia que contiene un significado oculto que expresa una verdad espiritual superior a través de imágenes, tomadas de la vida cotidiana. Por lo tanto las parábolas del Evangelio corresponden a las “paraboli” griegas. Las parábolas narradas en Mateo 13 y en las secciones correspondientes de los otros Evangelios de Marcos y Lucas, eran relatadas por Nuestro Señor delante de tal multitud de gente que El se vio obligado a subir a una embarcación, para distanciarse del gentío que lo asediaba y así dirigirse a quienes colmaban la ribera del lago (mar) de Genezareth. San Juan Crisostomo explica: “el Señor hablaba en parábolas para que sus palabras fuesen más expresivas, para que quedasen impresas en la memoria de los oyentes, y para presentar Su palabra de un modo más ilustrativo.” Las parábolas del Señor son las enseñanzas, imágenes y ejemplos alegóricos tomados de la vida diaria de la gente y de la naturaleza circundante. A la pregunta “¿por qué les hablas en parábolas?” El Señor respondió: “porque os ha sido dado a vosotros conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido.” A los futuros mensajeros del Evangelio — a través de la bendita luz que iluminó sus mentes— se les había otorgado el conocimiento de las verdades Divinas, aunque no en su totalidad, antes de la venida del Espíritu Santo. El resto de las gentes, en cambio, al no tener tal conocimiento, no estaba dispuesto a aceptar y entender esas verdades. Esto fue la causa de la moral rudimentaria y falsas ideas acerca del Mesías y su reino, difundidas por escribas y fariseos. Ya lo había anunciado Isaias (6:9-10). Si esta verdad se mostraba tal como era a gente moralmente corrompida y espiritualmente endurecida, sin el envoltorio de algo plausible de ser entendido por ellos, entonces la verían sin verla, y la escucharían sin escucharla. Sólo cuando la verdad esta envuelta en un manto de parábolas, unido a las nociones sobre asuntos conocidos, ella — la verdad— se vuelve adecuada para ser percibida y comprendida: no a la fuerza, sino por si mismo, el pensamiento rústico se eleva desde lo visible hacia lo invisible, desde su aspecto exterior hacia un significado espiritual sublime.

San Mateo ve — en el hecho de que el Señor hablase en parábolas— el cumplimiento de la profecía de Asaf. “Abriré mi boca en una parábola” (Salmo 77:2). Aunque Asaf decía aquello de sí mismo por ser un profeta, era un símbolo del Mesías, lo cual se aprecia en las siguientes palabras del mismo versículo: “evocaré los arcanos del pasado” y que solo le cuadran al Mesías omnisciente, y no a un mortal. Los ocultos misterios del Reino de Dios son, por supuesto, conocidos sólo por la Hipostática Sabiduria de Dios.

La Parábola del Sembrador.

(Mt. 13:1-23; Mc. 4:1-20; Lc. 8:4-15)

En esta parábola el Señor se ve a Sí mismo como un sembrador cuyas semillas son la Palabra de Dios por El predicada, y la tierra en la cual son sembradas, son los corazones de aquellos que la escuchan. El Señor les hizo recordar vívidamente a sus propias tierras — interrumpidas por un camino que las atravesaba— algunas de cuyas parcelas estaban cubiertas de zarzamora y arbustos espinosos, mientras otras eran pedregosas y estaban cubiertas apenas por una delgada capa de tierra. La siembra es un magnífico ejemplo de la prédica de la Palabra de Dios, la que, al caer en el corazón, permanece sin dar frutos o produce un fruto más grande o más pequeño según como sea ese corazón. “Porque a quien tiene, se le dará mas todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene se le quitará aun lo que tiene.” Este concepto aparece mencionado repetidas veces por el Señor a lo largo de los diferentes pasajes del Evangelio (Mt. 13:12; Mt. 25:29; Lc. 19:16). El significado de estas palabras es que, con el esfuerzo, una persona rica se hace más rica, mientras que un individuo pobre, si es holgazán, pierde lo poco que tiene. En sentido espiritual significa: “vosotros los apóstoles, con el don del conocimiento de los Divinos misterios celestiales, sois capaces de penetrar en estos misterios cada vez mas, hasta entenderlos a la perfección. No obstante, la gente perderá su escaso saber sobre aquellos misterios que hubiesen captado si, con la revelación de esos misterios, no se les ayudara con la prédica mas apropiada para ellos.”San Juan Crisostomo lo explica así: “Dios mismo le dará todo a aquel que desea y se esfuerza por obtener los dones de la gracia; pero el que ni desea ni se esfuerza tendrá provecho alguno de lo que parece tener.” En aquel cuya mente esta oscurecida y su corazón endurecido a tal extremo que no entiende la Palabra de Dios, esta Palabra queda solo en la superficie, sin echar raíces, como la semilla a la vera del camino, expuesta a las pisadas de los caminantes. Así el maligno, Satán o demonio, la roba, volviendo estéril lo escuchado. Las superficies pedregosas son aquellos cuyos corazones, a pesar de estar interesados en la enseñanza del Evangelio y en la Buen Nueva — que incluso con sinceridad y cordialidad encuentran placer en esa prédica— permanecen fríos, duros e inconmovibles como una roca. Estos individuos son incapaces de modificar su estilo de vida, dejar sus muy queridos y habituales pecados por las exigencias del Evangelio y comenzar a luchar contra las tentaciones, tolerando las amarguras y privaciones a causa de la verdad del Evangelio. En su lucha contra las pasiones ellos son tentados, su espíritu decae y traicionan su fe y al Evangelio. El terreno espinoso representa los corazones de la gente enredada en las pasiones, riquezas, placeres y en general los bienes de este mundo. El terreno bueno y fértil representa a la gente de corazón puro y bondadoso; estas personas al escuchar la Palabra de Dios, deciden con firmeza que el Evangelio será el mentor de sus vidas para traer los frutos de las virtudes. “Las virtudes son diferentes, como son diferentes aquellos que tienen éxito en la sabiduría espiritual” (Bienaventurado Teofilact).

Parábola de la cizaña.

(Mt. 13:24-30 y 13:36-43)

El Reino de los Cielos es semejante al hombre que sembró la buena semilla en su campo.” Es la Iglesia terrenal establecida por el Fundador celestial con la finalidad de dirigir la humanidad hacia el cielo. “Pero mientras el hombre dormía” — esto es, durante la noche, cuando las cosas pueden ser hechas en secreto, lo que indica la astucia del enemigo— “su enemigo vino y sembró cizaña.” La cizaña es una maleza que, cuando pequeña, sus brotes son muy parecidos a los del trigo. Pero cuando ha crecido y comienza a diferenciarse del trigo, arrancar la cizaña supone una seria amenaza para las raíces del trigo. La enseñanza de Cristo es sembrada por todo el mundo, pero también el demonio, con sus tentaciones, va sembrando el mal entre la gente. En el vasto campo del mundo todos conviven: tanto los dignos hijos del Padre Celestial (el trigo) como los hijos del maligno (la cizaña). El Señor tolera a estos últimos, dejándolos hasta el tiempo de la “cosecha,” es decir, el Juicio Final, cuando los cosechadores — los ángeles de Dios— juntarán toda la cizaña, esto es, a todos aquellos que hubiesen obrado con iniquidad, arrojándolos al fuego para su eterna y demoniaca tortura. El Señor ordenará entonces que el “trigo” sea acopiado en Su granero, Su Reino Celestial, donde los justos resplandecerán como el sol.

Parábola de la semilla que crece por sí sola.

(Mc. 4:26-29)

El Reino de los Cielos es como una semilla que, habiendo sido arrojada en la tierra, crece por sí misma. Este proceso interno es incomprensible e inefable: ¿Cómo de una pequeña semilla puede emerger una planta entera? Nadie lo sabe. De modo similar tampoco puede ser comprendida la transfiguración del alma humana realizada por el poder de la gracia de Dios.

Parábola del grano de mostaza.

(Mt. 13:31-32; Mc. 4:30-32; Lc. 13:18-19)

En Oriente, un árbol de mostaza puede alcanzar un tamaño enorme, aunque su semilla es tan pequeña que los judíos tenían un dicho: “pequeño como un grano de mostaza.” El significado de la parábola es que, a pesar de que en un principio el Reino de Dios fue en apariencia pequeño e insignificante, el poder concentrado en él superó todos las adversidades y fue capaz de transformarlo en un Reino magno y universal. San Juan Crisostomo comenta: “con esta parábola Nuestro Señor quiso mostrar el modo en que iba a difundirse la prédica del Evangelio. A pesar de que sus discípulos eran los más débiles y humildes, poseían un gran poder interior, y su prédica se extendió por todo el mundo.” La Iglesia de Cristo, en un principio pequeña e inadvertida para el mundo, se expandió por la tierra de tal manera que una multitud de naciones se cobija bajo su amparo, como los pájaros en las ramas de un árbol de mostaza. Precisamente lo mismo ocurre con el alma de cada ser humano: el soplo de la gracia de Dios, inicialmente apenas perceptible, envuelve el alma cada vez mas, hasta que ésta se convierte en receptora de abundantes virtudes.

Parábola sobre la levadura.

(Mt. 13:33-35; Mc. 4:33-34; Lc. 13:20-21)

La parábola acerca de la levadura tiene el mismo significado que la parábola anterior. Dice san Juan Crisostomo: “como la levadura da sus propiedades a una gran cantidad de harina, así vosotros (los Apóstoles) habéis de transfigurar al mundo entero.” De igual modo ocurre en el alma de cada individuo miembro del Reino de Cristo: el poder de la gracia invisible comienza gradual pero activamente a posesionarse de todos los poderes de su espíritu, y santificándolo, lo transfigura. Algunos interpretan que las tres medidas de harina son las tres potencias del alma: mente, sentimiento y voluntad.

Parábola del tesoro escondido en el campo.

(Mt. 13:44)

Un hombre supo acerca de un tesoro enterrado en un campo que no le pertenecía. Para poder disponer de aquel tesoro, vende todo lo que tiene, compra el campo y se convierte en el dueño del tesoro. De manera similar, el Reino de Dios se presenta al sabio como un tesoro, entendido como la iluminación interior y dones espirituales. Habiendo escondido un tesoro similar, el seguidor de Cristo sacrifica todo y renuncia a todo con el fin de poseerlo.

Parábola de la perla preciosa.

(Mt. 13:45-46)

El significado de esta parábola es el mismo que el de la precedente: para adquirir el Reino Celestial como el máximo tesoro, es necesario sacrificar todo; todo el bienestar que uno posee.

La parábola de las redes arrojadas al mar.

(Mt. 13:47-50)

Esta parábola tiene el mismo significado que las del trigo y la cizaña. El mar es el mundo, la red es la enseñanza de la fe, los pescadores son los Apóstoles y sus sucesores. La “red” ha recogido a naciones e individuos de toda clase: bárbaros, griegos, judíos, fornicadores, publicanos, ladrones. La orilla y la selección de peces se entienden como el fin del mundo y el Juicio Final, donde los justos serán separados de los pecadores, tanto como los buenos peces serán separados de los malos peces caídos en la red. Es necesario prestar atención al hecho de que Cristo, el Salvador, con frecuencia aprovecha las oportunidades para diferenciar el destino de justos y pecadores en la vida futura. En consecuencia uno no puede estar de acuerdo con la opinión de aquellos que, como Origenes, piensan que todos han de salvarse, incluso el demonio.

Al interpretar las parábolas del Señor, uno debería tener presente que en la época en que Nuestro Señor enseñaba mediante ellas, Él utilizaba ejemplos de la vida diaria de sus oyentes, y no ejemplos imaginarios. Según explica san Juan Crisostomo, Nuestro Señor actuaba así para que sus parábolas tuvieran mayor expresividad, para envolver la verdad en una imagen real y fijarla mas profundamente en la memoria. Por ello en las parábolas uno debe buscar las analogías, las semejanzas, pero sólo en sentido general y no en uno particular, no en cada palabra considerada por separado. Además, cada parábola debe ser entendida en relación con las otras y con el espíritu general de las enseñanzas de Cristo.

Es importante advertir que en Sus prédicas y parábolas, Nuestro Señor Jesucristo con toda claridad diferencia la comprensión de lo que es el Reino Celestial, del Reino de Dios. Cristo denomina Reino Celestial al estado de eterna beatitud de los justos que les será revelado en la vida futura, luego del Juicio Final. Reino de Dios en cambio, es para Cristo la comunidad de fieles por El establecida, cuyos miembros anhelan realizar la voluntad del Padre Celestial. Este Reino de Dios, que fue revelado con la Venida de Cristo, el Salvador, habita en las almas de las gentes, las transfigura en su interior, preparándolas para la herencia del Reino Celestial, que se manifestará al final de esta era. Las parábolas mencionadas mas arriba están dedicadas a revelar estas nociones. Cuando Cristo preguntó a sus discípulos si comprendían todo lo que Él les decía, ellos contestaron afirmativamente. El Señor los llamó “escribas” pero no por aquellos “escribas- judíos” hostiles a Él. Estos sólo conocían las enseñanzas del Antiguo Testamento y se encargaban incluso de distorsionarlas y pervertirlas entendiendo e interpretándolas incorrectamente. En cambio, Nuestro Señor se refería a aquellos escribas instruidos en el Reino Celestial, capaces de ser los predicadores de ese Reino. Instruidos por Jesucristo, ellos conocían la “antigua” profecía y la “nueva” enseñanza de Cristo sobre el Reino Celestial. En consecuencia, ellos serian capaces en su futura prédica de utilizar una u otra — como lo hace un dueño prudente que retira de su tesoro lo nuevo y lo viejo según sus necesidades. De modo similar, los sucesores apostólicos deben valerse en sus sermones tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, pues las verdades de ambos han sido reveladas por Dios.

La respuesta del Señor a quienes dudan en seguirlo.

(Mt. 8:18-22; Lc. 9:57-62)

El Señor estaba rodeado y apretujado por la gente a tal extremo que le resultó imposible recluirse para orar y conversar con los Apóstoles (Lc. 4:32). No tenía siquiera tiempo para probar bocado (Mc. 3:20). Asi, el Señor ordenó a sus discípulos embarcarse hacia la otra orilla del lago Tiberíades. Cuando estaban listos para embarcar, un escriba se acercó al Señor expresando su deseo de seguirlo, dondequiera que Él fuese. Nuestro Señor quiso advertir al escriba que era probable que la tarea a realizar estuviera mas allá de sus capacidades y le recordó Su propia vida peregrina diciendo: “las raposas tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”; es decir un lugar donde Él pudiera recluirse y descansar de Su labor. Al llamarse a Sí mismo “Hijo del Hombre,” el Señor destaca con humildad Su naturaleza humana. Para los conocedores de la profecía de Daniel (7.13-14), Él indica veladamente Su dignidad mesiánica. Esto causó una gran impresión entre sus acompañantes los cuales ya formaban parte del grupo de Sus discípulos. Queriendo indagar la abnegada y firme convicción de sus seguidores, el Señor dijo a uno de ellos: “¡Sígueme!.” La respuesta de aquel seguidor fue que el antes debía sepultar a su padre, pero el Señor replicó: “¡Sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos!” El vocablo “muerto” es utilizado aquí con un doble significado; la primera acepción se refiere a los muertos en espíritu, mientras que la segunda a los muertos en sentido literal. El Señor quiso significar que, para llevar a cabo la gran empresa, cual es la difusión de la Buena Nueva acerca del Reino de Dios, es necesario dejar todo y a todo aquel que esté “muerto,” sordo a Su palabra y a Su gran obra. Es como si el Señor dijera: “dejad que quienes están por completo ligados a la vida terrenal, entierren a sus muertos; seguidme vosotros, que estáis atentos a la palabra de vida que Yo predico.” Esta no muy comprensible prohibición de cumplir su último deber hacia el padre muerto, era impuesta por Nuestro Señor ya sea para probar el carácter y lealtad de su discípulo, o para que él eludiera a sus parientes quienes podrían haber impedido que el discípulo siguiera a Cristo. Otro de sus discípulos, sin esperar el llamado, expresó al Señor su deseo de seguirlo. Sin embargo, primero requirió el permiso para dejar a sus parientes. El Señor le respondió: “Nadie que pone su mano en el arado y mira atrás, es apto para el Reino de Dios.” En otras palabras: aquellos que deciden seguir a Cristo, no deberán mirar atrás, al mundo, con sus lazos familiares y ataduras terrenales, pues cualquier tipo de solicitud mundana impide la completa consagración a Nuestro Señor.

Nuestro Señor calma la tormenta.

(Mt. 8:23-27; Mc.4:35-41; Lc. 8:22-25)

Cuando ellos zarparon, el Señor, exhausto por su actividad cotidiana, se quedó dormido en la popa de la embarcación. Se levantó una gran tempestad, una de aquellas que ocurrían con frecuencia en el lago de Genezareth, rodeado de montañas y profundos valles, por lo que los residentes locales lo llamaban mar. Los discípulos, casi todos pescadores de la zona, y acostumbrados a enfrentar esas tormentas, se hallaban extenuados y en su desesperación comenzaron a despertar a su Maestro. “Sálvanos porque perecemos.” Esta expresión denota el temor por su seguridad personal y a la vez, refleja la esperanza en la omnipotencia del Señor. Según el Evangelio de san Marcos los discípulos hasta se permitieron reprochar a Jesús: “¡Maestro! ¿No te importa que estemos pereciendo?” (Mc. 4:38). En respuesta, el Señor los reprendió a causa de su poca fe (Mc. 4:40) y de inmediato, con el poder de Su palabra detuvo la tormenta calmando los vientos y el mar: “¡Silencio! ¡Detente!.” Entonces los discípulos y las “gentes” que los acompañaban en otras embarcaciones, expresaron asombrados: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”

Expulsión de una legión de demonios en Gadara.

(Mt. 8:28-34; Mc. 5:1-20; Lc. 8:26-40)

Luego de cruzar el lago de Genezareth, Jesús y sus discípulos arribaron al país que, los Evangelios de Mateo y Lucas llaman: lugar de los Gadarenos (a partir del nombre de una de sus ciudades, Gadara), situado en la ribera meridional, mientras que el Evangelio de Marcos lo llama lugar de los Gerasenos (basándose en el nombre de otra ciudad: Gerasa). Ambas ciudades pertenecían a la “Decápolis.” En la orilla encontraron a un hombre poseído por un espíritu maligno. Los Evangelistas Marcos y Lucas hablan de un endemoniado, en cambio el Evangelista Mateo se refiere a dos. Es probable que esta variante haya ocurrido debido a que uno de ellos era un conocido ciudadano de Gadara y que se hallaba en un horrible estado de posesión demoniaca; en cambio el otro individuo, en comparación con el primero, pasaba casi desapercibido. La naturaleza de la posesión demoniaca se caracteriza porque los demonios despojan al hombre de su conciencia, y sometiendo su mente, controlan su cuerpo y la voluntad de su alma, causándole torturas increíbles a través de sus propias acciones. La grandeza y omnipotencia del Hijo de Dios, ocultas al ojo humano, pero evidentes para los espíritus malignos quienes tienen una visión perfecta, los sumergió en terror y estremecimiento. Asi, los poseídos comenzaron a gritar confesando a Jesús como Hijo de Dios y rogándole que no les causara la intolerable tortura que ellos experimentaban ante Su proximidad. Según los Evangelios de Marcos y Lucas al preguntar Cristo cuál era su nombre, él más feroz de los demonios contestó: “Legión,” señalando con ello que incontable número de demonios habitaban en aquel poseído. Los demonios suplicaban a Jesús que no les ordenara precipitarse al abismo “echándolos de aquella región” y, en cambio, que les permitiera entrar en una piara de cerdos que pastaba allí cerca en la montaña. Nosotros no sabemos lo suficiente sobre la naturaleza de los espíritus malignos como para comprender por qué es esencial para ellos habitar en seres vivientes. Sin embargo, es característico que ellos eligieran a los más impuros y despreciados animales para los judíos, a fin de que el Señor no los echara de la región y entonces no se vieran privados de operar allí. Nuestro Señor les permitió entrar en aquella piara de cerdos los cuales enloquecieron y se arrojaron desde lo alto del acantilado al mar, ahogándose. Es evidente que al permitir esto, Nuestro Señor quiso iluminar a los gadarenos, quienes desoyendo los mandamientos de la ley de Moisés, criaban cerdos en gran número (según Mc. 5:13, alrededor de 2000). Este episodio atrajo la especial atención de los habitantes de la región hacia Jesucristo, pues ellos vieron al tan conocido poseído por el demonio, curado y sentado a los pies de Jesús.

Sin embargo, estos eventos no fueron suficientes para iluminar a los gadarenos: ellos experimentaron un inexplicable terror y, con toda seguridad, también desconfianza, pensando que la futura estadía del Señor les podría acarrear pérdidas materiales aun mayores. Su sentimiento de pesar por la pérdida de aquellos cerdos superaba el natural sentimiento de gratitud hacia Cristo por haber librado milagrosamente la región de aquel endemoniado — y le pidieron a Jesús que se alejara de allí. ¡Que insensatez enorme hay en aquella gente que no desea hospedar dentro de sus fronteras a Aquel que vino a destruir la obra del diablo! A diferencia de la usual prohibición del Señor de contar sus milagros, en esta ocasión Cristo ordena al poseso curado retornar a su casa y contar a todos las grandes cosas que Dios había hecho por él. Debe asumirse que Nuestro Señor actuó de este modo pues en esta región no tomó aquellos recaudos que si había tomado en Galilea y Judea, donde las ideas sobre el Mesías eran tergiversadas, pues lo consideraban el líder terrenal de Israel. Nuestro Señor no quería que Su Nombre estuviese ligado a las apetencias políticas de los extremistas judíos, que anhelaban derrocar el dominio romano.

Los gadarenos se caracterizaban por ser inusualmente toscos y salvajes en religión y moral. Nuestro Señor quiso así despertar sus corazones con una enseñanza sobre Su persona y sus obras a través de la curación del endemoniado. Este fue dotado por Jesús con tales bendiciones que, según dice san Marcos, comenzó a predicar acerca del Señor por toda la Decápolis preparando así la región para la ulterior enseñanza apostólica y conversión a Cristo.

Curación de la hemorroisa y resurrección de la hija de Jairo.

(Mt. 9:18-26; Mc. 5:21-43; Lc. 8:41-56)

Luego de embarcarse con sus discípulos, Nuestro Señor Jesucristo retornó hacia el oeste, a la ribera opuesta del lago de Genezareth, donde estaba situada la ciudad de Cafarnaum. Aquí lo esperaba una multitud. Entre los presentes se hallaba Jairo, uno de los dignatarios de la sinagoga, cuya única hija de doce años estaba agonizando. Aunque los lideres de la sinagoga pertenecían a la facción hostil a Jesús (Jn. 7:47-48), este dignatario había oído acerca de los muchos milagros obrados por el Señor en Galilea. Tal vez, habiendo sido testigo de la curación del siervo del centurión de Cafarnaum, Jairo guardaba el más ferviente anhelo de que Jesús sanaría a su hijita. Si bien Jairo carecía de la fe ponderada por el Señor en el centurión, Cristo de todas maneras se dirigió a su casa e impuso Sus manos sobre la niña moribunda. Al ver esto la multitud, con especial curiosidad, acudió a la casa de Jairo donde estaba el Señor, pues todos querían estar cerca del Hacedor de grandes milagros, Quien debió soportar los “apretujones del gentío.”

Una mujer que al cabo de doce años había padecido un continuo sangrado y ya no tenía esperanza alguna de ser curada, consiguió acercarse a Jesús por detrás y con disimulo tocó sus vestiduras. Según la ley de Moisés, toda mujer con flujo de sangre era considerada impura y estaba obligada a permanecer en su casa. No se le permitía entrar en contacto con persona alguna (Lev. 15:25-28). Sin embargo, esta desdichada mujer tenía una fe tan ardiente en Nuestro Señor que ella decidió dejar su casa para tocar el manto de Jesús, con la seguridad de que la sola aproximación le concedería la curación total. Su fe era justificada: al instante cesó la hemorragia y advirtió en su cuerpo que estaba curada. San Marcos es el que con mayor detalle describe este episodio. Él dice: “Jesús, sintiendo enseguida que su virtud curativa había obrado hacia el exterior, se volvió en medio de la muchedumbre y preguntó: ¿quién ha tocado mi vestimenta?” (Mc. 5:30). Desde ya que Nuestro Señor sabía quien lo había hecho, pero formuló esa pregunta para revelar ante todos la fe de aquella mujer con una finalidad didáctica. La mujer, al ver que no podía ocultarse, cayó a los pies del Señor y expuso “la verdad” ante todos. Según el entendimiento judío ella había cometido el delito de mezclarse entre las gentes transmitiéndoles su impureza. En consecuencia ella esperaba con temor y espanto la condena por su acción, pero el Señor la calmó diciendo: “Hija mía, tu fe te ha salvado, vete en paz.” En ese lapso la hija de Jairo había muerto y un familiar se acercó con el triste mensaje pidiendo que el Maestro no fuese molestado. Viendo la desesperación del apenado padre, Nuestro Señor lo consoló: “¡No temas, solo ten fe y ella vivirá!” Al llegar a la casa ellos encontraron allí a las plañideras que lloraban a la muerta. Era costumbre que este tipo de duelo durase días. Si se trataba de una persona ilustre, el duelo se extendía a un mes, y se acompañaba de flautistas que interpretaban música lúgubre. Nuestro Señor dijo a todos: “No lloréis, ella no esta muerta, sólo esta dormida.” Esto no puede ser entendido literalmente pues, como ocurrió con Lázaro, yacente cuatro días en el sepulcro y comenzada la corrupción de sus restos, el Señor había dicho que Lázaro se había quedado “dormido” (Jn. 11:11-14) y recién mas adelante agregó “Lázaro está muerto.” La muerte de la niña era tan evidente que todos comenzaron a reírse de Jesús. Un milagro tan grande podía sólo ser presenciado por aquellos dignos y capaces de valorar el misterio de la omnipotencia Divina. Asi, el Señor ordenó a todos salir de la habitación dejando a tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, y a los padres de la niña muerta. Jesús, tomando la mano de la pequeña le dice: “¡Talitha kumi!,” que significa “¡Niña levántate!,” resucitándola de inmediato. Con ello, a pesar del largo periodo de su grave enfermedad, ella ahora estaba tan fuerte que comenzó a caminar como una persona que goza de completa salud. Todos se maravillaron y Nuestro Señor ordenó que se le diera de comer a la niña para convencer a sus padres que delante de ellos estaba realmente su hija y no un fantasma de la difunta. Siguiendo su costumbre el Señor prohibió difundir la noticia del milagro.

Curación de dos ciegos y de un mudo poseído por el demonio.

(Mt. 9:27-34)

Al salir Jesús de la casa de Jairo entre la muchedumbre que lo seguía, aparecieron dos ciegos clamando “¡Ten piedad de nosotros Jesús, Hijo de David!” El Señor continuó caminando como si no escuchara semejante clamor, por lo visto con la firme idea de poner a prueba la fe de esos que lo llamaban “Hijo de David” es decir Mesías. Recién cuando llegó a la casa y acercándose los ciegos en demanda de curación, Jesús les preguntó si ellos creían que Él los podía curar. Al recibir una respuesta afirmativa el Señor tocó los ojos de los ciegos para que ellos sientan el momento de la curación y sus ojos se abrieron. Jesús les prohibió severamente, como en tantas otras ocasiones, la divulgación de las curaciones pero ellos, felices y agradecidos a su Curador, no pudieron contenerse y “hablaron sobre Él por toda aquella tierra.” Apenas se marcharon los ciegos, le presentaron a Jesús un hombre mudo poseído por el demonio. El no podía pedir por si mismo la curación porque el demonio le había paralizado la lengua. Por ello el Señor, sin preguntarle por su fe, como en otros casos similares, ordenó al demonio salir de aquel hombre, quien recuperó el habla. Asombrada, la multitud declaró que nunca había ocurrido algo parecido en el pueblo de Israel. Los fariseos, queriendo debilitar la impresión que causó aquel milagro, decían que Jesús expulsaba los demonios con la fuerza del príncipe de los demonios, es decir el diablo.

Segunda visita a Nazareth.

(Mt. 13:53-58; Mc. 6:1-6)

Después de esto Jesús retornó a “Su patria,” Nazareth, lugar donde había sido educado y que era la patria de Su madre y de José, su padre en apariencia. Allí enseñó a sus compatriotas en la sinagoga, “asombrándolos y haciéndolos exclamar: ¿de dónde sacó este Hombre semejante sabiduría y poder?” Este no era el tipo de asombro suscitado por Él en otros lugares; aquí el asombro estaba teñido de menosprecio: “¿no es acaso el hijo del carpintero?” Los nazarenos no conocían o no creían en la milagrosa Encarnación y nacimiento de Jesucristo, considerándolo simplemente como el hijo de José y María. Esto es por completo inexcusable ya que en el pasado hubo muchos padres desconocidos cuyos hijos luego fueron famosos. Como ejemplos están David, Amos, Moisés y otros. Los nazarenos deberían haber reverenciado a Jesús en especial porque, teniendo padres tan simples, Él mostró una sabiduría que manifestaba con claridad su origen en la gracia Divina y no en la educación humana. Desde ya que tal incredulidad emanaba de la característica envidia humana, que es siempre maligna. La gente a menudo mira con envidia y odio a quienes, viniendo de su propia tierra, alguna vez revelaron extraordinarios dones alcanzando prominencia. Tal vez los amigos de Cristo, en términos terrenales, y aquellos coetáneos en contacto constante con Jesús, no querían reconocer en Él a un hombre extraordinario. “No hay profeta sin honra sino en su patria y en su casa“; esto no debería ser así, pero ocurre, pues la gente presta mayor atención al predicador que a lo que se predica. Y si alguien es digno de la elección y el llamado de Dios, todavía es considerada una persona común a la que ellos están acostumbrados a ver, sin encontrar las profecías en sus palabras ni creyéndolas. Con toda veracidad Nuestro Señor añade a ese dicho popular: “y en su propia casa,” queriendo expresar con ello que sus propios “hermanos” tampoco creían en Su Divinidad (Jn 7:5). En ningún otro lugar Jesús encontró tanta oposición contra El y sus enseñanzas como en Su “tierra natal,” donde inclusive intentaron acabar con Su vida (Lc. 4:28-29). En Nazareth, el Señor “no hizo muchos milagros debido a la incredulidad de la gente“; El siempre obraba milagros en recompensa de la fe, y no para satisfacer la trivial curiosidad o probar sus poderes sobrenaturales.

La cosecha es abundante y escasos los recolectores.

(Mt. 9:35-38; Mc. 6:6; Lc. 8:1-31)

Nuestro Señor compara las multitudes vistas durante el recorrido por las ciudades y aldeas con manadas de ovejas vagando sin un pastor. Esta alegoría era especialmente comprendida en Palestina, tierra de pastores. Los líderes espirituales de esta gente no eran verdaderos pastores ni maestros, eran ciegos y no solamente no se ocupaban de enseñar sino que corrompían a aquellas personas. “La cosecha es abundante y escasos los recolectores,” representación espléndida y por todos comprendida. El campo está cubierto de trigales maduros que requieren ser cosechados pero hay pocos cosechadores. El significado de estas palabras es: hay muchos que desean entrar al Reino del Mesías y están ya preparados para ello, pero hay pocos dispuestos para la gran tarea de enseñar. “Rogad pues, al Señor de la mies,” es decir pedid a Dios que facilite la preparación de nuevos trabajadores que no estén instruidos en el espíritu del fariseismo, para predicar sobre la próxima Venida del Reino del Mesías. Durante esta prédica en Galilea, el Señor fue acompañado por varias mujeres bendecidas por El de un modo u otro y quienes le servían con un sentimiento de gratitud con sus bienes personales. Ellas, mas adelante, seguirán al Señor hasta el Golgota y ofrecerán aquella imagen de las mujeres miroforas glorificadas por la santa Iglesia.

Cristo envía a los 12 apóstoles para predicar.

(Mt. 10:1-42; Mc. 6:7-13; Lc. 9:1-16; 12:11-12)

Compadeciéndose por aquellas multitudes carentes de pastores y ante la imposibilidad de reunirlos a todos a Su lado por siempre, Nuestro Señor decide enviar a Sus doce discípulos para predicar. Esta misión difiere de la que tendrá lugar después de la Resurrección de Cristo. Entonces el Señor enviará a los apóstoles por todo el mundo para que anuncien el Evangelio “a toda la creación” y enseñen la fe en Cristo a todas las naciones, introduciéndolas en Su Reino mediante el sacramento del Bautismo. Sin embargo, ahora Nuestro Señor los envía tan sólo “a las ovejas descarriadas de la casa de Israel,” los judíos. Él ordena a los apóstoles que tan sólo proclamen “la proximidad del Reino de los Cielos.” Esta misión será preparatoria, pues los apóstoles aun no han sido revestidos con el “poder del Altísimo,” que les será dado luego del descenso del Paraclitoel Espíritu Santo. Nuestro Señor envía a los apóstoles de a dos para que puedan apoyarse el uno al otro y para que los judíos creyeran mas en sus testimonios pues la ley de Moisés decía que el testimonio de dos es verdadero (Jn. 8:17; Dt. 19:15). Sabiendo que a los apóstoles se les exigirían señales confirmatorias de la veracidad de sus enseñanzas, Él les dio el dominio sobre los espíritus impuros y el poder de obrar milagros, curaciones y resucitar a los muertos. Para el éxito de su misión Cristo los previene sobre la avaricia y cualquier preocupación por alimentos, vestimenta y vivienda diciendo: “el que trabaja merece su sustento.” En consecuencia, Dios no permitirá que sus servidores distraigan su atención del ministerio a ellos encomendado con preocupaciones personales como la privación de necesidades elementales para la vida. En cada pueblo y aldea que visiten deberán permanecer en una casa en la que no surja ningún reproche para que, según san Jerónimo, “la prédica no se vea comprometida por la mala reputación del anfitrión.” Tampoco deberán ir de casa en casa que es propio de las personas frívolas. “¡Al entrar en una casa salúdenla invocando la paz sobre ella!” Este era el saludo cotidiano entre los judíos, sin embargo desear la paz no significa concederla. Por ello Nuestro Señor explica que la paz deseada en verdad le será concedida a esa casa o ciudad donde ellos sean bienvenidos con alegría y pureza de corazón; en la situación contraria, el saludo será estéril y ocurrirá “que esa paz volverá a ustedes” (Mt. 10:13).

Mas adelante, el Señor afirma que, en aquel lugar en el que se les niegue hospitalidad a Sus apóstoles ellos deberán sacudir el polvo de sus pies. Los judíos consideraban que la propia tierra y polvo sobre los que caminaban los paganos eran impuros y era necesario sacudirlos de los pies para quedar limpios. Al dar esa directiva, Cristo quiso decir que aquellos judíos eran semejantes a los paganos; y que: “el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serían tratadas menos rigurosamente que aquella ciudad” (Mt. 10:15; Mc. 6:11) es decir, aquella ciudad que rehusare aceptar la prédica apostólica. Y aquellos que rechazan la enseñanza de Cristo, como absoluta ley Divina serán más punibles que quienes, ignorantes de la ley de Dios, rechacen sólo las exigencias de la ley natural de la conciencia, que no es tan clara ni categórica.

Al principio el Señor envió Sus apóstoles sólo a los judíos, porque estos eran el pueblo elegido de Dios, a quienes les había sido prometido el Mesías, a través de los profetas del Antiguo Testamento, y entre quienes Él hizo su aparición. Mas adelante siguen unas instrucciones relativas al ministerio apostólico en general. Nuestro Señor advierte a Sus apóstoles sobre los peligros a los que serán expuestos: se sentirán indefensos como las ovejas rodeadas de lobos. “Sean astutos como las serpientes” es decir, sean cuidadosos y no expongan sus vidas al peligro sin una extrema necesidad. Consideren donde es necesario sembrar la Palabra de Dios y donde es mejor no hacerlo, según el mandamiento “no arrojar lo santo a los perros.” Pero al mismo tiempo “sean mansos como palomas” para que nadie pueda reprocharles cosa alguna. El Señor anuncia que los apóstoles deberán testimoniar sobre El ante señores y reyes, teniendo en cuenta no solo su actual y temporal misión, sino su futura y universal actividad apostólica, y que ellos serán sometidos a muchas persecuciones. Cristo les advierte que no deben alarmarse ni vacilar cuando sean puestos a prueba, pues el Espíritu Santo será Quien les inspire las palabras imprescindibles. El odio por la enseñanza del Evangelio, sus predicadores y confesores, será tan fuerte entre los habitantes del mundo, a quienes se identifica con los lobos, que no podrán resistirlo siquiera los mas firmes y sagrados lazos familiares. Todo esto se ha cumplido con exactitud durante la época de la persecución del cristianismo, cuando en verdad los hermanos se traicionaban de muerte, y cuando todos los fieles seguidores de Cristo experimentaron el mas feroz e inhumano odio de los enemigos del cristianismo. Quienes soportaron hasta el fin, esto es hasta la muerte, todas estas persecuciones y negaciones de Cristo “serán salvados,” serán dignos de la bienaventuranza eterna en el Reino Celestial. Los apóstoles no deben sacrificar sus vidas de manera imprudente, pues llevan dentro de ellos la salvación de muchos otros. En consecuencia si son perseguidos en una ciudad, no se les prohibirá escapar a otra. “Estad seguros que no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel, antes de la venida del Hijo del Hombre” — en un pasaje paralelo del Evangelio se añade: “en Su Reino.” Aquí no se hace referencia a la gloriosa Segunda Venida de Cristo durante el Juicio del fin del mundo. La Venida de Jesucristo en Su Reino es el comienzo de Su Reino luego de Su Resurrección y el Descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles, después de lo cual ellos fueron anunciando por todo el mundo el inicio de ese Reino. Por lo tanto aquella frase del Señor adquiere el siguiente significado: “ustedes no tendrán tiempo suficiente para recorrer toda Palestina anunciando la venida de Mi Reino pues tan pronto llegará la hora en la que Mi Reino será revelado por Mis sufrimientos, resurrección de entre los muertos y el descenso del Espíritu Santo.”

Cristo encomienda a sus apóstoles esta misión preparatoria que será útil para ellos. Asi lo explica san Juan Crisostomo: “esta misión será para los apóstoles un positivo campo de entrenamiento para la batalla, en el que ellos podrán prepararse para la heroica predicación del Evangelio en el mundo entero” (Comentario sobre Mateo 32). Nuestro Señor les dice que dispondrán de escaso tiempo pues la hora de Su padecimiento en la cruz y partida de este mundo se aproxima. “No es el discípulo mas que su maestro, ni el esclavo mas que su señor.” Los apóstoles no deben esperar recompensa alguna a cambio de sus esfuerzos, por el contrario, deben estar preparados para recibir ofensas, pues si los judíos injurian brutalmente al Señor mismo llamándolo Beelzebul, cuanto más aborrecerán entonces a Sus discípulos. “No les tengáis miedo” cuando ellos los injurien pues “no existe secreto que no se dé a conocer“; esto quiere decir que, con el tiempo, la fe y la inocencia de los apóstoles han de manifestarse con claridad. “Enseñad a plena luz aquello que os digo en la oscuridad; y lo que os confío al oído pregonadlo desde lo alto de los tejados.” Aquello que Yo enseñé entre ustedes a solas y en una esquina de Palestina, ustedes deberán enseñarlo a todo el mundo, a todas las naciones, desde los techos de las casas. Los apóstoles no deben temer “a quienes, matando el cuerpo, no tienen poder para matar el alma” pues nada les sucederá sin la voluntad de Dios, porque la Providencia Divina todo lo cubre: “¿no se venden los pajarillos a unos céntimos el par?“— esto indica el bajo precio, casi insignificante, de estos pajarillos (la décima parte de un denario, unos dos centavos). Al que confesare con firmeza a Cristo delante de todos, sin importarle la persecución ni la calumnia, Cristo lo reconocerá como a su siervo fiel en el juicio del Padre Celestial. A todo aquel que rehusare reconocer a Cristo, el Señor se negará a reconocerlo ante el Padre.

No vine a traer la paz sino la espada. Esta frase no debe entenderse literalmente, sino en el sentido de que la enemistad y la discordia entre las gentes aparecerán como consecuencia de la venida del Señor a la tierra, pues el odio de los hombres levantará una cruel persecución contra el Reino de Dios, sus confesores y discípulos.

El que ama a su padre o a su madre mas que a Mí, no es digno de Mí.” Esto significa que para servir a Cristo es necesario sacrificar todas las ataduras terrenales, incluso el amor familiar. “Y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí.” Esta es una imagen tomada de la costumbre romana según la cual, los condenados a la crucifixión debían cargar ellos mismos su cruz hasta el patíbulo. Esto quiere decir que nosotros, siendo discípulos de Cristo, debemos en Su Nombre sobrellevar todas las tentaciones y sufrimientos, aun los mas pesados y humillantes, si es el deseo de Dios enviárnoslos.

Quien encuentre su vida la perderá; y quien por Mi causa la perdiere, la encontrará“— el que prefiere los bienes de la vida terrenal en lugar de los bienes del Reino de los Cielos; el que sacrifica los bienes futuros a causa de los bienes materiales; el que renuncia a Cristo con tal de atesorar la vida terrenal, este perderá su alma para la vida eterna. En cambio, el que sacrifica todo por Cristo, incluso su vida, conservará su alma para la vida eterna.

Nuestro Señor enseña y consuela a los apóstoles, recordándoles aquella recompensa que aguarda a quienes los reciban en Su Nombre: “el que a vosotros recibe, a Mí me recibe; y al que a Mí me recibe, recibe a Aquel que me ha enviado.” Las últimas palabras de Cristo significan que, aquellos que reciben a los apóstoles como profetas y justos, recibirán la recompensa de los profetas y justos; aquel que ofrezca de beber a los sedientos discípulo de Cristo, aunque no sea mas que un vaso de agua fresca, en modo alguno perderá su recompensa.

Finalizada la instrucción de los Doce, Jesús fue a predicar por las ciudades de Galilea, en tanto que los apóstoles, divididos en grupos de dos, se marcharon por las aldeas a fin de “predicar el arrepentimiento. Ellos expulsaban a los demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.” Como se advierte en la respuesta dada por los discípulos al Señor en ocasión de la Ultima Cena (Lc. 22:35), nada les había faltado durante su misión predicadora. Por lo visto, ellos se reunieron una vez mas con el Señor al enterarse El sobre la muerte de Juan el Bautista.

La decapitación de Juan el Bautista.

(Mt. 14:1-12; Mc. 6:14-29; Lc. 9:7-9)

Los Evangelistas describen este episodio relacionándolo con la idea que el tetrarca Herodes Antipas se había formado, pensando que Jesucristo era Juan el Bautista resucitado. Aunque san Lucas no relata esto en su totalidad, explica que ese pensamiento no se originó en Herodes sino que fue aceptado por el tetrarca, impresionado por los comentarios de quienes lo rodeaban.

Mientras que los judíos no acostumbraban a celebrar sus fechas de nacimiento, Herodes, celebró su cumpleaños con una gran fiesta invitando a reyes de oriente y agasajando a los nobles, los comandantes militares y ancianos de Galilea. Según la tradición oriental, a excepción de las esclavas que danzaban, la presencia de mujeres en tales banquetes estaba vedada. Salome, digna hija de su depravada madre Herodías, quien cohabitaba ilegalmente con Herodes, haciendo caso omiso de aquella tradición, se presentó en la fiesta como bailarina. Ataviada con escasas ropas, excitó a Herodes con su sensual danza a tal extremo que éste le prometió cumplir con todo lo que ella deseara. Salome abandonó por un momento la fiesta para consultar a su madre, ausente en el banquete, quien sin dudarlo afirmó que el mejor regalo que podía obtener era la muerte del odiado Juan el Bautista. Él la había acusado de mantener relaciones pecaminosas con Herodes y por ello Herodías lo odiaba. Entonces Salome exigió “la cabeza del Bautista.” Pero Herodes, por un lado temía a la gente y por otro respetaba al Bautista como a un hombre “justo y santo” a quien incluso “escuchaba con beneplácito” (Mc. 6:20). Por lo tanto Herodías, temiendo que la promesa no fuese llevada a cabo, sugirió a su hija que exigiera la inmediata ejecución. “Dadme la cabeza de Juan el Bautista, aquì en una bandeja” (Mt. 14:8) le exigió “con toda prisa” Salome a Herodes. “El rey sintió pena; sin embargo, debido al juramento que había hecho ante los comensales, ordenó que se cumpliera tal petición” (Mc. 6:26; Mt. 14:9)

Herodes no deseaba ejecutar a Juan, pero su orgullo y falsa vergüenza le impedían violar su juramento, así que envió a su verdugo a cortar la cabeza del profeta y traerla a la fiesta sobre una bandeja de plata. Debe asumirse que la fiesta no tuvo lugar en Tiberíades, residencia habitual de Herodes, sino en su residencia de Julia, mas allá del Jordán y próxima a la fortaleza de Maqueronte donde Juan estaba confinado. La tradición afirma que Herodías deshonró la cabeza del Bautista durante largo rato: perforó su lengua con una aguja por haberla acusado de libertina y ordenó que su cuerpo fuese arrojado al foso que rodeaba Maqueronte. Los discípulos de Juan recogieron su cuerpo decapitado y, como afirma san Marcos, lo colocaron en un sepulcro dentro de una gruta, situada cerca de la ciudad de Sebaste, construida en el lugar de la antigua Samaría. Según la Tradición, en esa gruta se hallaban los restos de los profetas Abdias y Eliseo. Este triste suceso de la decapitación de Juan el Bautista es recordado cada año por la santa Iglesia el 29 de agosto, habiéndose establecido ayuno estricto para ese día.

Herodes recibió un merecido castigo por su acción: fue totalmente derrotado en la guerra y al viajar a Roma, fue despojado de todos sus privilegios y territorios, siendo encarcelado junto a la malvada Herodías en la Galia, donde finalmente murió. Salome, mientras atravesaba un lago helado, cayó en él y el hielo resquebrajado cercenó su cabeza.

Luego de sepultar a su maestro los discípulos de Juan fueron a contarle a Nuestro Señor Jesucristo lo ocurrido, buscando consuelo y a la vez, queriendo advertir al Señor del posible peligro, pues en ese tiempo Él estaba predicando en el área controlada por Herodes. San Marcos nos dice en su Evangelio que los Apóstoles se encontraban reunidos al lado de Jesús, relatándole todas las cosas que habían llevado a cabo y enseñado durante su misión.

Al enterarse de la violenta muerte del Bautista, el Señor se retiró al desierto. Es evidente que para ese tiempo Jesús se hallaba en algún lugar cercano al lago de Genezareth pues Él “partió desde allí en una barca.” (Mt. 14:13) Aquel lugar apartado, escasamente poblado, estaba situado cerca de la ciudad de Betsaida. San Lucas dice que Herodes — bajo la influencia de rumores y comentarios— pensaba que Jesucristo era Juan el Bautista resucitado de entre los muertos y “buscó (tuvo la intención de) verlo.” (Lc. 9:9)

Primera multiplicación de los panes.

(Mt. 14:14-21; Mc. 6:32-44; Lc. 9:10-17; Jn. 6:1-15)

Los Cuatro Evangelios describen este milagroso suceso. Además, san Juan lo conecta con la enseñanza del Señor acerca del pan celestial y el misterio de la comunión de Su Cuerpo y Sangre y nos da una importante indicación cronológica de que todo esto estaba ocurriendo en el tiempo en el que se “aproximaba la Pascua, la fiesta de los judíos” (la tercera Pascua en el ministerio del Señor). Al recibir la noticia de la muerte de Juan el Bautista, Nuestro Señor Jesucristo se alejó de Galilea en compania de sus discípulos, quienes recién habían regresado de su viaje apostólico. Ellos embarcaron hacia la franja oriental del lago Tiberíades para alcanzar una desolada área cercana a la ciudad de Betsaida. Como solamente Betsaida estaba situada en la ribera occidental próxima a Cafarnaum, puede asumirse que esta era otra ciudad, Betsaida-Julia, situada al este del lugar donde el río Jordán desemboca en el lago de Genezareth.

Según la narración de san Marcos la gente que los vio marchar adivinó sus intenciones, y los pobladores de todas las aldeas se dirigieron por tierra a aquel lugar llegando antes que Jesús y sus discípulos. (Mc. 6:33) Viendo tal multitud en derredor suyo, Nuestro Señor se apiadó de ellos, “porque estaban como ovejas sin pastor; y comenzó a instruirlos sobre muchas cosas.” (Mc. 6:34) Nuestro Señor les hablaba sobre el Reino de Dios (Lc. 9:11) y curaba a los enfermos. (Mt. 14:14) Al cabo de un tiempo, según san Juan, Cristo ascendió a una montaña sentándose allí con sus discípulos y vio una muchedumbre venir hacia Él. La noche estaba cayendo. Entonces todos los Apóstoles se le acercaron diciendo: “este es un sitio apartado y la hora es muy avanzada. Despídelos, para que vayan a los caseríos y aldeas de por aquí cerca y se compren algo para comer.” Sin embargo el Señor no quiso alejar de Sí al pueblo y dijo a sus discípulos: “¡dadles vosotros de comer!” Mientras tanto el Señor probaba la fe del apóstol Felipe diciéndole: “¿dónde compraremos pan para darles de comer?” Felipe contestó: “doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.” El resto de los discípulos decía lo mismo. Entonces Nuestro Señor preguntó: “¿cuántas hogazas de pan tenéis? Id a ver.” Y después de que se hubieron informado Andrés dijo: ” hay un muchacho (probablemente se trate de una persona que vendía comida y seguía a la multitud) aquí que tiene cinco hogazas de cebada y dos pequeños peces, pero ¿qué es esto para tanta gente?” Entonces Jesús dijo: “traed los panes y los peces, haced que se acomoden en el suelo, sentadlos en grupos de cincuenta.” Y la gente se sentó sobre el verde pasto — cien en una dirección y cincuenta en la otra. Asi fue posible contar que había 5000 hombres excluyendo mujeres y niños. Tomando los cinco panes y los dos peces, el Señor elevó su mirada al cielo, dio gracias (Jn. 6:11), los bendijo (Lc. 9:16), partió los panes y se los dio a los discípulos para que ellos los distribuyeran entre la gente. De igual modo fraccionó los peces para todos los presentes (Mc. 6:32; Jn. 6:11), ” y de manera que todos comieron y fueron saciados.” (Mt. 14:20; Mc. 6:42; Lc. 9:17) Cuando todos estaban satisfechos el Señor ordenó a sus discípulos recoger las porciones sobrantes para que nada se perdiese. Ellos recogieron doce canastas repletas.

El Evangelio de san Juan nos cuenta que la gente que había sido testigo del milagro obrado por Jesús exclamó: “este es en verdad Aquel profeta que ha de venir al mundo.” Jesús, sabiendo que ellos querían proclamarlo rey, se retiró otra vez en soledad a la montaña. (Jn. 6:14-15) Es evidente que el pueblo quería aprovechar la proximidad de la Pascua, con la finalidad de atraer a Jesús hacia Jerusalén para proclamarlo rey ante todos. Pero el Señor no deseaba consentir aquellas falsas ideas de un Mesías en tanto rey terrenal; y así ordenó a sus discípulos dirigirse hacia la orilla occidental del lago, mientras Él, luego de calmar y dispersar aquella gente excitada por el milagro, subió a la montaña para rezar.

El Señor camina sobre las aguas. Curación de muchos enfermos.

(Mt. 14:22-36; Mc. 6:45-56; Jn. 6:16-21)

Obligados por el Señor a dirigirse hacia la ribera occidental del lago de Genezareth, los discípulos se embarcaron y partieron. Era ya de noche (Jn. 6:17), soplaba un fuerte viento contrario y la barca se hallaba en medio del lago azotada por las olas (Mt. 14:24). Los discípulos de Cristo estaban muy alarmados y El no estaba con ellos. Jesús permanecía en tierra viéndolos (Mc. 6:48) remar con esfuerzo. Ellos se hallaban a unos 25 o 30 estadios de la orilla oriental (Jn. 6:19). Era la cuarta vigilia de la noche, es decir cerca del amanecer, y de repente los apóstoles vieron a Jesús caminando sobre las aguas hacia ellos, “y Jesús hizo como que quería pasar adelante.” (Mc. 6:48) Ellos creyeron que se trataba de un fantasma y gritaron atemorizados. Sin embargo, el Señor los calmó diciendo: “¡Animo soy Yo, no temáis!” Dado su fogoso temperamento, Pedro sintió el imperioso deseo de saludar al Señor caminando hacia él, para lo cual pidió su autorización, y el Señor le dijo: “¡Ven!” Pedro salió de la barca y el poder de su fe obró el milagro: caminó sobre las aguas. Sin embargo el fuerte viento y las olas turbulentas distrajeron la atención de Pedro; el miedo que lo envolvió debilitó su fe, y él comenzó a hundirse clamando desesperado: “¡Señor sálvame!” Nuestro Señor de inmediato tendió su mano para sostenerlo y dijo: “Hombre de poca fe ¿por qué dudas?” (Mt. 14:28-31).

Tan pronto como ellos subieron a la barca el viento amainó y la barca llegó a su destino. Todos los presentes en la barca se acercaron a Jesús y se postraron ante Él exclamando: “En verdad Tu eres el Hijo de Dios.” (Mt. 14:33) Una vez que el Señor hubo desembarcado, fue rodeado por los habitantes locales, quienes lo reconocieron e informaron a todas las gentes de las aldeas vecinas y estos le trajeron a sus enfermos. La fe de los presentes en el poder milagroso que emanaba del Señor era tan fuerte que, al recibir el permiso de Jesús para tocar sus vestiduras, quedaron sanados de inmediato.

Discurso sobre el pan celestial.

(Jn. 6:22-71)

El paso de Nuestro Señor Jesucristo a través del lago de Genezareth provocó el asombro del pueblo que había comido aquellos panes milagrosamente multiplicados. Esto es relatado solo por el Evangelio de san Juan quien de inmediato pasa a la narración del maravilloso discurso de Nuestro Señor sobre Sí mismo como el pan que ha bajado desde el cielo, revelando la necesidad de comulgar Su Cuerpo y Sangre para obtener la salvación.

El pueblo buscaba al Señor en el desierto sabiendo que El no se había embarcado con sus discípulos y al encontrarlo en la otra orilla, predicando en la sinagoga de Cafarnaum, se asombraron, preguntándole cómo es que había llegado allí. Sin responderles, el Señor encontró el pretexto para desarrollar su extenso discurso sobre Sí mismo como el Pan de vida. Jesús comenzó su exposición con un reproche a los judíos porque ellos en todo, incluso cuando siguen a Cristo, continúan siendo esclavos de su materialismo. “Vosotros me buscáis, no por haber visto los signos, sino porque los panes que habéis comido os saciaron,” es decir ellos lo buscaban no porque fueran iluminados mediante los milagros por la bondad de Dios, la que ofrece bendiciones eternas e incorruptibles, sino porque a través del milagro obrado en la víspera su hambre fue saciada — tanto como otros milagros hicieron cesar otras penurias físicas; pero a nadie le importó satisfacer las necesidades del espíritu, para lo cual, después de todo, Cristo bajó a la tierra.

Yo soy el Pan de vida, aquel que viene a Mí nunca tendrá hambre, y el que cree en Mi nunca tendrá sed.” El reproche del Señor estaba dirigido a quienes consideran valioso al Cristianismo sólo para lograr una confortable vida terrenal. “Esforzaos en conseguir, no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece y procura la vida eterna.” Este alimento “os será dado por el Hijo del Hombre” dice el Señor, pues “Dios Padre ha puesto su sello sobre el Hijo del Hombre para asegurar a la humanidad que Él es el vivificador que tiene poder para darle ese alimento.” Este “sello” representa las señales y milagros efectuados por Cristo conforme a la voluntad del Padre. Exaltados por aquel reproche, los judíos preguntaron a Jesús:
¿qué debemos hacer para cumplir las obras de Dios?” Ellos comprendieron que las palabras del Señor contenían exigencias morales pero sin entender cuales, pues para ellos, de acuerdo a la ley de Moisés, había muchas obras cuya realización era imprescindible para agradar a Dios. Pero Jesús les indica sólo una obra: “Esta es la obra de Dios; que creáis en Aquel que El ha enviado.” Esta es la obra más importante y que complace a Dios, sin la cual es imposible una vida agradable a Dios, pues en esta obra, como en una semilla, están contenidas todas las demás. Habiendo entendido que Jesús se identifica a Sí mismo como el “Enviado de Dios,” los judíos le replican que para creer en Él, según la fe de los israelitas en Dios y su profeta Moisés, Él deberá mostrar aun más señales. Aquí se comprueba la fragilidad de la fe que se fundamenta sólo en milagros: esta fe exige mas y mayores prodigios. Asi, los judíos no están conformes conque Nuestro Señor hubiere alimentado a 5000 personas con cinco panes. Exigen que Él les muestre un milagro mayor, como por ejemplo, el mana con el que Moisés los alimentara durante cuarenta años en el desierto. Nuestro Señor les contesta que este milagro, realizado por Dios por intermedio de Moisés, es menos importante que el milagro que ahora realiza Dios a través de Su Hijo, el Mesías, dándoles no ya un pan ilusorio, como el mana, sino “el pan del cielo, el verdadero pan.” Este pan da vida al mundo. Los judíos creyeron que Cristo les hablaba sobre un pan que, aunque especial y milagroso, era material y expresaron su deseo de recibir de Él aquel pan por siempre. Esta respuesta refleja la inclinación en extremo material de sus pensamientos e ideas sobre el Mesías al considerarlo un hacedor de milagros y nada más.

Entonces Nuestro Señor directa y decididamente revela a los presentes la enseñanza de que Él es el “Pan de vida” diciendo: “Yo soy el Pan de vida; aquel que viene a Mí nunca tendrá hambre y el que cree en Mi nunca tendrá sed.” Con pena Nuestro Señor advierte que los judíos no creen en Él, pero esto no impedirá el cumplimiento de la Voluntad del Padre celestial a través de Cristo: todos aquellos que anhelan la salvación por medio del Señor, “los que vienen a Mí,” se convertirán en herederos del Reino del Mesías fundado por Él; todos ellos serán resucitados por Cristo el último día haciéndose dignos de la vida eterna. Los judíos no lograron entender sus palabras y murmuraban entre sí ¿cómo es que Jesús puede decir que ha bajado desde los cielos si ellos conocen su origen terrenal? Nuestro Señor explica el descontento de los judíos diciendo que ellos no se encuentran entre el número de los elegidos que Dios Padre atrae hacia Él con el poder de Su gracia. Sin este llamado de la gracia es imposible creer en Quien Dios ha enviado a la tierra para salvar a los hombres: Su Hijo, el Mesías. Este razonamiento no destruye la idea del libre albedrío en el hombre: el Padre atrae a quienes se han vuelto capaces en virtud de su voluntad; aquellos que se volvieron incapaces por si mismos no son atraídos a la fe. Un imán no atrae a todo lo que se acerca, solo atrae al hierro; así Dios se acerca a todos pero atrae solo a quienes son capaces y exteriorizan cierta familiaridad con Él. (Teofilact de Bulgaria)

Cristo parece decirles: “no estén descontentos conmigo sino con ustedes, porque son incapaces de creer en Mi, como Mesías”; pues todas las Escrituras del Antiguo Testamento dan testimonio sobre la venida de Cristo. Quien estudie conscientemente esos libros es instruido por Dios y por lo tanto no puede desconocer al Mesias-Cristo que El ha enviado. Esta instrucción Divina no es la contemplación de Dios porque Dios Padre ha sido visto solo por Aquel que procede de Dios, es decir Cristo. Es instruido por Dios Mismo de modo natural aquel que con atención y fe estudia las Escrituras, pues la principal materia de estudio de las Escrituras es Cristo. “Yo soy el Pan de vida” continua diciendo Cristo; “el pan de vida,” es pan vivo y no inanimado como lo fue el mana. El mana alimentaba solo el cuerpo y por ello, todos los que lo comieron han muerto; en cambio el que coma el auténtico pan, que desciende del cielo, y que no es solo material como el mana, ese “no morirá,” sino que “vivirá eternamente.” Este pan, descendido de los cielos es Nuestro Señor Jesucristo. Con mayor claridad y exactitud aun el Señor teniendo en cuenta la proximidad de Su muerte en la Cruz del Golgota para expiación de los pecados de toda la humanidad, explica que este pan es Su Cuerpo, que será ofrecido por Él para la salvación del mundo. Aquí, al aproximarse la fiesta de la Pascua, Nuestro Señor enseña que Él es el verdadero Cordero pascual, que quita los pecados del mundo. El Cordero pascual fue tan solo la prefiguración de Cristo-Cordero. El Señor ahora da a entender a su auditorio que ha pasado el tiempo de las prefiguraciones pues se ha manifestado la Verdad misma en Su persona: la comida del cordero pascual será reemplazada en el Nuevo Testamento por el Cuerpo de Cristo, sacrificado por los pecados del mundo. Los judíos, habiendo entendido literalmente las palabras del Señor, quedaron perplejos y discutían entre sí sobre lo que Jesús había dicho: “¿cómo puede éste darnos a comer su cuerpo?” Es evidente que ellos entendieron de manera literal y no alegórica las palabras del Señor; como pretenden entenderlas los miembros de las sectas contemporáneas cuando niegan el sacramento de la Eucaristía que hace posible la bendita comunión con Cristo. Para suprimir aquellas discusiones, Nuestro Señor repite decisiva y categóricamente: “Os aseguro con toda verdad, si no coméis el cuerpo del Hijo del Hombre y no bebéis Su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come Mi Cuerpo y bebe Mi Sangre tiene vida eterna; y Yo lo resucitaré en el último día.” Aquí el Señor revela con absoluta claridad y perfección Su enseñanza sobre la imprescindible comunión con Su Cuerpo y Sangre para la salvación eterna. Durante el éxodo judío desde Egipto fueron marcados con sangre de cordero los postes y umbrales de las casas de los judíos en señal de salvación de sus primogénitos de la mano del Angel exterminador (Ex. 12:7-13), mientras que, durante el sacrificio del cordero pascual en el templo se rociaba con su sangre los cuernos del altar, en conmemoración de aquellos postes y umbrales. En la noche de Pascua la sangre del cordero se reemplazaba simbólicamente por vino. El cordero pascual fue prefigura de Cristo, como la liberación de los judíos de Egipto fue la prefiguración de la redención del mundo. Por lo tanto, Cristo dice que es imprescindible, a fin de lograr la vida eterna, “comer Su Cuerpo y beber Su Sangre” y en sus palabras se advierte el reemplazo del cordero pascual veterotestamentario por Su Cuerpo, y del vino simbólico de la noche de pascua por Su Sangre. Esta es la Nueva Pascua que Nuestro Señor representa proféticamente en este discurso. En consecuencia, las palabras de Cristo adquieren el siguiente significado: Quien desea asegurarse la redención llevada a cabo por Jesucristo con su muerte en la cruz, debe comer Su Cuerpo y beber Su Sangre. De lo contrario no participará de aquella redención, no tendrá vida eterna y permanecerá apartado de Dios, es decir en la muerte eterna.

El Cuerpo y la Sangre del Señor son, según sus palabras, verdadero alimento y verdadera bebida pues sólo ellos comunican al hombre la vida eterna; ellos conceden a quien los come y bebe la más íntima comunión con Cristo, la misteriosa unión con Él. Mediante este misterio el hombre caído en el pecado adquiere la inmunidad de una vida nueva. Un jardinero para volver fructífero un árbol, le injerta el brote de otro árbol fecundo; de la misma manera Cristo, queriendo hacernos participes de la vida de Dios, entra corporalmente en nuestra carne manchada por el pecado y dispone el comienzo de la transfiguración y purificación internas, haciendo de nosotros criaturas nuevas.

La sola fe en Cristo es insuficiente para la salvación: es necesario hacerse uno con Él, permanecer en Él, para que Cristo habite en nosotros. Esto se logra con el magnífico Sacramento de la Comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Las palabras de Nuestro Señor eran tan infrecuentes para quienes le escuchaban que en esta ocasión no sólo sus enemigos, sino también algunos de sus discípulos se escandalizaron diciendo: “¡Estas son palabras extrañas! ¿Quién puede escucharlas? Nuestro Señor, leyendo sus mentes y sentimientos dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿Qué pasará entonces cuando veáis al Hijo del Hombre subir donde estaba antes?

Aquí Jesús tiene en cuenta que ellos se escandalizaran cuando lo vean crucificado. Mas adelante Nuestro Señor explica el correcto entendimiento de sus palabras: “El Espíritu es el que da la vida, la carne de nada sirve. Las palabras que os he dicho son Espíritu y Vida.” Esto significa que las palabras de Cristo deben ser entendidas en sentido espiritual y no en el rudo sentido material, como si el ofrecimiento de Su Cuerpo fuese un alimento animal para saciar el hambre sensible. El Señor parece decir: “Mi enseñanza no es sobre la carne o los manjares que alimentan la vida corporal. Es sobre el Espíritu Divino, la gracia y la vida eterna que se establecen en los seres humanos mediante instrumentos bienaventurados”.

La carne de nada sirve.” Esto fue dicho para quienes comprenden Sus palabras en sentido material, de ningún modo Jesús lo dijo con respecto a Su Cuerpo. “¿Qué significa comprender en sentido material? Equivale a entender de una manera carnal, el ver sencillamente lo que el Salvador había dicho, sin elevar el pensamiento. Mas conviene no juzgar de este modo, sino ver todos los misterios con los ojos del espíritu.” (San Juan Crisostomo)

El Cuerpo de Cristo aislado de Su Espíritu no estaría en condiciones de vivificar. Se entiende, por supuesto, que las palabras de Cristo hacen referencia no a una carne sin vida, inanimada, sino a Su Cuerpo inseparablemente unido a Su Espíritu Divino. “Pero hay entre vosotros algunos que no creen” — está claro que, sin la asistencia de la gracia Divina, es difícil creer en un Dios que se anonadó a Sí mismo. Como se verá mas adelante, estas palabras contienen una primera indicación de Nuestro Señor sobre Judas, el traidor. La enseñanza sobre la Sagrada Eucaristía fue y será por siempre la piedra fundamental de la fe en Cristo.

Muchas personas se entusiasman con la ley moral de Cristo pero no entienden que es imprescindible unirse a Cristo en este gran sacramento. Además, sin la unión sacramental con Cristo, sin participar de Él, es imposible en esta vida seguir Su ley moral pues esto es algo que excede las fuerzas naturales del hombre. Por ello muchos, como dice el Evangelio, se apartaron de Jesús luego de este discurso; mas aun, si se tiene en cuenta que las palabras de Jesús iban en contra de las concepciones materialistas que sobre el Mesías tenían los judíos. Nuestro Señor, probando la fe que en Él tenían sus más próximos discípulos — los Doce — les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” Simón Pedro, en representación de todos, efectuó una magnífica profesión de fe en Jesús llamándolo: “Cristo, Hijo de Dios Vivo.” Esta es la confesión que nosotros pronunciamos en la actualidad al recitar la oración previa a la Comunión: “Creo Señor y confieso que Tú eres el Cristo, Hijo de Dios Vivo…” Sin embargo, el Señor respondió a esta confesión diciendo que entre los Doce había uno que era un demonio, no literalmente sino en el sentido de su enemistad hacia Cristo y Su obra. Con ello Nuestro Señor, que ve el corazón del hombre, hace una advertencia sobre Judas, sabiendo que este planeaba traicionarlo.

Esta vez Cristo no fue a Jerusalén en ocasión de la Pascua porque los judíos intentaban matarlo (Jn. 7:1) y además porque aun no había llegado el momento de Su Pasión en la cruz.

 

Tercera Pascua.

Nuestro Señor condena las tradiciones de los fariseos.

(Mt. 15:1-20; Mc. 7:1-23)

Nuestro Señor Jesucristo no estuvo en Jerusalén durante la Tercera Pascua. Los fariseos, que no dejaban de seguirlo y vigilar sus actos, al no encontrar al Señor en Jerusalén, fueron a Galilea. Aquí encuentran a Jesús junto a sus discípulos y renuevan sus viejas acusaciones de no respetar las tradiciones de sus ancestros. El motivo era que los discípulos del Señor se sentaban a comer sin antes haberse lavado las manos. Según las reglas farisaicas, antes y después de cada comida era ineludible la ablución de las manos pues en el Talmud hay una indicación taxativa sobre el volumen de agua suficiente para tales abluciones, la manera y el momento de lavarse las manos y en que orden hacerlo en el caso de que el número de comensales fuese mayor o menor de cinco. Estas disposiciones tenían tanta importancia para ellos que su falta de cumplimiento era castigada con la excomunión por el Sanedrín.

Los judíos creían que Moisés había recibido dos cuerpos de leyes en el Sinaí: solo uno fue escrito en libros, mientras que el otro fue transmitido en forma oral de padres a hijos, y finalmente asentado en el Talmud. Esta ley se conocía como “la tradición de los ancianos,” es decir de los antiguos rabinos. La ley no escrita era notable por su enorme minuciosidad. Asi, la costumbre del lavatorio de manos, impulsada inicialmente con fines higiénicos y útil en si misma, se transformó en un prejuicio vacío y dañino que junto a otros prejuicios semejantes, eclipsaba las exigencias más importantes de la ley de Dios.

Los discípulos y su Divino Maestro, empeñados en la edificación del Reino de Dios sobre la tierra, en ciertas ocasiones no tenían tiempo siquiera para comer pan (Mc. 3:20), sin embargo los fariseos exigían de ellos el estricto cumplimiento de todas estas minuciosas tradiciones. Ante la acusación de los fariseos el Señor les respondió: “¿Y a qué se debe que vosotros, por seguir vuestra tradición no cumplís el mandamiento de Dios?” Jesús demuestra así que el que peca en las grandes cosas no debe señalar con tanto afán las acciones sin importancia de los demás (San Juan Crisostomo). Nuestro Señor indica que los fariseos, en nombre de sus tradiciones, violan el directo y categórico mandamiento de honrar a los padres. Aquella tradición permitía a los hijos denegar el socorro material a sus padres en el caso en que declarasen que sus bienes eran “korban” es decir “ofrecidos a Dios.” Todas las cosas podían ser dedicadas a Dios: casas, campos, animales puros e impuros. Sin embargo, quien efectuaba la dedicación podía seguir disponiendo de sus bienes, mediante la cancelación de un pequeño arancel en el tesoro del templo, y considerarse libre de toda carga social, incluida la de ocuparse de sus padres, negándoles el imprescindible sustento. Por esto Nuestro Señor llama a los fariseos “hipócritas” y los relaciona con la profecía de Isaias 29:13, confirmando que ellos honran a Dios solo formalmente, pues sus corazones están muy lejos de Él; en vano ellos suponen que así serán agradables a Dios y en vano enseñan estas cosas a los otros. Luego Nuestro Señor, dirigiéndose al pueblo, condena la actitud de los fariseos: “¡Escuchad y entended! Lo que mancha al hombre no es aquello que entra por la boca sino lo que sale de ella.”

Los fariseos no comprendían la diferencia entre la pureza moral y la corporal, y suponían que el alimento impuro o que se tomaba con manos impuras generaba la impureza moral, volviendo impuro al hombre ante los ojos de Dios. Condenando la injusticia de estas suposiciones Nuestro Señor enseña que el hombre se vuelve moralmente impuro por aquello que brota de un corazón impuro. Son absolutamente infundadas las consideraciones de los sectarios y otros detractores de la práctica del ayuno, pues ellos sostienen que las palabras del Señor están dirigidas contra la obligación de observar los ayunos instituidos por la Iglesia. Esta claro que lo que entra por la boca por si mismo no convierte en impuro a un hombre salvo que se acompañe de glotonería, desobediencia o alguna otra predisposición pecaminosa del corazón. Nosotros ayunamos para facilitar la lucha contra nuestras pasiones pecaminosas, para vencer nuestra sensualidad y acostumbrarnos a dominar nuestra voluntad mediante el cumplimiento de la disposición de la santa Iglesia y no porque tengamos miedo de volvernos impuros por la ingesta de alimentos no cuaresmales. Reconociendo que el alcoholismo es un mal, nosotros no afirmamos que el vino sea el mal que torna impuro al hombre.

Los fariseos se exasperaron por el hecho de que Nuestro Señor en nada atendió a la tradición de los ancianos y hasta la misma ley de Moisés, que dispuso una severa distinción entre los alimentos a consumir. El Señor tranquiliza a sus discípulos diciéndoles que los fariseos son “ciegos guías de ciegos” y por lo tanto no es necesario seguir sus fantasiosas doctrinas, pues una enseñanza así no proviene de Dios y será extirpada de raíz.

Mas adelante Nuestro Señor explica a los Apóstoles que el alimento que entra por la boca no se retiene y se termina eliminando sin dejar rastro alguno de pecado en su alma; los pecados en cambio, que brotan desde el interior del ser humano, de sus labios y de sus corazones, son los que en verdad lo contaminan.

Curación de la hija de una cananea.

(Mt. 15:21-28; Mc. 7:24-30)

Jesús partió de Galilea dirigiéndose “al país de Tiro y de Sidón” es decir a la pagana tierra de Fenicia ubicada al noroeste de Galilea cuyas capitales eran Tiro y Sidón, poco distantes una de la otra. Según el relato de san Marcos, Nuestro Señor “entró en una casa no queriendo que nadie lo reconociese” (Mc. 7:24). Puede asumirse que el objetivo del viaje de Jesús a un lugar habitado por gentiles era el de un retiro temporal, para reposar del constante asedio de las multitudes en Galilea y quizás también del implacable odio de los fariseos. “Mas le fue imposible permanecer de incógnito” pues una mujer, a la que san Mateo llama “cananea” y san Marcos “sirofenicia,” y también “pagana” (en las Sagradas Escrituras, paganos o gentiles son los no judíos; Rom. 1:16; I Cor. 1:22) se enteró de Su llegada. Según las palabras de san Marcos, la hija de esta mujer estaba poseída por un espíritu impuro y ella le pedía al Señor que arrojase de su hija al demonio. La mujer cananea, por haber escuchado a los judíos, sabía sobre la Venida del Mesías y se dirige al Señor llamándolo “Hijo de David,” confesando de este modo su fe en Él y en Su dignidad mesiánica. Nuestro Señor, evaluando la fe de ella, “no le respondió nada” al punto que hasta sus discípulos comenzaron a interceder por ella, señalando su insistencia y la perseverancia de sus ruegos. “Él respondió: Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel,” pues los israelitas eran el pueblo elegido por Dios, a ellos les fue prometido el Divino Redentor y a ellos Él debía dirigirse en primer termino para obrar sus milagros y salvarlos.

Es posible que el Señor haya dicho esto adaptándose a la imagen que los judíos tenían de los gentiles, queriendo evidenciar toda la fe de aquella pagana ante los Apóstoles con una finalidad aleccionadora. La cananea se aproximó a Jesús y según san Mateo, vino a postrarse a sus pies, rogándole que arrojase el demonio de su hija. Es evidente que Jesús conocía la fe de aquella mujer y continuó probándola negándose con palabras que podían parecer en extremo crueles, si no fueran pronunciadas con el profundo amor que el Señor sentía por la humanidad sufriente: “No está bien quitar el pan a los hijos para arrojarlo a los perros.” El sentido de estas palabras es el siguiente: “No me aparté de los limites del pueblo elegido por Dios, “los hijos del Reino” (Mt. 8:12), restándoles mi poder milagroso para derrocharlo en una nación pagana.” Por supuesto que aquellas palabras fueron dichas por Nuestro Señor para hacer evidente ante todos, el poder de la fe de esa mujer y para que todos vean con sus propios ojos que los paganos, en la medida de su fe, se hacen dignos de la misericordia Divina, contrariando así el prejuicio que los judíos tenían hacia ellos.

La cananea en verdad mostró su gran fe y a la vez, la profundidad de una humildad poco común al aceptar aquella comparación con un perro y en la que encontró un motivo para reforzar su ruego: “¡Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” Esta grandiosa fe y profunda humildad fueron recompensadas al instante. Dijo el Señor: “¡Mujer, que grande es tu fe, que se cumpla tu deseo!” En ese mismo momento su hija fue maravillosamente sanada. La particularidad de este milagro reside en que fue realizado a distancia, como aquella curación del siervo del centurión de Cafarnaum (Mt. 8:13), también pagano, cuya fe lo hizo digno de una especial alabanza del Señor.

Curación del sordomudo.

(Mt. 15:29-31; Mc. 7:31-37)

Desde Fenicia el Señor se dirigió hacia el mar de Galilea atravesando el territorio de la Decápolis. Esta tierra representa una federación de diez ciudades, las que con excepción de Escitopolis, estaban situadas al este del mar de Galilea; desde la época del cautiverio judío en Asiria fue habitada por una mayoritaria población pagana. En su camino el Señor curó a un sordomudo (esto es relatado únicamente por el Evangelio de san Marcos). Era habitual que Nuestro Señor efectuara curaciones sólo con Su palabra. En esta ocasión Jesús condujo al enfermo a un costado, para evadir, aparentemente, la trivial curiosidad de la multitud semipagana; le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. En verdad todo fue hecho para despertar la fe del sordomudo, requisito esencial para la curación, pues era sordo y resultaba imposible comunicarse con él. Después, levantando su mirada al cielo, Nuestro Señor suspiró en oración, para dejar en claro a los presentes que Él está sanando con el poder de Dios y no con el poder del demonio como decían los fariseos en sus rumores difamatorios. Habiendo pronunciado con autoridad la palabra “Efata” que significa “Ábrete” en sirio, el Señor lo curó. Como era su costumbre Nuestro Señor ordenó a los testigos no difundir el milagro, tal vez para no entusiasmar a la gente y, por lo tanto, no poner a los fariseos aun más en Su contra. A pesar de sus prohibiciones aquellos que fueron testigos del milagro, lo proclamaron con mayor empeño. Según san Mateo, habiendo atravesado la Decápolis, Nuestro Señor arribó al mar de Galilea. Una vez allí, como siempre, las multitudes salían a su encuentro y lo seguían, y dondequiera que se detuviese la gente se congregaba al instante, presentándole cojos, ciegos, mudos, tullidos y todos los que sufrían diferentes enfermedades. La fe de estas personas en el milagroso poder de Cristo era tan grande que no le pedían nada a Él, sólo colocaban en silencio los enfermos a Sus pies y “Él los curaba.” Viendo estos milagros, la gente glorificaba al “Rey de Israel” reconociendo en Él al Dios del pueblo elegido.

Segunda multiplicación de los panes.

(Mt. 15:32-39; Mc. 8:1-9)

Nuestro Señor permaneció tres días con el pueblo en la inhóspita orilla del lago de Genezareth. Las provisiones de pan se habían terminado, no había donde comprar, y el Señor realizó el milagro de alimentar una vez mas a la muchedumbre; esta vez fueron cuatro mil personas alimentadas con siete hogazas de pan, quedando un remanente de siete canastas. Habiendo saciado a las gentes, Nuestro Señor las dejó ir mientras El y sus discípulos se embarcaban rumbo a la orilla occidental, hacia la región de Magdala, o como dice san Marcos, hacia la región de Dalmanuta. Esta era una pequeña aldea vecina a la ciudad de Magdala, situada en el margen occidental del mar de Galilea.

Los fariseos piden a Jesús una señal mesiánica del cielo.

(Mt. 16:1-12; Mc. 8:11-21)

Apenas Jesús arribó a la orilla, los fariseos y saduceos se aproximaron a El pues estaban aguardándolo. En general, fariseos (conservadores) y saduceos (liberales o librepensadores) eran hostiles entre si. No obstante los unía una común animadversión contra Nuestro Señor. Ellos tentaban a Jesús, pues con hipocresía y falta de sinceridad, pedían que Él les mostrara una señal prodigiosa en el cielo que sirviera como prueba definitiva de Su dignidad mesiánica. Convencidos de que el Señor se rehusaría, ellos buscaban otra razón para proclamar ante el pueblo que no podía ser el Mesías pues no era capaz de obrar tal milagro. Jesús respondió con dureza a los fariseos llamándolos hipócritas, pues ellos, aunque sabían pronosticar el clima al ver señales evidentes, no querían reconocer las claras señales que testimoniaban Su dignidad mesiánica. Una vez mas les dijo: “No se os dará otra señal que la de Jonas.” (Mt. 12:38-45)

No deseando continuar la conversación con aquellos hipócritas, Nuestro Señor se embarcó nuevamente con los Apóstoles para dirigirse a la otra orilla. En el apuro los Apóstoles no lograron aprovisionarse de pan. Mientras tanto Jesús, lamentándose por la ceguera espiritual de los fariseos y saduceos, deseaba evitar que sus discípulos cayeran en tan funesto estado: “¡Cuidado con la levadura de fariseos y saduceos!” San Marcos reemplaza “saduceos” por la expresión “levadura de Herodes.” Esto no cambia el significado de la frase pues Herodes Antipas pertenecía a la secta saducea. Sin embargo, los Apóstoles no comprendieron aquella advertencia y pensaron que Jesús les estaba reprochando el no haber llevado pan con ellos. Entonces el Señor les reprochó su falta de fe, su falta de comprensión y su olvido, recordándoles las dos oportunidades en las que alimentó milagrosamente a varios miles de personas con unos pocos panes. Recién ahí los Apóstoles entendieron que Nuestro Señor les advertía, mediante la alegoría de la levadura, sobre la enseñanza de fariseos y saduceos.

La curación del ciego en Betsaida.

(Mc. 8:22-26)

Este milagro es relatado sólo por san Marcos. El Señor lo realizó luego de haber llegado con sus discípulos a la costa oriental del lago de Genezareth. Camino a Cesárea de Filipo, en la ciudad de Betsaida (también conocida como Julia, en honor de la hija del tetrarca Filipo), le fue traído un ciego al Señor para que Él lo curase con la imposición de Sus manos. Es probable que aquel hombre no haya sido ciego de nacimiento pues, con la imposición de las manos del Señor, el ciego anunció que podía ver a las personas y a los árboles, es decir, el ya conocía cual era el aspecto de aquellos. Una vez efectuada la curación el Señor actuó como lo había hecho al sanar al sordomudo: condujo al hombre fuera de la aldea, puso un poco de saliva en sus ojos y el ciego fue recobrando la visión, no de inmediato, sino de manera gradual, luego de que Jesús posara sus manos dos veces sobre él. Aparentemente, con sus acciones el Señor estaba tratando una vez mas de despertar la fe en este hombre lo cual era imprescindible para la realización del milagro. Luego Nuestro Señor lo envió a su hogar ordenándole que no entrara en la aldea y que no diera noticia alguna sobre este milagro.

El Apóstol Pedro confiesa que Jesucristo es el Hijo de Dios.

(Mt. 16:13-20; Mc. 8:27-30; Lc. 9:18-21)

Nuestro Señor y sus discípulos se dirigieron desde Betsaida hacia los límites de Cesárea de Filipo. Esta ciudad, antiguamente llamada Paneas, se hallaba en la frontera norte de la tribu de Neftalí, en el origen del Jordán, al pie del monte Líbano. Fue ampliada y embellecida por el tetrarca Filipo quien la llamó Cesárea en honor del Cesar (el emperador romano Tiberio). Esta Cesárea de Filipo debe diferenciarse de su homónima situada en Palestina sobre la costa del mar Mediterráneo.

Se aproximaban los últimos días de la vida de Nuestro Señor sobre la tierra y los discípulos elegidos por Él para difundir sus enseñanzas, aun no estaban preparados para llevar a cabo su gran misión. Por ese motivo Nuestro Señor buscaba frecuentemente la manera de quedarse a solas con ellos para conversar y acostumbrarlos a la idea de que el Mesías no era como ellos suponían un rey terrenal que sometería a todas las naciones del mundo a favor de Israel. Por el contrario, Su Reino no pertenece a este mundo, y este Rey sufrirá por la humanidad, será crucificado y resucitará de entre los muertos.

Este prolongado viaje en compania de los Apóstoles sirvió de ocasión para conversar a solas con ellos. Nuestro Señor les preguntó: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” Los discípulos respondieron que el pueblo tenia distintas opiniones sobre Él. Así, en la corte de Herodes Antipas creían que Jesús era Juan el Bautista resucitado. Existía la creencia popular de que la Venida del Mesías debía ser preparada por un profeta del Antiguo Testamento, y el pueblo sostenía que Él era uno de esos grandes profetas; mientras unos decían que se trataba de Elías, otros opinaban que Jesús era Jeremías o algún otro profeta. Para muchos Jesús era tan sólo el precursor del Mesías. Entonces Jesús preguntó: “Y vosotros, ¿Quién decís que Soy?” La respuesta partió del “muy ferviente Pedro” al que san Juan Crisostomo llamó “la voz de los Apóstoles”: “¡Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo!” Marcos y Lucas se limitan a transcribir este episodio agregando tan sólo que Jesús prohibió hablar a sus discípulos sobre este tema con persona alguna. San Mateo es más explícito y añade que el Señor elogió a Pedro diciendo: “Bienaventurado eres Simón hijo de Jonas, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” Esto quiere decir: “no creas que tu fe es fruto de la contemplación de tu mente. Por el contrario, considera tu fe como un precioso don de Dios.” Nuestro Señor dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” porque Pedro había dicho previamente: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Y por eso le dijo el Señor “sobre esta piedra que acabas de confesar edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” Desde su primer encuentro con Simón, Nuestro Señor lo llamó con el nombre griego “Petros” equivalente a “Khefas” en sirio caldeo, que significa piedra. (Jn. 1:42) ¿Acaso pueden entenderse las palabras del Señor como una promesa fundacional de Su Iglesia sobre la persona de Pedro, como lo hace la Iglesia Romana para justificar su falsa doctrina sobre la primacía papal como sucesor apostólico y primado de la Iglesia Universal? ¡Ciertamente no! Si Nuestro Señor hubiese querido presentar a Pedro como el fundamento de la Iglesia, entonces hubiese dicho: “Tu eres Pedro y sobre ti edificaré mi Iglesia.” Sin embargo, lo expresado por el Señor difiere absolutamente. Esto puede apreciarse en el texto griego del Evangelio, al que es imprescindible recurrir toda vez que surja alguna duda. La palabra “Petros” aunque significa piedra es reemplazada luego por “petra” que quiere decir “roca.” Es evidente que en las palabras del Señor, que van dirigidas a Pedro, existe la promesa de fundar Su Iglesia, pero no sobre la persona del Apóstol sino sobre la confesión de su fe, es decir sobre la sublime verdad de que “Cristo es el Hijo de Dios vivo.” Así han comprendido este pasaje san Juan Crisostomo y otros célebres padres de la Iglesia, entendiendo por “piedra” a la confesión de la fe en Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios. Dicho con mayor simpleza, esa “piedra” es Nuestro Señor, quien en las Sagradas Escrituras aparece con frecuencia identificado con ese término (confrontar Ex. 28:16; Hechos 4:11; Rom. 9:33; I Cor. 10:14) Es digno de destacar que el propio Apóstol Pedro, en su Primera Epístola Católica, utiliza el vocablo “piedra,” no para referirse a sí mismo, sino para nombrar a Nuestro Señor con la finalidad de que los fieles que se acerquen a Jesucristo como “la piedra viva que los hombres rechazaron pero que para Dios es preciosa y elegida,” se transformen ellos mismos en piedras vivas de la morada espiritual. San Pedro enseña a los fieles a recorrer el mismo camino que él transitó siendo “Petros,” habiendo confesado que Jesucristo es la “Piedra de la fe.” Así el significado de esta profunda y maravillosa frase de Cristo es el siguiente: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonas, porque has conocido esto no con los instrumentos humanos sino a través de la Revelación que te hizo mi Padre Celestial. Y ahora Yo te digo que no en vano te he llamado Pedro, pues aquello que tú has confesado es el fundamento de Mi Iglesia, que será invencible y ninguna fuerza hostil del infierno prevalecerá contra Ella.”

La expresión “puertas del infierno” es característica del uso oriental de la época. Las puertas de las ciudades eran especialmente fortificadas frente a cualquier invasión; allí por ejemplo, se reunían las autoridades para deliberar, juzgar y condenar a los reos, y muchos otros asuntos comunitarios.

Te daré las llaves del Reino de los Cielos y todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo y todo lo que desates aquí en la tierra será desatado en el cielo.” Esta promesa hecha en apariencia sólo a Pedro, mas tarde se hizo efectiva a todos los Apóstoles. Se trata de la prerrogativa que tienen todos los Apóstoles y sus sucesores, los obispos de la Iglesia, de asumir la responsabilidad de juzgar a los pecadores y castigarlos, separándolos de la Iglesia si es necesario. El poder de desatar significa aquí el poder para perdonar los pecados y aceptar a la gente en el seno de la Iglesia por medio del Bautismo y el Arrepentimiento. Todos los Apóstoles por igual recibieron esta gracia del Señor luego de Su Resurrección. (Jn. 20:22-23) Con el propósito de no encender las pasiones en el pueblo debido a las falsas expectativas acerca del Mesías, Nuestro Señor prohibió que sus discípulos lo llamasen Cristo.

Nuestro Señor anuncia su muerte y resurrección.

(Mt. 16:21-28; Mc. 8:31-38; 9:1; Lc. 9:22-27)

El Señor convoca a sus discípulos para proclamarlo como Mesías e Hijo de Dios, anunciándoles los sufrimientos que lo aguardan en Jerusalén, a fin de conciliarlos con la idea de Su destino terrenal cual es el de rebatir las ideas materialistas de los judíos sobre el Mesías, y consagrar a sus discípulos para el gran misterio de su tarea redentora. Profundamente dedicado al Señor, aunque no del todo exento de las ideas judías sobre el Mesías como rey terrenal, el ferviente y decidido Pedro no podía tolerar semejante revelación de tan amado Maestro. Como no deseaba contradecirlo delante de todos, Pedro, llevándolo aparte, le dice: “Señor, tú eres misericordioso. Nunca te sucederá tal cosa.” Esto significa: “¡No lo permita Dios! No puede ser que esto vaya a ocurrirte.” Estas palabras expresan la idea de que los padecimientos y la muerte son incompatibles con la dignidad de Nuestro Señor Jesucristo como Mesías, Hijo de Dios.

Nuestro Señor contestó indignado: “¡Apártate de Mí, Satanás!” Jesús tenía en claro que no era Pedro el que decía aquella frase, cuya finalidad era desviarlo de Su inminente Pasión, sino el mismísimo tentador, Satanás. Este utilizaba la pureza de sentimientos de Pedro para generar vacilación en la naturaleza humana de Cristo ante su acción redentora de la humanidad. Es notable que Nuestro Señor, poco tiempo antes había llamado “piedra” a Pedro, y ahora, con un intervalo tan breve, lo llama “Satanás,” con lo que clara y sólidamente se refuta la incorrecta enseñanza católico – romana según la cual la Iglesia de Cristo ha sido fundada sobre la persona de Pedro. ¿Puede acaso la Iglesia de Cristo, contra la que no han de prevalecer las puertas del infierno, tener un basamento mutable inconstante e inestable?

Si se entendieran todas las palabras del Señor de modo literal, como lo hacen en primer término los católicos, la conclusión seria totalmente imposible, absurda y a la vez terriblemente lógica pues, desde ese punto de vista, la Iglesia de Cristo: ¡se fundamenta en Satanás!

Eres un estorbo en Mi camino” dice Nuestro Señor a Pedro. Eutimio Zigabeno explica esto del siguiente modo: “contrariando Mi voluntad te conviertes para Mí en obstáculo cuando deseas que no se cumpla aquello por lo que Yo he venido y para lo cual existe un eterno mandato de Dios.” “Tus pensamientos no son según Dios, sino puramente humanos,” es decir no piensas en lo que complace a Dios y lo dispuesto por Él en relación con el sufrimiento y la muerte del Mesías; piensas en aquello que deseaban los judíos, conforme a sus humanas especulaciones — el Mesías debía ser un poderoso rey y conquistador terrenal. Es propio del ser humano cuidar su vida, eludir los sufrimientos y anhelar el bienestar, el placer terrenal. Es por este camino que el diablo pretende arrastrar a la humanidad pues desea su perdición. Pero el camino de Cristo y sus seguidores es diferente. “El que quiera venir en pos de Mí” dice Jesús, es decir, aquel que quiera convertirse en Mi fiel seguidor, “niéguese a sí mismo.” Negarse a sí mismo implica renunciar a su voluntad y deseos naturales. “Tome su cruz,” esto es: aquel que quiera seguir a Cristo debe estar predispuesto a privaciones, sufrimientos y la muerte misma. “Y sígame,” significa imitar a Cristo en su esfuerzo, abnegación y renuncia a Sí mismo. “Pues el que quiera salvar su vida la perderá; y el que por Mí la pierda, la hallará.” El que pretenda organizar su bienestar terrenal, perderá la vida eterna; sólo el que no se compadece a causa de Cristo conservará su alma para la eternidad. “¿Y que aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” ¿Qué sentido tiene obtener todos los honores y placeres del mundo, adquirir tesoros perecederos para disponer de ellos en esta vida? El alma humana es más valiosa que cualquier tesoro en la tierra; el alma que se ha perdido no puede rescatarse con riqueza terrenal alguna — “¿Qué cosa puede dar el hombre a cambio de su vida?” A esta idea sobre la eterna perdición de los hombres que procuran conservar su vida para este mundo, el Señor añade otro pensamiento: Su segunda y terrible venida en la que cada uno recibirá “según sus obras.” Esta es una idea fundamental pues refuta los principios protestantes y sectarios, negadores del significado que las buenas obras tienen para la salvación. Con relación a esto, los Evangelios de Marcos y Lucas citan otras palabras importantes del Señor: “De aquel que se avergüence de Mí y de mi doctrina ante esta raza adúltera y pecadora, se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga revestido de su gloria la de su Padre y la de los santos ángeles.” Es decir, aquel que sienta vergüenza de ser contado entre los discípulos de Cristo y cumplir el mandamiento de llevar la cruz, no hallará recompensa durante la celebración del Juicio Final.

Jesucristo culminó su enseñanza con estas significativas palabras: “Os digo con toda verdad; hay algunos de los aquí presentes, que no morirán sin haber visto antes al Hijo del Hombre presentarse con su Reino.” Estas palabras han dado motivo para que algunos vean aquí una indicación sobre la proximidad de la Parusia (Segunda Venida de Cristo), haciéndolos dudar en cuanto a su cumplimiento. Marcos y Lucas aclaran la manera en la que deben entenderse estas palabras. San Lucas ofrece la siguiente versión: “hasta que vean el Reino de Dios” y san Marcos completa: “hasta que vean el Reino de Dios venir con todo su poder.” Aquí se hace referencia a la revelación del Reino de Dios, el poder de la gracia entre los fieles sobre la tierra, la institución de la Iglesia de Cristo y no a la Parusia. “El Reino de Dios venido con todo su poder” es la Iglesia fundada por Nuestro Señor. Algunos discípulos contemporáneos de Jesús se hicieron dignos de ver la difusión de Su Iglesia por toda la faz de la tierra.

La Transfiguración del Señor.

(Mt. 17:1-13; Mc. 9:2-13; Lc. 9:28-36)

Este hecho es relatado por los tres sinópticos. Todos ellos lo relacionan con el anuncio que el Señor hizo sobre Su próxima Pasión, la cruz que sus seguidores deberán cargar y la inminente revelación del Reino de Dios con toda su pujanza. Este anuncio fue hecho seis días antes de la Transfiguración (según san Lucas ocho días). Jesús eligió a Pedro, Santiago y Juan, sus más cercanos y confiables discípulos, quienes estuvieron con Él en los momentos más solemnes e importantes de Su vida terrenal. Nuestro Señor “los condujo a un monte alto.” Los Evangelistas no identifican este monte, pero las antiguas tradiciones cristianas testimonian con unanimidad que se trata del monte Tabor situado en Galilea, al sur de Nazaret, en la magnífica llanura de Esdrelón. Esta majestuosa montaña de 3000 pies de altura presenta una falda cubierta por una hermosa vegetación. Desde la cima se puede contemplar un espléndido panorama.

Y se transfiguró ante ellos” Cristo se manifestó en toda su gloria celestial; su rostro brillaba como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas; según san Mateo eran “como la luz“; san Marcos dice que eran “como la nieve“; según san Lucas eran “resplandecientes.” San Lucas realiza una importante acotación cuando señala que el propósito de subir a la montaña era orar y que Nuestro Señor se transfigurara durante esa oración. “Y mientras estaban orando, Su rostro se transfiguró y Sus vestidos se volvieron brillantes y resplandecientes como la luz.” San Lucas relata también que durante la oración los discípulos estaban sumidos en profundo sueño. Apenas despertaron, vieron la gloria del Señor transfigurado y a Moisés y Elías que lo acompañaban y hablaban con Él. San Lucas dice que ellos hablaban “de la muerte que Jesús iba a padecer en Jerusalén.” San Juan Crisostomo explica la razón por la cual aparecieron especialmente Moisés y Elías: “algunos consideraban que Jesús era Elías o algún otro profeta. Por ello la aparición de los profetas más importantes permitió diferenciar al Señor de sus siervos. Moisés apareció para mostrar que Jesús no era un transgresor de la ley, como lo presentaban escribas y fariseos. Ni Moisés, a través de quien fue dada la ley de Dios, ni Elías, el ardiente custodio de la gloria Divina, no hubieran aparecido ni obedecido las órdenes de Quien no fuera verdaderamente el Hijo de Dios.” Las apariciones de Moisés, muerto mucho tiempo atrás, y de Elías que no había visto la muerte por haber sido arrebatado vivo al cielo, demostraban la soberanía de Nuestro Señor Jesucristo sobre la vida y la muerte, sobre el cielo y la tierra. San Pedro ilustra el estado beatífico y maravilloso en el que se hallaban las almas de los Apóstoles, cuando dice: “¡Maestro, que bien se está aquí! Hagamos tres tiendas, una para Ti, una para Moisés y una para Elías.” Era como si el apóstol Pedro hubiera querido decir: es mejor no retornar al mundo del odio y la perfidia en el que los sufrimientos y la muerte te amenazan. San Marcos testimonia la alegría que embargaba a Pedro, esta era tan grande que él: “no sabia que decir” (Mc. 9:6).

Una nube milagrosa, símbolo de la excepcional presencia Divina, los envolvía (una nube similar, llamada “shejina” se hallaba siempre presente en el santo de los santos —3 Rey. 8:10-11), y la voz de Dios Padre se oyó desde la nube: “Este es Mi Hijo muy amado en quien me complazco; prestadle atención.” Palabras semejantes fueron escuchadas durante el Bautismo del Señor, pero aquí se agrega “prestadle atención,” lo cual recuerda la profecía de Moisés acerca de Cristo (Dt. 18:15). Nuestro Señor prohibió a los Apóstoles contar a nadie lo que habían visto “hasta después que el Hijo del Hombre resucitase de entre los muertos,” para no despertar en los judíos expectativas materiales sobre el Mesías. San Mateo añade un detalle tomado del propio testimonio de Pedro, con respecto a que los discípulos “guardaron esta orden” preguntándose azorados por qué el Señor debía morir para resucitar mas tarde “de entre los muertos.” Convencidos por completo de que el Maestro Jesús es en verdad el Mesías, ellos preguntan: “¿Cómo dicen los escribas que primero ha de venir Elías? Nuestro Señor confirma esto: “Cierto es que Elías vendrá primero y restablecerá todas las cosas” (en griego “apocatastasi” es decir “restablecer”). Este es el sentido de la profecía de Malaquías (4:5-6): “dirigirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres.” Es necesario que aparezca Elías en el mundo para restaurar los puros y bondadosos sentimientos primigenios en el alma de la gente. Sin ello la obra del Mesías no tendría éxito, al no encontrar un terreno favorable en los corazones enquistados en el pecado y endurecidos por un prolongado estilo de vida en iniquidad. “Yo os digo que Elías ha venido ya y en vez de reconocerlo, lo trataron como les dio la gana.” Elías había venido en la persona de Juan el Bautista, pues Dios había concedido al Precursor el espíritu y el poder de Elías; pero no lo reconocieron, lo arrojaron en un calabozo y lo condenaron a muerte. Nuestro Señor concluye su pensamiento con las palabras: “Así el Hijo del Hombre padecerá en manos de ellos.” Los judíos no reconocieron a Elías (Juan el Bautista) y lo mataron; de la misma manera, tampoco reconocerán al Mesías y lo condenarán a muerte.

La curación de un joven poseído.

(Mt. 17:14-23; Mc. 9:14-32; Lc. 9:37-45)

Los tres sinópticos relatan esta curación indicando que fue realizada por Nuestro Señor inmediatamente después de que hubo bajado del monte de la Transfiguración. Una muchedumbre rodeaba a los discípulos del Señor aguardándolo al pie del Tabor. San Marcos dice que los discípulos estaban discutiendo con los escribas y testimonia que “todo el pueblo” al ver a Cristo bajar del monte, se quedó “muy sorprendido” pues Su rostro y Su apariencia toda conservaban aun el brillo de aquella gloria con la que Nuestro Señor resplandeció en el Tabor. Un hombre se acercó al Señor para rogarle que curase a su hijo, quien cada luna nueva, enloquecía y sufría enormemente, arrojándose primero al fuego y luego al agua. También le dijo al Señor que se lo había presentado a Sus discípulos mas ellos no pudieron curarlo. Al oír acerca del fracaso de Sus discípulos, a pesar de haberles dado el poder sobre los espíritus malignos, el Señor exclamó: “¡Oh raza incrédula y perversa! ¿Hasta cuando he de estar con vosotros? ¿Hasta cuando he de soportaros? Algunos exégetas atribuyen este reproche del Señor a la falta de fe de sus discípulos que los volvió incapaces de curar al endemoniado; otros lo aplican a todo el pueblo judío. Luego, san Mateo relata que Nuestro Señor ordenó traer al joven poseído e “increpó con dureza al espíritu impuro el cual salió del joven.” Los Evangelistas Marcos y Lucas citan algunos pormenores. El joven sufrió un terrible ataque de locura apenas vio a Jesús. Nuestro Señor preguntó: “¿Cuánto tiempo hace que está así?” El padre del muchacho respondió: “desde la infancia y agregó: “¡Si es que puedes hacer algo, ten compasión de nosotros, socórrenos!” Nuestro Señor contestó: “Todo es posible para el que tiene fe.” Cubierto de lágrimas, el padre de aquel desafortunado jovencito exclamó: “Creo, Señor, remedia mi incredulidad” Este hombre reconoció con humildad la insuficiencia e imperfección de su fe. Esta humilde confesión fue recompensada: el joven fue liberado del demonio.

Los discípulos quisieron saber la razón por la cual ellos no habían logrado expulsar aquel demonio. “Por vuestra falta de fe” les dijo Jesús. Sucedió que ellos, habiéndose enterado por el padre del joven sobre la acción tenaz y duradera de aquella fuerza demoniaca, experimentaron la duda con respecto a su poder de expulsar al demonio, y por ello, fracasaron. De igual modo aconteció con Pedro. Él iba caminando al encuentro de Jesús sobre las aguas, pero comenzó a hundirse cuando experimentó la duda en medio del fuerte viento y el oleaje. Nuestro Señor dijo también: “Si tuvierais fe, aunque fuese tan pequeña como un grano de mostaza, diríais a esta montaña: muévete a otro sitio y se moverá; y nada será imposible para vosotros.” Esto significa que mientras haya fe, aunque sea pequeña, esta es capaz de obrar grandes prodigios, pues en ella reside un enorme poder; a semejanza de lo que ocurre con un grano de mostaza, en apariencia insignificante, pero que desarrolla un árbol colosal. Sin embargo, no debemos pensar que la fe tiene un poder que le es propio: la fe es una condición imprescindible para que tenga lugar la acción todopoderosa de Dios. Dios puede obrar milagros aunque la fe sea insuficiente, como en este caso: el joven poseído se curó a pesar de la poca fe de su padre. “Todo es posible para el que tiene fe. Esto significa que Nuestro Señor puede hacer cualquier cosa por el hombre, siempre y cuando este tenga fe. La fe es la receptora de la gracia Divina y ésta es la que efectúa los milagros. A manera de conclusión, el Señor pronunció estas significativas palabras: “Esta clase de demonios no se arroja sino a fuerza de oración y ayuno.” La verdadera fe debe ir acompañada del esfuerzo de la oración y el ayuno. La fe genuina engendra oración y ayuno, y estos, contribuyen a un mayor fortalecimiento de la fe. Por ello la himnografia de la Iglesia Ortodoxa enaltece la oración y el ayuno como escudos contra los demonios y las pasiones. “Los demonios presienten a lo lejos al que ayuna y reza” — dice el obispo Teofanes el Recluso— “y huyen despavoridos para no recibir un golpe mortal. ¿Puede suponerse que el demonio está allí donde no existen el ayuno ni la oración? Mi respuesta es afirmativa.”

Durante la permanencia de Nuestro Señor y sus discípulos en Galilea, Él “les enseñaba que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores; ellos le darían muerte, pero que después de muerto resucitaría al tercer día.” Los discípulos no comprendieron estas palabras y tenían miedo de hacerle preguntas (Mc. 9:31-32). Jesucristo advirtió que ese era el momento para que sus discípulos conozcan la proximidad de Su pasión, muerte y resurrección. Por ello en mas de una oportunidad les repitió esas palabras para fijarlas en su memoria y así prepararlos. No obstante, ellos aun no estaban exentos de los habituales prejuicios que los judíos tenían acerca del Mesías y las palabras del Señor les resultaron incomprensibles.

Jesús paga la contribución del templo.

(Mt. 17:24-27)

A Nuestro Señor Jesucristo le fue exigido el pago de la contribución anual del templo. Por supuesto que siendo el Hijo de Dios, Él debería haber estado exento de ese tributo; sin embargo Jesús, no quería dar un nuevo motivo para que lo acusaran de transgredir la ley. Como no tenía dinero, Jesús le enseño a Pedro donde y como obtener la requerida “estatera,” equivalente a cuatro dracmas. De ese modo pagaría el tributo de ambos. Este milagro es según la interpretación del obispo Miguel, un testimonio directo de la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo: “Si el Señor sabía que el primer pez que sacaría Pedro del agua había engullido una estatera, entonces Él es omnisciente. Si Él, en cambio, había creado aquella estatera en la boca del pez, entonces es omnipotente.”

Discusión sobre quién es más grande en el Reino Celestial.

(Mt. 18:1-5; Mc. 9:33-37; Lc. 9:46-48)

Después del milagroso pago del tributo en Cafarnaum, los discípulos comenzaron a discutir acerca de quien era más grande entre ellos; quien tendría preeminencia en cuanto a poder y honores en el Reino del Mesías, cuya revelación estaba muy próxima. Ellos, acercándose a Jesús, le preguntaron: “¿Quién es entonces el más grande en el Reino de los Cielos?” La respuesta del Señor fue directa y definitiva y estaba dirigida contra cualquier inclinación que tuviesen sus discípulos por la supremacía: “Si alguien desea ser el primero tendrá que ser el último de todos y el siervo de todos.” El Señor parece decirles: “No se afanen por la supremacía en Mi Iglesia, pues ella esta relacionada con las más arduas tareas y los mayores renunciamientos, y no con la paz y la gloria que ustedes se imaginan.” Llamando a un pequeño niño —-según el testimonio de Niceforo, mas adelante resultó ser el santo mártir Ignacio el Teoforo, obispo de Antioquía — Jesús lo presentó en medio de sus discípulos y señalándolo expresó: “En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños no entrareis en el Reino de los Cielos.” Esto significa: Si ustedes no abandonan sus falsas opiniones sobre el Reino del Mesías y sus vanas esperanzas de obtener los primeros lugares en ese Reino, no podrán entrar en él. Los niños tienen un corazón puro; no tienen pensamientos preconcebidos de fama o posesiones. Ellos son inocentes y mansos; carecen de envidia, vanagloria y deseo de protagonismo — cualidades estas que deberían ser imitadas por aquellos que desean entrar al Reino Celestial. “Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de éstos será el más grande en el Reino de los Cielos.” El que se humilla es consciente de su indignidad para ingresar en el Reino Celestial y siempre se considerará inferior a los demás; sólo este será grande en verdad. El que renuncia a su supuesta grandeza, se convierte de la soberbia y vanagloria a la mansedumbre y humildad, se hace pequeño como un niño adquiriendo así mayor significación en el Reino Celestial.

Al mismo tiempo Nuestro Señor dio una lección a sus discípulos sobre la manera en que deben interactuar los miembros del Reino de Cristo: “El que en Mi Nombre recibe a un niño pequeño como éste, a Mí me recibe.” El que trate a estos niños pequeños o a cualquier persona mansa y humilde semejante a ellos, con amor en el Nombre de Cristo, cumpliendo sus mandamientos de amar a los débiles y afligidos, lo hará como si lo hiciera con Cristo en persona. Aquí el discurso del Señor narrado por san Mateo fue, según san Marcos y san Lucas, interrumpido por las palabras del apóstol Juan acerca del hombre que expulsaba demonios en el Nombre de Cristo.

En el Nombre de Cristo se obraban milagros.

(Mc. 9:38-41; Lc. 9:49-50)

Las palabras del Señor: “Quien recibe a uno de estos (débiles, temerosos y mansos) en mi Nombre a Mí me recibe” hicieron recordar a Juan que los Apóstoles habían visto a un individuo que, en el Nombre de Cristo, expulsaba demonios y se lo habían prohibido porque no estaba con ellos. Es evidente que el tierno y sensible corazón del Apóstol Juan había percibido que la actitud de los discípulos fue contraria a las enseñanzas de Cristo. Ellos habían dejado todo para seguir a Cristo, Él los había elegido como los Doce discípulos más cercanos y fieles, e incluso, recibieron el poder de efectuar curaciones. Todo esto les había dado un motivo para suponer que ellos ostentaban el derecho de prohibir toda obra en Nombre de Cristo a quienes no formaran parte de su grupo. En una época en la que las autoridades judías profesaban una evidente hostilidad hacia Jesús, no estaban exentos de peligro aquellos que se declarasen abiertamente como discípulos de Cristo. Por esta razón Nuestro Señor tenía numerosos discípulos anónimos, entre ellos José de Arimatea. Es probable que uno de estos seguidores secretos de Jesús haya sido aquel hombre que expulsaba demonios en Su Nombre. Los apóstoles no quisieron reconocerlo como uno de ellos y le impidieron proseguir su actividad. Justificaron esa prohibición diciendo: “El no es uno de los nuestros.” Nuestro Señor Jesucristo no aprobó la actitud de sus discípulos. “No se lo prohibáis” dijo Jesús; “no se lo impidan porque todo aquel que obra milagros en Mi Nombre indudablemente cree en Mi. El que cree en Mi no puede ser mi enemigo por lo menos en el presente ni en el futuro más próximo.” “El que no está contra nosotros, está con nosotros; por ello no prohiban realizar milagros en Mi Nombre a quienes, por alguna razón, no se atreven abiertamente a manifestarse como mis discípulos. Por el contrario, cooperen con ellos y sepan esto: Quien en mi Nombre preste algún servicio a mis seguidores, aunque más no sea sirviéndole un vaso de agua fresca no quedará sin recompensa.” Todo lo contrario expresaba el Señor sobre aquellas personas que no están con Cristo; no son fríos ni calientes y se comparan con un campo que, a pesar de haber sido labrado y regado, no daba sus frutos. Estas personas por su naturaleza interior están en contra de Cristo (Mt. 12:30).

La lucha contra las tentaciones.

(Mt. 18:6-10; Mc. 9:42-50; Lc. 17:1-2)

La discusión sobre la primacía de los Apóstoles, el niño abrazado por el Señor y la noticia del hombre que expulsaba demonios en el Nombre de Cristo dirigieron la conversación del Señor hacia la protección de los pequeños y desvalidos contra las tentaciones a las que pueden someterlos los poderosos de este mundo. “Al que escandalizase a uno de estos pequeñuelos que creen en Mi, mas le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar…” Es preferible la muerte para el que tentare a un seguidor de Cristo pues, a través de la tentación, puede destruir el alma del hombre por el que Cristo murió. En consecuencia esa persona está cometiendo el peor de los crímenes y merece el castigo más severo. Por “piedra de molino de asno” debe entenderse la enorme piedra superior en el molino puesta en movimiento por un asno. Nuestro Señor dijo apenado: “¡Ay del mundo por los escándalos!”; el mundo no puede evitar las tentaciones pues está inmerso en el mal (I Jn. 5:19). La humanidad se encuentra en un estado de deterioro pecaminoso y el demonio está en constante búsqueda de sus presas entre la gente. Sin embargo, esto no significa que las tentaciones estén permitidas. Por el contrario: “¡Ay de aquel por el que viniere la tentación!” Pobre de aquel que, por desprecio o negligencia, involucra deliberadamente a su prójimo en un pecado. Para ilustrar cuan terrible es el mal que comete una persona cuando escandaliza a otra, Nuestro Señor recuerda una vez mas los dichos del Sermón de la montaña concernientes a la mano o al pie que escandalizan. La expresión que alude a la necesidad de cortarlos, tanto como arrancar el ojo que escandaliza, significa que para una persona no hay mayor mal que el pecado. En consecuencia, para evitar la caída en el pecado a veces será necesario sacrificar lo más próximo y querido. La expresión que cita san Marcos: “donde ni el gusano muere” presenta al pecado con la imagen de un cadáver devorado por gusanos. El gusano es el símbolo de la conciencia que tortura sin cesar a la persona con los recuerdos de pasadas transgresiones (Is. 66:24). “Todos serán abrasados por el fuego” — todos serán sometidos a padecimientos; en consecuencia, quien no haya sufrido en la vida terrenal sometiendo y extinguiendo a sus pasiones (I Cor. 9:27) deberá soportar el fuego eterno. Según la ley de Moisés (Lev. 2:13), la ofrenda en holocausto a Dios debía ser sazonada con sal; del mismo modo las llamas del infortunio, pruebas y esfuerzos terrenales deben preparar a los Apóstoles y a sus seguidores como sacrificio agradable a Dios. “Tened sal en vosotros,” la sal representa aquellos sublimes principios morales y reglas que purifican el alma y la protegen de la corrupción; la sal de la sabiduría verdadera y de las saludables enseñanzas (Col. 4:6). “Vivan en paz unos con otros,” la paz es fruto del amor y expresión de plenitud adquirida a través del renunciamiento. Uno no debería pensar sobre quien es más grande en el Reino Celestial, pues esto conduce a divisiones, insatisfacción y animosidad. En cambio, debería meditar en qué modo convertirse en la “sal” para estar en paz y unidad de amor con su prójimo.

Parábola de la oveja perdida.

(Mt. 18:10-20; Lc. 15:3-17)

En esta parábola se describen el amor incondicional y la misericordia de Dios por la humanidad caída. “Cuidado con tratar con desprecio a uno de estos pequeños” La expresión: “no los despreciéis” se utiliza como “no los escandalizeis,” es decir no los consideren tan insignificantes al punto que escandalizarlos implique poca cosa para ustedes. “Estos pequeños” son los verdaderos cristianos, aquellos que se humillaron voluntariamente por causa del Reino de los Cielos. Cada uno de ellos tiene un Angel Custodio dado por Dios; por lo tanto si Dios mismo se preocupa por ellos, ¿cómo podría la gente despreciarlos? “El Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que había perecido.” El mismísimo Señor bajo a la tierra para salvar a aquellos pequeños. Para mostrar con mayor evidencia cuan cara es la salvación de la humanidad a los ojos de Dios. Nuestro Señor se compara con un pastor. Este, dejando a todo el rebaño, esto es las incontables huestes angelicales, fue en búsqueda de la oveja perdida — el hombre caído. El bienaventurado Teofilact explica el significado de esta parábola: “Dios se ocupa de la conversión de los pecadores y se alegra mucho mas por ellos que por aquellos que se consolidan en las virtudes.” Mas adelante continua Nuestro Señor con la enseñanza sobre la corrección del prójimo, estrechamente vinculada con la prohibición de escandalizarlo. Seducir al prójimo arrastrándolo al pecado va en contra del amor, pero no es menos contrario al amor la falta de preocupación en corregir al prójimo cuando este peca. Esto debe hacerse con cuidado, con amor fraterno; primero habrá que corregirlo en privado y si él reconoce su pecado y culpabilidad entonces, dice Jesús “habrás ganado a tu hermano,” habrás recuperado al que, caído en el pecado, había dejado de ser miembro del Reino de Cristo. Si en cambio, el no escucha tu amonestación fraternal ni tu exhortación, y permanece obstinadamente en el pecado, entonces habrá que buscar una o dos personas mas que sirvan de testigos de su comportamiento. Estos pueden influenciarlo con mayor firmeza para que el pecador se arrepienta — la ley de Moisés exigía en todo proceso judicial la comparecencia de dos o tres testigos (Dt. 19:15). Si aun así se niega a obedecer “dilo a la Iglesia“; aquí por “Iglesia” debe comprenderse no a todos sus integrantes sino a quienes la encabezan, los sacerdotes y obispos que tienen poder para atar y desatar. “Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como pagano o publicano.” Quiere decir que su endurecimiento es tal que desconoce la autoridad de los pastores de la Iglesia; debe ser excomulgado, del mismo modo que paganos y publicanos eran evitados en el trato por los judíos. El individuo que desconoce la autoridad de la Iglesia no deberá ser considerado como un hermano; toda comunión cristiana y fraternal con el debe cesar. Estos pecadores obstinados, que niegan la autoridad eclesiástica, son expulsados del seno de la Iglesia. Un ejemplo de ello nos lo ofrece san Pablo en I Cor. 5. En las palabras de Jesús encuentra su fundamento la excomunión, llamada “anatema” en plena concordancia con I Cor. 16:22, como práctica desde la época apostólica. Anatema no significa “maldición” como suponen muchos contemporáneos detractores de la Iglesia, cuando consideran que Ella, permitiendo actos semejantes es contraria al amor cristiano. El “anatema” es una medida extrema de persuasión utilizada para corregir a pecadores obstinados y evitar consecuencias mayores. Nuestro Señor mismo concedió a las autoridades de la Iglesia el derecho de anatematizar cuando dijo: “En verdad os digo, que todo lo vosotros atareis en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.” Aquello que fue prometido en una oportunidad a Pedro (16:19) ahora se extiende a todos los Apóstoles, quienes transmitieron ese poder a sus sucesores, los obispos de la Iglesia, para continuar la obra apostólica sobre la tierra. En cualquier otra situación, en la que los Apóstoles de Cristo se unen en oración por alguna necesidad, el Señor les promete cumplir sus anhelos pues “donde haya dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estaré en medio de ellos.”

El perdón de las ofensas. Parábola del siervo despiadado.

(Mt. 18:21-35; Lc. 17:3-4)

La instrucción del Señor sobre el perdón del hermano pecador y arrepentido motivó la siguiente pregunta de Pedro: “¿Señor, cuantas veces debo perdonar a mi hermano si me ofende?” Este interrogante surgió pues, según las enseñanzas de los escribas judíos, uno podía perdonar sólo en tres oportunidades. Pedro, deseando superar la rectitud del Antiguo Testamento y aparentar magnanimidad, pregunta si es suficiente perdonar hasta siete veces. Cristo responde que uno debe perdonar hasta setenta veces siete, por lo tanto es necesario perdonar siempre, incontable número de veces. Como explicación de este perdón incondicional, constante y total, Nuestro Señor relató la parábola del soberano misericordioso y del siervo despiadado. En esta parábola Dios aparece como un soberano a quien sus siervos le deben ciertas sumas de dinero. De modo similar el hombre, cuando peca y no realiza las buenas acciones a las que está obligado, aparece como deudor ante Dios. “Cancelar las cuentas” significa pedir que se pague la deuda, lo cual es descripto en la parábola mediante la rendición de cuentas que Dios exigirá a cada persona en el Juicio Final, y que en parte comenzará durante el Juicio personal después de la muerte. El siervo que tenía una deuda de “diez mil talentos” representa al pecador que ante el rostro de la verdad Divina aparece como deudor insolvente. Diez mil talentos era una suma exorbitante; cada talento equivalía a 3000 siclos (la moneda sagrada de los judíos) y a 60.000.000 de denarios (1 denario era la paga diaria de un jornalero). Evidentemente la cifra aquí indicada expresa un valor incalculable. De acuerdo a la ley de Moisés el soberano podía ordenar que el siervo fuese vendido (Lev. 25:39-47). Movido por los ruegos de su siervo, el soberano se compadeció y perdonó toda la deuda. Esta es una maravillosa imagen de la misericordia de Dios por los pecadores arrepentidos. Sin embargo, aquel siervo apenas salió se encontró con uno de sus compañeros que le debía una suma insignificante en comparación con la primera: unos 100 denarios. Tomándolo por el cuello, comenzó a ahogarlo a la vez que le exigía saldar aquella deuda insignificante (según las leyes romanas el acreedor podía atormentar a su deudor hasta que la deuda fuese cancelada). El siervo despiadado no tuvo compasión a pesar de las súplicas de su compañero y lo hizo encerrar en la cárcel. Sus otros compañeros viendo lo sucedido se disgustaron y fueron a contarlo a su soberano. Este, indignado, mandó llamar al siervo despiadado para amonestarlo con severidad pues el no había seguido su ejemplo y perdonado a su deudor. Finalmente lo entregó a los torturadores hasta que pagase lo que debía, esto es para siempre, pues el siervo jamás hubiese estado en condiciones de pagar aquella cuantiosa suma. El pecador se salva únicamente por la misericordia de Dios pues, como siervo insolvente, no estará en condiciones de complacer el recto juicio de Dios con sus propios recursos. El sentido de la parábola queda expresado en el versículo 35: “Así se portará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis cada uno a vuestro hermano de todo corazón.” Con esta parábola Nuestro Señor quiere enseñarnos que todos somos grandes pecadores y aparecemos ante Dios como deudores insolventes. Los pecados de nuestro prójimo hacia nosotros son tan insignificantes como aquella suma de 100 denarios en comparación con los 10.000 talentos. No obstante, Nuestro Señor por su infinita misericordia, perdona todos nuestros pecados, siempre y cuando nosotros evidenciemos una conducta misericordiosa y perdonemos los pecados del prójimo. Si somos crueles y carentes de misericordia con el prójimo y no perdonamos sus faltas, tampoco el Señor nos perdonará condenándonos al tormento eterno. Esta parábola es una explicación excelente y práctica de la oración del Padre Nuestro: “y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.”

Jesús va de incógnito a la fiesta de los Tabernáculos.

(Jn. 7:1-9)

San Juan describió en el capítulo sexto de su Evangelio la conversación que sostuvo el Señor con los judíos en la que se presentó a Sí mismo como el “Pan de vida.” Ahora, el Evangelista dice: “Después de esto Jesús andaba por Galilea.” La prolongada permanencia del Señor y su obra en Galilea están descriptas en detalle en los Evangelios sinópticos. Nuestro Señor no deseaba ir a Judea donde “los judíos lo buscaban para quitarle la vida,” pues la hora de Su Pasión aun no había llegado. “Estaba próxima la fiesta de los Tabernáculos“: esta era una de las tres fiestas principales del pueblo judío (Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos) y se celebraba durante siete días a partir del 15º día del mes de Tishri — según nuestro calendario desde mediados de setiembre hasta mediados de octubre. Esta festividad fue establecida en memoria de los 40 años de peregrinaje del pueblo de Israel por el desierto. Los siete días conmemorativos transcurrían con la gente fuera de sus casas, habitando en tabernáculos (carpas) especialmente construidos para esta ocasión. Como la fiesta tenía lugar poco tiempo después de la cosecha, las celebraciones eran muy alegres y con abundancia de vino, lo que motivó a Plutarco compararlas con las fiestas paganas en honor a Baco.

Cristo no había visitado Jerusalén durante casi un año y medio antes de esta festividad y algunos de Sus familiares le sugirieron ir allí para la celebración. Ellos querían que Nuestro Señor entrara triunfante en Jerusalén, como Mesías, revelando su poder absoluto y milagroso. “Ni sus familiares tenían verdadera fe en Él.” Ellos, escandalizados, no entendían que el Señor sentía un fuerte rechazo por la gloria humana. Estaban perplejos con relación a su Hermano y ansiaban ser liberados de aquel estado de incomprensión. Por un lado ellos no podían negar las extraordinarias obras de Jesús pues habían sido testigos de las mismas; por otra parte, ellos no querían reconocer al Mesías en aquel hombre, con el cual desde la niñez habían compartido la vida terrenal. Con semejante disposición espiritual sugirieron al Señor abandonar aquella postura — según ellos tan indefinida— en la que permanecía. Si en verdad era el Mesías, entonces ¿por qué Él temía aparecer como tal ante todo el mundo en Jerusalén? Jesús debía manifestarse allí con toda su grandeza y gloria (interpretación del obispo Miguel). Nuestro Señor explica a sus familiares que su visita a Jerusalén tiene otro significado, distinto del que tenía para todos ellos. Sus parientes no serán recibidos allí con odio pues el mundo no puede alimentar el odio hacia quienes son del mundo: “a vosotros no os puede odiar el mundo.” En cambio Cristo será recibido con hostilidad porque denuncia las obras malvadas del mundo: “Yo les hago ver claramente que sus obras son malas.” Por lo tanto, a diferencia de ellos, Cristo no siempre podrá ir a Jerusalén; sólo ira allí cuando, desde lo alto, llegue la hora de Sus padecimientos a causa del mundo. Nuestro Señor despidió a sus parientes y permaneció en Galilea con la intención de ir a la fiesta de incógnito, sólo en compania de sus más fieles discípulos.

Los samaritanos no aceptan a Cristo.

(Lc. 9:51-56)

El Señor había adquirido notoriedad en Samaría pero la hostilidad entre judíos y samaritanos era tal que El no esperaba encontrar un cordial recibimiento. En consecuencia, Jesús decidió enviar primero a algunos de sus discípulos para predisponer bien a los samaritanos. Se ignora que poblado visitaron los mensajeros del Señor, sin embargo, puede asumirse con alguna certeza que estaba situado al norte de Samaría, próxima a Galilea, a un día de camino de allí, donde se presume que pernoctaron. “El Señor había resuelto emprender viaje a Jerusalén.” Los samaritanos no lo recibieron debido al profundo odio que sentían por los judíos. Santiago y Juan, a quienes el Señor llamaba “hijos del trueno” (Mc. 3:17), por su energía, fuerza espiritual, audacia e impulsividad, mostraron su ferviente celo frente al injuriado honor del Maestro. Recordando como el profeta Elías aniquiló con fuego del cielo a quienes fueron enviados para apresarlo (4 Rey. 1:9-12), preguntaron a su Maestro si quería que con sus palabras hicieran caer fuego del cielo para destruir a los samaritanos. Por la voluntad del Señor ellos ya habían obrado muchos milagros mientras predicaban por toda Judea; en consecuencia, ellos se creían capaces de realizar este prodigio siempre y cuando fuese aceptado por su todopoderoso Maestro. El Señor respondió que ellos no se daban cuenta que el espíritu del Nuevo Testamento era diferente al que imperaba en el Antiguo Testamento. Este era un espíritu de severidad y reivindicación mientras que aquel era un espíritu de amor y misericordia, pues la finalidad de la venida del Hijo del Hombre no era destruir sino salvar (Mt. 18:11). Además, Nuestro Señor quiso señalar que en el caso en cuestión no había en los Apóstoles amor hacia Él, sino más bien un sentimiento de animosidad por los samaritanos — y que ese viejo sentimiento de enemistad hacia la gente debía ser olvidado por quienes pretendían servir al Nuevo Testamento. Ante la negativa de los samaritanos es probable que Nuestro Señor haya retornado a Galilea y fuese a Judea por un camino alternativo, utilizado en general por los judíos para atravesar el desierto de Perea, mas allá del Jordán. Según se desprende de las subsiguientes descripciones de san Lucas, Nuestro Señor visitó primero Galilea y Perea, y se dirigió hacia Judea mucho después.

Cristo envía setenta discípulos a predicar.

(Lc. 10:1-16)

En ese tiempo, cuando Nuestro Señor decidió abandonar Galilea para siempre, pues la hora de Sus padecimientos en la cruz se acercaba, Él eligió setenta discípulos — además de los Doce que había elegido con anterioridad— para enviarlos de dos en dos a toda ciudad y lugar adonde habría de venir. Esto lo hizo para que el testimonio de sus discípulos tuviera mas fuerza ante los ojos de las gentes, quienes debían estar preparadas para el arribo del Señor. El número 70 era muy honrado por los judíos, tanto como los números 40 y 7. El propio sanedrín constaba de 70 miembros. Los nombres de aquellos 70 discípulos no se conocen con exactitud. “La mies es mucha y pocos los recolectores“; Samaría y Judea aun no habían sido suficientemente instruidas en la doctrina de Cristo, no obstante, había allí muchas almas maduras que, como espigas de trigo, estaban listas para el granero: la Iglesia de Cristo. Las instrucciones dadas a los 70 discípulos nos recuerdan mucho a aquellas que habían recibido en su momento los doce Apóstoles, y sobre las que san Mateo nos relata en el capitulo 10º de su Evangelio. Se mantiene la prohibición de saludar a quienes se encuentren en el camino. Esto se explica por las costumbres orientales según las cuales el saludo se exteriorizaba con grandes metanias, abrazos, besos y expresiones de buena voluntad, que insumian mucho tiempo y que difieren de las reverencias y el apretón de manos tan comunes entre nosotros. Esta prohibición tenía por objeto inculcar a los discípulos la celeridad con la que debían recorrer las ciudades. Iguales instrucciones fueron dadas en su tiempo por el profeta Eliseo a su discípulo Guejazi, cuando lo envió con su bastón para resucitar a la hija de la viuda (4 Rey. 4:29). Por “hijo de la paz” debe entenderse al hombre pacifico, que tiene su corazón listo para recibir la paz anunciada por los mensajeros del Señor. Ordenándoles alimentarse con lo que les ofrecieran, Nuestro Señor dice a sus discípulos que ellos deben guardar el decoro, no ser pretenciosos ni exigentes. Asimismo fustiga el desdén con el que los judíos trataban a los samaritanos porque esto no es digno de los mensajeros de la paz y el amor. Jesucristo concluye sus instrucciones con la advertencia sobre el castigo de Dios a aquellas ciudades que no hayan mostrado su arrepentimiento a pesar de haberles sido revelado Su poder. Jesús también señala cuan importante deberá ser la prédica de sus discípulos para todos: “y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia. Y quien a Mí me desprecia, desprecia a Aquel (Dios Padre) que me envió.

Jesús en la fiesta de los Tabernáculos.

(Jn. 7:10-53)

Nuestro Señor se despidió de sus familiares quienes partieron a Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos. Sin embargo, Jesús fue allí algo mas tarde “sin que lo supiese la gente, de incógnito.” El no deseaba entrar de modo triunfal en la ciudad como lo haría mas tarde en las vísperas de la Ultima Pascua, cuando habría de ir a Su Pasión. “Que triste progresión hay en la presencia del Señor en Jerusalén” — advierte el obispo Miguel— “determinada no por las obras sino por la creciente hostilidad de Sus enemigos. En la primera Pascua, Cristo aparece con autoridad y triunfante en el templo como el Mesías, Hijo de Dios (Jn. 2); en la segunda (Jn. 5) El aparece como un peregrino pero Sus obras y enseñanzas suscitan animosidad en su contra además de intentos para quitarle la vida. En consecuencia Jesús no acude a Jerusalén en la Pascua siguiente (la tercera) y se mantiene alejado durante 18 meses al cabo de los cuales se ve forzado a ir allí: ¡en secreto!” Los versículos 11-13 nos brindan una representación visual de lo que acontecía en aquel tiempo en Jerusalén. Todo el mundo hablaba allí de Cristo. “¿Dónde está Aquel?” Es evidente que sus enemigos lo vigilaban muy de cerca, observando sus obras. Entre las gentes circulaban muchos rumores contradictorios sobre Jesús pero nadie tenía valor para hablar sobre El “por miedo a los judíos.” El Evangelio de san Juan llama “judíos” a los líderes políticos encabezados por los integrantes del Sanedrín y los fariseos, siempre hostiles al Señor. San Juan Crisostomo y el bienaventurado Teofilact afirman que el pueblo, en general, hablaba bien del Señor, mientras que sus líderes lo hacían con inquina. “Estos decían que El era un embaucador, en tanto que la gente decía que Jesús era hombre de bien” Esto se evidencia en el hecho de que los líderes se apartaban de la gente diciendo: “El los está engañando.” Fue recién en la mitad de la celebración, aparentemente al cuarto día, cuando el Señor entró al templo y comenzó a predicar. Es probable que El interpretara las Escrituras como era costumbre entre los judíos. Estos, sabiendo que Jesús no había estudiado con ninguno de los rabinos conocidos en el seminario, se asombraron por Sus conocimientos. Ellos eran sordos a los contenidos de las enseñanzas de Nuestro Señor; sin embargo, sólo prestaron atención al hecho de que Jesús no había estudiado con los rabinos y esto revela el desprecio que sentían por El. Jesús resolvió de inmediato aquella cuestión: “la doctrina que Yo enseño no es mía sino de Aquel que me ha enviado.” Con esto el Señor quiso decirles: “Yo no me eduqué en sus escuelas rabínicas porque tengo un Maestro perfectisimo, el Padre Celestial, Quien me ha enviado a ustedes.” La decisión del hombre de cumplir la voluntad de Dios es el instrumento idóneo para comprobar el origen Divino de esa doctrina. Quien decide cumplir la voluntad Divina certifica en su corazón que esta enseñanza procede de Dios. La “voluntad de Dios” es la ley moral Divina; tanto la ley de la conciencia como la ley escrita del Antiguo Testamento. Quien decida recorrer el camino de la perfección moral, cumpliendo esta ley, entenderá en su corazón que la enseñanza de Cristo es Divina. Nuestro Señor subraya esto cuando dice que El predica para la gloria de Dios Padre, el que lo ha enviado, sin buscar Su propia gloria como todo aquel que enseña doctrina propia. Mas adelante, refiriéndose a los magistrados judíos, Jesucristo dice que ellos intentan darle muerte acusándolo de transgredir una ley que ni siquiera ellos mismos respetan. Desconociendo aun los planes de los magistrados para poner fin a la vida de Jesús, la plebe pensó que las últimas palabras de Cristo se aplicaban a ella y surgieron algunas voces de enojo: “¿Quién trata de matarte? ¿No será que un espíritu maligno te incita a decir tales cosas? ¿No estarás endemoniado?” Aquella curación del paralítico, efectuada por Nuestro Señor en día sábado, seguía dando motivos para especulaciones, sobre todo, si se tiene en cuenta la disconformidad del Señor con la excesiva veneración del reposo sabático. Nuestro Señor señala que las buenas obras pueden realizarse en día sábado. Cita el ejemplo de la circuncisión, la que ocasionalmente debe practicarse en día sábado para no transgredir la ley de Moisés que establecía este ritual al 8º día a partir del nacimiento. Por ello no debe causar asombro el hecho de que las curaciones realizadas por Jesús hayan sido en día sábado. Nuestro Señor culminó su prédica con la exhortación de juzgar la ley, no según la letra y las apariencias sino según el espíritu de esa ley, para que el juicio resultante sea recto. “Si vosotros practicáis la circuncisión en sábado, por no dejar de cumplir la ley de Moisés, ¿por qué os indignáis contra mi que he curado enteramente a un hombre durante el sábado?” El bienaventurado Teofilact comenta brillantemente: “Si ustedes juzgaran mis acciones curativas desde un punto de vista moral y no desde uno formal, no me hubieran condenado; entonces su juicio hubiese sido recto y no hipócrita.”

Aquella firme declaración de Nuestro Señor causó una particular impresión en los habitantes de Jerusalén, conocedores de los planes de los enemigos de Cristo. Algunos vecinos de Jerusalén, a quienes parecía extraña la tolerancia con la que los enemigos del Señor le permitían hablar con libertad sin disputar con Él, se preguntaban: “¿No es este al que buscan para darle muerte?” Sin hallar explicación para esto expresan: “¿Se habrán convencido realmente las autoridades de que este es el Cristo? Pero de inmediato revelan sus dudas. Según las enseñanzas de los rabinos, el Mesías debía nacer en Belén, luego desaparecer misteriosamente para reaparecer de manera tal que nadie supiese su origen. Los habitantes de Jerusalén pensaban: “Este ya sabemos de donde es,” por lo tanto no puede ser el Mesías – Cristo. Mientras tanto el Señor exclamó triunfalmente en voz alta: “Vosotros me conocéis y sabéis de donde soy.” Sin embargo, este conocimiento era incorrecto. “Ustedes suponen que me conocen y dicen que Yo he venido por cuenta propia, como Mesías autoproclamado; sin embargo Yo no vine por mi cuenta; en verdad me ha enviado Dios a Quien ustedes no conocen.” Estas palabras sonaron ofensivas, en particular para los orgullosos fariseos. Así pues: “querían prenderlo pero nadie puso en Él sus manos.” Sus intentos fallaron porque “aun no había llegado Su hora.” Los enemigos de Cristo temían al pueblo que estaba bien predispuesto hacia Él y además, sus conciencias aun no se habían obnubilado. Entre la multitud muchos creyeron en Jesús, como Mesías, pues razonaban correctamente y así objetaban a los enemigos de Nuestro Señor: “¿Cuándo venga el Cristo, creéis que dará mas señales que las que ha dado Este?” En otras palabras, las señales y milagros obrados por Jesús son un testimonio muy contundente de que Él era el Mesías. Los fariseos, al escuchar estos rumores, resolvieron no posponer mas sus planes y aliándose con los sumosacerdotes comisionaron a sus ministriles para que capturasen a Jesús. Nuestro Señor, respondiendo a aquellos planes dijo: “Estaré aun un poco tiempo mas con vosotros y luego me iré Al que me ha enviado.” Esto le recordó que Su muerte estaba próxima y Nuestro Señor exhortó a los judíos a que aprovechen el tiempo en el que El permanecería con ellos para aprender sus enseñanzas. Esto puede entenderse así: “Ahora ustedes me hostigan y persiguen, pero llegará la hora en que ustedes habrán de buscarme como Taumaturgo todopoderoso para liberarlos de sus aflicciones y no me encontraran; será tarde ya.” Sin embargo, los crueles judíos no entendieron aquellas palabras del Señor y mofándose de Él replicaron: “¿Adónde va ir este que no lo podamos hallar? ¿Se dirigirá acaso a la diáspora para instruir a los griegos?” (Por diáspora se entiende a las comunidades judías extendidas fuera de la tierra de Israel; “griegos” era el nombre con el que se identificaba a los paganos en general). Esta es una involuntaria profecía sobre la futura prédica de la fe de Cristo entre las naciones paganas. “El último día, el más solemne de esa festividad” es decir el octavo día, que era motivo de especial júbilo (Lev. 23:36): “Jesús, puesto de pie exclamó en voz alta: quien tenga sed venga a Mi y beba.” En estas como en las siguientes palabras se advierte que Nuestro Señor aprovechó las costumbres prescritas durante la fiesta de los Tabernáculos para enseñar. Una vez finalizado el sacrificio matutino en el templo, pueblo y sacerdotes se dirigían hacia la sagrada fuente de Siloe. Allí el sacerdote llenaba un balde de oro con agua de la fuente en medio de jubilosas exclamaciones y sonar de trompetas y címbalos; luego llevaba aquel balde al templo y vertía el agua sobre el altar de los holocaustos, ofreciendo así el “sacrificio de la ablución.” Esto debía recordar la milagrosa efusión de agua proveniente de una roca efectuada por Moisés durante el peregrinaje de los judíos por el desierto. En ese momento la multitud cantaba los versículos de Isaias 12:3 relacionados con el Mesías. Nuestro Señor Jesucristo se compara con la roca de la que brotó en el desierto el agua que sació la sed de Israel. Cristo se indica a Si mismo como aquella roca, Fuente de Bondad. Quien tenga fe en Cristo se convertirá a si mismo en fuente de bienaventuranza destinada a saciar la sed de aquellos que buscan la salvación. El Evangelio explica que Jesús tenía en cuenta aquí a la gracia del Espíritu Santo que habrían de recibir los hombres una vez ocurrida la glorificación de Cristo luego de Su resurrección y ascenso a los cielos. Al oír las palabras del Señor la multitud se alteró: muchos optaron resueltamente por seguir a Cristo reconociendo en El a un “profeta“; entre ellos había algunos que decían: “Este es el Cristo.”

Los fariseos comenzaron a difundir la especie de que Jesús no había nacido en Belén y por lo tanto no podía ser el Mesías: “¿Viene acaso de Galilea el Cristo?” Esto originó disputas acerca de Jesús. Los ministriles, queriendo cumplir las órdenes de las autoridades, intentaron capturar a Jesús mas no lograron poner sus manos sobre Él. No se animaban, pues sus conciencias les decían que seria un pecado muy grande tocar a semejante Hombre. Con ese estado de ánimo volvieron a sus patrones y reconocieron que la Palabra del Señor era poderosa y sobrecogedora, al punto que ellos no podían llevar a cabo sus instrucciones. La respuesta de los ministriles causó en los integrantes del Sanedrín una irritante impresión: “¿Es que también vosotros os habéis dejado embaucar?” Los miembros del Sanedrín decían a los ministriles, salidos de la gente común, que ninguno de los “líderes” o “fariseos” había creído en Cristo; “sólo ha creído en Él esta gentuza maldita que no conoce la ley” — así se expresaba la furia enloquecida de los líderes judíos contra la gente común que había mostrado fe en Jesucristo. Ellos intentaron desacreditar esa fe explicándola como “ignorancia de la ley.” Sin embargo, Nicodemo, fariseo e integrante del Sanedrín, decidió hablarles con valentía diciéndoles que ellos mismos olvidaban la ley: “¿Permite acaso nuestra ley condenar a nadie, sin antes haberle escuchado y sin haber averiguado lo que ha hecho?” La ley en Ex. 23:31 y Dt. 1:16 requería la investigación de las obras de un acusado sin dejarse llevar por rumores vacíos. Pero esto sólo originó disgusto: “¿También tú eres galileo? Estudia y sabrás que de Galilea no salen profetas. Según ellos sólo un galileo podía pensar de esa manera; sin embargo, no tuvieron en cuenta que estaban falsificando la historia pues el profeta Jonas había sido galileo.

La mujer adúltera.

(Jn. 8:1-11)

Este relato se encuentra sólo en el Evangelio de san Juan. Jesús había pasado la noche rezando en el monte de los Olivos. Este estaba situado al este de Jerusalén, detrás del curso del Cedron, y era el lugar preferido por Jesús para retirarse por la noche durante sus visitas a Jerusalén. A la mañana siguiente fue al templo y una vez mas se dedicó a predicar. Los escribas y fariseos, empeñados en “tener algún cargo que presentar contra Jesús,” trajeron a una mujer acusada de cometer adulterio y “probando al Señor” dijeron: “Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda lapidar a personas como esta. Tu, ¿qué dices? Si el Señor hubiera dicho: “apedreadla,” hubiese sido acusado por los judíos ante las autoridades romanas, pues el derecho que gozaba el Sanedrín de imponer la pena de muerte, le sería revocado — muy especialmente el derecho de ejecutarla. Por otro lado, si Jesús hubiese dicho: “liberadla,” entonces hubiese sido acusado de violar la ley de Moisés. Nuestro Señor, inclinado en el suelo, escribía con Su índice “como si no estuviera prestándoles atención.” El Evangelio no revela aquello que Jesús escribía y es inútil tratar de adivinarlo. La explicación más probable es que Jesús, como respuesta, escribió los pecados cometidos por quienes lo habían interrogado. Ante la persistencia de escribas y fariseos en obtener una respuesta, Jesús levantó su cabeza y les dijo: “Aquel que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.” Estas palabras produjeron una impactante reacción en la conciencia, aun no del todo oscurecida, de aquellos escribas y fariseos. Era evidente que, rememorando sus propios pecados, parecidos a los de la mujer adúltera, comenzaron a marcharse uno detrás de otro — acusados por su conciencia — hasta que Nuestro Señor se quedó a solas con la mujer. De este modo Jesús había respondido a los arteros fariseos cambiando la cuestión de la condena a la mujer desde el abstracto ámbito legal al moral; sabiamente transfirió el asunto de condenar aquella mujer desde el terreno jurídico al moral y colocó a los mismísimos acusadores en posición de acusados ante sus conciencias. Nuestro Señor actuó de ese modo pues los fariseos que le habían presentado aquella mujer no constituían un jurado real con la idoneidad suficiente para determinar una medida de castigo por su delito. Ellos presentaron la pecadora a Jesús con malas intenciones, exponiéndola a la vergüenza, la maledicencia y condenándola, mientras olvidaban sus propios pecados por los cuales eran acusados por Nuestro Señor. Es sabido que la mujer no sacó ventaja de esa favorable circunstancia para evadirse. Evidentemente, en ella se despertaron su conciencia y su necesidad de arrepentimiento. Esto explicaría por qué Nuestro Señor dijo: “Tampoco Yo te condeno. Vete y de ahora en adelante no peques más.” No debemos interpretar estas palabras como una exención del pecado. Nuestro Señor no ha venido a juzgar, sino a encontrar y salvar a las almas perdidas (Mt. 18:11; Lc. 7:48; Jn. 3:17 y 12:47). Por ello Jesucristo condena el pecado pero no a los pecadores, deseando así predisponerlos al arrepentimiento. En consecuencia, las palabras del Señor dirigidas a la adúltera tienen el siguiente significado: “No te estoycondenando por tu pecado, mas quiero que demuestres arrepentimiento; vete y no peques más.” Toda la fuerza está en estas palabras finales. Este pasaje del Evangelio nos enseña a evitar el pecado de juzgar al prójimo. En cambio nos ofrece condenarnos a nosotros mismos por nuestros muchos pecados personales y arrepentirnos de ellos.

Nuestro Señor conversa con los judíos en el templo.

(Jn. 8:12-59)

En esta conversación que parece haber tenido lugar al día siguiente de finalizada la fiesta de los Tabernáculos, Nuestro Señor se comparó con otra imagen de la historia de los judíos y su peregrinaje por el desierto. Esta imagen es la columna de fuego que alumbró milagrosamente el camino de los judíos durante la noche. En aquella columna, en la que estaba el Angel del Señor, los santos Padres advierten a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Nuestro Señor comienza su conversación con las palabras: “Yo soy la luz del mundo.” En el Antiguo Testamento la columna de fuego indicó a los judíos el camino desde Egipto hacia una vida mejor en la Tierra Prometida. Del mismo modo Cristo, en el Nuevo Testamento, muestra a toda la humanidad y no sólo a los judíos, la salida desde los dominios del pecado hacia la vida eterna. Los fariseos, basándose en la regla generalmente aceptada que nadie puede ser testigo de sus propias obras, objetaron que el testimonio de Jesús sobre Sí mismo fuese verdadero. El Señor respondió con excepcional firmeza diciendo que la medida humana no puede ser aplicada a Él; el Señor no puede ser juzgado “según la carne,” como hacían los fariseos considerándolo un simple ser humano. “Yo sé de donde vengo y adónde voy.” Estas palabras, según san Juan Crisostomo, significan: ” Yo sé que soy el Hijo de Dios y no una persona común.” Que Jesús admitiera su procedencia de Dios Padre confirma la absoluta autenticidad de su testimonio sobre Sí mismo, tanto como la imposibilidad de engaño. El testimonio de Jesús es genuino desde el punto de vista formal, pues no sólo Él da testimonio sobre Sí mismo; en efecto, Jesús añade que también “testifica en mi favor el Padre que me ha enviado.”

Habiendo escuchado repetidas veces las enseñanzas del Señor acerca de Su Padre, los fariseos, pretendiendo no entender, burlona y sacrilegamente le preguntan: “¿Dónde está tu Padre? El Señor responde que ellos no conocen al Padre porque no quieren conocer al Hijo. Aquí se halla la velada indicación de la unisubstancialidad de Dios Hijo con Dios Padre, en el hecho de que el Padre se reveló a Sí Mismo en la Persona del Hijo. El Evangelio señala que esto fue dicho por el Señor en el “gazofilacio” (tesoro del templo), situado cerca de la sala de reuniones del Sanedrín. Aunque el Señor había testimoniado con anterioridad sobre su dignidad como Mesías ante los ojos y oídos del Sanedrín, “nadie puso sobre Él las manos” porque la hora de Su Pasión aun no había llegado y nadie tenía autoridad sobre Él. La predisposición hostil del auditorio hizo pensar una vez mas al Señor en los sufrimientos que lo esperaban. Jesucristo reiteró la situación sin salida en la que se habrían de encontrar los judíos luego de Su partida si es que ellos no creían que Él era el Mesías. “Adónde Yo voy, vosotros no podéis venir.” Irritados por los dichos de Jesús, los fariseos respondieron con burla: “¿Acaso se va a quitar la vida? Es decir, ellos se preguntan si acaso Él iba a suicidarse. Ignorando este sarcasmo brutal, Nuestro Señor señala la condición moral que los lleva a tanta bajeza: “Vosotros sois de abajo… Los judíos habían perdido la habilidad de aprehender lo Divino y celestial; ellos juzgaban todo guiados por conceptos terrenales y pecaminosos, por ello dice Jesús: “Si no creéis en Mi, moriréis en vuestros pecados.” Ni una sola vez, Nuestro Señor se llamó a Sí Mismo Mesías, pero fue prístino al hablar, explicando todo con otras palabras, para que los fariseos entendiesen. Sin embargo, ellos fingiendo no haber entendido le preguntaron: “¿Quién eres Tu? Con esto pretendían que Jesús pronunciara la palabra Mesías. El Señor no quería darles la respuesta directa que ellos esperaban. Dicha respuesta está traducida demasiado literalmente del griego (thn ar xhn) al eslavo, lo cual es una peculiaridad de la traducción de este idioma surgida por el temor de traducir el texto griego con inexactitud. En consecuencia no responde a los pensamientos contenidos en ese texto. Según los intérpretes antiguos la respuesta del Señor significa: “Yo soy Aquel sobre Quien les estaba contando a ustedes desde el principio” o “¿Acaso no me llamé a Mí mismo Hijo de Dios desde el principio? Ese soy Yo.” Continuando su exposición sobre la penosa condición moral del pueblo judío, Nuestro Señor explica que, Aquel que lo envió es la verdad misma y El debe dar testimonio de la verdad que ha escuchado. Una vez mas ellos no entendieron sus palabras referidas al Padre. Por ello, Jesús continuó diciéndoles que iba a llegar la hora en que ellos involuntariamente se dieran cuenta de la verdad de Sus enseñanzas sobre Sí mismo y Su Padre. Esto habría de ocurrir cuando ellos lo elevasen en la Cruz, pues la muerte en la Cruz dio comienzo a la glorificación del Hijo de Dios, atrayendo todas las naciones hacia Él. Los eventos posteriores — la Resurrección de Cristo, su Ascensión al cielo, el Descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles — dan testimonio sobre la verdad de las enseñanzas de Cristo y su misión Divina. Las palabras de Cristo impactaron profundamente a los oyentes, de manera que “muchos creyeron en Él,” incluso algunos de aquellos judíos que habían sido hostiles hasta ese momento. El Señor se dirigió a estos nuevos creyentes en su siguiente prédica, enseñándoles a ser y permanecer como sus genuinos discípulos. Para esto ellos “debían permanecer” en Su palabra. Sólo entonces conocerían la verdad que los haría libres del pecado. En aquel momento irrumpió el orgullo nacional: “Somos descendientes de Abraham” y como tales Dios nos ha prometido el dominio y la bendición del mundo (Gen. 12:7; 22:17) a través nuestro, “y jamás hemos sido esclavos de nadie.” En medio de este grito pasional y enfermizo de agudo y engreído nacionalismo, los judíos olvidaron sus cautiverios en Egipto, Babilonia y su actual sometimiento a Roma. Nuestro Señor contesta que El ya se había referido a esto como otra clase de esclavitud — la esclavitud espiritual en la que se encuentra todo aquel que comete pecado: “Todo el que peca es esclavo del pecado.” El que se entrega al pecado no puede permanecer en el Reino del Mesías, cuya característica es la plena libertad espiritual en la que todos se reconocen como hijos del Padre Celestial. “El esclavo no permanece para siempre en la casa,” pues el amo descontento puede venderlo o desterrarlo. La condición del esclavo se contrapone a la del hijo que, siendo heredero de su casa, no puede ser vendido ni desterrado y permanece por siempre como hijo. “Si ustedes pecan, son esclavos del pecado; no obstante pueden obtener la verdadera libertad y la condición de hijos de Dios, sólo si creen en el Unigénito Hijo de Dios y permanecen en Su palabra. Así Él los hará libres del pecado” parece decirles el Señor.

Mas adelante Nuestro Señor acepta que ellos sean descendientes de Abraham; sin embargo no los reconoce como hijos auténticos de Abraham según el espíritu, porque ellos intentan matarlo sólo por el hecho de que “Su palabra no tiene lugar en ellos.” La palabra de Cristo no encontró en los corazones judíos un terreno propicio para desarrollarse. Ellos no son — como dicen — hijos de Abraham ni de Dios, sino del diablo; este “fue homicida desde el comienzo” pues introdujo en la naturaleza humana la mortal infección del pecado. Nuestro Señor, refiriéndose al diablo, estableció un nexo indisoluble entre la vocación homicida del demonio con su odio por la verdad, como “padre de la mentira.” En concordancia con esto, cuando Nuestro Señor habla sobre Sí Mismo les dice: “Yo no tengo pecado y les enseño la verdad.” Si los judíos no reconocen la enseñanza de Cristo como válida, entonces, deben probar que Su vida es pecaminosa: “¿Quién de vosotros puede probar que tengo pecado?” Nadie puede acusar a Jesucristo de llevar una vida pecaminosa, por lo tanto, quien reconozca la santidad de Su vida deberá también reconocer la verdad de Su doctrina, pues ambas, santidad y enseñanza, son inseparables. Según las palabras de Jesús, la falta de fe de los judíos demuestra que ellos “no son de Dios.” Los judíos replicaron con ferocidad: “tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás endemoniado.” Para ellos sólo sus enemigos, los samaritanos, y los endemoniados podían negar que los judíos descienden de Abraham. Nuestro Señor rechazó muy pacientemente aquella ofensa diciéndoles que Él honraba al Padre Celestial: les hablo en estos términos porque Yo “honro a Mi Padre” en cambio ustedes deshonran a Quien les dice la verdad en nombre del Padre. “Yo no busco mi gloria: hay Alguien que la busca y es Él quien juzga” Él es el Padre Celestial, que ha de condenar a los que rechazan a Su Hijo. Dirigiéndose luego a quienes creyeron en Él, Nuestro Señor dice: “el que guarda Mi palabra no verá la muerte por los siglos” es decir “gozará de la vida eterna.” Los incrédulos entendieron literalmente Sus palabras. Creyeron que Jesús hablaba de la muerte natural, física y hallaron un nuevo motivo para acusarlo de estar poseído por el demonio: “¿Por quién te tienes?” Jesús respondió: “Si yo busco mi propia gloria, mi gloria no vale nada. Pero es mi Padre quien procura mi gloria, el mismo que decís vosotros que es vuestro Dios.” Jesús no se glorifica a Sí mismo porque es glorificado por el Padre, a Quien conoce y Cuya palabra cumple. De inmediato Nuestro Señor muestra su supremacía sobre Abraham. “Abraham, vuestro padre, se regocijó pensando en ver Mi vida.” Con esto Cristo quiere decir: Yo soy mayor que vuestro padre Abraham, porque he sido motivo de esperanza durante su vida sobre la tierra y causa de júbilo después de su muerte — en el paraíso. “Él vio y se llenó de alegría.” Los judíos encuentran absurdo lo dicho por Jesús sobre la vida terrenal del patriarca y con la finalidad de asestarle un nuevo insulto le dicen: “No tienes aun cincuenta años y ¿has visto a Abraham?” El Señor da una respuesta categórica cuyo significado podía ser entendido hasta por aquellos fariseos enceguecidos a causa del odio: “En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham fuese, Yo soy” es decir, “Yo soy más antiguo que Abraham porque soy Dios eterno.” ¡Con cuanta claridad enseña Jesucristo su Divinidad! Los fariseos comprendieron, pero en lugar de creer en Cristo se enfurecieron al interpretar sus palabras como blasfemas y tomaron piedras para arrojarlas contra Él. Pero Jesús, habiendo concluido Su triunfal testimonio sobre su Persona, rodeado de sus discípulos se ocultó entre las gentes y “salió del templo pasando entre ellos.”

La curación del ciego de nacimiento.

(Jn. 1:9-41)

Este gran milagro, evidentemente realizado en el templo, luego de la predica de Jesús a los judíos acerca de Su origen y dignidad Divinos, aparece relatado en detalle sólo en el Evangelio de san Juan. Un hombre, ciego desde su nacimiento, pedía limosna. Los discípulos al verlo preguntaron al Señor: “¿Maestro, por que pecados nació ciego este hombre, por los suyos o por los de sus padres? Los judíos creían que las mayores desgracias ocurrían como castigo por sus pecados personales o por los de sus padres, abuelos y bisabuelos. Esta creencia se fundamentaba en la ley de Moisés, según la cual, Dios castigaba a los niños por los pecados de sus padres hasta la tercera y cuarta generación (Ex. 20:5), y en las enseñanzas de los rabinos, quienes afirmaban que un niño podía pecar en el seno de su madre pues podía diferenciar entre el bien y el mal desde el momento mismo de su concepción. Nuestro Señor responde a sus discípulos indicando la finalidad y no la causa de la ceguera de aquel hombre: “Ni por sus pecados ni por los de sus padres (aunque ninguno de ellos estaba exento de pecado). Es para que en el se manifiesten las obras de Dios.” La curación del ciego revelaría a todos que Cristo es la Luz del mundo, que ha venido a iluminar a la humanidad que se encontraba en la ceguera espiritual, aquí representada alegóricamente por la ceguera corporal. “Debemos hacer las obras de Aquel que me envió mientras es de día. Viene luego la noche cuando ya nadie puede ejecutarlas.” Cristo señala que las obras deben efectuarse mientras Él está en la tierra y puede ser visto por todos, pues “llega la noche” — el tiempo de la partida del Señor de este mundo — cuando sus obras como gran Taumaturgo no serán tan evidentes para todos. “Mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo.” Cristo siempre ha sido y será la Luz del mundo pero su actividad visible continuará sólo durante su vida terrenal, la que estaba llegando a su fin. Nuestro Señor realizó muchos milagros con sólo una palabra Suya. Sin embargo, en ocasiones debió recurrir a especiales gestos preliminares. En esta oportunidad “Él escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y ungió con el los ojos del ciego. Luego dijo: Ve y lávate en la piscina de Siloe.” Puede asumirse que todo esto era necesario para despertar la fe de aquel hombre: para que entienda que lo que va a ocurrirle es un milagro. La piscina de Siloe se hallaba en el manantial homónimo que surgía al pie de la sagrada montaña de Sión, lugar que recordaba especialmente la presencia de Dios en Jerusalén y en el templo. Dios había bendecido a su pueblo con ese manantial considerado sagrado y que tenia un significado simbólico. El Evangelista dice que “Siloe” quiere decir “Enviado.” Con ello Nuestro Señor Jesucristo quiso expresar que Él es en verdad el Enviado de Dios, el cumplimiento de todas las bendiciones Divinas, cuya prefiguración y símbolo era para los judíos la fuente de Siloe. Habiéndose lavado en las aguas de Siloe el ciego comenzó a ver. Este milagro causó una fuerte impresión a los vecinos y conocidos del ciego de nacimiento. Algunos dudaron que realmente fuese ese mismo ciego al que todo el tiempo veían pidiendo limosna. Pero el que había sido ciego confirmó la manera en que el milagro se había llevado a cabo. Después de escuchar su testimonio los presentes llevaron al hombre ante los fariseos con el propósito de investigar aquel extraordinario suceso y, al mismo tiempo, conocer la opinión de estos pues el milagro había sido efectuado durante el sábado, día en el que la ley ordenaba un reposo tan estricto que ni siquiera se podía curar a los enfermos. El hombre curado por Jesús relató a los fariseos todo lo que sabia sobre lo ocurrido con él. Entre estos surgió el disenso. Unos, probablemente la enorme mayoría, decían: “Ese hombre (Jesús) no viene de Dios puesto que no observa el sábado.” Otros, en cambio, replicaban con justicia: “¿Cómo un pecador puede dar semejantes señales?” Entonces los incrédulos fariseos indagaron al ciego curado por Jesús: “¿Qué opinas tú de ese que te ha dado la vista? Es evidente que ellos querían encontrar en las palabras de aquel hombre algún pretexto para poner en duda la veracidad del milagro. Pero él respondió con energía: “Es un profeta.” No encontrando ningún argumento en los dichos de aquel hombre los crueles judíos mandaron llamar a los padres del ciego para interrogarlos. Estos por temor a ser expulsados de la sinagoga dieron una respuesta evasiva: si bien confirmaron que su hijo era ciego desde su nacimiento no pudieron explicar por qué razón ahora podía ver — e invitaron a preguntarle pues ya era mayor de edad y podía responder por sí mismo. Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego. En esta ocasión intentaron convencerlo de que habían llevado a cabo una escrupulosa investigación sobre Aquel que lo había sanado y con firme convicción le dijeron: “Ese hombre es un pecador. Glorifica a Dios,” lo cual significa: debes reconocer que ese Hombre es pecador y ha transgredido el mandamiento del reposo sabático — esta era una fórmula de exorcismo usada en aquella época por los judíos como declaración de la verdad bajo juramento. El que había sido ciego ofrece a los fariseos una respuesta plena de verdad y profunda ironía: “Si es pecador no lo sé, yo no sé mas que una cosa: que yo estaba ciego y ahora veo.”

A pesar de todos estos interrogatorios los fariseos no lograron su propósito e insistieron en que el hombre les contase como había sido su curación, con la esperanza de encontrar algún rasgo nuevo de la historia que les permitiera acusar a Jesús. “Ya os lo dije y no quisisteis creer, ¿para qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que también vosotros queréis haceros discípulos Suyos?” Esta ironía provocó que los fariseos reprochen al audaz confesor de la verdad: “Tu serás discípulo de ese hombre. Nosotros somos discípulos de Moisés. Sabemos que Dios habló a Moisés. Pero este hombre no sabemos de dónde es.” Los líderes del pueblo judío debían comprobar la procedencia de aquel Hombre al que las multitudes seguían constantemente. Pero ellos mentían cuando decían no conocerlo. Esta mentira exaspera aun más al ciego curado por Cristo que no vacila en defender la verdad: “Esto si que es admirable; que no sepáis vosotros de dónde es” les dice a los fariseos. Ellos deberían saber de dónde vino ese Hombre hacedor de tan inefable milagro. Los pecadores no pueden obrar estos milagros y por ello está mas claro aun que se trata de un Hombre santo y enviado de Dios. Los fariseos, derrotados por la lógica implacable de un simple e ingenuo hombre, no estaban en condiciones de proseguir la disputa y le reprochan: “Tu naciste lleno de pecados y todavía quieres darnos lecciones.” Nuestro Señor, enterado de lo que había pasado, deseó iluminar también los ojos espirituales de aquel hombre y en un encuentro con el se reveló como su Curador, conduciéndolo a la fe en el Hijo de Dios. Jesús encontró un motivo para explicar que Su venida al mundo trajo una consecuencia inevitable: la feroz división de los hombres entre aquellos que tienen fe en Cristo y los incrédulos. “Yo he venido a este mundo para hacer un juicio de discriminación; para que quienes están ciegos, ahora vean; y los que ven se vuelvan ciegos.” “Los que ahora ven” — son los mansos y pobres de espíritu que han creído en Cristo; “los que ven y se vuelven ciegos” son aquellos que se creían racionales e inteligentes y por ello no sentían la necesidad de la fe en Cristo; estos son los falsos sabios, representados aquí por los fariseos negadores de Cristo. Nuestro Señor los llama “ciegos” porque estaban espiritualmente enceguecidos y no querían ver la verdad Divina que Cristo había traído al mundo. Algunos fariseos que lo escuchaban dijeron: “¿Así que también nosotros somos ciegos?” La respuesta que les dio Jesús fue por demás inesperada para ellos: “Si fuerais ciegos no tendríais pecado. Pero como ahora afirmáis que si, que veis, vuestro pecado perdura.” En otras palabras Cristo les dice: “Si fuesen ciegos no habría pecado en ustedes porque vuestra incredulidad seria un pecado perdonable por ignorancia y debilidad. Sin embargo, ustedes reconocen que ven y se consideran sabios intérpretes de la Revelación Divina; llevan con ustedes la ley y los profetas, en los que pueden apreciar la verdad. Entonces vuestro pecado consiste en la oposición obstinada y cruel a la verdad de Dios. Este pecado no puede ser perdonado porque es blasfemia contra el Espíritu Santo” (Mt. 12:31-32).

La parábola del Buen Pastor.

(Jn. 10:1-21)

Esta conversación aparece a continuación de las palabras acusatorias dirigidas contra los fariseos en relación con la curación del ciego de nacimiento. Habiéndoles señalado que ellos “viendo no ven,” el Señor, de manera alegórica, les revela que no son los verdaderos líderes espirituales de la nación como ellos imaginaban de sí mismos. Ellos no eran “buenos pastores” pues pensaban mas en su provecho personal que en el bienestar de la gente, y en consecuencia, conducían al pueblo hacia la perdición y no a la salvación. Sólo al final entendieron los fariseos el significado de este maravilloso sermón alegórico basado en la vida pastoril de Palestina. El Señor compara la nación hebrea con un aprisco de ovejas y a sus líderes con los pastores de aquel aprisco. Para preservarlas de lobos y ladrones las ovejas eran arriadas antes del anochecer hacia unas grutas o hacia un redil especialmente construido. Con frecuencia en un mismo redil se encerraban ovejas pertenecientes a dueños diferentes. Por la mañana los porteros abrían las puertas del redil, los pastores entraban y cada uno separaba su rebaño llamando a sus ovejas por sus nombres: las ovejas reconocían la voz de sus pastores (esto se observa aun hoy en Palestina) y siguiendo sus directivas, salían a pastar. Los ladrones y criminales, no pudiendo entrar por las puertas pues estas eran vigiladas por los pastores armados, debían saltar sigilosamente la cerca. Con este ejemplo tan conocido de la vida cotidiana Nuestro Señor explica que el “aprisco de las ovejas” es el pueblo elegido por Dios, Israel, y también la Iglesia del Antiguo Testamento de la que surgió luego la Iglesia del Nuevo Testamento; el “pastor” es cada uno de los líderes religiosos y morales; los “ladrones y criminales” — son aquellos falsos y autoproclamados profetas, pseudomaestros, herejes, los aparentes guías religiosos del pueblo, quienes sólo piensan en sus intereses, como los fariseos denunciados por el Señor. Nuestro Señor se identifica con la “puerta” y con el “Buen Pastor que ofrece su vida por las ovejas” defendiéndolas de los lobos. Cristo se aplica a Sí mismo la analogía de la “puerta” pues Él es el único intermediario entre Dios y el pueblo, el único camino para pastores y rebaños. En el Reino de Dios, que aquí se presenta como el “Aprisco de las ovejas,” sólo se puede ingresar a través de Cristo, el fundador de este Reino. Aquellos que evitan a Cristo “trepándose por otro lado para ingresar” (no por la vía normal) son “ladrones y salteadores“; no son verdaderos pastores sino impostores que persiguen un lucro personal y no el bienestar del rebaño. “El Aprisco de ovejas” es la Iglesia en la tierra, en tanto que las “pasturas” simbolizan a la Iglesia del cielo. Los fariseos no comprendieron la primera parte de esta parábola. Entonces en la segunda, Cristo les revela con absoluta claridad la enseñanza de que Él es el “Buen Pastor.” Por “asalariados” deben entenderse aquellos pastores indignos que, según el profeta Ezequiel, “se apacientan a sí mismos” (Ez. 34:2) y ante la primera señal de peligro abandonan los rebaños a su suerte. Los “lobos” son el demonio y sus sirvientes que destruyen a las “ovejas.” El Señor especifica las principales cualidades que distinguen al Pastor genuino: 1) la abnegación, hasta el punto de dar su vida para salvar su rebaño; 2) el conocimiento de sus ovejas. En su más sublime expresión este conocimiento pertenece a Cristo; el mutuo conocimiento de pastor y rebaño debe asemejarse al recíproco conocimiento entre Dios Padre y Dios Hijo: “Como el Padre me conoce a Mí, Yo conozco al Padre.” Hay “otras ovejas,” que no son este redil y que “también debo traer“; se trata de los paganos que también son llamados al Reino de Cristo. Nuestro Señor concluye su parábola diciendo: “no es que me la quite nadie; Yo mismo la entrego (mi vida) por mi propia voluntad” pues Él tiene el poder de entregar su vida y de “recobrarla” — expresión de libertad absoluta, es decir, la muerte de Cristo fue elegida por Él y voluntariamente cumplida para salvar a su rebaño. Estas palabras causaron otra disputa entre los judíos cuyo resultado fue que algunos aceptaron con énfasis las palabras del Señor, mientras que otros continuaron declarando que Él estaba poseído.

El sermón en la fiesta de la Dedicación.

(Jn. 10:22-42)

La fiesta de la Dedicación fue establecida por Judas Macabeo en el año 160 AC y conmemora la restauración, purificación y consagración del templo de Jerusalén profanado por Antioco- Epifanes. Esta fiesta era celebrada anualmente por espacio de ocho días, a partir del 25 del mes de Kislev (mediados de diciembre). Hacia frío, por lo tanto Nuestro Señor caminaba en el atrio de Salomon, que era una galería cubierta. Allí lo rodearon los judíos para preguntarle: “¿Hasta cuando nos vas a tener en vilo? Si eres el Mesías, dínoslo directamente.” Nuestro Señor no pudo contestarles “directamente” porque ellos asociaban la palabra “Mesías” con la falsa representación de un caudillo terrenal que los iba a liberar del dominio romano. La respuesta del Señor fue muy sabia; El señaló los testimonios sobre Si mismo en el pasado, Sus obras y Su relación con el Padre Celestial. Por todo esto, deberían haberse dado cuenta mucho tiempo atrás de que Él era el Mesías, aunque no en el sentido que ellos imaginaban. La causa de su falta de entendimiento era que “ellos no pertenecían a Su rebaño” y “no reconocían Su voz.” Recordando a las ovejas, el Señor anuncia la promesa de otorgar la vida eterna pues nadie podía arrebatarlas de Su mano. Dijo Jesús: “Yo y el Padre somos Uno.” No podría haber testimonio mas definido sobre la dignidad Divina de Cristo que aquellas palabras. Cuando los judíos entendieron correctamente aquellas palabras comenzaron a juntar piedras para lapidar al Señor por blasfemo, Él los desarmó con la siguiente pregunta: “Muchas y buenas obras os he mostrado de parte de mi Padre ¿ Por cual de ellas me queréis apedrear?” Esta pregunta inesperada confundió a los judíos quienes contra su voluntad mostraron que interiormente reconocían la grandeza de los milagros efectuados por el Señor. Así, dejaron las piedras e intentaron justificar sus actos afirmando que ellos no querían lapidarlo por sus buenas acciones sino por Su “blasfemia.” En respuesta Jesús cita el salmo 81 en el que se llama “dioses” — aunque no en sentido estricto— a las personas llamadas a juzgar y proteger a los débiles de los excesos de los poderosos. Citando algunos fragmentos de aquel salmo Nuestro Señor parece decir a los judíos: Ustedes no pueden acusar al salmista y decir que es blasfemo cuando llama dioses a aquellos dignos de tener autoridad Divina. Entonces ¿cómo pueden acusarme de blasfemo, cuando soy el Unico llamado Hijo de Dios y he realizado obras que sólo Dios puede hacer? Luego prosigue: Ustedes podrían no creer en mi si Yo no hubiera realizado las obras que sólo son propias de Dios. Sin embargo, si Yo hago estas cosas ustedes deben comprender que el Padre y Yo somos Uno, “que el Padre es en Mi y Yo en Él.” Una vez mas los judíos intentaron apresar a Jesús “pero El se les escapó de las manos” — partió de manera tal que nadie se atrevió a tocarlo y viajó hacia Perea a través del Jordán. Allí muchos creyeron en Jesucristo pues habían oído acerca de Él por la prédica de Juan y estaban convencidos de la autenticidad de sus palabras.

El regreso de los 70 discípulos.

(Lc. 10:17-24)

El Evangelio de san Lucas relata el regreso de los 70 discípulos. Un significativo lapso de tiempo transcurrió desde que habían sido enviados por Nuestro Señor a predicar. Algunos suponen que el encuentro del Señor con sus discípulos tuvo lugar en Perea, donde Jesús no había aun enseñado. Otros piensan que ellos regresaron a Galilea, desde donde fueron enviados. Al ver al Señor expresaron en primer lugar su regocijo pues habían logrado someter a los demonios “en Nombre de Jesús.” Estas últimas palabras expresan la humildad de los discípulos de Jesús. “Vi a Satanás caer como rayo desde el cielo.” El Señor quiso decirles: “No se asombren de que los demonios se sometan a ustedes pues el líder de todos ellos ha sido derrocado hace tiempo.” El fulgor del rayo aquí representa lo inesperado y súbito de esta imagen. En otras palabras Nuestro Señor dice a los discípulos que Él fue testigo de la derrota del príncipe de los demonios y de su veloz caída — como un rayo— y en consecuencia si él fue derrotado también lo fueron sus legiones. En su calidad de conquistador de las fuerzas hostiles, el Señor faculta a sus discípulos para sentir la victoria sobre los demonios denominando a los espíritus malignos “serpientes y escorpiones” en forma alegórica. “Lo importante no es esto sino que ustedes se han vuelto dignos de la salvación y bienaventuranza en el cielo.” En las Sagradas Escrituras Dios a veces se presenta con un libro en Su mano; en ese libro están escritos los nombres y acciones de sus fieles servidores. Tener su nombre inscripto en los cielos significa ser ciudadano del Reino Celestial. Esto debería regocijarlo a uno mas que cualquier otra acción sobre la tierra, por extraordinaria que fuera, como es en este caso la expulsión de los espíritus malignos. La posterior glorificación que el Señor hace de Dios Padre en el versículo 21, las afirmaciones sobre el conocimiento de Padre e Hijo (versículo 22), y la bendición dada a sus discípulos (versículos 23-24) se encuentran también en el Evangelio de san Mateo, aunque expresadas en diferentes circunstancias (ver Mt. 11:25-27 y 13:16-17). Es probable que Nuestro Señor utilizara estos conceptos mas de una vez. En el Evangelio de san Lucas la unidad cronológica es indudable; así lo prueban las palabras: “en aquella hora” y las propias acciones del Señor: “volviéndose a sus discípulos dijo…”

Aquí “sabios y prudentes” son los escribas y fariseos, orgullosos de su conocimiento de la ley de Moisés que se aplican a sí mismos esos adjetivos. Los “pequeños,” en cambio, son los hombres simples, quienes no han estudiado la sabiduría humana en las escuelas, aquellos que no han sido instruidos en las escuelas de los escribas judíos. En este caso Nuestro Señor se refiere a sus Apóstoles, a quienes fueron revelados los misterios del Reino de Dios. Cuando se dice que Dios “ha ocultado” no se habla literalmente sino con el sentido de Rom. 1:28. La palabra “ocultado,” según san Juan Crisostomo, no significa que Dios fue causa de ocultamiento, sino más bien se utiliza en el sentido que le da san Pablo cuando dice: “Dios los entregó a su mente depravada y tratando de afirmar su propia justicia, rehusaron someterse a la rectitud Divina” (Rom. 10:3) El bienaventurado Teofilact expresa: “Dios ha ocultado los grandes misterios a quienes por considerarse sabios, se han vuelto indignos.” “Todo me ha sido dado por mi Padre” — el control del mundo pertenece a Cristo como Intercesor y Mediador en la redención del género humano. La comprensión de la naturaleza Divina es inaccesible a todo mortal. Sin embargo Dios se revela a Sí mismo en su Hijo (Jn. 14:8-9) y a través de su Hijo (Heb. 1:1) en la medida que el hombre por la fe y el amor se hace capaz de aceptar tal revelación. Mas adelante, Nuestro Señor alaba a los Apóstoles por haberse hecho dignos de ver en Él al Hijo de Dios encarnado — algo que los profetas y justos de la antigüedad fueron incapaces pues sólo lo contemplaron a través de su fe y no con sus ojos.

La parábola del buen samaritano.

(Lc. 10:25-37)

Esta parábola es relatada sólo por san Lucas como respuesta del Señor a la pregunta del escriba. Este intentaba tenderle una trampa tentándolo con sus propias palabras: “Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Nuestro Señor obligó al artero jurista a responder su pregunta con las palabras del Deuteronomio (6:5) y el Levítico (19:18), acerca del amor a Dios y al prójimo. Al señalar las exigencias de la ley, Jesús quiere obligarlo a sumergirse en el poder y significado de aquellas palabras y compenetrarse de cuan lejos está el doctor de la ley de su cumplimiento. En apariencia el jurista se dio cuenta y por ello preguntó “tratando de justificarse: ¿Quién es mi prójimo? El escriba quería demostrar la vaguedad de aquellos preceptos en cuanto a quien se debería considerar como “prójimo” y así justificar su incumplimiento de la ley. En respuesta Jesús relató la maravillosa parábola del hombre que “cayó en manos de unos ladrones” y luego fue ignorado por un sacerdote y un levita que pasaban a su lado. Sólo recibiò la compasión de un samaritano — hombre odiado y despreciado por los judíos. Ese samaritano había comprendido mejor que un judío que para cumplir el mandamiento sobre la misericordia no se debería hacer distinción alguna entre las personas: todos son “nuestro prójimo.” La parábola indicaba cómo y quién de los tres — sacerdote, levita y samaritano — al ver al desdichado, se convirtió en su prójimo. La parábola no nos instruye sobre quién debería ser considerado como nuestro prójimo sino que uno puede convertirse en prójimo de cada ser humano necesitado de compasión. La diferencia entre el interrogante del escriba y la afirmación del Señor es muy significativa, porque en el Antiguo Testamento, para proteger de viles influencias al pueblo elegido, se establecieron distinciones entre los circunvecinos ya que solo los compatriotas y los de su misma religión eran considerados “prójimo” por los judíos. La ley moral del Nuevo Testamento suprime todas las diferencias y enseña el amor universal del Evangelio. El escriba, casi con temor de amar a quienes no debía, pregunta: ¿quién es mi prójimo? Nuestro Señor le enseña que él deberá convertirse en prójimo del necesitado sin cuestionar si es o no su prójimo: sólo deberá mirar su propio corazón, de manera tal que no exista dentro de él la frialdad mostrada por el sacerdote y el levita de la parábola, sino la misericordia del samaritano. Si ustedes van a diferenciar racionalmente entre el prójimo y el no-prójimo entonces la cruel frialdad hacia los seres humanos será inevitable. Pasarán al lado del que “cayó en manos de unos ladrones” como lo hicieron el sacerdote y el levita, aunque ese desdichado, siendo judío, era para ellos su prójimo. La misericordia es condición esencial para heredar la vida eterna.

Nuestro Señor Jesucristo en la casa de Marta y María.

(Lc. 10:38-42)

Nuestro Señor se dirigió hacia Betania — “aldea” situada sobre una de las laderas del monte de los Olivos, próxima a Jerusalén. Dos mujeres salieron al encuentro del Señor. Eran Marta y María fácilmente reconocibles como hermanas de Lázaro, cuya resurrección es narrada por san Juan. Ambas aparecen aquí con las mismas cualidades descriptas por san Juan: Marta sobresalía por su temperamento vivaz y emprendedor; María, por su calma y profunda sensibilidad. Luego de recibir al Señor, los mil cuidados del hospedaje absorbieron la atención de Marta, en tanto que María permanecía sentada a los pies del Señor, escuchándolo. Al darse cuenta lo difícil que era ocuparse de todo por si sola, Marta se dirige al Señor en tono de amigable reproche atento a la cariñosa actitud de Jesús con su familia: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile entonces que me ayude” Nuestro Señor, justificando a María, responde a Marta en igual tono: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo una sola es necesaria. María eligió la mejor parte que no le será quitada.” El significado de este reproche es que los esfuerzos de Marta van dirigidos al ajetreo transitorio, sin el cual se puede vivir, mientras que María eligió lo único necesario para el ser humano: prestar atención a la enseñanza Divina de Cristo y seguirla. Aquello que María adquiere al escuchar al Señor, jamas le será quitado. Este pasaje del Evangelio se lee en la mayoría de las liturgias conmemorativas de la Madre de Dios, pues la figura de María aparece como símbolo de la Santísima Virgen María, quien también eligió “la mejor parte.” Este pasaje está relacionado con la cita 11:27-28, en los que la Madre de Dios es glorificada y una vez mas son enaltecidos quienes “escuchan la palabra de Dios y la practican.”

Parábola de la llamada persistente.

(Lc. 11:5-8)

San Lucas en 11:1-4 expone, al igual que san Mateo, el texto de la “Oración del Señor,” el “Padre Nuestro,” y más adelante, desde el versículo 5º, la exacta enseñanza de Cristo acerca de la constancia en la oración. Dios, de acuerdo con su inefable designio, no siempre otorga de inmediato lo que se le pide, aunque sea conforme a Su Voluntad. El Señor desea inculcar en nosotros que la persistencia en la oración resulta esencial. Esto lo ejemplifica con el relato de un amigo que pedía pan y lo recibió como resultado de su insistencia.

Jesús condena a escribas y fariseos.

(Mt. 23:1-39; Lc. 11:37-54)

Los dos discursos condenatorios dirigidos a escribas y fariseos, muy similares en cuanto a su contenido y expresiones, son relatados por Mateo y Lucas con una diferencia: según san Lucas Jesús pronunció su discurso durante un ágape al que había sido invitado por un fariseo y se refería a la ablución de manos; según la narración de san Mateo Jesús estaba en el templo de Jerusalén, poco antes de Su Pasión. Cabe suponer que Nuestro Señor formuló condenas semejantes en mas de una oportunidad. Es probable que san Lucas haya tomado algunas citas de san Mateo aunque sin narrar la severa prédica del Señor. En ambos casos los fariseos son condenados por la exagerada atención que prestan a la pulcritud exterior en desmedro de la pureza interior, es decir, la purificación de sus almas de pasiones y vicios pecaminosos. En ambos sermones Nuestro Señor compara a los fariseos con sepulcros “que por fuera lucen bien pero que en su interior encierran huesos de muertos y podredumbre.” De igual modo Jesús condena a los fariseos por su inclinación a ser lisonjeados y porque “atan pesadas cargas sobre hombros ajenos” mientras que ellos “no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.” Ellos cumplen formal y escrupulosamente el precepto legal del “diezmo” pero desprecian los contenidos capitales de la ley: justicia, misericordia y fe, esto es, la fidelidad a Dios y a su mandamiento moral. Jesús también condena a los escribas pues estos “se han llevado la llave del conocimiento,” es decir, se han apoderado de la ley del Antiguo Testamento que se suponía era para conducir al género humano hacia Cristo. Teniendo en su poder esa llave e interpretando falsamente la ley no entran ni dejan entrar a los demás en el Reino de Cristo. Nuestro Señor acusa a los fariseos de apedrear a los profetas de Dios, enviados por la “Sabiduría Divina,” nombre que identifica a Cristo, la Sabiduría Hipostática de Dios y con la que aparece representado en Proverbios (capitulo 8º). A modo de conclusión Nuestro Señor promete que sobre escribas y fariseos caerá la sangre de todos los justos, comenzando por Abel, asesinado por su hermano Cain, hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquias, asesinado entre el santuario y el altar del templo. Este Zacarías fue apedreado en el patio de la casa del Señor por orden del rey Osa (2º Par. 24:20). Otros suponen que este Zacarías era el padre de Juan el Bautista.

Parábola del rico insensato.

(Lc. 12:13-21)

Un hombre, basándose en la enorme influencia que tenía Jesús, le rogó: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.” Nuestro Señor se negó pues no había venido a la tierra para resolver conflictos sin importancia motivados por las pasiones humanas. Además, Jesús predicaba el renunciamiento a los bienes terrenales. Así, cualquiera fuese su decisión, haría surgir insatisfacción en una u otra de las partes en conflicto, un encontronazo y hasta un juicio civil — algo que evidentemente Jesús no deseaba. Los intereses materiales eran ajenos al Señor porque Su tarea consistía en reeducar los corazones y las mentes de las personas y no establecer medidas de orden formales. Esto es un ejemplo para quienes predican el Evangelio y sirven a la Iglesia. En relación con el pedido que se le había formulado, Nuestro Señor relató una parábola para advertir sobre la enfermedad de la avaricia, la pasión por adquirir dinero con el propósito de disfrutar los bienes de esta vida. “La vida del hombre (su bienestar y felicidad) no consiste en la abundancia de bienes que él posea.” Un hombre tenía una abundante cosecha en sus campos y sin considerar su vida futura sólo pensaba en la manera de gastar su riqueza en placeres terrenales. No tenía pensamientos acerca de Dios ni la vida espiritual; sólo le interesaban los deleites del mundo: “beber, comer y la buena vida.” Este hombre no tenía la mas mínima sospecha que un día sería el último de su vida en esta tierra y que ya no podría disfrutar de sus tesoros. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿para quién será la riqueza que has acumulado?” “No obtendrás ningún beneficio de esos tesoros y no te importará el destino que tengan.” En lugar de acopiar bienes terrenales uno debe enriquecerse en Dios, es decir, preocuparse por obtener los eternos e incorruptibles tesoros cuales son las virtudes, que pueden adquirirse invirtiendo las riquezas terrenales en buenas obrasde toda naturaleza y no en bajos placeres carnales.

Parábola sobre la Segunda Venida de Cristo.

(Mt. 24:42-51; Lc. 12:35-48)

Debemos estar preparados en todo momento porque desconocemos cuando se producirá la Segunda Venida de Cristo. Del mismo modo, ignoramos el momento en que sobrevendrá la muerte que para cada hombre adquiere el mismo significado pues en ambos casos él deberá rendir cuentas ante Dios por sus actos en esta vida terrenal. “Tened ceñidos vuestros cíngulos.” Esta imagen está tomada de las vestimentas orientales que al ser tan sueltas y largas debían ceñirse en la cintura con un cíngulo para no entorpecer el trabajo. En consecuencia esta expresión significa estar preparados. “Vuestras lámparas encendidas” es una frase que expresa el mismo pensamiento: los sirvientes deberían estar prestos a recibir a su señor con lámparas encendidas cuando él regresa por la noche. Los sirvientes también deberían estar atentos para recibir a su señor a cualquier hora de la noche, ya sea que él regrese “en la segunda vigilia o durante la tercera” — así deberán los verdaderos seguidores de Nuestro Señor Jesucristo estar moralmente preparados para Su Segunda Venida. El Señor promete bienaventuranza por esta vigilia espiritual: “Dichosos aquellos siervos.” Esta bienaventuranza está representada en la alegoría del amo quien se ceñirá el cíngulo y comenzará a servir a sus criados, como si estos fueran sus convidados. Este era un magnífico honor que sólo se podía brindar a los sirvientes según las costumbres orientales. Pedro formula la pregunta: “Señor, ¿te refieres a nosotros con esta parábola o a todos los demás?” El Señor no da una respuesta directa. Se deduce del diálogo que tendrá lugar mas adelante que la exhortación del Señor a la vigilia espiritual se aplica a todos los seguidores de Cristo. En una segunda parábola Nuestro Señor elogia al administrador fiel y sabio “puesto por su amo al frente de la servidumbre” para el apropiado cumplimiento del deber asignado: “la distribución a su tiempo del alimento debido.” Nuestro Señor anuncia el penoso destino de aquel administrador que, al no contar con el temprano regreso del amo, descuida sus responsabilidades y actúa con falta de decoro: “maltrata a siervos y siervas, participa en festines y se embriaga.” Este tipo de sirviente será sometido a grandes torturas: “la vida le será arrancada en pedazos” — el castigo aplicado en oriente a los peores criminales. El Evangelio de san Lucas agrega que el castigo para estos servidores negligentes no será idéntico: aquel que conocía la voluntad del amo sufrirá un mayor castigo que quien no la conocía, aunque este último será castigado por no haberse preocupado en aprender el designio de su señor. Al que se le dio mayor oportunidad de cumplir ese designio recibirá un mayor castigo por su incumplimiento.

Nuestro Señor anuncia el disenso entre la gente.

(Lc. 12:49-53)

Dice Jesús: “He venido a poner fuego en el mundo y ¡cuánto deseo que esté ya encendido!” Por este “fuego” los santos padres entienden el celo espiritual que Nuestro Señor ha venido a implantar en los corazones humanos y que inevitablemente engendrará divisiones y hostilidad entre los hombres pues algunos aceptaron las enseñanzas de Cristo con fervor y con todo su corazón, mientras que otros las rechazaron. Esa llama de celo debía inflamar a los cristianos con especial vigor después de la Pasión de Cristo, su Resurrección, Ascensión y el Descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Es por ello que Nuestro Señor expresa su deseo de ser prontamente “bautizado” con el bautismo de sus padecimientos en la cruz que Él “debía recibir” para la salvación de la humanidad. Como resultado de la obra redentora de Cristo desaparecerá el mundo maléfico que reúne a los hombres en el delito y los separa de Dios. Surgirá un disenso salvador: los seguidores de la enseñanza cristiana se distanciarán de los enemigos de Cristo. La enemistad surgida en ese terreno pudo apreciarse entre parientes muy cercanos durante las persecuciones paganas contra los cristianos. Este disenso es inevitable pues el mal odia al bien y procura aniquilarlo.

La caída de la torre de Siloe.

(Lc. 13:1-5)

Algunas personas venidas desde Jerusalén comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos cuya sangre Pilato mezcló con las de las víctimas de sus sacrificios. Con frecuencia los judíos se sublevaban contra el dominio romano y es probable que aquella hubiese sido una mas de tantas conmociones ocurridas en el templo en ocasión de una gran fiesta, cuando los soldados romanos velaban por el orden. Según esta narración, Poncio Pilato ordenó matar a los galileos sublevados en el templo en el momento exacto en el que se ofrecían los sacrificios propiciatorios. La sangre de los galileos asesinados fue mezclada con la sangre de los animales ofrecidos en sacrificio. Jesús enseña que aquella muerte violenta en un lugar tan sagrado no debe entenderse en el sentido de que los galileos eran mas pecadores que los demás. Por ello no cabe concluir que quienes hallaron la muerte de esta manera son menos justos que aquellos a los que el Señor castigó de una forma menos severa. Dios sólo muestra paciencia y aguarda el arrepentimiento. El sentido de las palabras de Cristo es el siguiente: “ustedes son tan pecadores como aquellos y perecerán del mismo modo si no se arrepienten. Sobre aquellos el juicio de Dios ya fue dictado y sobre ustedes tendrá lugar de una forma u otra si no se arrepienten.” Es probable que Nuestro Señor se esté refiriendo aquí al Juicio Divino que alcanzó al pueblo judío cuando Tito Flavio destruyó Jerusalén y en consecuencia una innumerable cantidad de judíos pereció de un modo muy semejante a estos galileos ajusticiados por Pilato en el templo. Nuestro Señor recuerda otro hecho similar, en el que 18 hombres fueron aplastados en Jerusalén al caer la torre de Siloe. En este otro caso también algunos podrían inferir que aquellos 18 desafortunados eran mas pecadores que el resto de los habitantes de Jerusalén. Ambos acontecimientos desdichados son explicados de otra manera por Jesús: se trata de avisos para quienes aun están con vida para que se arrepientan pues si no se arrepienten todos han de perecer del mismo modo — es decir, la muerte los sorprenderá cuando estén agobiados por el pecado. Desarrollando mas esta idea, el Señor relata la parábola de la higuera estéril.

Parábola de la higuera estéril.

(Lc. 13:6-9)

En esta parábola el Señor Dios está representado por el dueño del viñedo y el pueblo judío, del que Dios aguarda su arrepentimiento, aparece como la higuera estéril. Una higuera plantada en un viñedo es un hecho inusual; sin embargo, esto contiene una significativa enseñanza: la higuera que se destaca en el viñedo representa al pueblo judío que ocupa una posición especial y sobresale entre las naciones en su calidad de pueblo elegido. El viñador, Nuestro Señor Jesucristo, ha venido al encuentro del pueblo judío con el propósito de convertirlo a la fe salvadora del Mesías durante los tres años de Su ministerio público, aguardando los frutos de Su tarea. “Si el año que viene no da fruto, la mandas cortar.” Este es el terrible anuncio del castigo Divino que habría de alcanzar a la nación judía por no haber dado los frutos de la conversión a Dios, y en el cuarto año del ministerio terrenal de Jesucristo haberlo entregado a la muerte en la cruz. Por ello el pueblo judío fue rechazado por Dios y castigado con la invasión romana y la espantosa destrucción de Jerusalén y su templo. El Hijo de Dios — el viñador de la parábola— es presentado como el Intercesor de los hombres, rogándole a Dios Padre su misericordia para ellos.

La curación de una mujer encorvada.

(Lc. 13:10-17)

Durante su estadía en Galilea, mientras enseñaba en la sinagoga, Nuestro Señor realizó la milagrosa curación de una mujer que había permanecido 18 años encorvada sin poder enderezarse. El jefe de la sinagoga se indignó y expresó a gritos su desagrado ante los presentes porque aquella curación había tenido lugar durante el sábado, día en el que la ley prohibía todo tipo de actividad. Nuestro Señor lo llamó hipócrita — como usualmente denominaba a los fariseos — indicando que la indignación de aquel judío era provocada por la envidia hacia el Señor Taumaturgo y no por la aparente violación del reposo sabático. Nuestro Señor explicó que la realización de buenas obras no está vedada en sábado pues otras actividades cotidianas e imprescindibles están permitidas, como por ejemplo el cuidado de los animales domésticos. “Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante 18 años, ¿no podía ser liberada de sus cadenas el día sábado?” Es precisamente durante el sábado que deben efectuarse las obras de beneficencia para los necesitados. “Hija de Abraham” significa que la mujer curada era oriunda de Judea. El jefe de la sinagoga, sobre quien recaía la responsabilidad de cuidar el bienestar de su feligresía, debería haber estado feliz al ver la buena obra de Cristo el Salvador, y sin embargo, se mostró indignado. “Satanás la tuvo aprisionada.” Estas palabras pueden tener interpretaciones disimiles: unos suponen que la enfermedad de la mujer era resultado de la acción de un espíritu impuro a quien el Señor le permitió deformar su cuerpo de la misma manera que permitió que la lepra afectara al recto Job; otros en cambio, asumen que la enfermedad de la mujer era consecuencia de su vida pecaminosa. San Gregorio Diálogo considera que la mujer encorvada y la higuera estéril son dos imágenes de la corrupción del género humano. Habiendo escuchado al Señor, sus adversarios sintieron vergüenzapues no pudieron ignorar la justicia de las palabras de Cristo. A diferencia de los fariseos, la gente simple se regocijaba por las maravillas que Él realizaba.

El camino estrecho que lleva al Reino de Dios.

(Lc. 13:22-30)

Camino de Galilea hacia Jerusalén un hombre le hizo a Jesús la siguiente pregunta: “¿Señor, son pocos los que se salvan? Esta pregunta tiene en cuenta la importancia de algunas exigencias de Jesucristo el Salvador para quienes desean acceder al Reino del Mesías. Jesús respondió con dureza y severidad no sólo a quien le había formulado la pregunta sino a todos los presentes: “Procurad entrar por la puerta estrecha…” — imagen usada con frecuencia por el Señor. El Reino del Mesías, la Iglesia de Cristo, es presentada aquí como una casa que además de una entrada principal cuenta con una puerta estrecha a través de la cual se permite el ingreso sólo ocasionalmente. Muchos querrán entrar por esta puerta angosta pero será inútil pues su moral está en extremo deteriorada e incontables son sus prejuicios en relación con el Reino del Mesías. La importancia de esta analogía reside en que los judíos de aquella época, gracias a los tan difundidos prejuicios de los fariseos, estaban poco capacitados para atravesar la puerta estrecha que en verdad consiste en el arrepentimiento y la abnegación. “Una vez que el Dueño de la casa se levanta y cierra la puerta…” Aquí Dios es representado por el Dueño de casa que está sentado y esperando a sus amigos para cenar; luego se levanta y cierra la puerta de su casa impidiendo el ingreso a los extraños. Esta es una imagen del Juicio del Señor sobre cada ser humano y la humanidad toda luego de Su Segunda Venida. Quienes se encuentren fuera de los aposentos en los que se lleva a cabo la cena del Señor con sus amigos son indignos de la comunión beatífica con Dios. Para ellos será tarde por mas que se muestren arrepentidos y deseosos de entrar. No hay arrepentimiento posible después de la muerte. Los que han sido arrojados fuera dirán: “Hemos comido y bebido en tu compania y Tu mismo has predicado en nuestras plazas.” Aquellos que no se hicieran dignos de participar en la cena le recordarán al Dueño de casa que ellos son sus conocidos; alguna vez fueron extraños seguidores de la enseñanza de Cristo pero no fueron verdaderos cristianos y por ello serán apartados. “Nosotros comimos y bebimos en tu compania y en nuestras calles Tu nos has enseñado.” Estas palabras se aplican especialmente y en sentido literal a los judíos, quienes rechazaron a su Mesías y con ello perdieron el derecho de ingresar al Reino de Cristo. Recién entenderán su error al producirse la Segunda Venida de Cristo, pero será tarde ya y recibirán por respuesta: “No sé de dónde sois…” “Apártense de Mí todos los que han obrado la maldad…” En el Reino del Mesías, el lugar de los judíos apartados será tomado por los gentiles provenientes desde todos los confines de la tierra que confesaron su fe en Jesucristo. “Estos últimos serán los primeros y hay primeros que serán últimos.” Los judíos se consideraban “los primeros” pero como rechazaron al Mesías serán “los últimos.” Los gentiles a quienes se consideraba como “los últimos” serán “los primeros” en el Reino de Cristo. Del mismo modo, quienes se contaban entre los “primeros” pero que en verdad no observaron como corresponde los mandamientos de Cristo serán “los últimos” en el Juicio Final; en cambio quienes fueron objeto de desprecio serán “los primeros.”

Las amenazas de Herodes.

(Lc. 13:31-35; Mt. 23:37-39)

Bajo la apariencia de amistad, preocupación y compromiso con el Señor, los fariseos le aconsejaron dejar los territorios gobernados por Herodes Antipas. Jesús respondió que Herodes era un zorro y puede deducirse que aquellos fariseos habían sido enviados por el Tetrarca con el propósito de atemorizar al Señor y alejarlo de Galilea. Jesús se hallaba constantemente rodeado por las multitudes que lo seguían y es evidente que Herodes temía una sublevación popular. Herodes Antipas no quería tratar en persona al Señor y pretendía deshacerse de El indirectamente. Con este proceder Herodes se mostró astuto y artero como un zorro. Sin embargo Nuestro Señor dijo: “Id a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.” Estos fueron los últimos días del Señor en Galilea pues El ya estaba dirigiéndose hacia Jerusalén donde lo esperaba la muerte en la cruz: “Porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.” Profundamente triste es esta santa ironía pues, según lo demuestra la historia, en Jerusalén ha tenido lugar la muerte violenta de la mayoría de los profetas. Jerusalén, la ciudad sagrada, evoca la profunda congoja del Señor y san Juan Crisostomo añade: “voz, misericordia, compasión y gran amor.” Aquí tenemos una profecía sobre el terrible castigo que recayó sobre Jerusalén, cuando en el año 70 D.C los romanos la devastaron por competo. “Os advierto que no me veréis mas, hasta que venga el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” Esto se dice de la Segunda Venida de Cristo, cuando los incrédulos adorarán involuntariamente al Señor.

La curación del hidrópico.

(Lc. 14:1-6)

Un sábado, mientras el Señor estaba en casa de uno de los miembros prominentes de la secta de los fariseos, se presentó un hombre que padecía una hidropesía considerada incurable. Nuestro Señor antes de proceder a la curación del enfermo preguntó a los fariseos: “¿Es legal curar en sábado? Los fariseos “vigilaban atentamente” a Jesús pues esperaban la oportunidad de hallarlo culpable en algo. Sin embargo, decidieron guardar silencio pues tan sólo una ficticia “tradición de los ancianos” y no la ley prohibía efectuar curaciones durante el sábado. Entonces Nuestro Señor tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió. Y volviéndose hacia los fariseos les propuso la cuestión sobre el asno o el buey que había caído en un pozo. Con ello Jesús demostró con claridad que las obras de misericordia pueden ser realizadas en sábado. Nuestro Señor fue tan convincente que “ellos no pudieron responder nada.”

Parábola acerca de los que quieren ser primeros.

(Lc. 14:7-15)

Empezada la cena, los fariseos se apuraron a ocupar los mejores lugares. Con franqueza y osadía, Nuestro Señor quiso castigar la ambición de aquellos y relató una parábola. En realidad no era una parábola en el sentido estricto de la palabra sino una enseñanza tomada de una alegórica forma de narrar un banquete de bodas. Jesús utilizaba este ejemplo con frecuencia pues la fiesta de casamiento era la mayor y más jubilosa de las celebraciones. “Cuando seas invitado a un banquete de bodas no te ubiques en el primer lugar… Con estas palabras Jesús deseaba demostrar algo mas que una regla razonable de comportamiento: la disposición interior del corazón. Por ello Nuestro Señor concluyó la parábola diciendo: “Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.” Estas palabras fueron dirigidas a los convidados en tanto que al anfitrión Nuestro Señor le dedicó una enseñanza especial. Al observar que el dueño de casa había invitado sólo a sus amigos, parientes y vecinos ricos, Jesús le sugirió que no era correcto invitar sólo a quienes estaban en condiciones de retribuirle su hospitalidad. En cambio, el anfitrión debía invitar a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, que son incapaces de retribuir semejante invitación. No está bien despreciar a los pobres como hacían los fariseos. Uno debería considerar la celebración como una acción que puede tener un valor moral, es decir como una buena obra. Dios habrá de recompensar por esto en la vida venidera con “la resurrección de los justos.” El sentido general de esta enseñanza es similar a la del Sermón de la Montaña: “Si amas a aquellos que te aman, ¿qué mérito es este para ti? (Lc. 6:32) Al escuchar esto, uno de los invitados exclamó: “Bendito aquel que coma pan en el Reino de Dios.” En opinión del bienaventurado Teofilact “este individuo era espiritualmente inmaduro para entender, pues se guiaba por el razonamiento humano.” En otras palabras, ese hombre expresaba la idea puramente material que sobre el Reino del Mesías prevalecía entre los fariseos. Sin embargo, puede ser que él, utilizando el lenguaje alegórico iniciado por Nuestro Señor, haya querido expresar cuan bienaventurados serán en el futuro los participantes del Reino del Mesías.

Parábola de los invitados descorteses.

(Lc. 14:16-24)

Nuestro Señor respondió a la exclamación de uno de los convidados con otra parábola, en la que, con la imagen de una “cena” se representa al Reino del Mesías, la Iglesia de Cristo. El anfitrión de esta cena es el Señor Dios, sus servidores son la ley y los profetas. Todo el pueblo judío fue invitado a entrar en el Reino. Cuando estaba próximo el tiempo de ese Reino, Dios una vez mas los invitó pero ahora a través del Mesías (en algunas profecías como Is. 52:13 el Mesías es llamado “el siervo del Señor” pues adoptó la naturaleza humana). En un principio el Mesías se manifestaba sólo a los “elegidos” — los judíos— con la noticia de que “el Reino de Dios está cerca, todo está preparado.” Pero entre esos mismos judíos hubo quienes, llamados inicialmente en su calidad de conocedores de la ley del Antiguo Testamento — escribas, fariseos y otros líderes del “pueblo elegido”— rehusaron en connivencia aquella invitación. Sus obligaciones materiales y solicitudes mundanas sirvieron de excusas para desatender el llamado de Dios y rechazar al Mesías-Cristo. Entonces, el Señor Dios ordenó al Mesías que invite a publicanos y pecadores, y como en Su Reino aun sobraban muchos lugares, extendió su invitación a los gentiles. Aquellos que respondieron a la enseñanza del Evangelio, entraron en el Reino del Mesías; en cambio los escribas, los fariseos y todos aquellos que la despreciaron se quedaron fuera del Reino.

Los verdaderos seguidores de Cristo.

(Lc. 14:25-33)

Jesucristo dice: “Si alguno quiere seguirme y no aborrece a su padre y a su madre…” “no puede ser mi discípulo. “No te escandalices por esta frase” dice el bienaventurado Teofilact “pues el Amante de la humanidad no enseña lo inhumano ni incita al suicidio. Sólo anhela que un fiel seguidor suyo desprecie a sus parientes (sólo) cuando ellos sean un obstáculo para adorar a Dios y cuando sus seguidores, con relación a sus parientes, encuentren dificultades para hacer el bien.” El apego por los bienes terrenales puede convertirse en obstáculo definitivo para seguir a Cristo. Entonces, uno debe aborrecerlos e interrumpir toda relación con ellos a causa de Él. El aborrecimiento deja de ser inmoral cuando el hombre lo emplea para cumplir resueltamente su más sublime designio: la salvación de su alma. La enseñanza sobre la abnegación es indispensable para todo auténtico cristiano. El Señor fortalece esta enseñanza con parábolas tales como la de la construcción de una torre, la de la campaña militar de un rey contra otro y la parábola de la sal. El significado de la primera es el siguiente: el que se decide a seguir a Cristo con total renunciamiento debe calcular previamente sus fuerzas y prepararse como corresponde a semejante empresa para no ser luego objeto de burla por parte de la gente. El mismo significado tiene la segunda parábola: quien se dispone a seguir a Cristo, debe reunir suficientes medios espirituales de los cuales el primero es la abnegación, pues de lo contrario no podrá cumplir su buena intención y hasta puede ser derrotado en la batalla por los enemigos espirituales. La frase: “Proponer condiciones de paz” es utilizada en la parábola sólo con fines demostrativos pues de ningún modo significa que debe sellarse la paz con el demonio. No todos los detalles de una parábola son merecedores de una interpretación en sentido espiritual. Algunos son utilizados sin ningún otro significado oculto a los efectos de una mayor expresividad narrativa.

Finalmente los seguidores de Jesucristo son comparados con la sal. Esta se emplea para preservar los alimentos y evitar su descomposición. Los seguidores de Cristo que carecen de abnegación como fuerza moral se parecen a la sal que ha perdido sus propiedades y sabor.

La parábola del hijo pródigo.

(Lc. 15:11-32)

Esta parábola es relatada únicamente por el evangelista Lucas. Viene precedida por otras dos breves parábolas: la de la oveja descarriada (15:1-7) y la de la dracma perdida (15:8-10). Los fariseos y escribas condenaban a Jesús porque Él “recibía a los pecadores y comía con ellos.” Jesús respondió a estas acusaciones con el relato de dos parábolas en las que se representa la alegría en el cielo cuando un pecador, en apariencia perdido para el Reino Celestial, se arrepiente de sus pecados. Los intérpretes del Evangelio señalan que las “noventa y nueve ovejas” representan a los ángeles de Dios, y también a los justos — aquellos que partieron hacia la eternidad haciéndose merecedores de la bienaventuranza celestial y que “no necesitan convertirse. Una dracma es la pequeña moneda de plata cuyo valor es equivalente a una jornada de trabajo. Con estas parábolas Nuestro Señor ilustra la natural alegría que experimenta el corazón humano cuando recupera algún objeto perdido que, aunque de poco valor, fue buscado con empeño. Mas adelante, en la parábola del hijo pródigo, el Señor señala la felicidad de Dios ante el arrepentimiento de un pecador, equiparándola con la felicidad de un padre cuyo muy amado hijo pródigo vuelve al hogar. “Un hombre tenía dos hijos.” El hombre representa a Dios; el hijo menor representa a los pecadores y el mayor, a los escribas y fariseos quienes eran justos sólo en apariencia. El hijo menor, llegado a la mayoría de edad, frívolo e inexperto, solicita su parte de la herencia paterna. Según la ley de Moisés (Dt. 21:17) le correspondía un tercio de todo, en tanto que el hijo mayor debía recibir los dos tercios restantes. Poco después de recibir su parte el menor de los hijos quiso marcharse a un país lejano para vivir según su voluntad. Allí malgastó sus bienes llevando una vida licenciosa. Del mismo modo ocurre con el hombre que decidió regodearse en el pecado habiendo recibido de Dios los dones físicos y espirituales: rehusa vivir conforme a la voluntad de Dios, se entrega a la iniquidad y a la disipación de sus fuerzas físicas y espirituales, dilapidando aquellos dones otorgados por Dios y sintiendo todo el peso de la ley Divina. “Sobrevino una gran hambruna.” Dios con frecuencia envía al pecador, enquistado en su vida pecaminosa, desgracias exteriores para forzarlo a recobrar la conciencia. Estas tribulaciones son a la vez un castigo Divino y un llamado al arrepentimiento. “Apacentar a los puercos” era la actividad más humillante para un judío pues su ley desprecia a los puercos por considerarlos animales impuros. De manera similar, cuando un pecador se complace en una determinada pasión a menudo se hunde en un estado de máxima humillación. “Bien hubiera querido llenar su estómago con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.” Las algarrobas son el fruto de un árbol que crece en Siria y el Asia Menor con las que se alimentaba a los puercos. Esto indica el desesperante estado en el que se encuentra el pecador. “Entonces, él volvió en sí” — frase extraordinariamente expresiva. Como un enfermo convaleciente de una grave enfermedad que recupera su memoria, así el pecador que, no ha tenido en cuenta la exigencia de la ley Divina pues su conciencia se hallaba oscurecida por el pecado, recobra su lucidez forzado por las tribulaciones, penosas consecuencias del pecado. El hijo pródigo despierta de su inconsciencia, advierte y comprende su miserable condición, y busca los medios para huir de ella. “Ahora mismo iré a la casa de mi padre” — decide abandonar el pecado y arrepentirse. “He pecado contra el cielo” es decir, el lugar sagrado en el que habita Dios rodeado de los espíritus puros e impecables. “Y contra tipadre,” pues el hijo ha menospreciado al ser que más lo ama. “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo,” expresión esta de gran humildad y reconocimiento de su indignidad, que siempre acompañan al sincero arrepentimiento del pecador. “Trátame como a uno de tus jornaleros” — oración que denota el profundo amor por la casa de su padre y su aceptación de las más difíciles condiciones con tal de ser recibido una vez mas en el hogar paterno. Todo esto es una indicación del infinito amor de Dios por el pecador arrepentido y aquel gozo que, según las palabras de Jesús, tiene lugar “en el cielo por un pecador que se convierte.” El anciano padre, al ver a su hijo regresar de tan lejos, sin saber nada de sus sentimientos, corre hacia él, lo abraza y lo besa sin darle la oportunidad de concluir su frase de arrepentimiento. El padre ordena que su hijo sea ataviado con las mas finas vestimentas en lugar de sus harapos; luego ofrece un banquete para celebrar su regreso. Todos estos son rasgos antropomórficos que permiten explicar la manera en la que el Señor Dios recibe con amor y misericordia al pecador arrepentido, y lo colma generosamente con nuevos dones y bienes espirituales en reemplazo de aquellos malogrados a causa del pecado. “Estaba muerto y ha revivido” — el pecador alejado de Dios se asemeja a un muerto, pues ciertamente la vida de un hombre depende sólo de Dios, Fuente de vida. El retorno de un pecador a Dios es equivalente a la resurrección de entre los muertos. El hermano mayor, enojado con su padre por la misericordia dispensada a su hermano, es una vívida imagen de los escribas y fariseos, orgullosos de su exacto y riguroso cumplimiento formal de la ley, pero cuyas almas son frías e impiadosas hacia sus hermanos. Ellos, jactándose de su observancia de la voluntad Divina no estaban dispuestos a unirse a publicanos y pecadores arrepentidos. El hermano mayor “se enojó y no quiso entrar” al banquete; del mismo modo los fariseos, falsos cumplidores de la ley, se enojaron con Nuestro Señor Jesucristo por Su comunión con los pecadores arrepentidos. El hermano mayor, en lugar de mostrar condescendencia hacia su padre y hermano comienza por destacar sus propios méritos y rehusa reconocer a su hermano, nombrándolo con desprecio: “este hijo tuyo.” El padre replica: “Tu siempre estás en mi compania y todos mis bienes son tuyos” — indicación de que los fariseos, teniendo la ley en sus manos, en todo momento podían tener acceso a Dios y sus dones espirituales. Aun así ellos no fueron capaces de ganarse la benevolencia del Padre Celestial a causa de su distorsionada y cruel disposición moral y espiritual.

Parábola del administrador infiel.

(Lc. 16:1-17)

Esta parábola confunde sin necesidad a muchos. El santo obispo Teofanes el Recluso explica esto de manera excelente: “Toda parábola tiene un significado oculto que revela alegóricamente la esencia de algún tema, aunque no sea análogo en todos sus aspectos al tema que está tratando de enseñar. Por eso no es necesario explicar cada parte de la parábola en detalle.” Sólo la idea fundamental es importante en una parábola. En lo concerniente a esta muchos se confunden al ver que el propietario — quien sin duda se entiende que es Dios — pondera la astucia de su administrador, quien antes de ser relevado de su cargo, planea una estafa falsificando los recibos de su amo en connivencia con los deudores para que “éstos lo recibieran en sus casas.” Pero el amo no alabó a su administrador por el fraude cometido sino por los recursos que este había mostrado al encontrarse en una situación tan desastrosa. El significado de esta parábola es que nosotros somos apenas los dueños temporarios de los bienes terrenales que están bajo nuestro control sólo en la medida en que Dios nos los ha confiado durante nuestra vida sobre la tierra. En consecuencia debemos utilizar estos bienes terrenales para asegurarnos la futura vida eterna. Sin embargo, a menudo fracasamos pues no desplegamos el ingenio mostrado por el administrador. Por ello Nuestro Señor dice: “Los hijos de este mundo son más sagaces en sus negocios que los hijos de la luz.” Nosotros, asemejándonos al administrador, deberíamos ganarnos amigos “con las riquezas injustas” a fin de que ellos nos reciban en las moradas eternas. La palabra usada para designar la riqueza injusta es “mamona.” Esta riqueza es injusta porque a menudo se logra y se aprovecha injustamente, pues hace que un hombre se vuelva injusto con relación a sus semejantes, y en ningún caso justifica los esfuerzos para procurarla ni las esperanzas puestas en ella. Por ello el único modo racional de emplear la riqueza es utilizarla en provecho de los necesitados; realizar con ella toda clase de buenas obras, para que de ese modo se convierta en un instrumento que nos permita la adquisición del Reino Celestial. Después de todo nosotros perderemos todas nuestras posesiones de un modo u otro — no podremos llevarlas con nosotros al otro mundo. En cambio las buenas obras, realizadas con la ayuda material, quedarán con nosotros por siempre y servirán para nuestra justificación ante el Temible Tribunal de Dios. A manera de conclusión Nuestro Señor dice: “Quien es fiel en lo poco es también fiel en lo mucho; y quien es en lo poco infiel también es infiel en lo mucho. Pues si no habéis sido fieles en el uso de estas riquezas del pecado, ¿quién os confiará las riquezas verdaderas? Y si no habéis sido fieles con lo ajeno, ¿quién os concederá lo que es verdaderamente vuestro?” Es decir si ustedes fueron infieles con los bienes terrenales y no supieron administrarlos para que ellos resulten de provecho a sus almas; entonces ¿cómo harán para merecer que se les confíe la riqueza espiritual, la riqueza de los dones bienaventurados? Los avaros fariseos se burlaban de Jesús pues evidentemente no deseaban tomar conciencia de que la pasión por los bienes materiales puede convertirse en obstáculo para la adquisición de los dones espirituales. Nuestro Señor, condenando la actitud de los fariseos, pronuncia toda una parábola sobre la incorrecta utilización de la riqueza. Esta es la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro.

Parábola del hombre rico y el pobre Lázaro.

(Lc. 16:19-31)

La idea fundamental de esta parábola es que el empleo incorrecto de la riqueza priva al hombre del Reino Celestial y lo precipita a las torturas eternas del infierno. Un hombre acaudalado acostumbraba a vestirse de púrpura y finisimo lino. La púrpura era un atuendo sirio hecho de una muy cara y rojiza tela, mientras que el lino era un tejido blanco y suave muy fino originario de Egipto. Este hombre rico vivía ostentosamente, su vida estaba dedicada por completo a los placeres y cada día ofrecía espléndidos banquetes. A las puertas de su residencia yacía un mendigo de nombre Lázaro (Lázaro significa literalmente “Ayuda de Dios”) abandonado por todos y que solo podía confiar en la misericordia Divina. Su sufrimiento era tal que unos perros lamían sus llagas y el no tenía fuerzas suficientes para alejarlos. El hombre rico pudo muy bien haber adquirido un amigo en la persona de este pordiosero quien, según la idea directriz de la parábola precedente, lo hubiera aceptado luego de su muerte en las moradas eternas. Como puede verse, a pesar de prodigarse en fiestas cotidianas, el rico epulón no tenía en su corazón misericordia alguna por Lázaro y malgastaba todo su dinero en placeres terrenales. El pobre murió y su alma fue llevada por los ángeles al seno de Abraham. Nótese que el Evangelio no menciona la palabra “paraíso” porque éste solo ha sido revelado después de la Pasión y la Resurrección de Cristo. Aquí se expresa que Lázaro, siendo un verdadero hijo de Abraham, compartió su destino póstumo con el patriarca, encontrándose en un estado de consolación y esperanza por el gozo futuro que aguardaba a todos los justos. Sin duda Lázaro se ganó este “eterno consuelo” gracias a la resignación con la que afrontó sus enormes sufrimientos. El rico también murió y fue sepultado. Su entierro fue lujoso a diferencia del pobre Lázaro cuyo cadáver fue arrojado para ser devorado por las bestias. Pero el hombre rico se halló en “la morada de los muertos.” En medio de los tormentos, levantó sus ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro con él. Contemplar el gozo de los justos aumenta el padecimiento de los pecadores en el infierno y quizá les da esperanzas, aunque en vano, de algún alivio. En el pasado Lázaro quiso saciar su hambre con migajas, ahora el empobrecido “rico epulón” ruega por unas pocas gotas de agua que refresquen su lengua ardiente. No obstante se le deniega hasta ese pequeño alivio: tanto como Lázaro es confortado en mérito a sus padecimientos en el pasado, así el rico sufre en proporción a su negligente e impiadosa alegría. Abraham le dice que Dios ha establecido su sentencia inmutable: “entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo que no puede ser atravesado.” Ese abismo ha sido establecido entre el lugar de gozo para los justos y aquel de sufrimiento para los pecadores, en completa concordancia con el abismo moral que separa a los unos de los otros. Abraham también rehusa enviar a Lázaro a la casa paterna del rico para prevenir a sus hermanos en cuanto a la clase de vida que llevan. “Ellos tienen a Moisés y a los profetas” es decir, la ley de Dios escrita de la que pueden aprender a vivir todos aquellos que no deseen terminar en el lugar de tormento. El hombre rico reconoce que sus hermanos son como él: sordos a la ley de Dios y sólo la extraordinaria aparición del difunto puede hacerlos recapacitar y obligarlos a cambiar su estilo de vida. Al oír aquello Abraham replicó que si ellos han alcanzado semejante ruina moral que les impide escuchar la voz de Dios expresada en las Sagradas Escrituras, entonces toda otra forma de persuasión será inútil. El incrédulo, aunque se asombre por la extraordinaria aparición de un muerto la explicará desde una visión diferente y continuará siendo incrédulo e incorregible. Esto se confirma al ver la contumaz incredulidad de los judíos quienes no se convencían a pesar de los incontables signos y milagros mostrados por Nuestro Señor Jesucristo. Ellos ni siquiera creyeron al ver la resurrección de Lázaro y pensaron en matar al Señor. Lo que sucede es que el corazón corrompido por el pecado se niega a creer en los tormentos futuros que aguardan al pecador y no se los puede persuadir con milagro alguno.

Enseñanza sobre la santidad del matrimonio y la castidad.

(Mt. 19:3-12; Mc. 10:2-12; Lc. 16:18)

Cada vez que los fariseos se acercaban a Jesucristo con alguna pregunta lo hacían para “tentarlo” y no para aprender de Él. Ellos buscaban la manera de que Jesús enseñe algo contrario a la ley y así poder inculparlo. Los fariseos le plantearon la siguiente cuestión: “¿Cualquier motivo es lícito para que el hombre se divorcie de su mujer?” Esto había suscitado una polémica entre los fariseos y el pueblo. Unos, siguiendo la doctrina del rabino Guillel, decían que todas las causas eran válidas; otros, pertenecientes a la escuela de Shamai, sostenían que el divorcio sólo era permitido en caso de adulterio. Los fariseos aguardaban la respuesta de Jesucristo para despertar en Su contra a los partidarios de una u otra solución. Conforme a la ley de Moisés (Dt. 24:1) estaba permitido entregar el acta de repudio a la mujer siempre y cuando, después de haberse casado, “el hombre hallara en ella algo vergonzoso.” Sin hacer alusión alguna al pensamiento de los rabinos, Nuestro Señor señala en las Sagradas Escrituras la imagen de la creación Divina del varón y la mujer, y resolviendo aquella engañosa cuestión, revela el verdadero significado del matrimonio: es una institución Divina. Dios creó a un hombre y a una mujer, por lo tanto, era la voluntad del Creador que el varón tuviese sólo una mujer y no la abandonase. Esta unión matrimonial es más íntima y sólida que el parentesco sanguíneo de un hombre con su padre y madre, a quienes deja para unirse a su esposa. Dos personas, varón y mujer, se hacen uno en pensamiento, sentimientos, anhelos y actos — son una sola criatura — y si la unión entre ellos fue establecida originalmente por Dios, entonces, no deben separarse. Existe sólo una excepción posible para que se permita el divorcio: “la culpa de adulterio.” Esto es así porque con el adulterio el matrimonio se destruye, deja de existir por sí mismo. Moisés permitió el divorcio solo a causa “de la dureza de corazón” de los judíos, para evitar un mal mayor, pues los maridos atormentaban y martirizaban a sus esposas. Cristo restaura la primigenia ley del matrimonio confirmando su indisolubilidad.

Los discípulos, desconcertados con ese requerimiento, dijeron: “Si es así la situación del hombre para con la mujer, preferible es no casarse.” Ellos pensaban que es mejor no casarse a tener que soportar, una vez casado, a una mujer mala y pendenciera sin posibilidad alguna de alejarse de ella. Nuestro Señor corrige con su respuesta este frívolo razonamiento de los apóstoles. Por un lado Él confirma que en verdad “es mejor no casarse,” pero por otro lado indica que el celibato, unido a la práctica de la castidad es una condición más difícil que el matrimonio, una tarea más ardua y pesada aun, y que no todos pueden llevar a cabo felizmente: “No todos son capaces de hacer esto, sino sólo aquellos a quienes Dios da su gracia.” Con estas palabras Jesucristo eleva la castidad a la misma altura moral en la que se encuentran los mas sublimes y perfectisimos estados de la vida espiritual. Nuestro Señor presenta las mejores cosas que puede alcanzar el hombre como un precioso don del Padre Celestial (ver la explicación de los misterios del Reino de Dios en Mt. 13:11). “A quienes Dios da su gracia” significa que el don de Dios no depende de nuestra voluntad. San Juan Crisostomo dice: “La gracia se les da a aquellos que así lo quieren. El que desea permanecer en castidad tiene una enorme necesidad de la ayuda de Dios, y la recibe, en la medida en que la busca con rectitud de conciencia.” Mas adelante Jesús compara el celibato con la castración voluntaria, que por supuesto, no debe ser entendida literalmente, de manera tosca y física, como surge con claridad del contexto narrativo. Esta es una castración espiritual y no corporal. Nuestro Señor se opone a la castración física cuando dice: “hay incapacitados para el matrimonio desde el seno de su madre, nacieron así; y hay incapacitados que a este estado fueron reducidos por los hombres.” De ellos no se puede decir que tomaron sobre si el esfuerzo de la castidad pues su propia naturaleza los hizo incapaces para la vida marital. Volverse incapaz, castrarse a causa del Reino de los Cielos significa cortar completamente el ansia carnal, mortificar en uno mismo la pasión, decidirse a vivir el celibato para un mejor servicio a Dios y conseguir así el Reino de los Cielos, para lo cual son serios obstáculos las responsabilidades familiares. “¡El que puede entender que entienda!” Nadie está obligado a realizar esta práctica pero el que se sienta con fuerzas para llevarla a cabo con la ayuda de Dios, debe ser decidido. Dice san Juan Crisostomo que “Nuestro Señor demostró con estas palabras que es perfectamente posible la práctica de esta virtud con el propósito de estimular con mayor fuerza la voluntad de cumplirla.”

Enseñanza sobre la eficacia de la fe.

(Lc. 17:5-10)

Los apóstoles acudieron al Señor para suplicarle que Él aumentase en ellos la fe, pues sentían que era insuficiente para la realización de las obras a las que habían sido convocados (confrontar con Mt. 17:19-20). Es indudable que los apóstoles creían en Nuestro Señor Jesucristo, sin embargo aun no se habían desprendido del todo de las falsas concepciones de los fariseos acerca del Mesías y su Reino. Por momentos la fe de los apóstoles era fluctuante y esto los atormentaba.

Nuestro Señor respondió a aquella preocupación repitiendo sus palabras sobre la eficacia y el poder de la fe verdadera, aunque fuese tan pequeña como un “grano de mostaza.” A partir de un pequeño grano de mostaza se desarrolla un árbol enorme — ¡ qué gran poder se encierra bajo la apariencia insignificante de este grano! De la misma manera, la fe sincera de los apóstoles, aunque débil inicialmente, crecerá e ira fortaleciéndose hasta el punto de generar obras extraordinarias y milagrosas. Este relato carece del matiz desfavorable que presentó para los apóstoles el pasaje evangélico de Mt. 17:20, en el que las palabras de Jesús sonaron a reproche. Aquí en cambio, suenan esperanzadoras, aparecen como una exhortación y al mismo tiempo despiertan la confianza de los discípulos. Las palabras “Quien entre vosotros tiene un esclavo que está arando…” significan: cuando vuestra fe sea tan grande que obre milagros, cuidaos de la soberbia y la presunción a fin de no disipar los frutos de vuestra fe. La fe es un don de Dios que debe emplearse con gran humildad pues cuanto mayor es ésta más vivo será el don. De este modo sin responder directamente a la petición de sus discípulos de aumentar su fe, Nuestro Señor les indica con exactitud la manera en que la fe se agiganta con humildad y los previene del peligro. Esta prevención era muy necesaria para los apóstoles porque en aquel tiempo ellos se dejaban guiar por algunas opiniones imperfectas: habían polemizado sobre la primacía en el Reino del Mesías; aguardaban recompensas formales y otros ejemplos más.

Nuestro Señor establece una comparación con lo que ocurre entre un amo y su esclavo; si el esclavo está arando la tierra o apacentando el ganado, ¿acaso el amo lo recompensa? Al regresar del campo el esclavo cansado, ¿acaso el amo se compadece de su cansancio y lo invita a sentarse a la mesa? Después de haber cumplido sus obligaciones, ¿recibirá el esclavo las gracias de su amo? “No lo creo” contesta el Señor y concluye su discurso con las palabras: “De la misma manera vosotros, después de haber cumplido todo lo mandado por Dios, decid: esclavos inútiles somos, no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer.” Dios no alabará a sus siervos ni les dará descanso. Nosotros mismos debemos ver en las buenas obras una obligación y considerarnos siervos inútiles pues nada podemos ofrecer al Soberano fuera del cumplimiento de nuestros deberes. En otras palabras: el hombre no debe buscar una recompensa ante Dios.

La curación de diez leprosos.

(Lc. 17:11-19)

Este milagro fue efectuado por Jesucristo durante su viaje desde Galilea a Jerusalén para celebrar allí la última Pascua antes de su crucifixión. Un grupo de diez leprosos “parados a cierta distancia,” pues la ley les prohibía aproximarse a las personas sanas, clamaba a grandes voces que el Señor tenga compasión de ellos. Jesús les ordenó presentarse ante los sacerdotes. Esto significa que Él, con su poder milagroso los curaba de su enfermedad pues los enviaba con los sacerdotes para que estos constatasen, según las exigencias legales, la curación de la lepra. Aquella comprobación iba acompañada de sacrificios rituales y la autorización correspondiente para vivir en la comunidad. La obediencia de los leprosos a la palabra del Señor — dirigirse a los sacerdotes para que testimonien la curación— es una indicación de su viva fe. En verdad ellos observaron durante el camino que la lepra había desaparecido. Una vez curados, como suele ocurrir, aquelloshombres se olvidaron pronto del Responsable de su alegría. Sólo uno de ellos, un samaritano, volvió hacia donde se hallaba Jesús para darle las gracias. Este hecho demuestra que aunque los judíos despreciaban a los samaritanos, estos en algunos casos, eran más dignos que aquellos. Nuestro Señor apenado preguntó con un pequeño reproche: “¿No eran diez los curados? ¿Y los otros nueve, donde están? ¿Cómo es que ninguno de ellos ha vuelto para dar gloria a Dios? Este es un claro ejemplo de la ingratitud humana hacia su Dios benefactor.

Conversación sobre la venida del Reino de Dios.

(Lc. 17:20-37)

Los fariseos preguntaron a Nuestro Señor cuando llegaría el reino de Dios. Él les respondió: “El Reino de Dios no ha de venir ostensiblemente ni podréis decir vedlo aquí o vedlo allí. Sabed que el Reino de Dios está dentro de vosotros.” El Reino de Dios no tiene un lugar establecido en el mundo porque es inmaterial. La naturaleza de este Reino reside en la renovación interior y la santificación de las gentes. Los fariseos entendían por “Reino de Dios” al reino terrenal del Mesías cuya inauguración ellos aguardaban vinculándola con su liberación del odiado yugo romano. Nuestro Señor les enseña que este Reino ha llegado ya, es espiritual, interior y no terrenal, material ni sensible. La frase “Está dentro de vosotros” puede entenderse de dos maneras: 1) El Reino de Dios ya ha llegado — está entre vosotros, pueblo judío— aunque vosotros no lo notáis por vuestra ceguera espiritual; 2) El Reino de Dios es invisible a los ojos físicos porque habita en el alma humana.

Habiendo anunciado la venida del Reino de Dios, que inicialmente será sólo como una levadura espiritual que transformará interiormente al mundo, Nuestro Señor se refiere luego a las penosas consecuencias que aguardan a los judíos por no haber notado la venida de Su Reino (la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 D.C) y la clara manifestación del Reino que tendrá lugar con la Segunda Venida de Cristo en toda Su gloria, comparada aquí con el fulgor del relámpago desde un extremo a otro del cielo. Tan inesperada como el diluvio universal en tiempos de Noé o la destrucción de Sodoma y Gomorra en época de Lot, será la Venida de Cristo para juzgar al género humano antes del fin del mundo. Entonces habrá que salir al encuentro del Señor sin mirar la condena del mundo, como la mujer de Lot, pues allí se producirá la definitiva división entre justos y pecadores. “Os aseguro que esta noche de dos hombres que estén comiendo juntos uno será llevado y el otro dejado; de dos mujeres que estén moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada.” Los asombrados discípulos preguntaron “¿dónde sucederá esto?” Jesucristo les respondió con un proverbio: “Donde haya un cadáver allí se juntarán los buitres.” (Hab. 1:8) Esto es, el juicio punitivo de Dios se revelará allí donde ha muerto la vida interior y ha comenzado la corrupción espiritual.

Parábola del juez inicuo.

(Lc. 18:1-8)

Los tiempos serán difíciles antes de la Segunda Venida de Cristo, pero no hay que desalentarse sino “orar siempre.” La manera en que debemos orar es descripta por Nuestro Señor con la imagen de esta parábola sobre el juez inicuo. Este ignoraba el ruego de una viuda agraviada para que se hiciese justicia con ella. Finalmente, atiende su pedido tan solo porque la situación se le hacia insoportable y no quería que la viuda volviese a importunarlo. Nuestro Señor no desea comparar a Dios con el juez inicuo (una demostración mas de que en las parábolas no todos los detalles están sujetos a una interpretación en sentido espiritual). Por el contrario, como una deducción desde lo peor a lo perfectisimo, llega a la conclusión que Dios bondadoso y recto defenderá a sus elegidos en el momento en que ellos clamen día y noche hacia Él, aunque en un principio tarde en ir en su ayuda. “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿pensáis que encontrará fe en la tierra?” Independientemente de la certeza del pronto auxilio Divino a sus elegidos, ¿encontrará fieles con la constancia y la perseverancia requeridas para la oración? En otros términos: no hay nada que temer pues Dios asistirá a sus fieles en los momentos penosos y durante las tentaciones que han de venir. Antes se debe temer que no haya más fieles sobre la tierra en el instante en que se produzca la Segunda Venida de Cristo.